El misterio de Sant Mena

18 de enero de 1986

Miraba a la calle, por la ventana, y no pensaba nada. La luz de la tarde se le antojaba cálida sobre la fachada del ayuntamiento y, sin embargo, el Juan sentía un frío de muerte que le calaba en el fondo de los huesos. Volvió a remover el café con la cucharilla. Sólo pasaban diez minutos de las cuatro y media de la tarde. No tenía prisa. No le esperaba nadie en casa. Un viejo, unas mesas más allá, tosía pesadamente con voz de tabaco puro y el Juan (un tanto Juanillo aquella tarde del diez y ocho de enero de 1986) se sentía un poco enfermo, como cuando era chico y esperaba su turno en el médico de las inyecciones, las batas y los utensilios de metal.

La enfermedad le había parecido siempre un anuncio de la muerte que está por venir y los recuerdos del cadáver de la Loli, cuando estaban de vuelta en su cabeza, lo ponían malo al momento. Si se imaginaba su cuerpo roto en el barro, le pesaban los brazos y las piernas igual que si estuviera incubando alguna afección infecciosa. El malestar, con las livideces de la muerta entre las cañas, se hacía general de forma acelerada y el Juan (con el Juanillo) notaba cómo la muerte le mordía la carne viva.

Él también sería devorado por los gusanos. En algún momento de la vida, dejaría de remover el café con la cucharilla y asumiría el frío de las piedras como algo propio de las sustancias que componen el cuerpo. Después de la descomposición, sólo quedaba perder calor a puñados, Juanillo. La doctora le metía un palito de madera en la boca y le examinaba el principio de la garganta, «di aaa». El aire de la salita de espera estaba cargado de fiebres. El tufo de la calefacción le producía náuseas desde entonces (cada vez que pisaba la moqueta de un edificio público con los radiadores a tope, volvía a ser pequeño, flaco y endeble).

Detestaba ir al centro médico o al hospital. No le gustaba nada acompañar a su madre a las revisiones para el cáncer. Siempre que podía, la dejaba en la puerta de la consulta y se metía en la cafetería, a esperar. Se pedía un cortado y probaba algún bollo, por comparar con los suyos. No le convencía casi nada de lo que le ponían delante. En el café del coro, por ejemplo, no tenían ningún dulce de su interés. Sólo servían pastas envueltas en plástico, muy malas. Pensó en pedirse unas torradas con mantequilla. Después de castigarse la mollera, se le ocurrió que podía comer algo. Eran las cinco menos cuarto y la Rosa seguía sin aparecer.

Levantó la mano y buscó en la puerta de la calle. La sola idea de la muerte lo ensuciaba todo. El camarero (otro chavalote que no quería estudiar porque no se lo acababa de creer) no le vio. Estaba a su rollo, detrás de la barra. El Juan sentía que la podredumbre de las cosas se contagiaba por el aire, como si emanase de su pensamiento y fuese sobre las mesas y las sillas y los estantes repletos de botellas del coro de Sant Mena. Todo moría (todo tenía que morir). La Rosa, «ei, tío», acababa de llegar de la calle.

—Hola.

—Hola, qué pasa?

La Rosa S. (su Rosa) estaba preciosa y viva. Vestía tejanos, una camisetita de tirantes negra y una camisa a cuadros puesta por encima, muy basta. El Juan tuvo ocasión de comprobar que llevaba las mismas botas horrorosas de siempre. Luego se le puso delante, se sentó en la silla y pidió un «cacaolat calentito, porfi» (el chavalote, que no había dejado de verla, tomó nota al instante).

—Qué frío, no?

—Sí.

