El misterio de Sant Mena

16 de enero de 1986

Mañana

La desaparición del Edu le pilló tomando un café en el claustro de profesores, poco antes de las ocho y media de la mañana. La Carme se acababa de enterar hablándolo con sus padres por teléfono. Después de colgar, con el susto creciéndole por la cara, le comunicó que la madre del Eduardo H. le acababa de decir que su hijo no aparecía desde el lunes por la noche. «Malo», los rumores eran ciertos. El Carles echó cuentas de inmediato, casi sin darse cuenta: la criatura llevaba más de sesenta horas desaparecida.

—Es el crío de parvulario?

—Sí, sí. El hermano pequeño del Rafa H., te recuerdas d'él?

—Sí.

Claro. Como no. Era un chavalote regordete, muy majo, que había pasado sin pena ni gloria por sus aulas. El Carles, sin embargo, sintió que se le revolvía el estómago ante la sacudida de imágenes que se le vino a la cabeza de golpe. El cráneo con cuernos en el interior de una hornacina de la ermita de Santa Caterina se le confundió con la náusea que había estado incubando durante buena parte de las vacaciones navideñas. Antes de que pudiera reaccionar, «pero qué horror, chico», el vómito se le había instalado a las puertas del vivir. Dejó el vasito de café sobre la mesa y se contuvo como buenamente pudo (admitió que tenía la culpa, que no podía negar su parte de responsabilidad en el asunto porque él, a diferencia de otros individuos adultos, sabía que podía estar pasando algo serio en Sant Mena y no había hecho nada por evitarlo cuando aún estaban a tiempo). «Está muerto». Sesenta horas después, no había nada que hacer por el crío. La evidencia le pegaba con tal fuerza en las sienes, «bom-bom, bom-bom, bom-bom», que comenzó a dolerle la cabeza. «No es nada (un principio de jaqueca, tan sólo)», pero no podía negarlo. Si se hubiera movido en su momento, el pequeño Eduardo seguiría con vida. En un pueblo tan pequeño como el suyo («¿Carles? ¿Carles?»), no le habría llevado mucho tiempo dar con los canallas que se habían llevado al niño (y que, sin duda, lo habían matado en un sótano, a hachazos).

—T'encuentras bien?

—Qué te han dicho los padres?

—Nada. No me han sabido decir nada más q…

—Ya, ya.

—Qué mal, no? Qué hacemos?

—No sé. Tenemos que contárselo a los demás y…

—Qué?

—Los críos…

—Qué?

—Será mejor que no lo sepan, de momento.

—Eso es imposible, Carles.

—Sí, sí. Pero es mejor…

—No lo veo.

—Ni yo. Lo digo por el miedo.

—No, si ya me lo pienso… Pero no será mejor parar las clases?

—No.

Si detenían la maquinaria, las horas del día quedarían desiertas.

—No podemos enviarlos a casa, Carme.

—Ni podemos seguir con las clases, no?

—No.

—No. Porque tan pronto como se'nteren…

—Pero qué decimos?

—No lo sé.

—Lo que sabemos.

—Que lo'stán buscando?

—Sí. Que se ha perdido y que lo'stamos buscando.

Los grandes ojos de la Carme estaban empañados en lágrimas de pena (por la vida, por las cosas pequeñas). El espanto de una muerte cercana se le había metido otra vez dentro del cuerpo y, a ratos, le pellizcaba la vocecilla. El propio Carles (en algún punto entre la noticia y el café sobre la mesa del claustro de profesores) había llegado a pensar que debería hacer por calmarla, pero, pasadas tres noches, no había argumentos que pudiesen calmar a nadie. Transcurridas las primeras veinticuatro horas, la desaparición en pleno invierno de un niñito de cuatro años no podía acabar bien.

—Porque lo'starán buscando, oi?

—Sí (por fuerza).

