El misterio de Sant Mena

15 de diciembre de 1985

La plutonía, al final, era una puerta. Pero no era una puerta al uso, «no te vayas a creer» (ella había dicho «vulgar» en vez de «normal y corriente»). El Juan la oía parlotear de lejos. Le costaba entender las cosas que estaba hablando (y tampoco tenía claro si quería enterarse de nada). Resulta que era difícil ponerle palabras a algunas cosas (sobre todo a aquellas que no las habían tenido nunca). Al parecer y al decir de la Loli, algo que no tiene nombre es como si no existiera, sabes?

—No (no lo sé).

El Juan puso un chorro de agua del grifo dentro de la perola. Tenía pensado descongelar caldo de su madre para prepararle una sopa calentita a la Loli. Eran cerca de las nueve y media del domingo quince de diciembre de 1985 y el Juan no podía quitarse de la cabeza el pitido del despertador que estaba por sonar (se tenía que levantar sin falta a las cuatro y media de la mañana). Era horrible. No había mirado para nada a la ventana de la cocina y no se podía quitar de encima la negrura de la noche (afuera, en la calle). Se sentía mucho más sucio con sólo notarla (detrás, en el cogote) que respirando a sexo. Según su parecer, que la Loli le hubiese pasado el coño mojado por la cara y por el torso desnudo, no tenía nada que ver.

—Tienes bichos en casa, tío.

—Ya.

La Loli acababa de chafar uno, «splug», con la planta descalza del pie. Luego la restregó por el suelo un par ó tres de veces y volvió a sus asuntos. Tramaba algo. El Juan no era idiota. Aquella tía, aunque estuviese como una chota, tenía para escoger y había ido a escogerlo a él (el calvo, el gordo, el mierda) entre los muchos tíos de su pueblo. Vale que hacían un poco de todo en la cama y que no le pedía gran cosa a cambio, pero tenía que haber alguna otra razón. El Juan no era imbécil. Tenía hechas sus cuentas y, aunque podía convencerse (a ratos) de ponerla detrás del mostrador de la panadería, no le cuadraba que una tía como aquella estuviese con un tipo como él. Y los números, Juanito, no engañan.

—Piénsalo un segundo, tío.

—El qué?

—Que las cosas, si no te las crees, es como si no'stuvieran, no?

—No.

O sí. No lo sabía.

—No sé qué me quieres decir, Loli.

—Joder, tío. Estás o no'stás?

—Estoy.

—Pues te sientas y escuchas, joder.

—Vale. Espera que ponga esto a calentar…

—Guay.

Luego se recogió el pelo en una coleta y siguió hablando de lo suyo.

—Que lo llamamos puerta, tío, pero que, vamos, eso'staba ahí mucho antes que nosotros, sabes?

—Imagino.

—Qué va, tío. Tú no tienes ni puta idea.

—Eh?

El Juan metió un tarro de caldo congelado en el agua de la perola. Olía a sudado (él, olía a coño). No tenía hambre, pero eran cerca de las nueve y media de la noche y aún tenía que cenar y acostarse. La luz del fluorescente temblaba de vez en cuando. La Loli estaba a punto de insultarle. Al Juan, sus padres le habían inculcado desde pequeño que cualquier hijo de puta merece un respeto: «Hasta el peor de los hombres merece un vaso de agua, hijo, si tiene sed. Tú da de beber a quien lo pida y sé siempre respetuoso, Juanito, que todas las criaturas bajo el cielo tienen su corazoncito, aquí, aunque, a veces, te cueste creerlo».

—Me oyes, imbécil?

—Te oigo.

—Ponte ahí, anda.

El Juan se sentó en un banquito, frente a la Loli. Las baldosas de las paredes estaban bañadas de la luz blanca (aséptica) del fluorescente. El Juan, cada vez que reparaba en aquel reflejo mortecino, se acordaba de las paredes de la morgue, de cuando tenía diez y ocho-diez y nueve años y tuvo que acudir al depósito de cadáveres de Sabadell para reconocer el cuerpo sin vida de su prima Sandra. «Sí. Es ella». Estaba desnuda sobre una bandeja de metal y, aunque no era posible que fuese azul, la recordaba siempre de un blanco sucio de sombras azulísimas.

