El misterio de Sant Mena

11 de febrero de 1991

Mañana

O tarde. El Javi no podía saberlo. La persiana estaba echada todo el puto día y apenas se colaban unas rayitas de luz por las rendijas de la ventana que sólo le daban para saber si seguía habiendo claridad fuera o no. Su mujer lo quería así. No soportaba la luz de la calle. Le dolía en los ojos (en el nervio de los ojos) y le producía una jaqueca espantosa (o eso decía ella), pero es que, allí dentro, con los tres metidos, olía fatal.

—Como a muerto, no?

Como a mierda, tío. Es que, además, la Raquel no quería dejar la puerta de la habitación abierta porque, si no, corría el aire y cogían frío. Pero del malo, eh? Y la verdá era que la corriente no podía sentarle bien a ninguno de los tres. Y menos en su estado, en pleno mes de febrero. No había vuelto a helar en muchos días, pero estaban todos enfermos, con fiebre y con tos, y las veces que su mujer salía del dormitorio (igual que una perra furtiva) le llegaba el hedor a sombra del pasillo, como si allí se estuvieran cociendo los vómitos de una noche subterránea que no acabase nunca de esputarlo todo fuera.

El Javi se pasaba las horas del día tumbado boca arriba, con la cabeza sobre la tela rasposa de la almohada, «cof-cof-cof». Las paredes y el techo del cuarto estaban inflamadísimos de blanco. Si tendía una mano al frente, lo que era para arriba, podía palparle los ganglios hinchados debajo de la superficie, debajo de la capa finísima de yeso, «bom-bom, bom-bom», pero el Javi, en el fondo, sabía que el rojo (un espectro pálido del rosa) no podía ser blanco puro por culpa de la penumbra que habitaban todo el tiempo. Lo suyo era algo más bien de carácter tibio, que le daba mucho asco, al final.

—Y la niña? Cómo'stá la niña, eh?

Apenas podía verla en su cunita, a los pies de la cama de matrimonio. Ella no tosía apenas nada. Sólo se la oía respirar como en un ronquido seco, bastante irregular, que estaba siempre a punto de apagarse. El Javi entonces buscaba a la Raquel por la habitación y, cuando se la encontraba echada a su lado, lamiéndose los labios resecos como una raposa hambrienta, sentía un escalofrío que le subía del espinazo, «iiia». Menos mal que tenía siempre mucho sueño y, a la mínima, se quedaba dormido otra vez, donde el negro oscurísimo de la tumba, chaval.

—Verdá que sí, tío?

Mañana

O tarde, que nunca se sabía. El Javi se despertaba a veces con el sabor vivo de la sangre en el paladar, como si hubiera estado tosiendo trozitos de pulmón durante mucho rato, mientras no soñaba nada, «cof-cof-cof». El bulto de su hija en la cuna no se movía una mierda. Trató de incorporarse como pudo para verla mejor, pero unas cuchilladas en el cuello («chas-chas-chas») lo dejaron justo donde estaba.

—Y la niña, Raquel? Qué l'has hecho a la niña, eh?

La fiebre le subía por el tronco como un sarpullido de líquenes virulentos, igual que un montón de musgo que se le pusiera en la boca abierta y no lo dejase respirar, «cof-cof-cof». Debajo de su cuerpo, las sábanas estaban todas mojadas y hacía ya muchas-muchas horas que no bebía nada de nada. Ni una puta gota de agua, sabes? Pensó si no sería sudor en lugar de sangre. Él sabía (porque lo había oído en la tele) que habían fiebres hemorrágicas, que provocaban enormes sangrías del cuerpo, pero no tenía ni puta idea de qué cojones quería decir todo aquello seguido.

—No queda agüita?

Tenía mucha sed, la verdá. Venía de chumar en todas las fuentes de Climent Humet un agua rica y fresca, con mucho sabor a cloro. El pestazo a meado de los perros en las esquinas no le quitó las ganas de correr hasta la puerta de su casa, a toda hostia. De tanto mamar el hierro sucio de los grifos, se le habían hecho unas heriditas en las comisuras de los labios que le escocían un huevo, pero su madre, joder, no quería abrirle la puta puerta de la calle porque estaba claro que, si eso se infectaba, lo mancharía todo de sangre hasta las escaleras y luego a ver quién lo iba a fregar, eh?

El Javi buscaba a su mujer con los ojos pegados, «nena, nena, estás ahí?», pero ella no le hacía caso casi nunca. Palpaba sobre las sábanas mojadas, a su alrededor, y pedía por la vida de su pobre niña: «pero qué coño l'has hecho, hijadeputa?». Tenía demasiadas legañas en la cara y una sed monstruosa de lo que fuera. Podía notarlo en el interior del hueso del esternón. Le crecía igual que las ganas de morirse de una puta vez. La Raquel se había echado sobre la cuna y hacía aquel ruido asqueroso de las otras veces, «slurrrp, slurrrp».