—Buf…

Y la Carme pensó en los bosques y en las montañas que rodeaban la población y trató de consolarse con la imagen de unos hombres yendo en batida, como en oleadas, a por el muchacho (que debía esperar a que lo rescataran bajo las frondas de un helecho). El Carles, no. El Carles contaba con que no podrían contar la cantidad de maleteros de coches del pueblo que podían haberse llevado al pequeño Eduardo a quién sabe dónde. El fin, sin embargo, lo tenía mucho más claro. El horror que le inspiraba el cráneo con cuernos en la hornacina de la ermita de Santa Caterina desembocaba invariablemente en muerte por sacrificio. La necedad de las supersticiones conducía a ciertos individuos a la barbarie más negra y brutal. Ante la ausencia de luz, la razón tendía a nublarse y los hombres en masa, con el juicio torcido, eran capaces de las peores cosas. El Carles se remitía a los hechos de la Historia reciente.

—No tardará en aparecer.

—No (eso'spero, chico).

—No.

Aunque en el fondo sentía que el niño estaba muerto, el Carles tenía decidido que, esta vez, no iba a esperar. Lo buscaría hasta encontrarlo, por su propia cuenta. De algún modo, después de no haber hecho nada en su momento, estaba en la obligación moral de intentarlo. Miró el vasito de café en la mesa y miró a la Carme, que seguía sin palabras, frente a él. El Carles tendía a ver a buenas personas en la gente. No había nadie «malo» (nadie nacía «malo», ni se hacía «malo», ni era «malo» porque sí). El reduccionismo de términos como aquel («bueno», «malo», «reprobable»), entorpecía groseramente el examen y la comprensión de unos hechos cualesquiera.

—Estás bien?

—Sí. Bueno… sí, sí.

—Ya me ocupo yo de todo, si quieres.

El Carles le tendió una mano fraterna sobre la mesa del claustro de profesores y la Carme la cogió sin falta. «Gracias, Carles». Quiso sonreír, pero no supo cómo. Tenía ganas de llorar (por la vida, por las cosas pequeñas) y poco más.

—L-Lo siento…

—En serio, yo me ocupo.

—No, si no es nada. Además…

—Qué?

—Que'sto es cosa de todos, no?

El Carles apenas asintió. Si alguien se había llevado al pequeño Eduardo para matarlo en sacrificio, él tendría que esforzarse en comprender los oscuros motivos de los criminales. No sería fácil (en verdá, no tenía ninguna gana de ponerse a saberlo). Mancharse las manos de negro iba en contra de su voluntad más íntima. Le repugnaba la idea de sentarse a la mesa con sus hijos y tener la cabeza llena de mierdas extrañas y, por lo demás, ajenas. Aquello sería, por fuerza, algo zafio y burdo, pero, si realmente quería encontrar al crío, debía descender los escalones de su sinrazón y pensar como ellos, los criminales. Vivo o muerto, el pequeño Eduardo no podía ser el primero de una larga lista de niños muertos. Aunque todavía no sabía cómo, el Carles pondría punto final a aquel asunto.

—Todo irá bien, Carme.

Y la Carme, sin darse cuenta, comenzó a gimotear y llorar. Se le caían los mocos y le importaba bien poco si la oían lamentarse desde fuera, desde el pasillo. Pensando en las pobres criaturillas del mundo, la pena no le cabía en el corazón. Ella también podía morirse de un momento a otro y el Carles, que tampoco hacía por ignorarlo, se quedaba callado, pensativo y serio.

Mediodía

Por más vueltas que le daba, el Juan seguía con ganas de enviarla a la mierda. Las palabrotas le hervían en las venas. «Váyase a tomar por el puto culo, señora». O, mejor aun, «así se pudra en el infierno, bruja». En fin, aunque la señora Enriqueta O. no lo había dicho con mala intención, se lo había soltado de todos modos: «El pan de antes sí que'staba bueno, hijo» (es decir, que, para expresarle su cariño por su padre, le acababa escupiendo a la cara que el producto de su trabajo no valía una mierda). De no ser porque la señora Enriqueta había sido clienta de la casa desde que él era un puto mocoso, no se habría callado una sola sílaba de las que andaba royendo entre los dientes (el Juan, por disimular, hacía ver como que mascaba una molla de pan).

