El misterio de Sant Mena

16 de setiembre de 1988

Las moscas llevaban toda la mañana pegándose de hostias contra el cristal de la ventana y, al Paco A., viéndolas de dentro, todo lo que se le ocurría pensar era «que os jodan, mierdosas». Volvía a rascarse los pelos del bigote, donde las otras veces. Cada vez que se ponía nervioso le salía un sarpullido virulento justo encima del labio. Era una cosa fea, demasiado recurrente. En la farmacia, sólo sabían darle una pomada que tardaba cuatro ó cinco días en hacer efecto. Le habían dicho que se trataba de un herpes y el Paco, por taparlo (por no verlo en el espejo), se había dejado crecer un bigotillo a la manera del puto Sonny Crockett.

—Pa, pa, pa…

Las moscas querían entrar en la oficina y él quería salir corriendo por la puerta. Picó con los dedos sobre el aparato de teléfono. Estaba impaciente. Miró la agenda de piel negra que tenía en frente y estuvo a punto de abrirla por la A (así, en mayúsculas), pero algo, muy adentro, le decía que lo tendría más fácil en la C (también en mayúsculas). Aunque la chavala tenía cara de caballo, debía mamarla bien con aquella bocaza tan enorme que seguro que no podía negar a sus amistades. Si descolgaba, le diría «hola, soy yo, el Soni» porque el mismo Paco, cuando se ponía rumboso, se hacía llamar «soni» (así, como suena) por James "Sonny" Crockett de Corrupción en Miami.

Aunque él todavía andaba por ahí con su bemeuve de segunda mano, ya rulaba por las calles del puto Sant Mena como si fuera al volante de un ferrari testarrosa, pero rollo bien, rollo guapo. El gran pelotazo estaba al caer. Podía verlo en el cielo, entre los bloques de pisos del vecindario. Se había hecho pintar el coche de blanco (como el deportivo del Sonny Crockett) y, cuando se venía un poquito arriba, bajaba las ventanillas y le daba caña al equipo de música, un Pioneer de ultimísima generación que se había pillado en el puerto de Barcelona, «tirao de precio».

—Pa, pa, pa…

En su coche, está claro, casi siempre sonaba el tema de Crockett a toda hostia y, al Paco, en momentos así, le sonaba que la vida iba bien porque la vida, al Paco "Soni" A., le iba de puta madre en los negocios, con la inmobiliaria. Lástima que lo hubiesen pillado antes de hora, cuando las tetas de la Merche C. todavía estaban en su sitio y las mamadas de polla en el sofá del comedor eran casi a diario, después de la cena: «no puedo resistirme, cari. Tengo que chupártela». Entonces, la muy puta se desvivía por meterse su rabo en la boca, como si le gustara, como si le pudiese gustar, cuando los dos sabían que aquello no era verdá, ni podía durar mucho.

—Pa… pa…

Si no se hubiese casado tan joven, sería la polla, todo. Para empezar, no tendría que darle explicaciones a nadie de lo que hacía o dejaba de hacer con su vida. Podría llegar a la hora que le diese la gana y no tendría que andarse con sospechas ni hostias por casa (por su propia casa pagada de su propio bolsillo, joder). La Merche quería tener niños (el siguiente nudo de la trampa) y el Paco tenía mucho cuidado de ponerse goma cada vez que se acostaba con ella (pero gomas que se traía él mismo de la farmacia, que nunca se sabe donde pican las agujas). Tampoco es que follasen mucho últimamente (la cosa no le ponía mucho, que digamos), pero el Paco lo hacía, más que nada, por cumplir con la parienta, por que no pareciera que tenía una agenda de piel negra repleta de números de teléfonos en la mesa de la oficina.

—Pa…

Si le diese la patada, sería el puto amo, joder, pero su madre le había cogido mucho cariño a la niña, a la Merche, y él pasaba de disgustos en casa, con la familia. Además, además, que su mujer cumplía con su parte a la perfección y él llevaba calzconcillos limpios todos los días. No se podía quejar. El Paco dejó de picar con los dedos sobre el aparato de teléfono. La Merche no era mala gente, joder. La tía había olido la pasta y se había bajado las bragas como cualquier hijo de vecino. Porque el Paco había hecho pasta desde el principio. Porque se vio muy pronto que sabía hacer pasta y porque todo el mundo, quieras que no, necesita una vivienda y hace lo imposible por pagarla.

—Esa es la clave, nena, que nadie quiere dormir en la calle.

El Paco hablaba solo por no oírse razonar más de la cuenta (aquel «rum-rum-rum» dentro de la cabeza, todo el rato). Tenía que pensar un momento, nada más. Lo normal era que su mujer lo quisiera pillar del todo con el tema de los críos, pero él le tenía dicho que él no quería mamones en casa porque algo (muy adentro) le decía que Sonny Crockett no cambiaba pañales al volver del curro, «después de perseguir a los malotes, te imaginas?», pero la Merche no necesitaba abrir la puta boca para escupírselo a la cara.

—No, no soy un cabrón. Es sólo una cuestión de supervivencia.

Pero no era una cuestión de supervivencia. Aquello era otra cosa. El instinto, el estar despierto, el evitar que te pillaran por sopresa. El Paco se resistía con todas sus fuerzas a renunciar a su sueño, a las grandes mamadas de polla en el asiento de atrás de un ferrari testarrosa. Porque el Paco sentía la necesidad sincera de un deportivo con llantas cromadas de aleación. Del mismo modo que otros experimentan la pena, el aburrimiento o el amor, el Paco podía notar su necesidad en el interior del pecho (justo en el centro, un poquito por encima de donde estaba el corazón). Es más, si cerraba los ojos un momento, podía soñarle el aroma de la tapicería a su coche nuevo. De cuero negro, nena.

—Puedes notarlo en el culo?

Es suavísimo. Tócalo. El Paco abrió los ojos y abrió la agenda de piel negra por la ce de Carmen. Lo había visto claro justo antes de decidirse. Podía ponerle unas rayitas de coca de la buena en la raja del culo. Verás qué risas. Descolgó el auricular y comenzó a marcar los números: siete, uno, cinco… Ya tenía la polla tiesa y aún quedaba mucho (muchísimo) para que llegase la noche. Porque el Paco, desde que hacía pasta a lo grande, se escapaba de casa por la gatera de las «cenas de negocios». A eso de las ocho y media-nueve, se plantaba en la puerta de la calle recién afeitado, con el pestazo a colonia, y le soltaba a la parienta:

—Nena, hoy no m'esperes despierta, que tengo algo grande entre manos.

Y, cuando decía «algo grande entre manos», no dejaba de pensar en el culazo jugoso de la guarrona de turno. Porque el Paco no solía repetir con la misma tía más de dos ó tres veces al mes, ni iba nunca de putas porque le parecía que aquello no tenía el mismo mérito que follarse a las guarrillas del pueblo. Joder, es que había algo de glorioso, de muy grande, en bajarle las bragas a una chavalita que se dejaba porque sí, porque le daba la gana y porque quería. O no? El Paco siempre hacía igual con aquellas tías. Las llevaba a cenar a un sitio bien y les hablaba de sus planes de futuro para Sant Mena, «dentro de muy poco».

—Porque yo sólo pienso a lo grande, sabes?

Luego, si la perra estaba en su punto, como muy blanda, el Paco la ponía a comer polla en la parte de atrás de su bemeuve blanco (algo oscuro, como muy siniestro, le llevaba a parar siempre en las cunetas de la carretera que va de Sabadell a Sant Mena). Porque el Paco, más que meterla en caliente, prefería las grandes mamadas de polla en el asiento de atrás, su gran sueño. A falta de pelotazo y de deportivo, era más seguro correrse en una boca que jugártela con una etese en cualquier agujero. Además, como que comprometía menos, no?

—Sí?

—Carmen?

—Sí?

—Soy yo, el Paco.

—Quién?

—El Paco, el Soni.

—Ah, hola.

—Oye…

—Dime.

—Haces algo'sta noche?

—Eh… sí. Iba a salir con las amigas, a tomar algo.

—Te saco a cenar, va.

—Eh… Sí?

—Sí, va, c'así hablamos.

—No sé…

—No?

—No sé, tío… De qué quieres hablar tú conmigo?

—Tendremos que conocernos, no?

—Si tú lo dices…

—Digo yo, no?

—Bueno, no sé.

—Venga, mujer, que pago yo.

—Es que…

—Quedamos a las nueve?

—Hoy?

—Sí, sí. Te paso a buscar, va.

—Es que…

—Qué?

—Que no sé, tío.

—Qué? Vamos a cenar y charlamos un rato y así nos vamos conociendo, no? Fijo que nos acabamos echando unas risas… Tú y yo, eh?

—Ya, ya, pero's c'había quedao, ya.

—Pero… si a tus amigas las ves cada finde, mujer.

—Sí, ya.

—Cenas hoy conmigo y mañana quedas con ellas, vale?

—Y por qué no l'hacemos al revés?

—Pero pa'qué?

—Pa'que me lo pueda pensar mejor, no?

—No, no. Si l'hacemos al revés, mañana no les podrás contar a tus amigas que'l Soni es un tío de puta madre que s'ha portao dabuten contigo.

—Claro.

—Te l'aseguro al cien por cien.

—Dónde quieres ir?

—Tú dónde vives?

—Yo…

Justo en aquel momento el viejo Menna entró por la puerta de la oficina, «clinc-clinc». El Paco oyó decir a la Carmen el nombre de una calle seguido de un número compuesto, como «veintialgo», pero no le dio tiempo de quedarse con nada, joder. Antes tenía que cerrar la agenda de piel negra que tenía justo delante y fingir que estaba negociando un trato serio (o algo así) con un cliente. Hizo que sí con la cabeza varias veces, mientras saludaba con la mano al viejo Menna, y luego buscó un pedazo de papel donde apuntar la dirección de la Carmen, «un momento, por favor, que tome nota» (el tono, desde luego, tenía que ser otro, mucho más formal).

—Vale.

El viejo Menna traía consigo un paquetito de papel colgado de un cordel. Lo dejó encima de la mesa y se quitó la chaquetilla que llevaba puesta. Todavía hacía calor en la calle. Luego de ponerla en el respaldo de una silla, se puso a esperar de pie a que el Paco acabara, así que el Paco pilló un sobre cualquiera de un montón que tenía más o menos cerca (alguna factura del banco) y sintió en el alma que las moscas siguieran dándose de hostias contra el cristal. La pluma, al menos, seguía en su sitio: el bolsillo de la camisa.

—Dígame, por favor.

—Eh?

—La dirección, sí.

—Sí…

La Carmen repitió el nombre de la calle y el número de la puerta del bloque de pisos donde vivía y el Paco, «ajá», los garabateó en el papel, con tinta negra. Luego de verlo escrito, todo junto, pensó que era una calle de mierda en un barrio de mierda. Y qué quieres, joder. Los alquileres de la zona estaban por los suelos y apenas había viviendas a la venta que merecieran la pena (con el viejo de cuerpo presente, las rayas de coca en la raja del culo se le antojaban una pura extravagancia).

—De acuerdo.

—Me pasas a buscar, entonces?

—Por supuesto. Como habíamos acordado, señorita.

—A las nueve?

—Eso es, sí.

—Vale.

—Un placer. Adiós, adiós.

Y colgó.

—Hola.

—Chico, no es un buen negocio.

—El qué?

—Esto tuyo.

Por los gestos, el viejo Menna se refería a la oficina, en general.

—Qué le pasa?

—Que'stá sucia.

Y pasó unos dedos sobre la mesa, recogiendo el polvo de varios meses.

—No ves?

—Ya.

—No ves que'sto parece una cochiquera?

—No.

—Pero sabes lo que digo?

—No.

—Chico, tienes que ponerte a alguien aquí. Una chica o algo, que le dé vidilla al sitio, sabes?

—Ya. Pero's que no m'hace ninguna falta ninguna chica, a mí. M'apaño solo.

—Sí. Si no digo eso, yo… Aunque no haga nada, aunque no la quieras para nada, haz el favor de ponerte una chiquita para que ponga la cara, al menos. Que t'atienda el teléfono y te coja los recados, sabes que te digo?

