El misterio de Sant Mena

13 de enero de 1986

Mañana (antes del cole)

La Concha (aquella mañana clara del lunes trece de enero de 1986) estaba alegre porque sí. Que su amante, el Carlos, se hubiese comportado como un caballero y se hubiese pasado la noche en el sofá del salón (con un ojo abierto y un cuchillo en la mano), no tenía tanto que ver con su alegría como la canción que sonaba todo el rato en su cabeza, de camino al colegio. La habían puesto en la radio, hacía quince-veinte minutos, cuando le preparaba el desayuno a su hija (un vasito de leche con galletas) y, desde entonces, no había dejado de oírla.

Sin quererlo, se la acabó contagiando a su hija, la pequeña Sofi, porque, a ratos, se ponía a tararearla, «nai-no-nai luf-balon». No se daba cuenta, pero movía los hombros al son de la música y sonreía (sobre todo, le sonreía a la riada de gente que discurría cuesta arriba, a su lado). Mientras ellas dos estaban a punto de brincar porque «nai-no-nai luf-balon», el resto se sumía en la monotonía de lluvia tras los cristales de todos los lunes.

La Concha, con su hijita Sofi de la mano, quería celebrar la vida porque sí. La vida, en tanto que era, en tanto que seguía siendo, se le antojaba algo maravilloso y la Concha no podía menos que sonreír y cantarle a su hija, «nai-no-nai luf-balon», sin que le importase un pimiento la opinión de aquellos padres y madres (apesadumbrados, cabizbajos y tristes) que subían con ellas dos en dirección al colegio municipal de Sant Mena otra semana más.

El mundo, sin embargo, no era siempre un lugar alegre. La Concha (que había estado a las puertas del infierno en la tierra) lo sabía mejor que nadie (al menos, al menos, mejor que todos aquellos padres y madres juntos). Por eso, brincaba «nai-no-nai luf-balon» en la acera y en el paso de cebra, delante de los coches y de la bulla de sus motores (por esa misma razón, sentía que era más necesario cantar y bailar un lunes por la mañana que un sábado cualquiera por la tarde). Si aquellos pobres desgraciados no le ponían una sonrisa a la fatiga, vivirían siempre cansados y, si no miraban a la luz del cielo en la mañana, no verían más que tinieblas de la noche por los rincones. El mundo, en aquellas condiciones, podía estrecharse una barbaridad. La Conchita, «nai-no-nai, mami», lo sabía muy bien (desde que tenía uso de razón, no había hecho otra cosa que espantar sombras en la vida).

«Mami, más, más!» y la Concha cogía a su hija Sofi de las dos manos y giraban, «nai-no-nai, nai-no-nai», a saltitos, mientras nadie a su alrededor se daba por enterado. Faltaban cinco minutos exactos para las nueve en punto de la mañana y no podían llegar tarde. El timbrazo estaba por sonar para todos y cada uno de ellos y, llegada la hora, las puertas (todas las puertas del mundo) se tenían que cerrar con dos vueltas de llave exactas. La vida (lo que quiera que fuera aquello para los habitantes de un pueblito como Sant Mena) cruzaba cada día sobre las manillas de sus relojes y aquellos pobres desgraciados seguían corriendo por no verlo.

La Concha dejó de bailar. Después de las risas, cuando la música amenazaba con desvanecerse en el frío de la mañana, la mujer sintió como si no existieran (ni ellas, ni su felicidad). Todos (toda aquella gente, sus vecinos) habían ido pasando, como si nada. Al fin y al cabo, era mucho mejor no alentar una alegría como la suya, tan fuera de lugar, que sumarse y perderse para no volver a encontrar nunca más el rumbo de sus vidas. Para toda aquella gente (apesadumbrada, cabizbaja y triste), no había gesto más natural (ni cómodo) que rebajarlo todo a un gris neutro, sin matices. Pero la Concha (que había estado a las puertas del infierno en la tierra) no pensaba desfallecer. Si ningún otro quería oír su música, si ningún otro se animaba a bailar con ellas, «nai-no-nai luf-balon», al menos, al menos, que las dejasen a su aire con su mogollón de globos rojos en la cabeza.

