Umbrario

La brívia de Sant Llorenç del Munt i l'Obac

Primero fue el cubo solo, tirado junto a la fuente d'Estenalles o del Llor. La criatura que saliera a por agua a primera hora de la mañana había desaparecido y ya no se la volvería a ver. Se había perdido en el bosque. Se la buscó, sin embargo, durante días y días. Al cabo de unas semanas, la montaña se tragó a dos niños más. En esta ocasión, se abandonó la esperanza de hallarlos con vida después de la tercera noche al raso. Había comenzado a helar. Entre lobos, pozos y simas, la acción de una fiera terrible permanecía oculta, encubierta por la fatalidad. A decir de sus habitantes, la desgracia ensombrecía el valle, sin más. Al fin y al cabo, el hogar de aquellos hombres era inhóspito y cruel. Hacían frente al bosque antiguo una jornada tras otra y los infantes, hace más de mil años, morían con una frecuencia que resulta espantosa. Aun con todo, por altos que fueran los índices de mortalidad infantil en manos de la historiografía, las gentes del lugar se pusieron en alerta cuando se perdió una cuarta criatura poco tiempo después. Alguien encontró un cesto de la colada abandonado a orillas del Ripoll. No había rastro de la pequeña masovera que lo llevara bajo el brazo unas horas antes.

Había desaparecido.

La fiera que asolara la región de Sant Llorenç del Munt i l'Obac a finales del siglo X acechaba a sus víctimas en puntos de acceso al agua dulce. Al igual que otros muchos depredadores, las atacaba por la espalda y las arrastraba después, vivas o muertas, a lo recóndito de su guarida para devorarlas hasta el hueso. Es muy probable que no se dejara ver nunca. Los vecinos de Sant Llorenç debieron oírla, no obstante, inquietando la espesura. Entonces, mientras se escabullía serpeando para no ser descubierta, debieron estimar el tamaño aproximado del monstruo. Su monstruosidad la infirieron a partir de la carroña que fue dejando a su paso cuando ellos, los humildes vallesanos, tuvieron que abandonar sus tierras para resguardarse de las huestes de al-Manṣūr monte arriba. Se conserva noticia de la degollación y decapitación de los monjes del monasterio de Sant Llorenç del Munt a manos de las tropas de Abu ʿAmir Muhammad ibn Abi ʿAmir al-Maʿafirí, llamado el victorioso, en el año 985. A juzgar por las mordeduras en las reses muertas, el bocado de la fiera era descomunal y estaba dotado de numerosos colmillos, largos y afilados. Se observaban, además, laceraciones horribles en el lomo de las presas, fruto, más que probable, de unas garras poderosas y curvas. La voracidad de la fiera no tenía término, tampoco. Los cadáveres de las ovejas poblaban el campo sin orden ni concierto. Aquella matanza resultaba incomprensible a ojos de los pastores: el lobo, sin ir más lejos, no mataba por matar. El lobo (Canis lupus) fue exterminado sistemáticamente de Catalunya a mediados del siglo XIX. Este depredador, que sólo caza por necesidad, puede llegar a acabar con todo un rebaño si lo encuentra estabulado: el instinto le lleva sin falta de una presa a otra. Éstas, en campo abierto, no seguirían allí tras el primer ataque: habrían huido. Así que, si una bestia no mata por hambre, cabe atribuirle oscuras intenciones y los cristianos, desde los tiempos de las catacumbas, llaman Satán a su adversario.

El dragón como advocación de Satán.