—Déjala ya, no?

Pero el Javi no sabía si se había despertado nunca después de mirar el despertador a eso de las siete y cuarto de la mañana. Las rendijas de la persiana estaban igual que antes y que antes de antes, vale? El bulto oscuro de la cuna ya no se movía, tío, y alguien había estado llamando al timbre de la puerta un montonazo de veces, no?

Mañana

O tarde. O nunca. O algo por el estilo. El Javi no soportaba la idea de que la puerta del lavabo estuviera abierta todo el tiempo. Alguien se había dejado la luz de dentro encendida y el grifo no dejaba de gotear por las paredes, «plic, plic, plic». Estuvo luego muchos minutos callado, murmurando en voz baja una letanía de propósitos que ya no podría realizar nunca. La carne seca se le había hundido de poco a poco en los huesos del esqueleto y el pobre Javi se notaba mucho como un peso muerto que hubiese dejado de caer sobre el colchón, «plom». La Raquel se había puesto otra vez a su lado con la peste a mierda en la boca, como si se le hubiera podrido dentro todo el semen que se había tragado en la vida.

—Me muero, Raquel.

El dolor se le articulaba en palabras todo el rato. Le parecía haber visto a su mujer sobre la cunita cinco ó seis veces más por lo menos, estrangulando a la niñita hasta atiborrarse del todo. Luego se lo había explicado en un susurro. La Marujita no se despierta, Javi. No sé qué tiene que no se quiere levantar, Javi, pero la verdá era que la Raquel había dejado de hablarle hacía bastante tiempo. El Javi miró al techo y, del techo en sombras, fue con la vista hasta las rendijas medio apagadillas de la ventana.

Todavía había luz fuera, no? Tendría que haberse levantado cuando aún estaba a tiempo, cuando aún podía, y tendría que haber llamado por teléfono al Carles para contarle toda la verdá antes de que fuese demasiado tarde para ellos (el sitio secreto de los bidones, el agua sucia de cornezuelo o el hambre contagiosa en los ojos de la Raquel). Se acordaba muchísimo de los chiquillos del pozo. Pensaba que alguien debería sacarlos de allí de prisa. Había que ponerlos a salvo a la que se pudiera, macho. Si podía ser, bajo tierra, como estaba mandado. No oía la respiración de su hija Maruja en su cunita y, sin embargo, no dejaba de sufrir el lamento de las madres que iban preguntando por los solares de Sant Mena si alguien los había visto secarse al sol.

—No, señora. Lo siento mucho, pero yo no he sido.

Las tapias de ladrillos sin rebozar y la espesura de horas de su dormitorio se fundían en una sola cosa, a última hora. El Javi sentía un agudo aguijonazo en las sienes por culpa de los hierbajos que cubrían cada rincón de su pueblo a la mínima que te descuidabas. Habían dejado pasar demasiadas cosas a la vez, tío. Que si un piso más grande. Que si una habitación para la niña. Que si una camita en vez de la cuna. Que si se ponía malita. Que si lo dejaban estar «de momento». Que si no le hacían nada, al final. Que si su mujer la había acabado matando, «slurrrp, slurrrp».

—Raquel? Raquel?

Pero la Raquel, echada a su lado, sólo lo miraba con unos ojos que se veían negrísimos por culpa de la penumbra que habitaban todo el tiempo y el Javi, el pobre, sentía una gran necesidad de empezar a olvidar todas las cosas de su vida, sabes que te digo? Menos mal que tenía siempre mucho sueño y, a la mínima, se quedaba dormido otra vez, donde el negro oscurísimo de la tumba, chaval.

Tarde

—Y luego las casas se quedan vacías.

Hablaban de lo que pasaba después de que se murieran todos los que vivían dentro de un piso. El Sergio L. lo preguntaba más que nada por la casa de la Montserrat P., una vecina muerta de la calle del david, porque, por lo visto, no se sabía nada de su marido desde hacía varios días.

—Es raro, no?

—A lo mejor s'ha ido.

—Adónde?

—No sé. A vivir a otro sitio, no?

—Pero por qué s'iba a ir, tío?

—Y por qué no? Si se t'ha muerto la mujer, ya te da igual todo, no?

Pues sí, macho, el Sergio llevaba la razón, pero el Enri, en verdá, lo había empezado a hablar después de acordarse del tufo a muerto podrido del piso de arriba del A., uno que no sabían cómo se llamaba, pero que era un hombre que se lo habían encontrado solo en el sofá de su casa, delante de la televisión encendida.

—Y si… Por ejemplo, eh? Si le pasase igual al gasolinero, qué?

—Qué?

—Qué le pasaría a su casa, eh?

