El misterio de Sant Mena

11 de marzo de 1989

El tufo chungo de las farolas le daba muy mal rollo a la Alba. Andaba sola por las calles desiertas del barrio de Can Baixeres y, cada vez que buscaba en el claro de una farola, en lugar de quedarse con la luz sucia de niebla, se quedaba con la oscuridad pestilente que había a su alrededor (y, por lo tanto, en todas partes). A ratos, pisaba a tientas en la acera, «tac, tac, tac». Pasaban bastantes minutos de las doce de la medianoche del once de marzo de 1989 y la Alba seguía con la idea en la cabeza de que le estaba cruzando los últimos minutos al viernes día diez.

«Buf», tía. La norma decía que, hasta que no se metiera en el sobre a dormir, no se acababa el día. Pero las calles estaban llenas de portales oscurísimos y la Alba, joder, hacía el suficiente ruido con los tacones («tac, tac, tac») como para no andar tranquila por ningún sitio. Estuvo a punto de quitárselos, pero hacía un frío de la hostia, nena, que aún estaban en marzo, y ella no se veía yendo descalza por la calle a aquellas horas de la noche, sabes?

—No me seas, tía.

Quería decir ridícula. Las aceras en bajada que tenía por delante estaban poco o mal iluminadas y, encima, tenía que pasar por debajo de las ramas esqueléticas de todos los árboles del mundo. Odiaba su puto pueblo cuando se ponía así de borde. Odiaba los putos inviernos del puto Sant Mena. Odiaba pasar miedo p0rque sí, por chorradas, por nada. Aquel tío, el Xavi L., le había dicho que la acompañaba a casa, «si quería», pero ella no había querido saber nada del pavo aquel: «no, gracias». La Alba ya se sabía la película. Primero el chaval se ofrecía amigablemente a llevarla a casa y, luego de cumplir con su parte, se lo quería cobrar de alguna forma, que no?

Iba mucho mejor sola. A la Cris V., le pasó que un tío baboso se le pegó al brazo al salir del Nou y la acompañó todo el camino de vuelta a casa, diciéndole «no vayas por ahí sola, mujer», como si pudiera pasarle algo malo en la calle, cuando, después, en la escalera de su bloque de pisos, había querido darle un beso en la boca y, como la Cris no se dejó, que le daba asco el pavo, le magreó un poco las tetas por encima de la ropa: «perdona, tía, que's que voy un poco taja, eh?». Al menos, no se sacó la polla de los pantalones como le pasó a la Sonia A. con otro pavo, el Toni R., que si le podía hacer una paja «un momentillo», sabes?

El Rafa no hacía esas cosas, tía. La Alba cruzaba las calles desiertas de Can Baixeres («tac, tac, tac») y pensaba que, en su círculo de amistades, no había ningún tío que le mereciera la pena, joder. Vale que eran todos buena gente, pero la Alba estaba convencida de que no serían tan buenos tíos si supieran que nadie los estaba viendo, ahí, a su bola. La Carmen, cada vez que le llegaba con el temita, la llamaba «exagerada», pero no le decía nunca que no, sabes? La guarra se había quedado en el Romaní, de farra con el Erni B., un pavo que estaba como loco por comerle las peras.

O eso decía ella, vamos. La Alba se subió la cremallera del abrigo hasta arriba, hasta el cuello. La quietud de las cosas por la noche, en la calle, la ponía como tensa. Como si pudiera pasar cualquier historia en cualquier momento, sabes? Pero eso era porque no había nadie mirando, tía, y, a muchos tíos, a la hora de la verdá, se les caía la careta. Torció a la derecha y se topó con una calle cargada de mal rollo. Aunque las farolas funcionaban todas, había algo en alguna parte (un no sé qué en el aire, las paredes o las aceras) que hizo que se lo pensase dos veces antes de continuar adelante.

—No me seas, va.

Quería decir caguica. Después de buscar en la entrada de todos los portales de su lado de la acera, se dio cuenta de que se había parado a mirar justo en lo alto de la calle. Al Víktor, por eso, lo vio a su espalda, un poquito más arriba de donde estaba. Se había parado a la sombra de un árbol, a no hacer nada, y eran ya las doce y pico de la madrugada. El chaval tenía pinta de muerto andante, con aquella ropa asquerosa que llevaba siempre y su cara picada, de enfermo terminal.

—Y ése qué quiere ahora, tía?

Lo sabía de sobras. La Alba notaba su lascivia en la piel, debajo de la ropa. Pero, si nunca le pasaba por encima, no sería una mierda sexual, ni nada parecido. Tenía que largarse de allí. Tenía que llegar a casa. Tenía que darse prisa, joder. Si no había alguien más grande detrás del Víktor, mirándola, lo parecía. La Alba pensó en saludar, o algo así, antes de seguir su camino, por hacer como que no pasaba nada, verdá? Pero, en lugar de decirle adiós con una sonrisa de niña buena, se precipitó cuesta abajo a paso ligero, «tac, tac, tac».