A fuerza de años, la cristianización de las gentes del pago fue acabando con los antiguos cultos vinculados a la madre naturaleza. La adoración de un dios único supuso la persecución y proscripción de una miríada de deidades primigenias y de sus respectivos ritos. De un día para otro, desaparecía una cultura centenaria. Todas las creencias que arraigaban fuera del templo se asimilaban finalmente a la figura del adversario Id est, Satán.y, a la larga, el conocimiento que se cifraba en sus mitos ancestrales fue silenciado sin piedad. La tradición pagana del campo se interrumpía con la imposición de la cruz. El campesino, en lo sucesivo, poblaría el altar del dios único con vestigios de un credo anterior. Aquella expresión espontánea del saber antiguo no bastó para preservar la religión de sus padres. Los númenes del bosque que antes fueran blancos se tornaron oscuros por efecto del desconocimiento, ya sea del nombre o de su significado, y el mundo, por ende, se empobreció miserablemente: la amalgama de colores de la naturaleza se sumía en el blanco o en el negro. La luz se opuso a las tinieblas. Satán, que no Lucifer, era, y es, «símbolo de las tinieblas y tiniebla él mismo». Massimo Izzi, Diccionario ilustrado de los monstruos, Palma de Mallorca, José J. de Olañeta (Alejandría), 2000, página 143, al respecto del dragón como antagonista del sol. La tiniebla, vista desde fuera, abarca poco más allá del ámbito de lo que se ignora. Si el miedo a lo desconocido es el mayor de los miedos, la ignorancia, en tanto que tiniebla, es la principal fuente de temores. Idealmente, el hombre pagano conoce o trata de conocer el bosque y la tiniebla, en su concepción de las cosas, se cobija en el interior remoto, más salvaje, de la foresta. Si el hombre teme lo que desconoce, el pagano no teme el bosque porque lo conoce. El cristiano, sin embargo, teme hondamente la tiniebla que acecha los dominios de su hogar y el dragón, que es un vástago de la tiniebla, si no la tiniebla misma, Atiéndase, en este sentido, la anterior referencia al dragón de Massimo Izzi. se oculta en el bosque inmediato y duerme bajo la tierra que pueblan los cristianos. En el macizo de Sant Llorenç del Munt, se cuentan más de ciento setenta cuevas y simas. Según Esteve Busquets i Molas, hay unas ciento setenta y tres sólo en los parajes de las Pinasses, las Pedritxes, la Mola y el Montcau (Entre vinyes i telers, Barcelona, 1967, página 26). La fiera, en este caso, tenía donde esconderse. Los habitantes de la región debieron acosarla provistos de armas y de fe durante todo el invierno. No pocos héroes del santoral cristiano se valen únicamente de la fuerza de su voluntad para doblegar al maligno bajo la forma del dragón, A Sant Mer de Banyoles le bastó con bendecir al dragón para amansarlo: «el drac al moment s'amansí i, manyac com un anyell, va aplanar-se als seus peus» (Amades, Costumari català, Barcelona, Salvat editores, 1950, tomo I, página 604). San Silvestre de Roma, según se refiere en La leyenda dorada, pronunció unas palabras: «Tú, Satanás, quédate quieto en esta cueva» y, a continuación, «amarró la boca del monstruo» (Madrid, Alianza, 1984, tomo I, capítulo XII, página 84). El propio Santiago de la Vorágine cuenta, más adelante, como Santa Margarita de Antioquía «trazó la señal de la cruz y el monstruo desapareció» (tomo I, capítulo XCIII, página 377). Santa Marta de Betania, tras asperjar con agua bendita a la bestia, vio como ésta «tornóse de repente mansa como una oveja» (tomo I, capítulo CV, página 420). cualesquiera sea su nombre. Brívia fue el nombre popular que dieron a la fiera en Sant Llorenç. Brívia es metátesis de víbria y víbria equivale a decir vibra. Ambas voces proceden del latín vipĕra, es decir, víbora o serpiente, y ambas dos denominan, desde antiguo, a facetas distintas de un mismo adversario.

La brívia como monstruo procesional.

Mediados los años noventa del siglo XX, la brívia (en este caso, víbria) volvió a asolar la región. Se la vio escupir fuego por las calles de Castellar del Vallès en un día de fiesta grande. Estaba furiosa. Iba entre la gente, como en procesión, y nadie huía ante su figura pavorosa porque toda aquella gente estaba allí, justamente, celebrando su triunfo sobre las aberraciones del averno: la brívia, si es que nunca fue, supo en tal ocasión que no era ya más que una bestia popular. Obra de Joan Parera Datzira en 1995, este simulacro de dragón sigue, hoy día, infernando furiosamente las calles de la villa durante el segundo fin de semana de cada mes de setiembre.

