Umbrario

La larva de Castellcir

Los hechos sucedieron como sigue. Días antes del siete de diciembre de 1981, la sombra ominosa de la larva se cernió sobre las calles de Castellcir. A decir de los vecinos de la localidad, una presencia maligna les venía acechando. La hija menor de Dolors R. contó que había sorprendido a un mirón en la espesura del parque en la víspera de la Constitución; la señora de can M., que alguien la había seguido hasta la puerta de su casa en la noche del dos al tres; y Joana F. habló de una voz horrible a su espalda mientras paseaba al perro en la madrugada del cuatro. En declaraciones realizadas a la prensa local, Joana F. aseguró que se trataba de «una veu com antiga, que panteixaba» y que se dirigió a ella sin decir nada que pudiera comprender. Como es natural a razón, no se detuvo a preguntar. El temor cundió en la población. Iba de boca en boca. Un maníaco sexual rondaba la zona.

Lunes siete.

Maite G. salió a sacar la basura cerca de las seis y cuarto de la tarde. Ya era de noche en la Penyora. La Penyora es una de las urbanizaciones del término municipal de Castellcir. Se encuentra al nor-noreste del núcleo urbano, próxima a la antigua parroquia de Santa Coloma Sasserra y junto al hayedo terrible de la Sauva Negra. Los contenedores de la basura se hallaban al cabo de la calle, donde apenas alcanzaba la luz de las farolas. Todo parecía en calma. La mujer dijo no escuchar nada. Un desconocido la agredió por detrás. Según recoge el atestado de la policía municipal, un individuo la mordió en una pierna y se dio a la fuga sin que la víctima lograse identificarlo. Fue rápido. No vio nada. Quedó constancia de la huella del mordisco, no obstante: un feo bocado de dientes torcidos en la cara externa del muslo izquierdo donde se cuentan siete incisivos y cuatro caninos.

Los sucesos de la mañana del día ocho.

Barroso, Camino a la fuente de la Sauva Negra, 2013.

Montse D. y Jaume S., naturales de Santa Eulàlia de Ronçana, habían salido de excursión a la Sauva Negra. La Sauva Negra es un hayedo frondoso y sombrío que se extiende entre los municipios de Castellcir, Balenyà y Centelles. El término sauva deriva del latín silva, es decir, selva, y la negrura que se le atribuye responde a la umbría, hábitat natural del fagus sylvatica, y a la espesura habitual en los bosques de hayas. De camino a la fuente del lugar, el cachorro del matrimonio S. se asustó y escapó hacia la espesura del bosque. La señora D. corrió tras el perro y abandonó el camino. Mientras su marido la esperaba en el sitio, Montse D. descendió una ladera harto accidentada y encontró la bestezuela escondida a pocos metros de una alambrada de espino. Al otro lado, la pendiente se precipitaba al lecho de un riachuelo. La riera de Castellcir, por fuerza, lejos de la fuente sulfurosa de la Sauva Negra a la que creían dirigirse. En el momento de agacharse a recoger el cachorro, alguien se le echó encima y la mordió en el cuello. La atacaba por la espalda. Montse D., a causa de la embestida, cayó al suelo y rodó cuesta abajo. Jaume S. la encontraría poco más allá, echada junto a un poste. La valla había impedido que se despeñara. Estaba fuertemente conmocionada. Hablaba de un gruñido horrible en el aire y preguntaba por su mascota, pero no había rastro del animal. El perro había desaparecido.

Domingo trece: una «cabeza horrible» en el matorral.

Empar V. salía a correr todos los domingos, bien temprano. Solía ir sola. Aunque había oído hablar del maníaco sexual que rondaba la zona, no temió que pudiera pasarle nada a plena luz del día. Cerca de Santa Coloma Sasserra, a unos cuatro quilómetros de Castellcir, le sucedió lo inexplicado. Algo se cruzó en su camino. Diría que un perro pequeño seguido de otra cosa. Ambos se perdieron de inmediato en la maleza. Luego pudo escuchar cómo bregaban y, por último, el llanto lastimero de la bestia. Se acercó, llevada por la compasión, y buscó entre los arbustos. Iba con cuidado. Sabía que, si un depredador se ve sorprendido, puede reaccionar con agresividad en lugar de huir por pequeño que sea. Entonces oyó aquel ruido: algo masticando con voracidad. Apartó una rama más y aquello, una cabeza horrible devorando las entrañas de una raposa, se volvió hacia ella y le lanzó un mordisco. Empar V. quiso protegerse y antepuso el brazo. Aquello la mordió gravemente en el antebrazo derecho. Gruñía como una fiera, fuera de sí. La mujer hizo por quitárselo de encima y, tras librarse, salió corriendo.