Mañana (a la hora del patio)

La Sofi (aquella mañana clara del lunes trece de enero) salió la primera de clase, dando botes, y sus compañeros, tan contentos, le fueron todos detrás. Antes, en el corro, cuando la seño Herminia le había preguntando por su fin de semana, a la Sofi le había salido contarle, «nai-no-nai, nai-no-nai», lo que le había pasado hacía un ratito, de camino al cole. Su madre Concha, en lugar de aparcar cerquita de la puerta del patio como cada día, había decidido que irían a pie con todos los demás padres y madres del cole porque quería ponerla contenta y, de esta manera, la alegría de una canción que había sonado en la radio porque sí, porque estaba de moda, empezó colándose en la cabeza de una madre soltera que vivía con su hijita a las afueras de Sant Mena y se les acabó pegando a todos los críos del P4B a través de la sonrisa sin sombra de la pequeña Sofi T. La señorita Herminia, cuando advirtió que el contagio podía ser masivo a poco más de dos horas del patio, trató de calmar las aguas. Chistó varias veces («calma, tranquilos, silencio») e interpeló directamente a la cabecilla de la rebelión. La paz de las maestras de escuela corría peligro. Estaba en juego la alegría sin fin de los niños del mundo.

—Y qué canción es ésa, Sofia?

—No sé.

—No sabes cómo se llama?

—Sí.

—Cómo?

—Nai-no-nai.

—Ah, vale. Luego, después del trabajito de'sta mañana, nos la querrás cantar?

—Vale.

—Tenía un baile, verdá?

—Sí.

—Y nos lo querrás enseñar?

—Sí. Era así…

La Sofi se puso en pie y armó los brazos.

—No (ahora no). Cuando yo te diga, vale?

—Vale.

La Sofi, después de aquella charla, esperó su momento sin problema. Hablaron otros críos de su clase, hicieron luego sus cosillas tan ricamente y, poco antes de la hora del patio, la seño Herminia le pidió (como había prometido) que les cantase su canción, «nai-no-nai», y que les bailase, «por favor», el baile que le había enseñado su madre. La Sofi se puso delante de todos sin pensarlo y lo hizo encantada (todavía no sabía qué cosa terrible era la vergüenza). La alegría se multiplicó por la clase en cuestión de segundos. En cuanto sonó el timbre, todos corrieron al patio, «¡nai-no-nai, nai-no-nai!», y la señorita Herminia quedó en paz (al menos, por unos minutos). La Sofi iba a la cabeza de los críos del P4B en su escapada del mundo de los más mayores (era la primera vez en sus días de colegio que le hacían caso). Corrieron al espacio que había junto a la caseta de cemento, a compartir la nueva de su dicha con los compañeros del P4A, y, «¡nai-no-nai, nai-no-nai!», la alegría de una canción que había sonado en la radio porque sí, porque estaba de moda, acabó colándose también en sus cabecitas de gente nueva. La Sofi, en cuanto vio a algunos niños revolcándose por el suelo de la risa, dejó de bailar. El mundo estaba bien y ella tenía que estar en otra parte.

—Sofi, Sofi…

—Qué?

—Adónde vas?

—Me voy al lavabo.

—Vale.

Pero no fue a los lavabos de P4, sino que se metió en los lavabos de los pequeños de P3 porque la Sofi, en verdá, no tenía ganas de hacer pipí (sólo que se había acordado de su amigo el Edu y quería contarle una cosa, «¡nai-no-nai, nai-no-nai!», que aún no se sabía). La Sofi lo encontró escondido en su escondite de siempre (si no te lo aprendías de memoria, te costaba muchísimo dar con él).

—C'haces aquí?

—Te venía a'nseñar mi canción.

—Ya l'he visto antes.

—Vale.

Y se quedaron callados. Una gota de agua (la misma gota de agua de las otras veces) cayó sobre el silencio del cuarto y lo hizo todo mucho más grande y vacío. La Sofi, que seguía en pie, en ninguna parte, no supo cómo ponerse. Aunque olía mal (a meado y a desinfectante), no lo notaba. Los gritos de los críos en el patio quedaban muy lejos, como en otro mundo, y el Edu, con la vista puesta en las figuritas del suelo, seguía murmurando sus cosas de todos los días.

—Hoy l'has visto también?

—Sí.

—Han venido?

—Sí (l'he visto en la calle).

Se referían al coche de los hombres del coche.

—A lo mejor no vienen más.

—A lo mejor.

—A lo mejor se cansan de venir.

—A lo mejor.

—A lo mejor tienen otras cosas que hacer, no?

—No. No sé. Siempre vienen, al final.

—Y no son los padres de ningún niño, no?

—No, no, no.

—A lo mejor son unos malos.

—Sí.

—A lo mejor son unos malos malosos, eh?

—Sí.

—Y te quieren llevar?

—Sí.

—Pero tú t'escondes bien, a que sí?

—Sí.

—Entonces no te pasará nada.

—No.

—Vale.

Después de hablarlo, la Sofi se quedó más tranquila.

—Y tú c'has puesto?

—Dónde?

—En el trabajito de antes.

—Ah.

—Yo he puesto que quería ser cuidadora de los árboles del bosque y me he dibujado muy bien en una montaña.

—Pues vale.

—Qué risa, eh? El Oscar de los mocos ha dicho que quiere ser punkito de grande y se ha hecho un dibujo con unos pelos de cresta de color verde, así.

Y la Sofi se tiró de los pelos para arriba más de dos palmos.

—Pues vale.

—Y el Santi y el Jordi y el Jesus, que serán pulicías para pegar tiros. La Laura, no. La Laura ha puesto que quería ser austronauta y la Susana, cajera de una tienda como su tita la Fabi. Y el Jose, o bombero o médico de animales o las dos cosas. No lo sabe muy bien. Y el Fernando ha dicho que será un ane… an… anemán porque dice que su padre dice que son los jefes d'Uropa y él quiere ser un jefe para mandar.

—Eso's mentira.

—Pues lo ha dicho.

—Pues vale.

—Y'l Quique de mayor será payasillo.

—Eh?

—A que's muy gracioso lo que te'xplico, eh?

—Me da igual, a mí.

—Pues bueno.

—Pues vale.

—Y tú c'has puesto?

—Yo?

—Sí, tú.

—Yo no he puesto nada.

Porque el Edu, ante la cuestión en cuestión, no se le ocurría nada que decir. Qué quieres ser de mayor, Edu? Por más que lo pensaba, no veía absolutamente nada. Cerraba los ojos muy fuerte y se esforzaba en mirar adelante, al día de mañana, pero el día de mañana era como un pobre cieguecito que no viese nada a su alrededor y, al final de todo, lo mejor para el Edu era que dejase el papel en blanco con su nombre solamente, Eduardo H.

Tarde

El Edu casi tenía controlado lo de hacerse invisible. Que se hiciera oscurillo pronto, quieras que no, también ayudaba, pero lo más importante era cerrar bien los ojos y pensarlo muy fuerte, como queriendo que no te viese nadie. El hombre invisible de la tele se había tenido que tomar no sé qué potingues para conseguirlo y, luego después, como no lo sabía controlar bien-bien, que no se lo podía quitar de dentro cuando él quería, se tenía que vendar el cuerpo para que los demás supieran dónde se ponía. Era malo porque hacía cosas malas. Al final, lo habían tenido que matar a pedradas y a palos, en la calle. El Edu no tendría nunca aquel problema. Con abrir los ojos (con dejar de pensarlo y de quererlo), lo podían volver a ver como antes.

Lo suyo era más fácil que lo del hombre invisible. El Edu se agachaba entre dos coches aparcados al lado de la acera y cerraba los ojos. Entre que era pequeñajo, que se hacía de noche y que lo quería muy fuerte, casi nunca lo encontraban. Además, a él, aquella parte de correr para patear el bote de la lejía, le daba mucho igual y, si acababan llamándolo a voces («Edu, va», «Edu, sal», «Venga, Edu, que ya'stamos todos») era que le había ganado otra vez a los más grandes.

Aquella tarde del lunes trece de enero de 1986, el Edu les dijo a sus amiguitos, el Quique, el Jesus y el Jose, que no lo iban a encontrar, «que ya lo veréis», que tenía un truco para hacerse invisible. El Álbert (como siempre) no le hizo caso y se fue con los otros, los más grandes, a chivárselo todo, pero no le hicieron caso. A ellos, los más grandes, les gustaba más echar carreras grandes y darle patadas grandes al bote de la lejía, para ver quién lo enviaba más lejos de todos (el Álbert siempre se quería juntar con ellos, con los más grandes, para pensarse que era mucho mayor que ellos cuatro, el Quique, el Jesus, el Jose y él, el Edu, pero la verdá es que, si no quería quedar de mocoso, al final, se tenía que juntar siempre con ellos cuatro).

El Edu abrió un momento los ojos. Había oído unos pasos cerca y no eran de niño (los más grandes, aunque eran mucho más grandes que ellos cuatro, todavía eran unos niños porque todavía iban al cole y sus bambas no sonaban así al caminar). Miró a la carretera, a un lado, y no vio nada (era de noche y no pasaba nadie por la calle). Luego buscó en el descampado que había del otro lado de los coches, justo detrás de los bloques de pisos, y no alcanzó a vislumbrar más que montones de sombras raras. El Edu no tenía miedo. Después del llano, había un barranco y, después del barranco, nada. El pueblo se acababa allí. Los pasos casi habían llegado a su lado.

El Edu volvió a cerrar los ojos muy fuerte. Tenía que intentarlo con todas sus fuerzas. Si lo quería mucho, seguro que funcionaba. Los pasos del hombre (porque aquellos no eran los pasos de una mujer ni nada) se detuvieron a su lado, entre los dos coches donde se había escondido. El Edu contuvo la respiración. Seguro que le estaban buscando y no le estaban viendo. Tenía que aguantar un momentillo (sólo un momento más) sin moverse, ni respirar.