El correfuegos de la víbria de Castellar del Vallès conmemora la derrota de la fiera a manos de los vallesanos. Es probable que los campesinos solicitaran ayuda a la guarnición del castillo de Pera. O quizá no. No hay noticia al respecto. La partida de caza, no obstante, debió fatigar el monte tras las huellas de la bestia y, en las inmediaciones de su guarida, le dio muerte. La región quedaba en paz por un tiempo. El daño que hiciera la brívia tuvo que ser, sin embargo, grande para perdurar más de mil años en la memoria de un pueblo. En la génesis de toda leyenda, hay un principio de verdad, y no se trata tanto de una enseñanza literaria como de un hecho histórico. La tradición de otros monstruos procesionales tiene su origen en la ostentación de los despojos del dragón. Es el caso, por ejemplo, del Grand'Goule de Poitiers, la Gargouille de Rouen o la Tarasque de Tarascon domeñada, como se ha referido anteriormente, por Santa Marta de Betania. Es decir, hubo un dragón, se lo mató, se lo desolló en el sitio y se paseó su pellejo de aldea en aldea para dar fe de su derrota. La procesión certifica el fin de la amenaza, pero la noticia de la muerte de otras fieras en el occidente de la Europa medieval indica que hubo o pudo haber otras brívias. Cabe pensar en individuos de una misma especie o género, ambos desconocidos hasta la fecha, a poco que se aislen los elementos comunes a las distintas leyendas, pero, pasados cientos de años, es difícil discernir entre Poesía e Historia.

La leyenda como vestigio.

Carpaccio, San Giorgio e il drago, panel superior, 1502.
Carpaccio, San Giorgio e il drago, panel superior, 1502.
Los hechos (la desaparición de unos niños, la matanza del ganado y la posterior caza de un monstruo) cruzan los siglos de boca en boca. En este tránsito desigual, perduran el temor a la fiera, que es máscara del horror de la muerte, y la victoria sobre las tinieblas. El nombre del antagonista y del escenario dan título a la leyenda, La brívia de Sant Llorenç, así que permanecen sin variación desde la gestación del relato. Los pormenores del suceso se someten, sin embargo, a los mecanismos inherentes a la narración y se van transformando con el paso de los años.

El dragón, por ejemplo, exige un héroe como rival.

Es siempre más sencillo recordar un único nombre, célebre por sí solo, que no los nombres vulgares de tres o cuatro campesinos (aunque fueran en mayor número a cazar al monstruo, sólo unos pocos debieron destacar por sus hazañas). El capitán de la guarnición del castillo de Pera debió desempeñar el papel del héroe al comienzo, dada su inmediatez. O quizá fuera el oficial de la cuadrilla que portaba el pellejo de la fiera de pueblo en pueblo quien protagonizó, al principio, las acciones memorables de la gesta. En cualquier caso, la identidad de ambos personajes debió oscurecerse pronto, dada su irrelevancia fuera de contexto. Tras una o dos generaciones, el matador de la brívia se relacionó con el señor de una baronía o condado, es decir, con un apellido famoso por su mera condición. De esta manera, los vallesanos que pidieran auxilio al castillo de Pera acabaron acudiendo en su lugar a la capital del condado en busca de socorro. La importancia del relato es mayor si se cambia Pera por Barcelona y al cabecilla de un puñado de hombres, por el conde de todos ellos. En la formación de una leyenda, los detalles más efectivos en el ámbito de la narración perviven y, por lo tanto, se transmiten. Aquellos otros que se van silenciando con el tiempo se caen de la relación de los hechos porque pierden su sentido o significado y, por lo tanto, su valor.

Hay otro factor decisivo en la transformación de la Historia en Poesía: la intención del que cuenta los hechos. El cristiano, que guarda memoria de las incursiones sarracenas, atribuye a su enemigo la aparición de la fiera con el propósito de marcarlo como el contrario por los siglos de los siglos. Las fechas, a fin de cuentas, están próximas entre sí y es fácil confundirlas. Luego, no hay nada más natural que observar un mal (el dragón) como consecuencia de otro (el moro). El arte de la narración responde antes a la lógica de la causa-efecto que a la circunstancia histórica aun en la propia Historia. Poco importa, en este sentido, si los ataques de la brívia tuvieron alguna relación con la llegada de las huestes de al-Manṣūr: la invasión sarracena trajo consigo a la fiera.