El extraño caso de la larva de Castellcir.

No trascendieron más encuentros con la larva. En lo sucesivo, se replicaron miradas acechantes, sombras furtivas y ruidos espantosos en la quietud de la noche. Nada concreto. Probablemente, no respondieran a otra cosa que el miedo. La confusión de rumores y noticias propagaba el temor entre los habitantes de Castellcir. El que fuera maníaco sexual adquiría rasgos monstruosos. Según el parte médico de Empar V., las lesiones de su antebrazo derecho estaban causadas por el bocado de un hombre que carecía del incisivo lateral inferior izquierdo, pero Empar V. no habló nunca de un hombre al uso, sino de una cabeza tan sólo.

La larva tradicional es el alma de un muerto que fue malvado en vida. En la tradición literaria, los larvae romanos aparecen con los Fasti ovidianos bajo el nombre de lemures (libro V, versos 419-486). El poeta Rubén Darío, veinte siglos después, confesaría: «en Caras y Caretas ha aparecido una página mía, en que narro cómo en la plaza de León, una madrugada vi y toqué una larva, una horrible materialización sepulcral, estando en mi sano y completo juicio» (Vida, Barcelona, Casa Editorial Mauci, 1915, capítulo XLVI). La página referida lleva por título La larva y el pasaje en cuestión dice así: «aquella figura se volvió hacia mí, descubrió su cara y, ¡oh, espanto de los espantos!, aquella cara estaba viscosa y deshecha; un ojo colgaba sobre la mejilla huesona y saniosa; llegó a mí como un relente de putrefacción. De la boca horrible salió como una risa ronca y luego aquella cosa, haciendo la más macabra de las muecas, produjo un ruido que se podría indicar así: ¡Kgggggg!» («La larva», Caras y Caretas, número 621 de agosto de 1910, páginas 78-79). Modernamente, el ocultismo ha roto su vinculación con el ser humano: según Ernest Bosc, «la larva […] es un germen, un principio vital que busca manifestarse […] y toma formas repugnantes». Bosc, Germes de vie de l'astral, de l'espace, larves, microbes, egrégores, la microbiculture, la magie noire, incubes et succubes, les sorts, Paris, Daragon, 1913. Y, a juzgar por la descripción de la larva que hace Jaume S., o el muerto de este caso fue decapitado en un cadalso secular o el germen tomó la forma de una cabeza horrible suspendida en el aire.

Después de que su mujer, Montse D., corriera tras el perro, Jaume S. esperó en el camino. Según dice recordar, la vio venir hacia él desde el fondo de la vereda que venían siguiendo. Iba sola, en el aire. Llevaba la boca abierta y el hambre le desfiguraba el rostro de una manera horrible. No pudo reaccionar. Parecía atrapado en ese instante en que los ojos miran y la mente no ve. Cuenta que fue como si se levantara un golpe de viento y no se oyera nada. Las ramas se agitaban. La hojarasca salía volando a su paso, pero no se podía escuchar nada en absoluto, aunque luego «te viniese a la memoria aquel ruido espantoso». La voz de su mujer llamando al perro atrajo la atención de la larva. Viró en el aire y se perdió en la espesura.

Jaume S. había olvidado este suceso por completo. De algún modo, su cerebro había conseguido soterrar el horror de su encuentro con la larva hasta que reconoció «aquel ruido espantoso» en casa de su hijo. Fue a causa de una de las canciones de su nieto, hace unos años. Aquello lo trajo todo de vuelta. Preguntado por la pieza en cuestión, el joven refirió el tema Larvae de los australianos Portal: