El misterio de Sant Mena

15 de diciembre de 1988

—T'has quedao que ya no quedan gatos por la calle?

—Pero qué dices, tío?

—Lo que oyes.

—Es verdá, tío.

—El qué?

—Eso.

—El qué?

—Que la Montse me l'ha dicho, a mí.

—El qué, joder.

—Una cosa, tío.

—Qué Montse?

—Mi vecina, d'allí.

El David B. se apartó el bocata de la boca (uno de salchichón, muy rico) y señaló en dirección a la puerta de su casa, un poco más abajo de donde estaban sentados. El Enric B., aunque era el más pequeño de los cuatro, siempre que podía, intentaba quedarse con ellos. Lo delataba, por eso, media sonrisilla de cabroncete que se le ponía en la jeta.

—Es una que's una vieja?

—No, burro. Es una que's normal.

—Como que normal?

—Que todavía no's vieja, tío.

—Que's jovencilla?

—No, tío. Como las madres, más o menos.

—Y qué t'ha dicho?

—Que se l'ha perdío el gato.

—Lo ves?

El Sergio A. sabía, desde hacía días, que no quedaban gatos callejeros por el barrio y, aunque se temía la razón verdadera de su desaparición, aún no se atrevía a decirla en alto. El Sergio L. no se lo iba a creer de primeras y el Enri fijo que hacía coña con él, el muy mamón. El A., sin embargo, no pensaba callárselo más tiempo:

—Ahí, en las basuras, había uno.

—Un gato muerto?

—Sí, tío.

—Cuándo?

—El otro día.

—Pero hace mucho?

—No, tío.

—Y qué pasará, eh?

El Sergio L. tenía miedo de verdá. Desde que se acordaba de la cosa chunga de la capilla, tenía la sensación de que iba a pasar algo malo en Sant Mena y de que no podrían hacerle nada, ellos. El david, a su lado, se subió las gafotas hasta arriba de la nariz y se le vino a la mente la imagen sanguinolenta del Cujo de la película que no le habían dejado ver el domingo por la noche:

—No será un perro lobo?

—Pero si aquí no hay lobos, chaval.

—Uno que tenga la rabia, sabes?

—Buah, tío.

—Eso's muy chungo, eh?

—La rabia?

—Sí, sí.

—Si te muerde un perro d'esos, te la lía, chaval.

—Qué te pasa?

—Que t'entra la rabia, tío.

—Y qué te pasa?

—Que te pones como loco, chaval.

—Sí. Es como si te volvieras medio loco y quisieras ir mordiendo a la peña, por ahí.

—Pero qué dices, tío?

—Lo que oyes.

—Tú lo flipas.

—Que no, tío.

—En serio?

—Sí, tío. Que's una enfermedá, eh? Que no me l'invento.

—Como un virus?

—Algo así.

—Sí.

El Enri puso cara de «pues vale» (que, en su caso, valía por su cara de «si tú lo dices, chaval»), pero, a poco que lo pensara, un perro lobo rabioso (con los ojos inyectados en sangre) lo tendría que haber visto alguien por la calle, no?

—Y dónde'stá?

—Quién?

—El perro lobo ese.

—No sé.

—Seguro que se'sconde'n el bosque por el día.

—Y por qué?

—Porque les molesta la luz.

—A quién, a los rabiosos?

—Sí, me parece que sí.

—Ya, claro.

—Que sí, tío. Que no te crees na, tú.

—Y ataca por la noche, sólo?

—Claro, tío. Si no, l'habríamos visto, no?

—Sí.

—O no… Yo qué sé.

—Yo he visto algo, eh?

—Cúando?

—Por las noches.

Los tres se pusieron a mirar al A. de golpe.

—Un perro?

—No. No es un perro.

—Y qué es?

—No sé, como una sombra extraña.

—Pero qué dices, tío?!

—Qué?

—Tú lo flipas!

—Que no, joder.

—Y qué era?

—Sólo se ve como algo por el camino, tío.

—Por la noche?

—Sí, sí.

—Y qué es?

—Que no lo sé, te digo.

—Pero no's un perro?

—No, tío.

—Seguro?

—Seguro.

—Y cómo lo sabes?

—Pos… porque no se parece a un perro, joder.

—Y qué se parece, tío?

—No sé, como alguien, sabes?

—Como una persona?

—Sí. Pero no es nadie, vale?

—Y cómo lo sabes?

—Joder, tío…

El Enri, sin embargo, no estaba de guasa en aquella ocasión. Ni rastro de su sonrisilla de cabroncete en la jeta. Las palabras de su amigo Sergio A. habían calado hondo en sus corazones de niño y los tres podían formarse en sus cabezas una idea clara de algo como oscuro moviéndose por el camino del castillo de Sant Mena.

—Pero…

—Qué?

—Que digo que cómo lo sabes que no era nadie?

—Porque se ve, no?

—Ya.

—No sé, tío.

—Ya.

Los cuatro miraban a la figura negra, de nadie, en mitad de la noche y sentían, de pronto, que se habían acabado para siempre los días felices de sus vidas (de todos ellos, tío). El david notó por dentro las ganas de salir corriendo con su iaia, pero no dijo nada, al final. Miró el bocadillo de salchichón que tenía en la mano y estuvo a punto de tirarlo al suelo.

—Qué asco todo, tío.

—Yo ya l'había dicho, no?

—El qué?

—Que pasaba algo, ahí.

—En el castillo?

—Sí.

—Pero…

—Qué?

—Te piensas que vive dentro?

—Claro, tío.

El Sergio L. buscó al Sergio A. con la mirada, para que le dijera que sí, que la cosa chunga del camino salía de las entrañas del castillo, pero el chaval se había metido para adentro, como le pasaba algunas veces, y parecía como que no estaba allí sentado, con ellos. El Enri, por su lado, no podía estarse callado con la presencia oscura bulléndole por las tripas y la cabezota:

—No lo sabes, tío.

—Ni tú tampoco.

Entonces se abrió la puerta del portal, a su espalda, y salió una señora mayor que, sin quererlo, chistó nada más verlos, «pero qué puñeta hacen éstos aquí parados». Porque, si no se apartaban de manera inmediata, ella no podría pasar. Iba justita de tiempo, por no decir tarde, y los cuatro críos estaban ocupando el ancho de las escaleras que bajaban a la calle.

—Tío…

—Qué?

—Aparta, no?

El Enri, el cabrón, se lo decía al david, el más gordito de los cuatro.

—Sí, sí. Perdón.

Y el david (así, en minúsculas) levantó el pompis del suelo y le cedió el paso a la mujer, «p-perdona». Luego le entró un poco de apuro de molestar a nadie en la vida y comenzó a sacudirse las migas de pan que tenía encima, «flas, flas, flas». La señora (emperifollada y con bolso) cruzó de mala gana entre los bultos inútiles del Enri y del Sergio L. (porque allí, además de sus culos gordos, estaban tiradas las mochilas del cole) y bajó las escaleras hasta un coche que tenía aparcado al otro lado de la calle, justo enfrente del portal.

El Sergio L. fue el único que lo vio claro desde el principio:

—Está buena, eh?

—Pero qué dices, tío. Si's una vieja…!

—Qué va.

—Esa no's madre, todavía.

—Ves?

—No?

—No, no.

—Y cómo lo sabes, tú?

—Porque's mi vecina, joder.

—Ah, sí?

—Sí, joder. No ves de dónde acaba de salir, puto imbécil?

Pues sí, la verdá. El A. llevaba razón, las cosas como son, y el Enri pensaba que la señora que había salido del portal era bastante guapa de cara, pero nada más. El Sergio L., sin embargo, sí que se había fijado en las tetas y el culo de la mujer y sabía, por referencias de terceros, que era una tía buena.

—Mírale las tetas, tío.

—Sí?

Sí, tío. A la pobre mujer, cuando intentaba abrir la puerta del coche, se le cayeron las llaves al suelo. Parecía muy disgustada. Se agachó a recogerlas de mala gana y, cuando se puso en pie, el Sergio L. vio que le temblaba un montón la mano. Luego se dio cuenta de que, si encima no paraban de mirarla, se pondría más nerviosa todavía, no?