—Qué?

—Escúchame.

—Vale.

—Puede que la puerta no fuese una puerta antes de la llegada del hombre, sabes? Pero d'alguna manera teníamos que llamarla, no?

—Supongo, sí.

—Joder, tío. Me da que no me sigues.

—Que sí, mujer.

—Que no, que no te da la puta gana d'oírme. Es que siempre haces igual, tío. Tú te corres y luego pasas un huevo de mi cara, cabronazo.

—Que no, mujer. Por qué dices eso?

—Tú t'oyes hablar alguna vez, hijoputa?

—P-Perdona.

La Loli se levantó rebotada a buscar algo en la nevera.

—No te queda birra?

—No (no m'he acordao de comprar).

—Joder.

—Qué me decías, va.

La Loli se volvió a sentar y, luego, se encendió un cigarrillo. Ya fuera por el humo del tabaco, la luz blanca de la cocina o la lividez de sus marcas en las muñecas, el Juan confundió el rostro de la Loli con la efigie del cuerpo sin vida de su prima Sandra sobre una bandeja de metal en la morgue del hospital de Sabadell. En la cabeza del Juan, ambas estaban cubiertas de un frío frigorífico, muy repugnante al tacto.

—Estamos bien juntos, no?

—Sí. Yo pienso que sí.

—Guay, tío. A veces me parece que…

—Que qué?

—Bueno… Que sólo me quieres pa'follar, tío.

—No me jodas, Loli.

—No, si no pasa na', tío. Si es normal… Si tampoco somos novios ni na', eh?

—Ya.

—Tranqui, tío, si no m'enfado, yo. Yo sólo digo que paso d'esos rollos, vale?

—Vale.

La Loli se puso el cigarrillo en los labios. Tenía que medir sus palabras un momento. Sorbió con paciencia de araña madre, «mpfff», y miró de reojo a los ojos del Juan. El tipo estaba embobado. El tipo no sabía ver si su prima Sandra se había pintado los labios de violeta, morado o qué. Debía de estar llorando (las lágrimas le empañaban la mirada). Quieras que no, la visión de un muerto te recuerda siempre que tú también te tienes que morir.

—Tío, la vida es muy corta como pa'ndar jodiéndosela con chorradas, no?

—Pse.

—Cada uno a su aire, no?

—Sí, sí.

Entonces le tendió la mano. El Juan no estaba escuchando el agua hirviendo, a su espalda, porque las paredes de la morgue olían muy fuerte a desinfectante. Él se tenía dicho que tenía que echar zotal detrás de los muebles de la cocina algún día. Sentía asco sólo de pensar en matar bichos. Él no podía pisarlos sin más, como la Loli, y la Loli le estaba mirando fijamente a los ojos con ojos de araña madre.

—Así'stamos bien, no?

—Sí.

—Pues dame la mano, burro.

El Juan le cogió la mano a pesar del frío. Quería y no quería decirle un montón de cosas que le pasaban por la cabeza. La Loli, a aquellas alturas, era indiscutiblemente suya. No estaba dispuesto a compartirla con nadie por más que ella dijera. Puede que no fuesen novios, ni nada, pero la Loli (de algún modo) le pertenecía y le debía un respeto. El Juan le apretó muy fuerte la mano y suspiró. Puede que la quisiera, después de todo. Si el roce hace el cariño, habían follado tantas veces en un mes que no podía dejar de pensar en ella cuando se pasaba un par de días sin verla. A la que no aparecía por la panadería, ni por casa, le hervían los sesos con planos secuencia de la Loli desnuda en brazos de otros tíos (tíos babosos que le metían la polla en la boca para descargar los huevos). «Quién sabe, Juanito, quién sabe». El panadero asumía que aquello podía suceder (si no había sucedido ya), pero era mejor no saberlo. Quizá no había pasado nada. Quizá la Loli había dejado de ser una guarra justo después de conocerle. Quizá podían arreglar las cosas hablándolo, simplemente.

—Y, si yo quisiera, qué?

—Querer qué?