Pi i Margall, España. Obra pintoresca en láminas ya sacadas con daguerreotipo, ya dibujadas del natural, Barcelona, Imprenta de Juan Roger, 1842, tomo I intitulado Cataluña, página 145.
Pi i Margall, España. Obra pintoresca en láminas ya sacadas con daguerreotipo, ya dibujadas del natural, Barcelona, Imprenta de Juan Roger, 1842, tomo I intitulado Cataluña, página 145.
Estos hechos (el sarraceno traslada al dragón del norte de África a Sant Llorenç; la bestia ataca al ganado y mata a dos hombres; la gente del lugar pide ayuda a las autoridades; el conde de Barcelona, si no Guifré el Pilós, su padre, mata a la fiera en combate singular) acaban recogidos seis siglos después por Esteve Barelles en su Centvria o Historia de los famosos hechos del gran conde de Barcelona don Bernardo Barcino y de don Zinofre ſu hijo (Barcelona, Sebastià de Cormelles, 1600). Capítulos CLXXIX-CLXXXII, páginas 199-204. Unos años más tarde, Jeroni Pujades publica la Coronica vniversal del principat de Cathalvnya (Barcelona, Jeroni Margarit, 1609) donde refiere el inquietante hallazgo que hacen unos excursionistas en las profundidades de la cueva de la Simanya: «me dijo que vieron y hallaron una grande masa de estiercol negro y reciente que les hizo sospechar fuese de alguna bestia fiera y selvática que debia de tener allá su albergue y guarida, y que al ver que dicho estiercol estaba algo líquido juzgaron que la fiera estaba dentro ó habia poco que saliera fuera; por lo que el miedo de que no saliese la fiera de lo mas profundo de la cueva, si es que estuviese dentro, ó al recogerse, dado que estuviese fuera, no les hallase y se viesen en algun peligro de muerte, les obligó á no meterse mas adentro ni entrar en lo último de la cueva». El cronista, a continuación, relaciona este suceso con la leyenda de la brívia de Sant Llorenç: «Esta es aquella célebre cueva de la que dice el autor de la Centuria que salió aquel fiero dragon que con su aliento inficionaba los aires, se comia los hombres y los animales grandes, y que acabó á manos del conde Guifre de Barcelona». Gerónimo Pujades, Crónica universal del principado de Cataluña escrita a principios del siglo XVII, Barcelona, Imprenta de José Torner, 1831, tomo VII, páginas 88 y 89. Aunque no cree en los dragones, Pujades se debe a verdad, la verdad de la palabra escrita, y al principio de auctoritas que merece, a priori, todo autor. El rigor intelectual le exige mencionar una verdad, la de Barelles, que no hace suya. Ha leído su obra y está fuertemente comprometido con la Historia. «Yo no creo nada de esto, mas remítome á la verdad y vuelvo á mis historias» (tomo VII, página 89). Esto basta al cronista para citar la Centuria.
López, Relleu del brancal esquerra de la Porta de Sant Iu de la catedral de Barcelona, 2007.
López, Relleu del brancal esquerra de la Porta de Sant Iu de la catedral de Barcelona, 2007.