—Verdá?

—Y tanto.

—Todo lo de antes era mejor, eh, señora?

—Sí, hijo. Si yo te contara…!

El Juan (más Juanito que nunca) hacía un esfuerzo enorme por quedarse con la parte buena de «el pan de antes sí que'staba bueno, hijo». Se pusiera como se pusiera, frases como aquella se decían con afecto, en recuerdo de un padre panadero, y no pasaba nada, pero las jornadas de aquel enero de 1986 estaban resultando horribles para él y el Juan con el Juanito ya no podía más.

—No, si yo también m'acuerdo… No se crea.

Y volvió a pensar en las carnes tiernas de la Loli sobre su cara.

—Es que s'ha perdío muncho, muncho con los años, hijo.

—Ya.

—Pareciera que fuéramos cada día a peor, verdá?

—Sí, sí.

—No sé, Juanillo. El mundo está loco. No hace falta más que ver lo que'stá pasando en este pueblo últimamente… Es todo muy triste. Muy, muy espantoso…!

—Sí, señora.

—Y lo d'ese chaval, qué?

—Lo del crío?

—Ay, sí, el pobrecillo… Pero no, no… Yo digo su'rmano mayor!

—Qué'rmano?

—Ay, hijo. No sé cómo se llamaba, el pobre.

—C'ha pasao ahora, señora Enriqueta?

—Sabes lo del pobre crío, no?

—Sí, sí (que se lo han llevao).

—Pues resulta que, a su'rmano grande, también.

—Que se l'han llevao, dices?

—Desaparecío!

—Ostras. No sabía nada.

—Ya ves, hijo.

—Cúando?

—En la misma noche del lunes…

—Ostras, tú.

—Pobres criaturas…

—Pues sí.

—Y los padres, los pobrecillos, qué?

—Sí.

—Ay… Yo no sé, yo no sé… Me pongo en el piel d'esa pobre madre y yo no sé lo qué haría, yo.

El Juan (aunque se imaginó de inmediato la soledad de una cocina de racholas blancas y luz de fluorescente) no se puso en la piel de nadie. No lo probó, siquiera. Bastante tenía él con lo suyo. Pensó, por no ponerse a pensar, en soltar un «ya» y ya.

—Ya.

—Y después de lo d'aquella chica, y todo.

—Sí…

Sus muslos. Su culo. Sus tetas. Todo, restregado por la cara.

—Que nadie tenga que pasar por eso, hijo…! No puede ser (es que no se puede ser). Ni hay justicia, ni hay nada. Para que luego digan que no'stábamos mejor antes…!

El Juan no podía no escucharla de lejos (seguía profundamente turbado por el rubor de las carnes de la Loli). Su solo recuerdo lo salpicaba todo. Le podía la sensación que le había dejado su huella (la huella de su sexo) en la lengua, las mejillas y los labios. Sus dientes no podían recordar. Estaban ciegos, sordos y mudos. El Juan quería reconocerse el hueso de la calavera con las manos desnudas, palpando. Pensaba, sin embargo, que las cosas no andaban del todo bien o que, probablemente, andasen aún peor que algún tiempo atrás (no sabía precisar cuánto). Puesto a recordar, no daba con el principio del torcimiento, como si la caída viniese de lejos (que era tanto como decir «siempre»). Él era peor panadero que su padre y su padre, peor padre que su abuelo. Ya no había respeto por nada. Las calles estaban sucias de pintadas y los vecinos se miraban (en el fondo) como extraños que se quieren robar el pan, el agua y las llaves de casa. La propia Loli (que era una fresca, una guarra y una puta) se había puesto en manos de sus verdugos. No sorprendía a nadie en el pueblo que ella (precisamente ella) fuese la muchacha que había aparecido muerta en la riera de Sant Mena. Se lo había buscado. La fábrica abandonada de Can Baixeres se le apareció al Juan como un vientre inmenso cargado de sombra y de frío. Aquello se les había ido de las manos. El Juan había juntado las marcas en las muñecas de la Loli con unos colegas muy puestos de algo (de lo que fuera) y un ratito de desfase. La fiesta (como los tiempos) se había torcido. En su cabeza, el jueguecito de los moratones en el culo había degenerado en golpes de machete. De alguna manera, la profanación de una ermita y de un cementerio habían acabado por desenterrar lo peor de aquella gentuza. El Juan no podía callarse los nombres. El Juan había estado a las puertas de la fábrica abandonada de Can Baixeres, donde «la fiesta del invierno». El Juan no tenía pruebas de nada. Luego, en algún punto indefinido de su tránsito, se dio cuenta de que estaba en la trastienda de la panadería (de que ya no estaba tras el mostrador, charlando con la señora Enriqueta O.) y de que había vuelto a marcar un mismo número de teléfono en el aparato, «tuuu… tuuu… tuuu…». Ella descolgó después de dibujarle lo negro (todo lo peor) con dedos sucios de coño. Tenía voz de sueño. Preguntó:

—Sí?

—Tenemos que vernos. No aguanto más.

—Vale.

—Cuándo?

—Osti, no sé.

—Esta tarde?

—Esta tarde no puedo, Juan (ya he quedao).

—Cuándo?

—Mañana o el sábado, vale?

—Vale.

—Yo t'aviso, vale?

—Vale.

Tarde

A diferencia de otros días, l'Anton no sabía cómo ponerse. De pie, junto al surtidor de gasolina, gastaba los cigarrillos por quemar los minutos de su vida en algo. Buscaba la carita del Edu por los rincones. Si pasaba un coche frente a la gasolinera, creía verlo sentado en el asiento de atrás, tan tranquilo (tan sin hacer nada, como si estuviera de paseo). Alguien lo tenía. Alguien se lo había llevado. Alguien tenía pensado hacer algo malo con él. L'Anton miraba al fondo de aquel sótano sin poner un pie en los escalones que bajaban hasta el foso de los horrores. No quería ni imaginarse los nombres que los hombres de ciencia le habían puesto a los apetitos bestiales que se sacian con el cuerpo de un crío de cuatro años. «Uf», se encendió un cigarro con otro en la boca. Por no echarse a temblar (de dolor, de miedo, de rabia), tenía las manos ocupadas en una cajetilla de mistos.

Había pensado seriamente en largarse del curro para patearse las calles de Sant Mena en busca del Edu. Lo había pensado, de hecho, hasta en tres ocasiones y, en todas ellas, sin excepción, se había quedado en el sitio, convencido de que ya lo estaban buscando otras personas. Desde el martes pasado, el pobre Anton procuraba consolarse imaginando a un grupo de hombres llamando a las puertas de las casas del pueblo: «¿Han visto a este niño por aquí?». Llevaban en la mano una fotocopia en blanco y negro con la cara del crío. Lo tenían que encontrar por narices. Si miraban bien en los solares abandonados y en las casitas erigidas a principios de siglo, darían con él. Quien quiera que se lo hubiese llevado, no habría ido muy lejos. L'Anton estaba convencido de que había sido gente del pueblo (la gente, de hecho, que profanaba ermitas, reventaba tumbas y festejaba el invierno en antiguas naves industriales).

—Hijodeputa.

L'Anton lo tenía claro. No podía ser otro. El propio Rafa le había contado una vez que se había llevado a su hermanillo «a dar una vuelta con el coche», el muy cabrón. Pero después (pocas semanas después) le habían hecho lo que le habían hecho a aquella pobre chavala y, a los gamberros del pueblo, a lo mejor, ya no les valía con unas simples gamberradas.