Que le den por culo, al pavo. Un susto horrible se le había metido dentro del cuerpo a la Alba y le estrujaba el corazón con uñas de cadáver viejo. La chavala comenzó a acelerar el paso a la vez que se decía «estás tontísima, tía». Aquellas calles, joder, eran las calles de su puto barrio, de toda la vida, sabes? Estaba al lado de su casa, hostia puta. Si quería, podía ponerse a gritar y, si gritaba, la oirían todos los vecinos de la manzana, que no?

Pero no hacía falta gritar, tía. Miró para atrás y no vio nada. Solamente estaban ella, la calle y los zapatos de tacón, «tac-tac-tac-tac». Tampoco es que se viera una mierda, tía, pero, si el Víktor iba en verdá con alguien más grande que él, los hubiese visto pasar, no? Un cosquilleo espantoso se le puso en el bajo vientre. La Alba temía por su propia carne mortal. A la pobre Loli, la habían abierto en canal como a un cerdo, tía. Ella misma, aquella noche del diez al once de marzo de 1989, tenía sus mismos años de cuando la encontraron muerta. Pero l'Anton, joder, les había dicho en su día que se había acabado todo con la muerte del bicho malo:

—Ya'stá todo.

—Sí?

—Sí. No tenéis de qué preocuparos, vale?

—Y'l Rafa?

—No lo sé. No sabemos dónde puede'star.

Y les decía la verdá. La Alba lo sabía porque l'Anton estaba tan triste como ella, al menos. Porque lo habían buscado sin descanso en el castillo de Sant Mena, en la fábrica abandonada de Can Baixeres y en las ruinas de la masía de Can T., en pleno bosque, y no habían encontrado nada de nada. Pero la Alba, en el fondo, seguía sintiendo que podía haber más gente satánica en su pueblo y que, a lo mejor, estaban buscando a otra chica para sus ceremonias negras.

La Alba había leído alguna cosilla sobre los sacrificios rituales. A la Loli, la pobre, la debieron secuestrar durante la noche. Como casi siempre iba sola por ahí, por la calle, debieron meterla en el maletero de un coche y debieron llevársela a un lugar apartado para poder hacerle toda clase de cosas horribles. La propia Alba conservaba algunos retazos espantosos de sus horas en manos del Alex T., de hacía unos años. La memoria se ocupaba de mantenerlos bien calentitos, para que no dejasen nunca de dolerle.

Al puto Víktor, sin ir más lejos, lo conoció allí. Dobló la esquina de la manzana y se paró a escuchar. No se oía nada, por detrás. Estuvo a punto de volverse a mirar, pero un escalofrío (como un soplo frío en la nuca) le erizó todos los pelillos del espinazo (de arriba a abajo). Casi gritó cuando notó que el aire que le llegaba por la espalda tenía un no sé qué de aliento fétido. Se giró. No había nada allí. Se abrazó al bolso y bajó hasta el portal de su escalera a toda hostia, «tac-tac-tac-tac». Los zapatos de tacón no son una buena idea si tienes que correr por lo que sea, tía. La Alba no sabía ni por qué se los ponía. Luego le dolían los pies. Entró en el vestíbulo y encendió la luz de la escalera, «clic-clic-clic». Buscó en el bolso. Buscó en la calle. Las llaves, joder, tenían que estar en alguna parte, tía. Buscó en el bolso. Buscó en la calle. Pensó en llamar al timbre, «mama, perdona, pero's que no'ncuentro las llaves de casa», pero, joder, era una putada muy gorda sacarla de la cama por nada, sabes? Porque, en lo que era la calle, no había nada, sabes?

Empujó la puerta con rabia, que lo mismo se la habían dejado medio abierta, pero se la encontró cerrada, como siempre. Mierda, tía. Buscó las llaves. Estuvo a punto de vaciar el puto bolso en el suelo, joder. Buscó en la calle. Le pareció ver que soplaba el aire, de pronto. Era como que algo se movía. No sabía decir si las ramas o las sombras o todo junto. Probó en los bolsillos del abrigo. El Víktor (o quien fuera) podía asomarse de pronto en el portal de su escalera y ella ya no estaría a tiempo de abrir la puerta. Contuvo la respiración. No se oía nada (ni cerca, ni lejos). La luz saltó a los tres minutos exactos de haberla encendido y, cuando la Alba se quedó a solas con sus miedos, vio al otro lado de la calle una figura quieta, que la miraba con hambre. No era el chavalillo, tía, y parecía que había estado ahí todo el tiempo, aguardando. La Alba sacó las llaves de un bolsillo del abrigo y caminó despacito hasta la puerta, a su espalda. Si se giraba para abrir lo perdía de vista y, si lo perdía de vista, venía. Pensó en darle a la luz, como antes, «clic-clic-clic», pero una corriente de enfermedad le atenazaba las manos. La Alba quiso explicarse el entumecimiento de sus miembros con la proximidad de la muerte, al otro lado de la calle. No se daría nunca la vuelta. Palpó a oscuras el panel de los timbres y buscó el suyo, «brrri-brrri-brrri», sin perder nunca de vista a la sombra que seguía quieta en las sombras. Si al menos fuera alguien… Mama, mama, mama, por favor, abre ya.