El misterio de Sant Mena

17 de enero de 1986

…y veía la cara de su hermano, la de los ojos vaciados, pegada en una tuerca, como si fuera de plastilina, y daba vueltas (como todas las máquinas del mundo) y no se reía, ni nada, que estaba muy fea y daba un poco de asco de ver. Era mejor si cerraba los ojos y dormía muy fuerte porque podía soñar muchas cosas buenas. Por eso, estaba casi siempre en la cocina de su casa, con su madre. Tenía un vaso de leche calentita delante y le daban un paquetito de galletas de dinosaurus, «ummm, qué ricas, mami». Luego salía al pasillo y bajaba al fondo del pozo frío porque, si nadie le encendía la luz, el pasillo y el pozo estaban igualmente oscuros y lo negro, quieras que no, lleva siempre a lo más negro. Él no decía nada. Su madre, «hijo mío, hijo mío», todavía lo estaba llamando (sobre todo por las noches), pero él no decía nada más que cosas bajitas, que se iba inventando, para que no lo escucharan los de arriba (que eran los del coche). Si tenía hambre o si tenía pena, no abría la boca. Todos los días estaban llenos de frío y de piedras mojadas de agua y él se tenía que aguantar, tapándose hasta la naricilla con las mantas viejas que le habían tirado los de arriba. Al fondo (que era al final) era mejor no estarse callado mucho tiempo o se podían escuchar unas cosas que eran mucho peores y que estaban por debajo de la tierra. La cara de su hermano (pegada en una tuerca) no se la había inventado él, ni mucho menos. Aquello lo había oído más de una vez, cuando ya no se oía nada más en la casa de arriba y tenía los ojos muy abiertos, por la noche. Pero la cara de su hermano no estaba al principio de todo porque, al principio, habían unos ruidos de máquinas por debajo de la tierra, «tran-tran-tran-tran», que le daban mucho miedo porque trituraban los cuerpos de las personas o algo malo. Se escuchaba como si alguien estuviera masticando las piedras y los huesos todo el rato, «tran-tran-tran-tran», y él pensaba que, a lo mejor, les había entrado el hambre porque los de arriba (que eran los del coche) habían echado su sangre por la tierra de las tumbas y las máquinas, a lo mejor, la habían olido y lo estaban buscando (a él, que estaba en un agujero en el suelo) escarbando, escarbando por debajo de la tierra. Ya luego, después de oírlo mucho rato, «tran-tran-tran-tran», era cuando se imaginaba las tuercas y las cadenas y venía lo de la cara de su hermano, la de los ojos vaciados, porque las máquinas se lo habían comido para siempre porque su hermano, que se había equivocado de sitio, no lo había buscado bien por los túneles y lo negro, quieras que no, lleva siempre a lo más negro.