—Hostia puta…

Sólo eran las seis y trece minutos de la tarde del diez y seis de enero de 1986. L'Anton buscó en el cielo y vio claros sus próximos pasos. Iría en busca del cabrón, lo molería a palos y le sacaría a hostias el paradero del pequeño Edu. Le importaban muy poco sus razones. Lo único que quería era pararlo todo. Mientras hurgaba con dedos nerviosos en la cajetilla de mistos, tenía mucho miedo de tirarlos al suelo. El Alex T. era una mala bestia que le sacaba (por lo menos) una cabeza y dos espaldas. Bien mirado, si se enfrentaba a él, no tenía ninguna posibilidad. Quizá fuese otro. Quizá hubiese un loco suelto en el pueblo. Quizá los gamberros no tenían nada que ver con la muerte de la Loli y la desaparición del Edu, después de todo. Quizá se habían juntado demasiadas cosas a la vez y l'Anton confundía la acción de un auténtico maníaco con su aversión por un tipo vulgar y despreciable, incapaz de grandes maniobras. Desde hacía algunos meses, venía notando que las cosas se torcían de mala manera en Sant Mena y que nadie hacía nada por evitarlo. Entonces, viendo llegar a la Alba sin el Rafa, cayó en la cuenta de que, posiblemente, no hubiese ningún grupo de hombres llamando a las puertas de las casas porque, si todos pensaban como él, si todos creían que había otro hombre ocupándose de su parte, podía pasar que nadie hiciera nada, al final.

—Hola.

—Hola, Alba.

—Hola.

—Hola…

—Yo soy la Carmen, eh?

—Ah, vale.

Sí. El Rafa le había hablado de sus peras.

—Y'l Rafa, cómo'stá?

—No…

—No lo sabemos.

—Qué pasa?

—No lo sabemos.

—Eh?

La Carmen miró a la Alba y la Alba, al suelo (a sus pies).

—Su madre nos ha dicho que n-no ha vuelto, todavía.

—Cómo?

—Que no'stá.

—Que se fue'l lunes…

—Sí, que no ha venío aún.

—Que no sabemos dónde'stá.

—Que se fue, el lunes…

—Se fue a por su hermano, sabes?

—No (no sabía nada).

—Ya.

—Pues salió a por él…

—Claro.

—Sí. Y no sabemos nada.

—No. Nada.

L'Anton había imaginado al Rafa dando vueltas con la motillo todo aquel tiempo, «reeem, reeem, reeem». Se le hacía raro que no hubiese parado a repostar en ningún momento, pero más raro era que no diese señales de vida cuando su hemano pequeño estaba desaparecido desde el lunes. L'Anton cerró la caja de mistos y se la guardó en el bolsillo. «Joder», si aquello era tal cual, si no se les escapaba ningún detalle, tenía que haberle pasado algo serio al chaval.

—Pero… le ha pasao algo?

—N-No lo sabemos.

—No… Digo que…

Ante el desconcierto del gasolinero, las dos chavalitas se pusieron aún más nerviosas. Tendrían que volver sobre sus pasos. Tendrían que contarle a l'Anton lo que habían pensado (que no era nada bueno, dados los antecedentes). Aunque no era la primera vez que lo hablaban entre ellas, no les hacía ninguna gracia repetirlo en voz alta. Quieras que no, no podían negarse la sensación de que aquellas posibilidades iban ganando en consistencia a fuerza de formularlas. L'Anton las escuchó sin abrir la boca. Eran tres, muy probables, tristes y negras:

1. El Rafa había salido a buscar a su hermano con la variolo y había tenido un accidente mortal (el cadáver del Rafa estaba tirado en una cuneta, cubierto de escarcha).

2. El Rafa había encontrado a los hombres que se habían llevado a su hermanillo Edu y los hombres habían tenido que matarlo a machetazos para que no dijese nada a nadie (el cadáver del Rafa estaba mal enterrado junto al camino del castillo).

3. O, aun peor, el Rafa también había caído en manos de los captores de su hermano pequeño (porque también habían ido a por él) y había muerto en las mismas circunstancias que la pobre Loli (el cadáver del Rafa se estaba pudriendo en la riera del pueblo, escondido entre las cañas).

