El misterio de Sant Mena

1 de noviembre de 1988

La Eli A. vio una sombra en el bosque y murmuró sin quererlo el nombre de su perro, el Fosc, que todavía no había vuelto a casa aquella noche. Era raro. El golpe de calor, una pequeña mancha de vaho en el cristal de la ventana, se desvaneció en cuanto supo que lo habían descubierto y la Eli se volvió a quedar sola en su habitación. Miraba en silencio. La sombra del bosque se perdía a ratos en la negrura de la noche y ya no sabía muy bien qué hacerle, ni qué pensar. Porque el Fosc, su perro grande y bonachón, no se hubiese entretenido tanto tiempo por ahí, en el campo, y mucho menos a aquellas horas de la noche, no?

Ya pasaban de las doce. Hacía un poquito de frío y estaba en pijama y seguía mirando por la ventana de su cuarto porque le parecía que había visto como unos ojos rojos (o algo así) donde antes. Eran como dos ascuas ardientes en mitad de la negrura de la noche, pero seguro que pasaba igual que con los ojos de los gatos cuando les da una luz de un coche, que brillan mucho depende de cómo. Pero la Eli, por más que lo pensaba, no se podía acordar de si pasaba lo mismo con los ojos de los perros.

Diría que no. En ningún caso, por eso, se planteó en serio lo de salir afuera, a buscarlo. Su padre le había dicho más de una vez que, en el mundo, hay algunos hombres malos y, si los ojos del bosque no mentían, era mejor quedarse quietecita donde estaba, por si las moscas. Además, que ella supiera, a las personas no les brillaban los ojos, o sí?

Pero ahí estaba, al final. La sombra del bosque iba y venía todo el rato, como si no se atreviera a pisar los campos de cultivo que rodeaban la masía. La Eli pensó que, a lo mejor, tendría miedo de ser descubierta por alguna razón. Como si se cobijara de algo entre los troncos de los árboles. Pero daba igual, eso. No quería preocuparse más de la cuenta por aquello, fuera lo que fuese, porque el brillo de sus ojos no insinuaba nada bueno. La simpatía que sentía de forma natural por todas las criaturillas del mundo (incluidas las babosas, las arañas y las escolopendras) daba para mucho, pero no para tanto. Además, que ella no quería y punto. Porque la Eli, de la forma más natural posible, había comprendido que las intenciones de alguien que se oculta en el bosque en plena noche no podían ser buenas, verdá?

Pero ahí seguía, al final. La Eli A. se tocaba el collar por encima de la blusa del pijama y sentía un poco de miedo por todos ellos, «pobrecitos, nosotros». No lo había pensado nunca, pero, si alguien quería meterse en su cuarto, no tenía más que abrir la ventana de la calle y entrar. Pero esas cosas, cuando eres pequeñita, no las piensas. Porque no se te ocurre. Porque la Eli había querido dormir desde siempre junto al patio de los geranios de su abuela y que hubieran algunos hombres malos en el mundo no había tenido nunca nada que ver ni con su casa, ni con su vida.

Al menos, hasta aquella noche negra del uno de noviembre de 1988. La Eli echó el pestillo de la ventana (que ya estaba echado) y pensó en serio en bajar la persiana y correr las cortinas, pero le dio cosa moverse demasiado de golpe o hacer algo de ruido. Porque aquello podía verla, verdá? Ella estaba en su cuarto, al final, con la luz de la mesita de noche encendida y, desde fuera, donde todo estaba negro, se tenía que ver la ventana de su habitación desde lejos, por fuerza. Además, si los ojos del bosque eran igual que los ojos de un gato, tenía que haber una luz para que la reflejaran, no?

La Eli A. midió los pasos que había desde la ventana donde estaba hasta la mesita de noche. Tenía que darle tiempo de sobra de ir, apagar la luz y volver corriendo a su puesto antes de que la sombra del bosque se pusiera delante de la casa. Pero no se movió. A pesar del cálculo, no más de cuatro-cinco segundos en total, se quedó más quieta que nunca. La figura había cruzado la orillita de los campos de cultivo y había aparecido, de pronto, a mitad de camino entre la masía y los árboles.