La Rosa llegaba sin maquillar, como si estuviera recién levantada de la cama. El Juanillo, al mirarla, no halló rastro de la sombra negrísima de las otras veces. A la luz del día, su rostro se le antojaba luminoso y jovial. Parecía una persona mejor, más amable, más dulce y más buena. El Juan se obligó a apartar la vista. Debía de estar babeando como un asqueroso. Buscó en el café helado de su taza y, luego, se entretuvo un momento en el motivo que traía estampado en su camiseta (lo tenía justo enfrente). Era una suerte de estrella roja (¿de siete puntas?) cruzada de dagas que se hundían en el centro, en una calavera de aspecto malévolo. A los lados, ponía «Morbid» y «Tales». El Juan no le dio ninguna importancia (si no se distraía, si prestaba la suficiente atención, no acabaría buscándole la piel que se veía junto a los tirantitos).

—Y qué?

—Eh?

—Te mola?

—El qué?

—Este rollo.

—Qué rollo?

—Este, tío. La música dura y todo eso.

—No mucho.

—No?

—No.

—A mí, sí, tío. Tiene un rollo diabólico que lo flipas…

—No sé.

—No?

—No'stoy para músicas, yo.

El camarero trajo el cacaolat «calentito» y un vaso. La Rosa se lo sirvió al momento. Luego cogió el tubo de cristal con las dos manos y bufó de puro frío, «uf, tío». No podía más. Tenía los dedos helados. El Juan miró al camarero, que seguía allí plantado, y el camarero siguió con los ojos puestos en la Rosa. Ella, al darse cuenta, le sonrió de aquella manera suya (tan viva, tan juguetona, tan guarra) y el Juan, por despacharlo, tuvo que pedirle que le trajera otro café caliente, «por favor».

—Vale.

—Y qué?

—Qué?

—Qué plan tienes, tío?

—No sé. Hablar, no?

—De qué?

—No sé.

Del cadáver de la Loli, por ejemplo. Al Juan se le ocurría que, a lo mejor, podían hablar de los jueguecitos turbios de la fábrica abandonada de Can Baixeres. O de la fiesta del invierno y del ratito de desfase que acabó degenerando en varios golpes de machete.

—Tú no'stabas?

—Eh?

—En la… En la fiesta.

—La d'invierno?

—Sí.

—Sí.

—Y la Loli?

—Qué?

—La Loli no fue con vosotros?

—Sí, tío… Claro. Ella quería que vinieses, no?

—Sí.

—Y yo te dije que no, no?

—Sí.

—Ese rollo no va contigo, tío.

—Qué rollo?

—El nuestro, tío. No sé, Juan. A ti se te ve más paradito, no?

—No sé.

—No?

—No's eso.

Después de abrirle el vientre, le habían arrancado las tripas y la habían arrojado al lecho seco de la riera como a un trasto viejo (de hecho, había oído decir en la panadería que le habían machacado la cara a golpes y que le habían extirpado únicamente el útero).

—Luego no la volvimos a ver, tío.

—Se fue con otros colegas?

—Eso me dijo, tío.

—A Gallifa?

—O por ahí, sí.

—Con quién, Rosa?

—No lo sé, tío. Unos colegas. La Loli conocía a mucha peña.

—Ya.

—Joder, lo mismo cogía y s'iba de fiesta, por ahí, con unos pavos c'había conocido un rato antes, sabes? En un bar. O donde fuera. Ella era así, tío. Se fiaba de la gente… Vale? Se fiaba de la gente, joder. Eso no's malo, no?

—No.

—Vaya puta mierda, tío.

—El qué?

—Lo c'ha pasado, tío. Vaya mierda todo…

—Tranquila…

El Juan sintió en el pecho que debía cogerle sin falta la mano a la chavala, pero antes tendría que haber cruzado toda una extensión de mármol blanco y veteado con los dedos desnudos solamente. La superficie helada de la mesa era mucha para su aprensión. La Rosa S. (su Rosa) le estaba mintiendo.

—Yo ya no me fío de nadie, sabes?

—Ya.

—Yo paso de rollos, ya.

—Ya.

La Rosa chistó. Algo le causaba verdadero fastidio.

—Quiero decir… que yo ya paso de todo.

—Qué todo?

—De salir, de las fiestas. No sé, todo.

—Ya.

—Yo quiero otra vida, tío.

Y el Juan, oyéndola hablar, deseaba con fervor que sus palabras dijesen sólo verdá de la buena. En algún punto, la Rosa tenía que tener miedo de morir como la Loli. No era una locura pensar que quisiese dejarse de hostias. Después de verle las orejas al lobo, lo normal era que procurase cambiar de compañías, de rollos y de ambiente.

—Y tu novio?

—Hemos cortado.

—Ah.

—No te lo había dicho?

—No.

—Pues sí, tío.

Los dedos de la Rosa cruzaron el mármol de la mesa, en su busca.

—Lo digo en serio, tío.

El Juan la miraba a los ojos y apenas se acordaba del cuerpo mutilado de la Loli en la riera. Quería saber como fuese si la Rosa le estaba diciendo la verdá (si era verdá que habían roto y si no pensaban volver pasado mañana). No podía fiarse de ella, todavía. Echó un vistazo a su mano en la mesa. Tenía las uñas pintadas de rojo sangre y estaba a tocar de la suya (el gordo, el calvo, el mierda). El Juan no comprendía las razones que le impedían cogerla. De algún modo, era incapaz de explicárselo (como si no recordase ya sus propios escrúpulos de hacía un momento).

—Vale.

—No sé, tío. Hay cosas…

—Qué?

—Buf… Que's mejor no saberlas, sabes?

—Ya imagino.

Pero el Juan no hablaba de lo mismo que la Rosa. Él estaba a otra cosa. Él había imaginado una infinidad de veces que iban juntos al cine, como novios. Él, porque era posible, había soñado que paseaban de la mano por la rambla de Sabadell como cualquier otra pareja de enamorados. Sucedía (casi siempre) durante la tarde de un domingo soleado, de mediados de octubre, con las hojas de los plátanos por las aceras murmurando «crec, crec» al pasar. Hacía frío, sin embargo, y daban muchas ganas de tomarse un chocolate calentito con churros. El Juan (a fuerza de imaginarse lo mismo) había acabado adorando la forma que tenía la Rosa (su Rosa) de chuparse los dedos pringados de azúcar. Luego se reían de cualquier cosa (nunca se enteró de qué) y seguían caminando, rambla abajo.

—Bueno…

El Juan cogió la mano de la Rosa (nunca supo qué película iban a ver).

—Qué?

El Juan no quería ser desconsiderado con ella. Podía cogerle la mano como un amigo, simplemente. Si realmente no le había mentido en ningún momento, la chavala tenía que estar muy asustada (como él). Mientras se cerraban las cañas del cañaveral (y ocultaban todo lo que se pudría en su interior), el Juan se repetía que no quería nada más, que sólo quería consolar a la pobre chavala. La riera era un simple rumor en la fronda del barranco. Quizá la Rosa (su Rosa) tuviese ganas de cambiar de vida, después de todo. Era joven y, a su edad (no tendría veinte años), era habitual dar algunos bandazos.

—Nada. Yo…

No podía no querer lo que siempre había querido.

—Qué pasa, tío?

—No, nada. Que quería darte las gracias por venir.

La Rosa no dijo nada. Su mano era suavísima y fría.

—Ha-Había pensado… Bueno, a ti te gusta el cine, Rosa?

—Tú quieres follarme o no?

—No.

Sí. Sí quería. El Juan quería follársela, y mucho, pero, en aquel momento de café helado y cacaolat caliente, no podía expresarlo de aquella manera porque era demasiado vulgar, burda y sucia para su gusto de enamorado.

—No?

El Juan retiró la mano de la mesa e hizo que no con la cabeza.

—No. No's eso, mujer.

No. No quería que las cosas fuesen así (él las había pensado de otro modo, mucho más formal y bonito). En cualquier caso, en cuanto notó que debía estar colorado como un tomate, se pasó una mano por la frente y apartó los pocos pelos que se le venían a la cara. Estaban pegados. Estaba sudando igual que en la panadería. Se limpió la mano en el pantalón antes de considerar que la Rosa lo estaba viendo todo (incluso su pensamiento).