La Carmen no se calló mucho rato, después. Tenía la boca sucia de muerte y, con un adulto de cuerpo presente, no estaba dispuesta a tomar ella las decisiones.

—Qué hacemos?

—No sé.

—E-Es que…

—Nosotras habíamos venido p-para…

—Sí. Veníamos para ver si sabías algo del Rafa…

—Porque, a lo mejor, lo habías visto.

—O t'había dicho algo, no?

—No. Ahora hace días que… que no nos veíamos.

—Ya.

—Y c'hacemos?

—No sé.

Pero los tres sabían, sin embargo, que, si había un cadáver en alguna parte, debían buscarlo en las cunetas de la carretera de Caldes, en el camino del castillo o en la riera del pueblo (donde se estaba pudriendo sin pudor bajo los cielos abiertos de Sant Mena). L'Anton calculaba que, en menos de cinco minutos, podían plantarse frente a la gran mole de piedra y que, si alguien había revuelto la tierra cerca de allí, no tardarían en encontrar la tumba del pobre Rafa. Sería algo sucio, de pies torcidos y ropa polvorienta. Aunque l'Anton no tenía intención de pasar por aquello (nadie en el mundo podía quererlo), lo prefería a meterse en casa y encontrarse a su mujer llorando.

De un tiempo a esta parte, ya no temía del mismo modo que un coche (sin color, ni modelo) le pasase por encima a su hijo pequeño, al cruzar la calle, porque sabía que la Pili le estaría esperando en el salón, a oscuras, pasada la medianoche. Lo veía claro en su cabeza de hombre ocupado (como si ya hubiera pasado otras veces antes). Le diría «nuestro hijo, Anton» y se rompería de dolor y de llanto.

—Qué? Qué? Qué?

«Se lo han llevado para siempre, Anton» y l'Anton, entonces, estaba más que dispuesto a patearse la puta carretera de Caldes a pie, de una punta a la otra, en busca del cuerpo del pobre Rafa.

Noche cerrada

Pasado el castillo, el camino se tornaba mucho más escabroso y agreste de lo que cabía imaginar a tres cientos metros de las calles asfaltadas del pueblo y los bidones que llevaba en la parte de atrás de la furgoneta, al saberlo, no dejaban de revolverse de mala manera. Se ponían nerviosos. Era como si intuyeran que estaban más cerca de la fosa final. A medida que se adentraban en el bosque, iban chocando los unos con los otros, con más violencia, a modo de protesta, «clonc, clonc, clonc», y el Carlos, por no quedarse solo, se ponía en sintonía y repetía sin parar «joder, joder, joder» (no era la primera vez que metían ruïdo, pero el hombre no había vuelto por allí después de todo lo que había sucedido últimamente en Sant Mena y no podía con tanta mala leche junta).

A ratos, por no oírlos, deceleraba. La noche se apretaba horriblemente bajo las copas de los pinos y no se veía gran cosa más allá del morro de la furgoneta. La negrura se tragaba la luz de los faros de una forma espantosa. Apenas se distinguían los márgenes del camino. Los troncos se le echaban encima de pronto y, si no estaba al tanto, podía acabar metiendo una rueda del vehículo en un socavón o agujero y explícale tú luego al tipo de la grúa qué estabas haciendo allí, pasada la medianoche, con una carga tan pesada… O delicada. El Carlos, en una situación como aquella, no se podía permitir más nervios de los naturales, «vamos, venga, va».

Desde luego que no era lo mismo dejar atrás el alumbrado municipal después de lo que había sucedido. En el suelo de Sant Mena, en lo que llevaban de año, habían encontrado el cuerpo sin vida de una pobre muchacha y se habían llevado a un crío de la calle (como se venía temiendo). Al Carlos le sonaba que se llamaba Edu y, a él, como a tantos otros en el pueblo, le parecía que estaba muerto, tirado en cualquier zanja, desde el primer día. Estaba claro. Lo habían matado a sangre fría, como parte de un ritual sucio, negro y perverso.