—Le pasa'lgo, no?

—Sí, tío.

La Cristina F. no estaba bien desde lo de la otra noche. Dormía poco y mal. Había estado dándole un montón de vueltas al asunto y todavía no sabía qué pensar al respecto. Abrió la puñetera puerta del coche con las llaves mojadas de la calle y se metió para adentro. Los niñatos (los podía ver de reojo) seguían buscándole las tetas con descaro, pero ella se había puesto el escote para ir al banco, a pedir un préstamo por su cuenta. Porque le daba la gana, porque necesitaba comprarle la plaza de parking al Jaume, el vecino del cuarto, y porque no pensaba pedirle permiso a nadie y mucho menos, a su marido.

Llevaba demasiados años esposada a un hombre horrible. Era atento y era bueno y era comprensivo con ella y la Cristina necesitaba al menos un motivo para poder dejarlo, no? Los años que estaban por venir se le enmarañaban en el pecho y la dejaban sin aire. Encendió el motor del coche y puso primera. Desde que pasó lo que pasó, que no pensaba en otra cosa. Quería la separación. La vida quemaba como el hilo candente de una bombilla y la Cristina se identificaba (sin que viniera a cuento) con el vuelo torpe de una polilla. Pero qué asco que daba, nena. Su marido era aburrido y era mediocre y era siempre el mismo de siempre.

Estaba a punto de arrancar, pero las palancas del volante y el reloj del salpicadero la devolvieron por un segundo a la noche de lluvia del veintinueve de noviembre de 1988. Lo mismo que veía las superficies del coche ante sus ojos, veía lo otro, aquello otro, hecho de la misma sustancia de los recuerdos. Era indistinguible de lo demás y, sin embargo, la Cristina había hecho lo imposible por convencerse de lo contrario. Porque era aberrante. Porque no podía ser. Porque era muchísimo mejor confundirlo con la sustancia propia de una pesadilla que con algo realmente real.

Pero estaba despierta, no? Quería dudarlo. Prefería recelar de sus sentidos, de su cordura y de su recuerdo antes que pararse a considerar seriamente que pasó lo que pasó. Porque pasó lo que pasó, nena. Puso en marcha el coche y salió a la carretera después de varias maniobras, «mpf». El cabrón de detrás se le había pegado un montón al culo y no le había dejado sitio para moverse. Los niñatos (podía verlos de reojo) seguían hablando de ella con los ojos muy abiertos. Estuvo tentada de echarles una mirada cargada de mala leche al pasar, pero tenía cosas mejores que hacer en la vida, tú.

Había llegado a plantearse que la rutina era una forma de sueño y que, por ahí, podían llegar a colarse los peores monstruos posibles de la imaginación. Subió en primera hasta el stop que había en lo alto del Doctor Fleming y giró a su izquierda. Recorrería todo Climent Humet en segunda, con ojo de no llevarse ningún retrovisor puesto. La verdá era que había vivido la mayoría de los años de su vida de una manera mecánica, brutalmente rutinaria. Era cosa de los horarios, nena, que había que estar en los sitios a la hora en punto, pero, desde que había tenido el encuentro de la otra noche, que le parecía que todo lo que había vivido hasta entonces no era ni vida, ni era nada.

Porque la vida se podía acabar en cualquier momento, nena, y había que vivirla como si no hubieran más días. La Cristina encendió la radio y buscó algo de música en alguna emisora, «fr-fff-ffr-r-ff». La calle estaba llena de coches. El terror mortal de la otra noche le había hecho comprender que estaba viva y la vida, «fr-fff-ffr-r-ff», estaba muy por encima de fichar todos los días a las diez en punto de la noche o de andarse con ojo de no romper ningún retrovisor de mierda en Climent Humet. Apagó la radio. «Clic». La Cristina F. sentía una urgencia imperiosa por escaparse a alguna parte, lejos de las paredes de su piso, pero había quedado a las seis en punto con el tío del banco, para hablar de lo del préstamo. Porque, si se lo daban, podría comprarle la puñetera plaza de parking al Jaume, el vecino del cuarto, y, quieras que no, las cosas empezarían a irle mejor, no?