—Está viniendo.

Lo que suponía que la había visto desde el principio. Lo que suponía que quería algo de la casa… O de ella misma. La Eli, «no, no, no», se fijó muchísimo en los ojos rojos como ascuas y en su figura negra, en la distancia, pero costaba horrores distinguirlo de la noche porque estaba todo muy oscuro. Podía ser cualquier cosa, al final. Podía ser un hombre bueno o podía ser un hombre malo, pero no podía ser ningún perro. La Eli le había dicho a su padre que el Brut no se había muerto de viejo en el campo, que le tenía que haber pasado algo malo, pero su padre no le había hecho caso.

Quieras que no, era más fácil pensar que se había muerto de viejo que no que le habían chupado lo que le quedaba de vida. Porque el Brut no estaba podrido cuando se lo encontraron en el bosque, hacía unos días. El pobre chucho estaba como reseco, sin jugo, ni pulpa, ni nada. La Eli aguantó frente a la ventana lo justo, ni un segundo más. En cuanto la sombra del bosque enfiló por el patio de los geranios, la chavalilla corrió a meterse en la cama y a apagar la luz de la mesita de noche, «no, no, no».

—Por favor, no…

Estaba tapada hasta arriba, hasta los ojos. Sin pensarlo un momento, había juntado mucho las piernas y respiraba bajito para no hacer nada de ruido. Los hombres malos del mundo, papa, que han venido a casa y están por nuestro patio de los geranios, papa. La Eli lo estaba esperando, sin embargo. En el momento en que la sombra del bosque se asomó a su ventana, la pobre contuvo un gritito muy fuerte dentro del pecho. Tenía que estarse quieta. Si no quería que la viera, tenía que aguantar un momentito, nada más, pero los ojos rojos como ascuas ardiendo la estaban mirando, después de todo.

—No, no, no… Por favor, que se vaya.

Que se vaya, por favor. Pero aquella masa de negrura que ocupaba la ventana de su habitación, comenzó a arañar el cristal, «riiis, riis, riis», porque quería entrar, a por ella. La pobre Eli no podía moverse. Pensaba en gritar mucho, muy alto, para que vinieran a ayudarla y pensaba en serio lo de salir corriendo por la puerta, muy rápido (que ella podía ser muy rápida, si quería), pero lo único que hacía era estarse quieta y mirar como el monstruo de los ojos rojos rascaba el cristal de su ventana, «riis, riiis, riis».

Tenía que estar soñando, no? Si no se podía mover, si no podía hacer nada, tenía que ser sólo un sueño, verdá? Porque, por mucho miedo que tengas, si tienes que salir corriendo para salvarte de algo, tienes que poder salir corriendo, no? Y la Eli se oía respirar (no tan bajito) y suplicaba (con mucha pena de sí misma) para que alguno de su casa viniera a buscarla, «por favor, por favor, por favor». Ya estaba llorando. Le sonaba que se podía llorar en sueños, «riis, riis, riiis», pero nada más le parecía de mentira, al final.

Lo que pasó luego, no lo supo bien, la Eli. Los minutos se estiraron de forma horrible con el «riis, riis, riis» de la ventana y los ojos rojos como ascuas se le metieron por debajo de la ropa y de la piel y no la quisieron como se merece cualquier criaturilla del mundo que la quieran porque aquella sombra del bosque no sabía querer, ni quería, y la negrura de la noche, al final, se confundió con el fondo del sueño que se le vino encima como una mala cosa, cuando estuvo agotada de tanto llorar y no se sabía ni las horas, ni nada, «no, no, no, por favor, no». Lo sabía de sobra. Difícilmente se despertaría si crujía una maderita de los listones de la ventana o si se caía, «clinc-clonc», un cuadro de cristal al suelo de su cuarto.