Umbrario

El homúnculo de Sant Feliu de Codines

Barroso, Torre del rellotge de Sant Feliu de Codines, 2018.

Noche cerrada en la montaña. El pueblo de Sant Feliu de Codines duerme en paz cuando las campanadas de la Torre del Rellotge anuncian la llegada de la medianoche. Sigue un silencio oscuro. Pasados unos minutos, doce toques de campana vuelven a informar de la hora: es medianoche. Los tañidos, en esta ocasión, proceden del campanario de la iglesia, que está ciento cincuenta metros más allá. A finales del siglo XVIII, la rivalidad entre el antiguo barrio de la Sagrera, donde se alza la iglesia parroquial, y la Venderia, al otro lado del torrente de l'Escletxa, desembocó en la construcción de un campanario propio para el último: «se obligaran a enfer y construhir la torre que avall s'expresarà i fer y conservar lo rellotge de quarts y horas que en ella se posará […] ab sas campanas […] en lo carrer nou de la Vendaria» (según aparece citado en Francesc Garriga Cassart, Apunts d'Història de Sant Feliu de Codines, 1997, página 14).El sueño, empero, es profundo y apenas nadie lo advierte.

En días sucesivos, un vecino le cuenta a otro la anécdota de las campanadas en la charcutería y éste, avisado del suceso, comprueba más tarde que la medianoche se anuncia dos veces en Sant Feliu de Codines con una diferencia de cuatro minutos. A la mañana siguiente, se comentan los hechos con extrañeza en el café y en la panadería. El rumor va de tienda en tienda y acaba por llamar a las puertas de la casa consistorial. En el ayuntamiento, no tardan en ocuparse del asunto y, finalmente, se supervisa el reloj de la torre de la Venderia.

Todo parece en orden.

La anomalía se reproduce al cabo de unas noches, tan sólo. El reloj se adelanta unos minutos a la medianoche, cuatro para ser exacto, y después, y esto es lo más extraño del caso, da la hora, el resto de las horas del día, acompañado del campanario de la iglesia. No puede tratarse de un error mecánico. Alguien, por fuerza, está detrás de la manipulación horaria. Alguien se esconde en las sombras y sube a la torre del Rellotge con intenciones que resultan desconocidas.

Corrían, por aquel entonces, los desapacibles días del mes de setiembre de 1989.

Un mono en el campanario.

El diez y nueve de setiembre de 1989 dos funcionarios del ayuntamiento de Sant Feliu de Codines volvieron a supervisar el reloj de la torre de la Venderia. Todo, en el mecanismo, aparecía en orden, pero encontraron algunas cosas desordenadas en la habitación. La voz corrió de puerta en puerta y, llegado el sábado veintitrés, día de mercado municipal, las distintas variantes del relato confluían en un mismo punto: los funcionarios del ayuntamiento habían sacado de la torre del Rellotge el nido de un mono.

Preguntado por la cuestión, Josep Maria B. dice recordar que hallaron «un munt de brossa en un racó i res més».Es decir, nada más que un montón de basura en un rincón de la estancia. En Manel F., por su parte, matizó que había algunos trastos entre los desperdicios del nido: «jo diria que eren el tipus d'objectes que arreplegaria una garsa, petits i brillants, i de tota mena».O sea, las chucherías que coleccionaría una urraca común. Pero aquel no era el nido de una urraca: en Manel F. menciona un mortero de piedra. Recuerda que no era muy grande, pero que pesaba bastante, lo suficiente como para que ningún pájaro de la zona pudiese llevarlo hasta lo alto de la torre «si no parlem, és clar, d'una de les àligues del cim». El cim d'Àligues es un centro especializado en la crianza de aves de rapiña situado a las afueras de Sant Feliu de Codines.Olía a azufre y estaba sucio, tiznado de un polvo amarillento. Manel F. supone que debió acabar en la basura, como el resto de las cosas que encontraron.

Al hallazgo de los empleados del ayuntamiento, se sumaron de inmediato las historias recientes de algunos codinenses que habían visto un mono rondando la plaza del Rellotge. Los testimonios tendían a describir una figura menuda y huidiza, semejante a un mono, en plena noche. Ninguno mencionó nunca una cola. Los monos comprenden dos familias de primates, los platirrinos y los cercopitecoideos, y poseen, por lo general, cola. No hacen nidos. El orangután es el único primate, que se conozca, que los construye. Jaume Ll., de hecho, habló de «un hombrecillo subido a una rama». Se miraron un segundo y la criatura saltó fuera del alcance de su vista, hacia la espesura. Según dejó dicho el señor Ll., aquella bestia carecía de pelo y tenía el rostro de una persona mayor, aunque en diminuto. El encuentro le causó no poco espanto. Por aquel entonces, algunos vecinos de la calle Sant Joan venían oyendo el aullido triste de una voz extraña, inquietante, que le gritaba «O-Meeé, O-Meeé» a la luna en el cielo.

Todo cesó, sin embargo, tras la intervención de los operarios del ayuntamiento en la torre de la Venderia aquel diez y nueve de setiembre de 1989.

El revuelo del Cercopithecus icarocornu.

«Cercophitecus Icarocornu» del archivo personal del profesor Ameisenhaufen recogido en la Fauna secreta de Joan Fontcuberta y Pere Formiguera, Barcelona, 1985.

En el otoño de 1991, varios codinenses creyeron reconocer al mono de su campanario en la enigmática figura del Cercopithecus icarocornu que se presentaba, junto a otras hibridaciones imposibles, en la exposición Fauna secreta del Museu de Granollers. No en vano la fotografía se había tomado en el bosque encantado de Òrrius, no muy lejos de allí, Òrrius es un pequeño municipio del Maresme enclavado entre montañas y su bosque de piedras talladas se halla a unos veinte quilómetros de Sant Feliu de Codines. y la autoridad del doctor Ameisenhaufen, por si quedaba alguna duda, certificaba la veracidad del especimen expuesto. Peter Ameisenhaufen (München, 1895-Glasgow, 1955) fue un zoólogo alemán que dedicó su vida a la catalogación de algunas monstruosidades de la naturaleza como el Alopex stultus, la Solenoglypha polipodida o el solemne Centaurus neandertalensis entre otros. Algunos testimonios recordaron entonces como el Cercopithecus icarocornu iba de las copas de los árboles a lo alto de la torre del Rellotge en un vuelo fabuloso y nocturno. Otros, preguntados al respecto, vacilaron en su respuesta. La criatura que habían visto a finales del verano de 1989 podía, en efecto, tener alas, pero nunca un cuerno en la cabeza. La memoria seguía su curso. A medida que recuerda, reformula las vivencias que acumula. Las transforma, las actualiza. Jaume Ll., por su parte, insistió dos años después en que el hombrecillo que vio no era un mono: aquello carecía completamente de pelo.

Aquello, lo que fuera, se estaba perdiendo por siempre en la noche de los tiempos.

La investigación de Xavi U.

Barroso, Passatge a Sant Joan, 2018.

Xavi U. se coló en el 16/34 del pasaje a Sant Joan por su cuenta y riesgo en la mañana del 11 de octubre de 1999. Llevaba consigo una linterna, una libreta de mano y una grabadora de cinta cassette. El soporte magnético era el más indicado para la captación de la parafonía a decir de los expertos. Echó un vistazo al lugar, pasto de la sombra y de la ruina, y buscó la manera de bajar al sótano, donde esperaba encontrar el pozo que el viejo Dalmau usaba como osario. Iba con mucho cuidado de no hacerse daño. El edificio llevaba más de diez años abandonado. Xavi U. tenía miedo, pero seguiría adelante con su cometido: si lo que se contaba del sitio era cierto, allí habían sacrificado a niños inocentes en aras de una ciencia negra y antiquísima. Estaba, de algún modo, en la obligación de esclarecer el misterio e informar a la opinión pública de sus pesquisas. Probó con una grabación de minuto y medio en el pasillo de puertas entornadas. No hallaba la manera de acceder a las estancias subterráneas. Topó, sin embargo, con una habitación repleta de utensilios que le parecieron de lo más extraño en su conjunto. Botes de vidrio. Platos, vasos y cubertería varia. Embudos, morteros y tenazas de boca abierta. Una multitud de frascos con polvos de muy distinta naturaleza. Vasijas de barro, más instrumentos de hierro y algunos recipientes de cristal con cuellos incomprensibles. Xavi U. sólo echó en falta el caldero de sangre para completar su cuadro: estaba en la guarida de un brujo. Allí realizó una segunda grabación. En esta ocasión, de dos minutos y medio. Después descubrió que aquella construcción de ladrillo, pequeña, en mitad de la sala, era un horno. No escondía ningún hueso. No había más que ceniza en su interior, como en el hogar, aunque creyó distinguir restos de papeles echados al fuego de la chimenea mucho tiempo atrás.

El laboratorio del viejo Dalmau.

No cuesta discernir en la descripción de Xavi U. el instrumental propio del brujo moderno o, mejor, del alquimista: alambique, mortero y, en el centro de la escena, el hornillo de atanor. Se identifican, por lo demás, redomas, retortas y útiles para la manipulación de objetos calientes. El crisol o huevo filosofal es el recipiente hermético que se somete a la voracidad del fuego. En su interior, se produce la transmutación de los elementos según impone la ley de correspondencia. Este principio establece relaciones sutiles entre dos planos de la existencia: como es arriba, es abajo. Si el crisol corresponde al alma, el horno, a la matriz o madre donde ha de gestarse. El fuego, por ende, es la sangre que da la vida. El viejo Dalmau, de nombre Jaume, hizo pudrir su propio semén durante cuarenta días dentro del huevo filosofal. La dificultad de la operación radica, sobre todo, en mantener una temperatura constante en la entraña del hornillo. Después, tras la incubación in vitro de vida nueva, se puede observar a un humanoide diminuto dentro de la vasija. Se mueve torpemente. Lo impulsa el espíritu de la llama, sin consciencia. Según receta Paracelso, se le alimentará con sangre de hombre, que no de mujer, por un periodo de cuarenta semanas. Las instrucciones al respecto se hallan dispersas en la prosa erudita de diversos libelos de Theophrastus Bombast von Hohenheim (Egg, 1493/94-Salzburg, 1541) como De homunculis (Basel, Johannes Huser, 1591) y De natura rerum (Strasbourg, Bernhard Jobin, 1584) entre otros. Por este procedimiento, el viejo Dalmau fabricó el homúnculo de Sant Feliu de Codines en su guarida. La criatura, probablemente, escapó del laboratorio del 16/34 del pasaje a Sant Joan cuando se quedó sola en el mundo. El enigmático Jaume Dalmau fue visto por última vez en el verano de 1989. Del mono en el campanario, no se ha vuelto a saber nada.