—Qué pasa, mocoso?

—No.

No estaba. No podían verle ni hablarle.

—No, qué?

—No me puedes ver.

—No sé de qué hablas, chaval. Yo no he visto a nadie por aquí.

—Pues eso.

—Pues vale.

El hombre se encendió un cigarro. El Edu lo supo por el ruido del misto al encenderse, «chssst», y por la exhalación de humo que vino justo después (el humo blanco que subía sobre sus cabezas y se perdía en la oscuridad de la noche, más arriba). A ellos, cuando hablaban, también les pasaba un poco lo mismo (a veces jugaban a tirarse humo, como si se fumasen las ramitas del suelo).

—Tú t'acuerdas de mí?

Pues claro.

—Sí.

—Tienes que venirte conmigo.

—No quiero.

—Tengo que'nseñarte una cosa.

—El qué?

—T'acuerdas de la torre del otro día?

—Pues claro.

—Pues tengo que'nseñarte otra.

—Cuála?

—Otra.

—Pero cuála?

—Una que'stá bocabajo.

—Al revés?

—Sí.

—Vamos.

—No quiero.

—Venga, sal d'ahí.

—No. No puedes verme.

—No digas chorradas, joder.

—No quiero ir contigo.

—Va, hostias…

El Edu no abrió los ojos en ningún momento, pero supo que el hombre del coche lo había visto porque lo agarró del brazo y lo levantó del suelo como si nada. Quiso ponerlo derecho a las malas, pero el Edu (apretando más fuerte los párpados) se negó a quedarse en pie. Lo intentó dos veces más y, a la tercera, ante la terquedad del crío, el hombre del coche se lo puso al hombro como un saco de patatas, «puto niñato». El Edu, entonces, se acordó de todo lo que le había dicho su madre del hombre del saco, que se llevaba a los niños del barrio que se portaban mal en casa (no se sabía dónde los metía, ni qué hacía con ellos, pero los sacaba de la calle porque andaban solitos por ahí, sin sus padres, pero es que el Edu, aquella tardenoche del trece de enero de 1986, sólo estaba jugando al bote con sus amigos y, «jopeta», no había hecho nada malo para que se lo llevaran a él, que no se portaba nunca mal, ni quería ir a ningún sitio con el hombre del coche).

Noche (a la hora del patio)

El Rafa le había visto las orejas al lobo más de una vez en la vida. Desde que se había propuesto no faltar a clase, había cumplido sin falta. Entraba a las tres de la tarde y se estaba allí metido hasta las nueve y media, cuando tocaba plegar (bueno, a eso de las cuatro y cuarto-cuatro y veinte, «eso's sagrao», se tenía que ir a buscar a su hermanillo al cole). Luego volvía a tiempo de entrar a las cinco, para la tercera hora. A fin de cuentas, el metal tenía que ser un camino mejor que los trapis. Por más que se lo repitieran sus padres (que si «estudia, hijo», que si «el día de mañana»), el Rafa ya lo sabía. Los trapis eran una puta mierda. No había una historia buena, al final. Sabía, eso sí, de un montón de chavales que se creían que ellos sí (que ellos podían entrar, hacer la pasta y salir como si nada). Pero ninguno acababa bien. «Eso'stá claro». Algunos nombres (en portales, en cunetas, en colchones de pisos abandonados) le rondaban la cabeza y, aunque él mismo todavía se creía capaz de pasar por allí sin que lo pillaran, prefería no jugársela porque, a los quince, ya le había visto las orejas al lobo demasiadas veces.

«Yo controlo, tío». Y el Rafa, en verdá, sólo se fumaba sus petas muy de vez en cuando, para estar «de guays», sin meterse con nadie ni nada. No le gustaban los líos. Así como había pavos que se pasaban el día buscando bronca por ahí, el Rafa tiraba de buen rollo hasta con el más cabrón de los hijos de puta. Aquello, que no se lo había visto hacer a nadie, le podía valer para sacar su pasta y desaparecer, «que no?». El profesor, «menudo pringao», seguía hablando en tonos de gris de los números que había dibujado en la pizarra. El Rafa tenía una libreta abierta delante. No había puesto más que el nombre y la fecha, como cuando estaba en el cole. El boli lo tenía en la boca. O lo mordisqueaba o se volvía loco. Sus padres, «los muy mataos», no sabían lo que era pasar por aquello. No tenían ni puta idea. Ellos le pedían que estudiase mucho cuando ellos, por más que hablaran, no habían estudiado nunca ni sabían lo que era aquello. «Joder», no podían decirle nada. «Ellos no, tío». Luego, por no escuchar más a aquel pelmazo de tío, pensó que sus padres, a lo mejor, eran «unos putos mataos» porque no habían estudiado nunca nada, pero «vete tú a saber, macho».