—No me gusta nada'ste asunto… E-Es algo satánico.

Su mujer, la Tere, también lo pensaba. Aunque no sabía nada de la figura demoníaca del hombre alto del cementerio, había sumado dos sacrificios humanos a las pintadas satánicas de la ermita de Santa Caterina y, como todo hijo de vecino, había comprendido que había un grupo de personas de su pueblo (más o menos numeroso) que se dedicaba al culto de lo diabólico. El Carlos contaba a cuatro, al menos. No le parecían muchos, pero eran suficientes para hacer mucho daño (si se paraba a pensar que su hija pequeña también corría peligro, le venían ganas de echar mano de la barra de hierro que llevaba debajo del asiento).

Llegado al viejo roble de los T., el Carlos tomó por la antigua senda de la fuente del Bou. El otro camino, aunque era mucho más popular, tenía peor recorrido. Acusaba cierta pendiente y, además, no llevaba directamente al claro de la fuente, sino que daba un rodeo considerable por las frondosas pinedas de Can F. (habitualmente infestadas de zarzas y de romero). El Carlos no se lo acababa de explicar, pero le venía bien que casi nadie pasase por allí. Él enterraba los bidones en un terreno abandonado que había cerca de la masía en ruinas de los T. (según se contaba en el pueblo, los T. habían extinguido su linaje a fuerza de colgarse de una misma rama del viejo roble del camino).

En cualquier caso, ya fuera por costumbre, superstición o miedo, la gente del pueblo había olvidado la utilidad de aquella otra senda y el Carlos apenas tenía que preocuparse de que nadie se metiera en su terreno (es decir, que su secreto seguía a salvo). Antes (antes de los terribles sucesos de Sant Mena) se consolaba pensando que la presencia del viejo caserón de los T. ahuyentaba a cualquiera. Por suerte, él no tenía que pasar por delante de su fachada de cuencas negras y vacías. Él torcía cincuentra metros antes, al menos, y se metía en antiguas tierras de labranza, donde cavaba, pala en mano, la fosa de los bidones. Al principio, trabajaba muy duro. Por miedo a liarla, se procuraba hoyos tan profundos como para colocar los bidones de pie (le daba no sé qué que se pudiera derramar su contenido en el suelo). Luego, después de dejarse la vida rompiendo bloques de tierra dura y arcillosa, le perdió el respeto al asunto y se convenció de enterrarlos tumbados (lo que le suponía la mitad de tiempo y de esfuerzo). Al fin y al cabo, la tapa parecía tan bien sellada como el resto del bidón. Si nunca se corroían, si en verdá tenían que corroerse tarde o temprano, lo harían por cualquier otra parte.

El Carlos detuvo la marcha (que no el motor) frente al terreno donde enterraba los bidones de aguas ácidas de Kastol. Aquella noche del diez y seis ó diez y siete de enero de 1986, tenía menos ganas que nunca de bajarse de la furgonetilla. Hacía frío. Hacía noche. Hacía días que aborrecía su vida y los derroteros de mierda que había ido tomando. Entonces lo oyó. Por debajo del runrún del motor, le llegaba otro ruido más sordo y distante. Era algo mecánico y constante y, sin embargo, parecía proceder del interior mismo de la tierra. El Carlos apagó el motor. El «tran-tran-tran-tran» de la noche se coló de inmediato en su cabeza y, por más que buscó, no vio nada más que bosque y tinieblas a su alrededor.

«Mierda». No podía volverse a casa con los bidones en la parte de atrás de la furgoneta. El Carlos pensó en descargarlos a toda prisa a la sombra de un olivo y dejarlos tapados con unas mantas. Si nadie pasaba por allí, no los vería. Tendría tiempo de regresar en otro momento, al día siguiente, con la luz del sol. Si realmente no pasaba nadie por allí, no tenían por qué verle, pero la sola idea de bajarse de la furgoneta le helaba la sangre, «tran-tran-tran-tran».