La leyenda, una vez escrita, deja un rastro impreso en tinta que se puede ir siguiendo hasta la actualidad. Pedro Ángel de Tarazona, precursor del periodismo en Barcelona, refiere por extenso los hechos de Sant Llorenç en su Semanario curioso, histórico, erudito, comercial, público y ecónomico (Barcelona, Carlos Gibert, 1780) atento, en todo momento, a la lección de Barelles. Tomo V, capítulo XXXI, páginas 322-344. Por dos veces describe dos representaciones en piedra de la figura de «un hombre armado con peto, eſpaldar y Ielmo, batallando con un Dragon», que no un grifo, en la puerta de Sant Esteve de la catedral de Barcelona. Capítulo XXX, página 321. En la página 342, capítulo XXXI, refiere que «en la Puerta de la Santa Igleſia Cathedral abierta debajo del Organo llamada la puerta de San Eſtevan, eſtà labrada de piedra en dos partes la figura del Conde Don Zinofre, batallando con el Dragon: en la una ſe repreſenta el primer golpe que le diò en la cabeza con la rama que deſgajò del Robre, y en la otra, quando eſperava el Dragon con la Lanza enrriſtrada». Aparecen, con el curso de los años, otros vestigios de la brívia que no son meramente tradicionales: «A la parte del Norte de la misma Montaña se halla la Hermita de Santa Ines con visos de muy antigua en la que se guarda un grandísimo hueso que tiene la figura de una costilla y pretenden que hera del referido Dragon». Francisco de Zamora, Diario de los viajes hechos en Cataluña, cuaderno manuscrito, 1787, página 9. Francisco de Zamora visitó la ermita de Santa Agnès, sita en una cueva próxima al monasterio de Sant Llorenç del Munt, el 29 de marzo de 1786. Al tanto de los hechos que «cuentan las Historias de Cataluña» sobre la fiera, este ilustrado viajero dejó constancia de la existencia de una costilla del dragón unos ochocientos años después de la muerte de la brívia. Es la primera noticia que se tiene al respecto. Por su parte, Pi i Margall se hace eco de la leyenda, que ubica en la cueva del Drac, a mediados del siglo XIX, pero no le otorga ninguna credibilidad: «El objeto de la obra no me permite dar solaz á fantasía sacando á plaza narraciones poéticas y finjiendo escenas donde no ofrece hechos la historia». Francesc Pi i Margall, España. Obra pintoresca en láminas ya sacadas con daguerreotipo, ya dibujadas del natural, Barcelona, Imprenta de Juan Roger, 1842, tomo I intitulado Cataluña, página 148. La Historia, sin embargo, ofrece documentos. Anton Vergés i Mirassó, artífice de la restauración del monasterio de Sant Llorenç del Munt entre 1868 y 1871, defiende la existencia real de la fiera a partir de los restos materiales que se conservan y que él mismo, según confiesa, guarda: Vergés i Mirassó asegura que «es cosa probada que hubo una fiera horrible en Sant Llorenç del Munt en la antigüedad, y no sólo me baso en el fragmento de costilla que se conserva […] a la que todos, antiguamente, llamaban la costilla del dragón […] sino que me baso, además, en el descubrimiento de un fragmento de cráneo de horrible reptil, que conservo; es más, junto a otros huesos del mismo, que se destruyeron durante el derribo del coro, se encontró también un cráneo humano, probable víctima del horroroso reptil» (Sant Llorens del Munt: son passat, son present y venider, Barcelona, Estampa y llibrería religiosa y científica del hereu den Pau Riera, 1871, páginas 159-160). «Que hi hagué alguna fiera horrible en Sant Llorens del Munt en la antigüetat per mi es cosa demostrada; y me fundo no sols en lo fragment de la formidable costella ques conserva […] a la qual en la antigüetat tothom ja anomenaba la costella del drach […] sino tambè en lo descubriment de un fragment de cráneo de horrible reptil, que conservo, y que junt ab altres ossos del mateix, ques destruiren per poca precaució dels mestres de casas al derribar lo cor, ahont en un secret lo depositaren los monjos quel feren construir, se trobá tambè un cráneo humá, que probablement seria lo de una de las victimas de aquell horrorós reptil». Joan Gros i Roca, dueño de can Pobla por aquel entonces, tuvo ocasión de medir la costilla en cuestión y hacía nueve palmos de largo por nueve libras de peso. Si una libra equivale a 0,45 quilógramos, el hueso debía pesar poco más de cuatro quilos y, si el palmo hace, por lo general, poco más de veinte centímetros, la costilla mediría algo más de dos metros. Luego, según cuenta Vergés i Mirassó, se rompió en tres trozos: el primero lo usurpó cierto soldado anónimo; el segundo lo recibió a título particular un tal Joan Riba; Joan Riba i Fígols (1805-1873) fue el célebre fundador del museo de la sal de Cardona. y el tercero quedó a disposición de los naturalistas que quisieran examinarlo. Hay más. Francisco Dalmau aseguraba en su día que, durante siglos, se había conservado un trozo del espinazo del dragón en el santuario del Puig de la Creu. Estos testimonios los recoge Vergés i Mirassó en nota al pie de la página 174 de su obra Sant Llorens del Munt: son passat, son present y venider (Barcelona, Hereu den Pau Riera, 1871).