—Sí.

—Las mujeres d'hoy día no iban a dejar que…

Y volvió a pasar los dedos por otro punto de la mesa, a por más mierda.

—Sabes, no?

—Sí, sí.

El viejo Menna se limpió la mano en el pantalón y se sentó frente al Paco.

—Chico…

—Qué?

—La impresión… La idea que se formen de ti las otras personas es muy importante en la vida y este sitio…

—Qué?

—Que no da buena impresión, al entrar.

—Ya. Pues tampoco me va tan mal, así.

—Justamente.

—Qué?

—Imagínate cómo de bien t'iría si m'hicieras un poquito de caso, a mí.

—Puede ser.

—Bueno… Tú piénsatelo, vale?

—Vale.

—Mira que te quitarás de muchos males de cabeza con una mujer, aquí.

—Que sí, que me lo pienso. Qué querías?

—D'eso venía a hablarte, yo… Chico, tienes que arreglarme lo de Castellar.

—Qué le pasa?

—Que m'ha entrado de todo, allí.

—Okupas?

—Y ratas y de todo.

—Y qué quieres c'haga, yo?

—Que me lo limpies, chico. Aquello, asín, no m'hace ningún servicio, sabes?

—Pero… Quieres vender?

—No lo tengo decidido, todavía, pero pienso que podríamos sacarle un rendimiento de cara al futuro, no?

Sí. La verdá es que sí, joder. El Paco seguía flipando con la mentalidad antigua de aquellos viejos en vida que se habían criado con las miserias del fascismo, los años duros de la posguerra. El tal Menna disponía de varias propiedades en Sant Mena y vivía, sin embargo, en un pisito muy humilde que tenía justo encima de la librería (otro negocio ruinoso, por cierto). Era extraño. El Paco había estado allí varias veces y nunca (hasta aquel preciso momento) se le había ocurrido pensar que un hombre que poseía varias casas y solares en el pueblo se manejaba en el día a día como uno más, como un pobre cualquiera. A poco que se pusiera, cada mes se sacaría una pasta gansa por no hacer nada.

—Parece que vienen tiempos de cambio, chico.

—Eso digo yo.

—Pues mírame, hazme'l favor, si todavía m'entra gente en Castellar y me la quitas d'allí, eh?

—Vale.

—Tú sabes cómo, eh?

—Sí, sí.

El viejo Menna venía a decir que no lo llevase por la vía administrativa o judicial, como las otras veces, porque aquello era un barrizal de mierda. El Paco se ahorró lo de fruncir el ceño a la hora de sospechar. El número dos de la calle de Castellar llevaba deshabitado más de veinte años (lo menos) y, de pronto, en aquella mañana pegajosa del diez y seis de setiembre de 1988, el viejo había decidido que urgía desalojarlo con no sé sabía qué extraño propósito. El Paco quiso husmear en el aire un trato jugoso con una constructora venida de fuera, para hacerle la puñeta, pero el viejo Menna no tenía por qué esconderle nada. No lo había hecho nunca. No era su estilo. Luego de levantarse y de coger la chaquetilla, el hombre se dirigió hacia la puerta de la calle sin decir ni mu, como si ya estuviera todo dicho entre los dos, pero, justo antes de salir, se volvió un momento, nada más.

—Bueno, pues me voy.

—Vale.

—Te he dejado un librito, ahí.

—Ah, vale.

—Léelo.

—Sí.

El viejo Menna se refería a un paquetito de papel que había sobre la mesa, ligado con un cordel. El Paco, viéndolo de lejos, no pensó gran cosa porque no sabía qué pensar al respecto. Seguro que sería un plomo de libro o un puto coñazo, como las otras veces. No le gustaba nada leer y el viejo insistía en llevarle libritos de mierda por los que luego le preguntaba, joder. Las moscas le estaban poniendo de muy mala leche. Debían ser cerca de las once y diez y seguían dándose de hostias contra el cristal de la ventana, pero, después de la ce de Carmen, podía probar con el culo de la a de Alba, que no?

—Siete, uno, cinco…