Quiso mirar el reloj. Era la quinta vez en el último minuto que se preguntaba por la hora. Si quedaba poco, tragaría fácil con lo que quedase, pero, si miraba el reloj y quedaba mucho para salir (más de diez minutos, por ejemplo), se hundiría en la mierda y empezaría a pensar malamente. Cogía, en su cabeza, y se levantaba de la silla y se largaba por la puerta y daba un portazo de malas maneras y no le daba explicaciones a nadie. «Que os den a todos por el puto culo, joder». Así que, lejos de arriesgarse a saber si eran las seis menos veinte o las seis menos diez, mejor no miraba la hora. Mejor aguantaba un poco. Mejor miraba al profe y trataba de escuchar la lección del día, pero el jeto del profe era el jeto de otro pobre idiota. Es que, al final, todos aquellos tíos eran unos pardillos (unos fracasados y unos perdedores). No había más que ver la ruina de coche que tenían algunos. O la ropa que llevaban, que parecía de prestado. Eran gente que no se querían y, encima, a la que podían, se reían de ellos, los chavales, porque no sabían si la equis de los huevos era un tres ó era un cuatro. «Putos pringaos», si, al menos, tuvieran los cojones de reírse de los cabrones que les tenían puesto el pie encima…

Pero no. El timbrazo de las seis, hora del patio, dejó al pelma con la palabra en la boca. Los numeritos tendrían que esperar a otro día. El Rafa se enfundó la chaquetilla de fardar y tiró para la rampa sin decir ni pío. Tenía ganas de que le diera el aire. Tenía ganas de fumarse un piti. Necesitaba como pocas cosas ordenarse las ideas de la cabeza porque, en el metal, después de varios años de dar con la cabeza en un muro (al menos, cinco), tampoco es que hubiera mucha pasta y, si quería pillarse un carro de segunda mano pronto, no le llegaba con lo que se sacaba de la fonda, limpiando mesas y «otras mierdas». Cobraba una miseria (por eso, «joder», se lo daban sin poner papeles de por medio). Salió a la calle y se sentó en la barandilla de la rampa. Se puso un cigarrillo en la boca y saludó a unos pavos de tercero, que lo tenían bastante claro. Harían las prácticas de metal en el Banostre, se sacarían el titulillo de formación profesional mientras tanto y, luego, ya podían poner la mano para ir cobrando como «técnico superior en construcciones metálicas» (cuando no les quedaba por delante más que echarle horas al torno como unos mongos).

—Pasa, chaval?

—Ei.

Después, cuando pasó toda la otra peña del insti por delante de sus narices, el Rafa se quedó un momentito a solas con su pensamiento. No le duró mucho (ni medio cigarro). La Carmen apareció por allí y le dijo que estaba de bajón porque un tío de BUP (uno que le había presentado él y que era, además, muy buen chaval) «pasaba de su cara».

—El Erni?

—Sí.

—Ése?

—Sí.

—Buah… Ese tío es tonto.

—No digas eso.

—Joder que no, tía. Cualquier pavo que pase de tu cara es poco menos c'un idiota…

—No te pases, tío.

—Que no?

—Mira qu'eres burro…

—Ése no tiene ni puta idea, tía.

—Ya.

Ése (el Erni) le había dicho (hacía poco, precisamente) que le molaba otra tía de su clase (una tal Eli o Olga). El Rafa, de todos modos, le había preguntado por la Carmen y le había explicado que era «la tía aquella de las peras que te dije'l otro día». El Erni se acordó al momento de las peras de la Carmen, pero no puso cara de nada. El Rafa, como buen trapicheador que era, siguió tirando del hilo.

—Está buena, eh?

—Ésa?

—Sí.

El Erni, al final, le había dicho que no le molaba nada porque tenía cara de caballo y el Rafa, por no llevarle la contraria, pensó que sí, que un poco de cara de caballo sí que tenía porque, cada vez que se reía, se le veían un montón las encías de arriba (como a los caballos). Luego miró a la Carmen a la cara (que no a las peras) y vio solamente a su amiga, que estaba un poco de bajón (si hubiera tenido un carro propio, se la habría llevado por ahí, a dar una vuelta «que lo flipas»).

—Pasa d'él.

—No, tío.

—Por qué no?

—Porque me gusta?

—Po'vale.