—No sé. Que fueses mía.

—Tuya, cómo?

—Sólo mía, joder.

—Como una novia o algo así?

—Algo así, sí. Qué pasaría?

La Loli sonrió con el contento de las arañas en su nido.

—No sé, tío. Tendríamos que hablarlo antes, no?

—Vale.

—O, a lo mejor, tendríamos que dejarlo'star…

—No vale.

—Tú corres mucho, tío.

—No dices que'stamos bien?

—Sí.

—Pues qué?

—Eso cambia muchas cosas, no?

—Pse.

—En serio, tío. Tendrías que presentarme a tus padres y todo ese rollo.

—Eso no m'importa.

—Y tendrías que escucharme incluso después de follar.

—Vale.

—Va, no me jodas, Juan…

—En serio.

—Sí?

—Que sí.

La Loli fingió una alegría tan cierta que el Juan creyó ver una chispa de vida en los ojos muertos de su prima Sandra. El hospital de Sabadell era un lugar peor que el cementerio de Sant Mena (donde no había muerto nunca nadie) y el Juan estaba loco por no volver nunca allí (al menos, por su propio pie). De vez en cuando, tenía que acompañar a su madre a hacerse revisiones de no sé qué y se ponía malo sólo de pensarlo. La clientela era la primera que lo notaba (sobre todo, a la hora de la comida, cuando masticaba la molla de su pan). La Loli se levantó sin más y, poniéndose de manos sobre la mesa, le dio un morreo sabor a fresa (su lengua sabía a polla, tabaco y fresa).

—Lo intentamos, tío? Salimos juntos?

El Juan no escuchaba el bullir del agua, a su espalda.

—Sí.

—Buah, tío. Yo pensaba que no querías rollos, tú. Qu'ibas por libre, sabes?

—Ya.

—Y yo… Buah, qué tonta, tío! Y yo, contándote toda esa mierda…

La Loli se volvió a sentar. Buscó en la mesa una birra que no tenía.

—Sácate algo, no?

—Me parece que sólo tengo una botella d'anís, allí.

Y señaló un mueble bar que había en la salita. La Loli se fue a buscarla, tan contenta, y el Juan le miró el culo como el que mira la hora (eran las nueve y cuarenta y tres minutos del domingo quince de diciembre de 1985). En el fondo, estaba triste. Se había acordado de su prima Sandra y no podía dejar de pensar en su cuerpo sin vida sobre una bandeja de metal en la morgue del hospital de Sabadell cuando tenía diez y ocho-diez y nueve años (lo prefería, sin embargo, a pronunciar su nombre otra vez: «Rosa, ay la Rosa, la Rosa S.»).

—Anda, pásame unos vasos, capullo.

—Voy.

Entonces vio que aquello, a su espalda, estaba hirviendo desde hacía un rato. El vapor de agua empañaba penosamente las baldosas de la pared. No encendió el extractor. No quería hacer ruido. Era tarde (era de noche en la calle y no quería molestar a los vecinos con el zumbido de la campana). Sacó dos vasitos de un armario y apagó el fuego de la encimera.

—La sopa ya'stá.

—Trae.

La Loli pilló los vasitos y los llenó hasta arriba de aguardiente.

—Buah…!

Se trincó uno y, después, el otro.

—Tío, tío, tío… Ahora tendrás que conocer a mis colegas, eh?

—Tú crees?

—Fijo.

—Y te tienes que venir conmigo, a mis rollos!

—Seguro?

—Claro, tío. No me jodas ahora, eh?

—No sé yo.

—Juanito, que te meto…

—Poco a poco, vale?

—Pero a la fiesta del invierno te vienes, vale?

La Rosa S. le había dicho rotundamente que no: «No, tío. No vengas».

—Me lo tengo que pensar, vale?

—Te como la polla?

—Se va'nfriar la sopa…

—Te la como.

—Que no. Quita, quita…

Y, al final, el que no se quitó fue él. Luego, luego, cuando tuvo su cabecita entre las manos otra vez, tan viva y tan alegre, el Juanito sintió mucha lástima por su pelo crespo y por sus labios sabor a fresa.