Hoy no quedan restos que examinar. Parece que los vestigios materiales de la leyenda se han ido perdiendo entre las cajas de algún que otro archivo municipal, sótano de museo o trastero particular. Si la existencia real de la fiera depende del cotejo de unos huesos, éstos se hallan ocultos en el interior de un cajón, no muy lejos de aquí, en este mismo momento. Basta con encontrarlos, donde quiera que estén, para esclarecer la cuestión de fondo. Entre tanto, teniendo en cuenta los testimonios que ofrece la Historia al respecto, cabe considerar que la brívia, si nunca existió, no fue nunca una bestia sola. O, mejor dicho, una sola bestia. Es decir, la pervivencia de un individuo supone siempre la supervivencia de todo un grupo de individuos, aunque reducido, de la misma especie. Dadas las dimensiones del dragón de la leyenda, no parece posible que otras brívias pasaran inadvertidas a lo largo de los siglos. Tarazona, en su Semanario curioso, realiza la siguiente descripción de la fiera: «pero antes la midieron por partes; y allaron ſer la cabeza de ſeis palmos y medio de diametro; la garganta de poco mas de quatro palmos; y deſde la raiz de la cabeza aſta los hombros tenia cinco palmos de largo, las manos tenian nueve palmos de alto; y quatro y medio de diametro; deſde los hombros haſta el fin del eſpinazo avia diez palmos de largo, y quince de diametro; la cola, tenia ſiete palmos de largo, y quatro de circunferiencia; las piernas tenian tambien nueve palmos de alto, y quatro y medio de diametrio; y las uñas de pies y manos tenian cada una una tercia de largo, medio palmo de diametro; y tan afiladas como un cortaplumas; el pico tenia tres palmos de largo, y ſus dos puntas eran lo miſmo que dos tajantes cuchillos; las Alas tenian cada una de largo once palmos, y de ancho ſeis y medio; y no tenia pluma, ſino es pellejo, ſemejante al de las alas de los morciegalos, pero de medio palmo de grueſo» (Barcelona, Carlos Gibert, 1780, páginas 339-340). Siquiera en regiones poco pobladas del occidente europeo. Aun en el caso de que se extinguieran prontamente, esto es, entre los siglos XI y XII, habrían trascendido otros vestigios materiales de la especie tarde o temprano. Quizá pudo tratarse de un ejemplar teratológico, descomunal en su tamaño. Es raro, pero es posible. Si la costilla del dragón no pertenecía, en verdad, a un cetáceo, la anomalía de la fiera que dio pie a la leyenda de la brívia explicaría que una estirpe de depredadores, hasta entonces desconocida, hollara cruenta una sola página de la Historia.

Adenda bibliográfica de octubre de 2018.

El reguero de tinta que deja la brívia de Sant Llorenç a su paso va mucho más allá del siglo XIX. Gracias a la obra de Miquel Coll i Alentorn, Guifré el Pelós en la historiografia i en la llegenda (Barcelona, Institut d'estudis catalans, 1990, página 51), amplío el número de estudios que se hacen eco de la leyenda. Añado, de mi propia cosecha, los títulos de Busquets i Molas, Vila Delclòs y Prats y Padilla. Siguen en estricto orden cronológico:

  • Francesc Maspons i Labròs, Tradicions del Vallès, Barcelona, Editorial Barcino (Biblioteca folklòrica Barcino, II), 1952, páginas 34-42. Fue publicado originalmente en 1876.
  • Francesc Vila i Plana, Llibre de Sant Llorenç del Munt, Barcelona, Industria Gráfica Gersa, 1965, páginas 179-183.
  • Esteve Busquets i Molas, Entre vinyes i telers. La vida a Sant Llorenç Savall, Barcelona, edición del propio autor, 1967, capítulo Llegendes, páginas 163-168.
  • Lluís Vergés i Solà, Bellesa i atractiu de Sant Llorenç del Munt. La Mola, Sant Llorenç Savall, edición del autor, 1973, páginas 203-206.
  • Antoni Pladevall i Joan-Albert Adella, El monestir romànic de Sant Llorenç del Munt, Barcelona, Artestudi edicions, 1980, páginas 264-268.
  • Miquel Ballbé i Boada, Matadepara i Sant Llorenç del Munt. Més de mil anys d'història, Barcelona, Caixa d'Estalvis de Terrassa, 1982, tomo II intitulado Sant Llorenç del Munt, páginas 419-427.
  • Eusebi Vila Delclòs, Sant Sebastià de Montmajor. Històries fantàstiques, misteris i supersticions, Barcelona, Editorial Meteora, 2016, capítulo La costella del drac al puig de la Creu, páginas 65-69.
  • Joan de Déu Prats y Maria Padilla, El gran llibre de les criatures fantàstiques de Catalunya, Barcelona, Editorial Comanegra, 2017, capítulo XII intitulado L'alè ardent del Lluert, páginas 42-45.