Por ese lado, no había nada que hacer y, por el otro, haciendo como que estudiaba metal y sin agenciarse un carro de su propiedad, mucho menos. El Rafa no sabía qué más decirle. Miró a otra parte mientras la Carmen, como quien se come las uñas, se mordía las palabras. La Alba subía del bar del insti con unas amigas. Traía una caña de crema recubierta de chocolate en la mano y una sonrisa preciosa puesta en la cara. Fue verse (el uno al otro) y ponerse muy contentos. La Carmen, desde que los había visto juntos en la moto, no la soportaba. Decía de ella que era una «pava» cuando quería decir «cuidado con ésa, que va de mosquita muerta y es un putón».

—Mira quién viene por ahí…

—Ya.

—Ya?

—Que ya l'he visto.

—Ya, ya.

—Qué?

—Nada, tío. Que tú sabrás.

Y la verdá (en aquella noche helada del trece de enero de 1986) era que el Rafa ya lo sabía. Le molaba aquella pava. Le molaba mucho y le molaba en serio. No es que le hubiesen dejado de molar las peras de la Carmen, pero la Carmen entera estaba siempre a otro rollo, con otros tíos en la cabeza, y la Alba, quieras que no, sólo preguntaba por él. Las razones, al Rafa, se le escapaban todas. Lo que aquella chavala viera en él, se le antojaba un misterio de cojones, pero allí volvía a estar, puesta a su lado («y ojalá no se fuera nunca»).

—Hola.

—Ei, hola.

—Hola.

—Ei.

—Nos vemos luego?

—Sí, sí.

—Vale.

—Vale, venga.

—Adéu.

—Adéu, adéu.

Las amigas de la Alba (unas pavas de segundo de administrativo que se las daban de no sé qué porque unos tíos mayores de edad las pasaban a buscar en coche por la puerta del insti) siguieron su curso y la Alba se quedó allí parada, con ellos. Mordió la caña de crema sin ningún pudor y se manchó la boca y los labios de chocolate. Estaba riquísima (la chavala tenía claro que la bollería industrial del bar del insti era la hostia). Después de masticar y tragar, como ni el Rafa ni la Carmen decían nada, preguntó algo por preguntar.

—Qué? Qué hacéis?

—Aquí, fumando un piti.

—Ya ves.

—Ya.

—Al final, eh?

La Alba le enseñó al Rafa un anillo de bisutería que llevaba puesto en la mano de la caña de chocolate. Era un objeto sin ningún valor material, con un corazoncito niño pintado de rosa y nada más.

—Al final lo habéis encontrado?

—Sí, tío.

—Dónde'staba?

—Buah, tío… T'acuerdas del pavo aquel de la fonda?

—Quién? El Xavi M.?

—Sí, ése.

—Sí.

—T'acuerdas de lo que nos dijo?

—Sí, sí. Iba un poco pasadillo, eh?

—Ya te digo, tío.

La Carmen no pudo aguantarlo más.

—Bueno, Rafa…

—Qué?

—Que yo me voy yendo, tío.

—Y eso?

—Que no quiero molestar yo a nadie, sabes?

—Joder, Carmen. Que tú no molestas.

—No, no.

—Ya, ya.

—Qué?

—Ya nos vamos viendo, si eso.

—Vale.

—Venga.

—Venga.

La Carmen se metió para adentro, en los pasillos del instituo, y, al Rafa, le dio no sé qué que se llevara sus peras a otra parte. Era pena, sobre todo. Sentía pena y una poca de desazón porque no sabía si había hecho algo mal en los últimos cinco minutos con su amiga Carmen (algo, quería decir, que no tuviese arreglo). El Rafa era muy de reconocer sus fallos después de meter la pata hasta el fondo (pero antes, por cojones, tenía que hundirla hasta la rodilla).

—Joder…

—Qué?

Que la había cagado y no sabía cómo. Luego, repasando lo que habían estado hablando hacía un rato, vio venir otro charco aún más gordo y paró los pies a tiempo. El Rafa se dio cuenta de que no venía a cuento ponerse a preocuparse de otra pava con la Alba, su futura-posible pava, delante.

—Que no sé qué le pasa.

—He dicho algo…?

—No. No sé. A veces le dan como neuras, tía.

—Quieres ir con ella, a ver qué tiene?

—No, no.

Y el Rafa la miró a la cara y le medio sonrió. Entonces notó que tenía que estar poniéndose colorado. «Qué m'estás contando, pavo», se notaba las calores subiéndole a las mejillas, a borbotones. Tenía que disimular. Por esconderle el jeto, hizo como que buscaba algo la hostia de importante en los bolsillos de la chaquetilla de fardar. «Buah», además tenía que decir alguna cosa o «no sé qué se va a pensar de mí».

—D-Déjala. Ya se le pasará, no?

—Sí.

—A veces…

Sacó unos papeles arrugados del bolsillo (envoltorios de caramelos de la cabalgata de los reyes magos) y los tiró al suelo, de cualquier manera. Él era (casi) un hombre y podía tirar lo que quisiera cuando le saliera de los cojones. La mierda de la calle no le quitaba el sueño.

