El misterio de Sant Mena

19 de enero de 1991

Lo peor de todo no eran las ratas muertas de la calle, ni la luz apagada de las ocho de la mañana, ni el aire sucio que no podía dejar de respirar mientras tiraba millas abajo por Anselm Clavé, de camino al curro, tío. El rugido de los motores de los coches que pasaban a su lado, por la carretera, «brooom-brooom-brooom», lo ponía de los putos nervios. Cada vez más. Y eso que ya estaba de bastante mala hostia desde antes, chaval. El Dani tuvo que meter la mano en el bolsillo de la chaqueta y darle más caña a la música que tronaba en sus oídos: «you breed… like rats».

Porque veía montones de pisos por todas partes y no comprendía cómo podía ser que nadie se conformara con aquella puta mierda, joder. La caja de ritmos percutía con dureza en su cabeza, «pom-pom-tu-pam». El Dani bajó la cabeza y puso los ojos en la acera, frente a sus pies. Prefería ver dónde pisaba antes que pensar en la peña pisoteada de su pueblo. Porque vivían hacinados como ratas, chaval. Porque seguían criando sin saber ni lo que hacían con sus putas vidas, pavo. Porque tocaba. Porque alguien se lo había dicho. O no?

Pero lo de peor de todo era que el Dani no creía que las calles de su pueblo fuesen una excepción, ni nada especial. Sant Mena era otro pueblucho de mierda. Uno más en el mapa. Podrías cruzarlo en coche en menos de tres minutos y no se te pasaría nada por alto, sabes que te digo? Era urbano y era industrioso igual que todos los otros municipios de la zona, pero, joder, desde la ventanilla del puto coche, «brooom-brooom-brooom», no te podías ni imaginar lo que estaba ocurriendo allí cada puto día, vale?

El Dani hacía poco tiempo que venía viéndolo, chaval. Cada vez lo tenía más clarito, por eso. Lo empezó a intuir cuando se encontró el bote de pastillas de su madre en el lavabo. Estaba cansada, como muy hecha polvo siempre, y no podía dormir por las noches. Su padre curraba once horas al día y volvía casi siempre de mala hostia, pasadas las siete y cuarto de la tarde. Normal, no? Tenía que estar hasta las pelotas de las putas horas extras, tío. El Dani sólo tenía que currar algunas tardes entre semana y los sábados por la mañana, de ocho a dos, y ya iba bastante cruzadito por la calle, tío. No había más que verle bajar por la acera de Anselm Clavé a primera hora del diez y nueve de enero de 1991.

Pero es que era cuestión de sumarlo todo junto para entenderlo bien, chaval. A la frustración de su padre, que se partía la espalda para nada, para no sacarlos de pobre, había que sumarle la angustia de su madre que, además de trabajar en una fábrica de cables ocho horas diarias, veía el horizonte de naves industriales que tenía su hijo por delante y se le quitaban el sueño y las ganas de seguir adelante con nada.

Normal, no? Cualquiera con ojos en la cara que pensase un momento en sus hijos tendría miedo de que se le cayeran por accidente en la trituradora de carne que había un poquito más allá de Can Baixeres, en lo que era el puto polígono del pueblo, no? El Dani cruzó la carretera a toda hostia y se metió por el carrer Nou. Iba tarde, pero daba igual, tío. Aquellos cabrones descerebrados no iban a parar de criar como ratas. Todos vivían con la idea de que ellos, a diferencia del resto, podían salvarse de la quema si se lo curraban más que los demás. Era una cuestión de esfuerzo porque el esfuerzo era la polla de importante, chaval, si querías ser alguien en la puta vida.

Su padre se lo había repetido mogollón de veces, pero el Dani, viéndole el jeto de amargado que se le había puesto después de tanto esfuerzo, no se lo acababa de creer, sabes? Él no sabía qué quería hacer con su vida, vale? Era lo normal a su edad, joder. Él no quería ni estudiar ni trabajar en nada, pero su padre, como estaba sacando malas notas en el insti, había pensado que, en lugar de apuntarlo a clases de repaso, lo mejor que podían hacer con él era ponerlo a currar en su «tiempo libre, para que vayas viendo lo que hay ahí fuera, chaval».

Pues vale, pavo. El Dani tampoco aspiraba a gran cosa en la vida. Suponía que con un pisillo de mierda le valdría para ir tirando. Como a cualquiera, no? Hacía poco que había empezado a sacarse unas perras ayudando al Carlos y al Javi en lo suyo y, de momento, no es que estuviera pensando mucho en estudiar una mierda, sabes? Él se entretenía más bien en imaginarse por ahí con la novia, yendo al cine y pagando él las palomitas de su bolsillo, rollo «tú tranqui, que yo t'invito».

Pero ya no había ni novia ni pollas, chaval. La Laia le había soltado de un día para otro que tenían que cortar y habían cortado, vale? Pero, lo que era a él en persona, todavía no le habían contado el porqué del final de su historia juntos. El Dani no quiso ni pensarlo, joder. Subió el volumen a toda hostia y torció para abajo, por la calle de los Llims, «don't look back… You were dead from the beginning».

Había otra rata muerta en la acera. Pero qué ascazo tan grande, pavo. Tuvo que saltarla, «you breed… like rats», y acordarse del número del piso que le habían dicho. No sabía si era el trece o el diez y siete. Pero lo peor de todo, chaval, era la puta prisa de los cojones que mandaba sobre todas las cosas del pueblo sin que nadie se atreviera a toserle ni un poquito en la cara. Él, por ejemplo, no tenía que entrar a fichar en una fábrica y, sin embargo, llegaba cinco ó seis minutos tarde al curro. Flipante, tío. Seguro que el Javi le soltaba alguna de las suyas, en plan «eh, tú, que no se vuelva a repetir» o «chavalito, vamos llegando a la hora ya», como si le estuviera perdonando la vida, sabes que te digo?