—Qué? Que no quieres o que sí?

—Rosa, yo…

La muy puta no quiso escucharlo. Se pasó el ápice mojado de la lengua por la punta de los colmillos y el Juan sintió que la pasión lo desbordaba de muy mala manera (sólo era un pobre hombrecillo arrasado por una tromba de sangre caliente y espesa). Después de aquello, no había mucho más que hablar (se le había puesto toda donde la bragueta). El Juan, sin embargo, tuvo el coraje de decirlo de todos modos. Llevaba mucho tiempo sintiéndolo así:

—Tú me gustas mucho, Rosa.

Luego le volvió a coger la mano como se tenía dicho.

—Ya. Y te me quieres follar aquí o en tu casa, Juan?

—Yo…

Un torrente de voces le ahogó la palabra. No supo qué decir. Estaba como loco por saber si «aquí» valía por «los lavabos del coro» (pero no podía ser que su primera vez se manchase para siempre con el olor a meado de los viejos que tosen a puro) y, si la llevaba a casa, ¿qué sería de las ramblas de chocolate y churros? Un «no» rotundo se precipitaba sobre las ganas que tenía de hundirla en las carnes de la Rosa (su Rosa), «aquí o dónde sea, pero ahora». La muy hija de puta podía estar jugando con él. Al final, el gordo, el calvo y el mierda no podía fiarse de nadie en el mundo. Hacía mucho frío ahí fuera y estaba sudando.

—Qué?

Tenía que volver a lo suyo, a lo básico.

—Y-Yo sólo quería salir contigo, Rosa.

Ella le sonrió (sin saliva, ni colmillos, ni lengua).

—Vale.

—Vale?

—Sí, tío.

—Vale (bien).

—Dónde me llevas?

—Ahora?

—Sí, joder.

—Te gusta'l cine?

—Mogollón, tío.

—Es que… he mirado la cartelera, antes de venir.

—Pero no me lleves a ver un pastelón, eh?

—No, no. He pensado que te gustaría más una de miedo, no?

—Fijo, tío.

—Pues… hoy ponían la del «reanimator».

—No me suena.

—Es nueva. Es d'un médico loco o algo así.

La Rosa no dijo nada y el Juan tuvo que hacer más memoria.

—Luego daban otra, la «noche del miedo», en sesión continua…

—De qué va?

—Buah… Me parece que's una de vampiros.

—Vampiros?

—Sí.

—Esa, tío.

—Te gustan?

—Los vampiros?

—Sí.

—Me flipan, tío. Ni te lo imaginas cuánto…

—Vale. Empezaban a ponerla a las cuatro y media, me parece.

—Pero, tío…

—Qué?

—Que's que no llevo un duro encima.

—Yo invito.

—Sí?

—Sí. Yo t'he pedido de salir, no?

—Vale, tío.

El Juan (el gordo, el calvo, el mierda) estaba más que feliz. Seguía con la mano de la Rosa en la mano y había olvidado (aunque fuese sólo por un momento) que había una riera en Sant Mena que bajaba con agua turbia cuando llovía mucho. Que estuviera más o menos clara, le daba igual. Se iban a Sabadell, de paseo.

—Vamos tirando?

—Vale. Pero, antes…

—Qué?

—Antes dime dónde me vas a follar esta tarde.

«En los lavabos del coro. No, en mi casa (en la cama de matrimonio que tengo puesta en el dormitorio)». El Juan no tuvo que pensarlo, que aquello no era un pensamiento, sino una sacudida descontrolada: «En la furgonetilla, de camino al cine. En la butaca del cine, cuando apaguen las luces. En la oscuridad de un parque, donde no nos vea nadie, a la vuelta de un paseo precioso por las ramblas de Sabadell. En el asiento de atrás de la furgoneta, de camino a casa (si quieres, podemos parar en la cuneta, un momento). No sé, Rosa. En el hueco de la escalera de mi bloque de pisos, si lo prefieres así».

—V-Vale.

—Vale?

Vale.