—Pues lo mismo, tío. Que se quedaría vacía.

—Ya, tío, pero… y sus hijos qué?

El david jugaba bastante al fútbol con sus vecinillos de enfrente, los hijos de l'Anton: el Jaume y el Miquel. Le daban patadones a la pelota contra la primera pared sin cristales que pillaban (hasta que les caía el broncazo del dueño) o le chutaban para marcarle goles al más pequeño, el Miqui, que se tenía que poner de portero si quería seguir jugando.

—Se quedarían solos en la casa?

—Pero qué dices, tío?

—No sé. Pobrecillos, no?

—Supongo que s'irán con su abuela.

—Será si tienen, no?

—Ya, tío. Pues no sé… Porque'n Sant Mena no hay orfelinato, no?

—No, que yo sepa.

—Pues vaya putadón, tío.

—Ya ves.

—Pero qué'stáis diciendo, capullos?

El david se revolvió de mala manera en el banco de la plaza del caracol donde se habían puesto a merendar los cuatro. Entre que el pan del bocata de queso estaba sequísimo y que se quería mucho a sus dos vecinillos, el Jaume y el Miquel, la manera de hablar de sus colegas le estaba tocando un poco bastante las pelotas.

—Qué pasa, tío?

—Que no sé qué habláis ya, joder.

—Tío, no t'enfades… Era sólo un ejemplo, eh?

—Y n'había otro?

Pero lo cierto entonces (en aquella tarde aciaga del once de febrero de 1991) era que luego le tocaba al gasolinero. Si seguías el camino, lo veías claro. Hasta el david le encontraba la lógica: la muerte avanzaba lentamente por Climent Humet, como si fuese llamando de puerta en puerta. Había empezado en el piso de arriba del A., con el hombre pudrido del sofá, y había seguido un tiempo después con la pobre Montserrat P. y la Pili, la mujer de l'Anton. Y el marido de la Montse ya no estaba en su casa, sabes que te digo?

—Perdona, tío.

El Enri se acordó de golpe de que la iaia del david (otra vecina de Climent Humet) también se había muerto hacía bastante poco. Y, que se supiera, la mujer ya no tenía marido desde hacía tiempo. La duda (una forma oscura dentro de su cerebro) pugnó por salir a la superficie como fuera. Porque, si no había un marido cerca, a quién le tocaría en su caso?

—Es que, a veces, os pasáis un poco, tío.

—Perdona, eh?

—Que sí, que no pasa nada, eh? Pero que os tenéis que cortar un poco, no?

—Claro, tío. Que son sus vecinos de toda la vida, eh?

—Ya, tío. Pero lo veis como yo, no?

—El qué?

—Lo que va pasando.

—Sí, tío.

—Pero sabes lo que te digo o no?

—No.

El Sergio seguía la lógica del camino, de la muerte llamando de puerta en puerta, pero no tenía ni puta idea de a qué más se podía referir el Enri. Estuvo a punto de preguntarle cuando los otros tres se quedaron callados de golpe. Una niña (que tenían vista del cole) se paró justo frente a la plaza del caracol y les dijo «hola» a los cuatro.

—Hola.

—Ei…

El Enri se dio cuenta de que estaba locamente enamorado de la niña Olga cuando no fue capaz de abrir la boca ni un poquito. Llevaba días mirándola a la hora del patio, con sus amiguillas de séptimo, sin saber muy bien el porqué. El peso del amor le cayó de golpe sobre los hombros (de chaval de doce años). La figura terrible de la chimenea de la fábrica abandonada de Can Baixeres no pudo significar nunca nada bueno. Viendo su sombra por encima de las ramas de la moixera, se sintió pequeño y fútil. El cielo del lunes estaba vacío de estrellas y empezaba a hacer demasiado frío para todos ellos, no?

—Hola. Puedo venir un momento con vosotros?

—Aquí?

—Sí.

—Vale.

—Sí. Vente.

El david quiso dejarle un sitio a su lado, en el banco, pero no cabían los cinco a la vez. El chaval, de puro bueno, se levantó con el bocata de queso en la mano y se quedó de pie: «ponte tú, eh?». Aunque la chavala era muy guapita de cara y eso, el david se había quedado con todo lo otro que venía con ella y le había dado como penilla, sabes?

—Vale.

La Olga se puso al lado del Enri y el Enri no supo dónde ponerse. El A., que estaba sentado en la otra punta del banco, soportó menos que nadie el silencio que se formó en la plaza del caracol en cuestión de segundos. Le estaba dando palo, como no sé qué, vale? Tuvo la puta impresión de que, si seguían calladitos, las sombras iban a empezar a espesarse en los rincones y que, de ahí dentro, podría salir cualquier cosa chunga.

—Esto viene todo de abajo, tíos.

—De la boca, dices?

—Está claro, no?