—A veces es m-mejor que te dejen tranquilo, no?

—Sí.

—Esa pava tiene mucho genio, no te creas.

—Ya.

—Pero luego se le pasa (es muy buena gente, en el fondo).

—La conoces hace mucho, verdá?

—A la Carmen?

—Sí.

La Alba asintió con la cabeza y el Rafa (algo menos nervioso que un momentillo antes) se encendió un piti chuchurrío que pilló de un bolsillo. «Buah», antes de contestar, tuvo que volver a pensar en la figura tetona de su amiga Carmen y la verdá era que la cabrona estaba en su vida desde que tenía memoria («fijo que, por eso, tenían que ser tan buenos colegas»).

—Sí, sí. Nos conocemos desde pequeñajos.

—No se habrá pensado nada, no?

—De qué?

—No sé. No se habrá pensado que somos novios ni nada, no?

—Quién?

—Nosotros.

—Tú y yo?

—Sí.

—No (no creo). Además, ella y yo no somos nada, eh?

—Ya.

Entonces, en la obertura de aquel silencio entre los dos, el Rafa sintió unas ganas tremendas de besar a la Alba. Ella, por lo visto, también. La chavala se le acercó un poquito más de la cuenta y le dio un besito en la boca, por probar. El Rafa (de inmediato) quiso más de aquello y le devolvió el beso en la boca. Los labios de la Alba sabían muy dulce (a la crema de la caña de chocolate y a otra cosa que todavía no sabía definir). «Qué pasada». Quería volver a probarlos. Le hubiese comido la boca a besos (como si no pudiera cansarse nunca de besarla), pero se aguantó. No sabía cómo, pero el Rafa había decidido que le tocaba esperar y esperó (en verdá, muy poco tiempo) a que ella le diese otro beso y, entonces, en cuanto la Alba le puso los labios en la boca otra vez, el Rafa la cogió de la cabeza (muy suave, por detrás) y la morreó con ganas (que era lo que tenía visto de las escaleras del insti). Ella se dejó hacer un momento, por probar, pero, al final, le salió lo de apartarle la cara de mala manera. El Rafa se asustó un montón, «ya la's liado, tío», pero la Alba no había dejado de mirarle a los ojos, ni había quitado las manos de su cintura (porque la Alba, por no caerse, se había cogido de la cintura del Rafa).

—Qué?

—No. Bésame lento.

—Eh?

—Que quiero que lo hagas lento, vale?

—Va-Vale.

Noche (después del insti)

El Rafa subía las escaleras de casa y, de algún modo, seguía a besos con la Alba (al final, se habían buscado un banquito a la sombra, algo apartado, en el mismo patio del insti). Era una sensación rara en los labios y en los huevos. Era dulce y era bonito y era, a la vez, un poquito cerdo. Estaba como loco por encerrarse en el lavabo a pajearse. Ya lo tenía decidido y pensado (no le quedaba más remedio, tío). Diría «Alba, Alba, Alba» muy flojito (como para que no lo escuchara nadie) y se la menearía muy rápido. Mientras se la imaginaba, mientras la seguía queriendo de veras, tendría que hacerse un pajote enorme. Si no quería pasarse la noche empalmado, pensando en ella y sus cosas, tendría que correrse mucho en la pared del lavabo.

Pero había más. Había algo más, alguna otra cosa en el Rafa, que lo llevaba sobre los escalones, como si no tocara el suelo. «Flipa, chaval». La vida se había puesto tochísima de golpe. De repente, en el rato de una tarde, era como si se hubiera descubierto por completo ante sus ojos de chaval de quince años, como si antes se hubiera estado callando todas las cosas serias, las que importaban de verdá, y no toda esa mierda de las motillos, los petas o las cintas casete de punk rock que le bailaban por la cabeza. El Rafa andaba como un niño chico. Era el nuevo de la clase. Se sentía igual, igual que un recién llegado. Tenía que ser el enamoramiento, lo mucho que le molaba esa pava, o el miedo de que, al final, después de llenarse los morros de babas, no se habían dicho nada (sólo que era tarde y que tenía que irse a casa, como si no estuviera segura de lo que acababa de hacer).

Al Rafa, con la llave en la mano, le hubiese gustado que fuesen novios y no un rollito de una tarde. Tendría que haberle dicho algo. «Mira que'res burro», tendría que haberla pillado de la mano y pedirle de salir juntos, pero la Alba había cogido y se había pirado sin decirle nada (sólo «adiós», que no era ni un «hasta luego», ni un «hasta mañana, Rafa»). Si de verdá no hubiese pasado nada raro, la Alba tendría que haberle dicho de ser novios. «Fijo». Ella era la que había empezado todo, no? El Rafa se quedó a oscuras. La luz de las escaleras saltaba sola después de pasados tres minutos. Y qué más daba. Tendría que habérselo dicho él, joder. Si tanto lo quería, a qué estaba esperando?