Pero es que ya se podían ir a la mierda los dos juntos, el pavo y sus aires de no sé qué, porque no colaba, chaval. El Javi sólo era un «puto matao» más, tío. Es que no era ni el jefe de la empresa, sabes? Ni tenía nada suyo propio, porque lo que eran la furgonetilla y las herramientas de trabajo eran todas del otro tío. El Dani vio el vehículo aparcado un poco más abajo, en la misma calle de los Llims, «Instalaciones y reparaciones Carlos M. Buenos servicios», y siguió bajando a toda hostia. Pero es que, a más a más, a poco que lo pensaras, dónde se iban a meter aquellos pobres diablos, si no? Tenías que buscarte un buen refugio para después de la masacre de cada día, no?

Porque, lo que era la idea, estaba clara, no? Primero te buscabas una novia, luego tenías una mujer y, en algún punto entre que te llegaban los hijos o no, te pillabas la hipoteca del piso. Porque, al final, necesitabas tu propio agujero donde esconderte, pavo. Pero lo peor de todo es que las cadenas de la maquinaria, «cre-cre-cre», se metían por todas partes y no había puta manera de mantenerse a salvo, sabes? Y, aún así, los cabrones seguían criando como ratas. Es que no podía ser, macho: estaban con la puta agua al cuello y seguían moviendo la ruedecita de la jaula como si nada, «cri-cri-cri».

Buah, tío. La marcha de la maquinaria era implacable, chaval. De seis a dos, de dos a diez y de diez a seis. Tenías para escoger entre los turnos de ocho horas seguidas o los horarios partidos que te partían el día en dos trozos y te dejaban sin tiempo para nada. Sant Mena, en esto, era igual que todos los demás pueblos de la zona, había que admitirlo, tío, pero él todavía se acordaba de algunas cosas que habían pasado por allí que no se sabía si habían pasado en otros sitios, sabes lo que te digo?

Se paró delante del número trece (que no el diez y siete) y se lo tuvo que pensar dos veces antes de seguir. La puerta de la escalera estaba medio abierta, pero no daban muchas ganas de entrar, que digamos. Paró la cinta, «clac», por si acaso se escuchaba algo desde fuera, y se quedó con la última frase que acababan de gritarle al oído: «don't hold me back, this is my own hell». El silencio de la calle era el normal a las ocho de la mañana y dentro no se oía una mierda. El Dani empujó la puerta con cuidado de no hacer ruido y asomó la cabeza en el interior del portal de la escalera, vale?

Nada. No se pillaba una mierda, pero se notaba el mal rollo por todas las partes (en cada rincón, a su puto alrededor). Le pasaba lo mismo con los bosques, cuando iban de excursión y se metían para adentro de la montaña, que no sabías nunca si te estaban vigilando por la espalda. O si había algo que se te quisiera comer vivo, «ñam-ñam», sin pedirte permiso antes. Pero el Dani, joder, aún se acordaba bien de aquella sensación buena que tenían al volver a casa, después de pasar un rato en el bosque, que se había perdido. Que ya no había vuelto a pasar. Las últimas veces, cuando habían pisado otra vez el asfalto del pueblo, se habían quedado igual.

Y era bastante normal, no? Una vez que lo descubrías todo, el bosque no era ni la mitad de peligroso que la trituradora de carne, chaval. Lo que era el puto polígono industrial, vale? Vale que no era lo mismo doblar una esquina que bajar un barranco lleno de zarzas, pero había una tos chunga en un piso de arriba y muy poquitas ganas de subir. El Dani pensó en darle a la luz, pero se veía de sobras. Se quitó los cascos y comenzó a saltar los escalones de dos en dos.

Desde que lo había conocido, el Javi tenía bastante mala pinta y fijo que el de la tos era él, que se había caído al suelo otra vez. El Dani no miró a los lados, ni a los rincones en sombra que dejaba atrás. Seguro que el pavo necesitaba su ayuda. Estaba muy hecho polvo, el pobre. Pero la puta verdá era que, de no estar tan cascados, aquellos dos cabrones no lo hubiesen cogido nunca para currar con ellos, sabes lo que te digo?

El chaval llegó en un plis al rellano de la segunda planta (tercera si contabas el entresuelo) y se encontró a la señora del piso, una mujer mayor, al otro lado de la puerta abierta, con una mano de espanto en la boca. Estaba mirando el suelo sucio del recibidor. Había un charquito de sangre sobre una rachola de terrazo. Era poca cosa, chaval, pero el Javi se estaba justo al lado, doblado de dolor. Se había puesto de rodillas y se aguantaba con una mano para no caerse de boca, «cof-cof-cof». Viendo el plan, el Dani no preguntó una mierda. Entró en el piso de la señora sin pedir permiso y se agachó junto al Javi:

—Estás bien, tío?

El Javi hizo que no con la cabeza y el Dani se asustó bastante, tío.

—Pero, señora, no se quede ahí mirando, joder… No tiene un teléfono o qué?

El Javi no quiso. El Javi le tiró una mano al hombro y le susurró «Ca-Carlos… Llama'l Carlos, chaval» antes de derrumbarse sobre el suelo sucio de la señora del piso, que seguía con su espanto puesto en la boca porque la sangre de aquel señor era como que más oscura de la cuenta, no?