—Alba…

—Qué?

—Tú quieres que salgamos juntos?

Y ya. Porque aquellos besos, tantos minutos juntos, no eran por probar. Hacía ya muchos días que se buscaban (que andaban los dos por ahí, con la motillo). Por eso, la Carmen estaba como cruzada todo el tiempo, joder. El Rafa abrió la puerta de casa con el susto dentro. Una buena paja le quitaría mogollón de paranoias de la cabeza. Al final, tenía unas ganas locas de vivir la vida (de volver a verla, de llevarla de la mano por la calle, de besarla otra vez y de todo lo demás, que ya iría llegando, no?).

El Rafa no tenía prisa. Entró y cerró con llave.

—Hola, familia!

Pero dentro no se oía ni la tele de su padre, ni la radio de su madre.

—Hola?

Nada. El Rafa, «qué raro», dejó las llaves en el llavero de la entrada y se metió para la cocina, donde (al menos) había luz blanca de fluorescente. El resto del piso estaba a oscuras y en silencio. Su madre estaba en la cocina, sentada a la mesa, sin hacer nada.

—Y éstos?

—No'stán.

—Cómo que no'stán?

—Como que no.

—Eh?

—Que no aparece.

—Quién?

—Tu'rmano.

—Qué?

—Que no aparece.

—No'staba en la calle?

—Sí, sí, sí. Pero mira las horas que son, niño.

El Rafa miró el reloj de pared que tenían puesto en la cocina y vio que pasaban de las diez menos diez. Su hermano Edu no volvía nunca más tarde de las seis y media-siete. Las cuentas estaban más que claras. Luego se dio cuenta de que su madre tenía el rostro descompuesto (si no había llorado, estaba a punto de hacerlo). «Buah, tío». La cosa era muy seria, joder.

—Cómo que no aparece, mama?

—Que no'stá. Que no lo'ncontramos, hijo.

—Pero no'staba con sus amiguillos?

—Sí.

—Y habéis preguntao? No'stará en casa d'alguno?

—Ha ido tu padre, Rafa.

—Vale. Pero el papa sabe quiénes son, no?

—Sí. No sé, hijo. Supongo que sí.

—Sabe dónde viven y eso, no?

—No lo sé.

—Vale, vale. Yo sí que lo sé, mama. Puedo ir yo, vale?

—Vale, hijo.

—Vale. Tú no te procupes, mama, que seguro que'stá cenando en casa del Quique o uno d'estos, el cabroncete… Se l'habrá olvidao d'avisar, eh?

Su madre no dijo nada. El Edu nunca había hecho algo así.

—Joder, qué huevos tiene… Voy por él.

—Vale, hijo.

—Que sí, mama. Tú quédate aquí por si llaman, vale?

—Que sí, sí.

—Que sí, mama. Ya lo verás, el Edu se pensara que son las siete y media o algo así. No ves que'stá medio zumbao, el enano?

—Sí.

—Vale.

El Rafa (sin pensarlo siquiera) se acercó a su madre y le dio un beso en la frente. Estaba decidido a dar vueltas con la moto hasta encontrarlo. Sant Mena, después de todo, tampoco era tan grande. El enano tenía que estar metido en algún escondrijo del barrio. Si se había asustado, ni sus amigos podrían encontrarlo. Últimamente tenía aquella manía de los hombres del coche y, al final, quieras que no, eran sólo cuatro añitos de crío. Hacía cosas rarillas. Estaba (un poco) como una puta cabra, joder.

—Estaban por aquí abajo, no?

—Sí (como siempre).

—Vale. Me voy, mama.

—Vale, hijo. Ten cuidado.

—Vale.

El Rafa salió de la cocina, cogió las llaves del llavero de la entrada y abrió la puerta de casa. ¿De qué tenía que tener cuidado? La oscuridad de la escalera era la peor de todas las que había conocido en la vida porque no recibía ni el fulgor espectral de la luna (cuando la había). No había puesto nombre a lo que venía pensando, pero hacía rato (desde que se había hecho a la idea de que alguien se había llevado por la fuerza a su hermano Edu) que tenía claro dónde terminaría yendo, al final. Antes, por eso, tenía que probarlo en la calle, a voces. Antes quería llamar a la puerta del Jose, el Jesus y el Quique. Antes tenía que creer en la bondad de la vida que acababa de descubrir hacía un rato. Tenía que probarlo. «Por mí, que no quede», sabes? Tenía que intentarlo con todas las ganas. Que no se dijera, joder.