El misterio de Sant Mena

20 de abril de 1990

Hora del patio

Sin mencionarlo, el Enri le contó al Amador (uno de clase) que habían visto una sombra chunga en el camino del castillo, al final de las vacaciones del verano del año pasado, tío, pero que no se lo habían querido contar nunca a nadie por miedo, porque, si lo hablaban con alguien, podía oírles, sabes lo que te digo?

—Sí, tío. Yo también pienso que nos oyen, los espíritus.

—En serio, tío?

—Que sí, pavo.

El david (así, en minúsculas) no se fiaba mucho del Amador porque era un notas y un vacilón, el pavo. Aunque pareciese que les estaba hablando en serio, lo mismo se estaba quedando con ellos, los pardillos. No podían fiarse ni un pelo de él. El david miró al jeto del A., que llevaba un rato como seriote, medio apartado del grupo, y le hizo «qué» con la cabeza (de «qué hacemos con éste, pavo»), a lo que el otro le respondió «qué de qué, chaval» (de «qué me'stás contando, ahora, tú»). El david tuvo que insistir en el Amador con la mirada (de «este, joder») y el A., «ah, vale», se encogió de hombros, como diciendo «y yo qué sé, tío» (en plan, «que me dejéis tranquilo, a mí, joder»).

Pues vale. El david se dejó de hostias y le fue con todo, al pavo:

—Los espíritus de no son de broma, eh?

—Claro que no, tío.

—Mi iaia dice que hay unos que se pierden y que te quieren mal, eh?

—Sí, tío. Mi abuela Sonsoles también lo decía, eso.

—Ah, sí?

—Sí, sí. Las almas descarriadas, tío.

Al david, las almas descarriadas, le sonaban bastante.

—Y qué te decía?

—Mi abuela?

—Sí.

—Pues que… Era como que te querían quitar la vida, si podían.

—Y no te dijo qué se podía hacer?

—Sí, tío. Se tenía que rezar, pero yo no m'acuerdo cómo.

—Yo sí.

El david, a diferencia de todos ellos, sí que sabía decir rezos de los de antes (como antiguas fórmulas mágicas) para expulsar a los malos espíritus que te perseguían por la noche. Además, en aquel momento, estaba casi seguro de que el Amador no se estaba cachondeando de ninguno de los cuatro. Al Sergio L., sin embargo, le importaban una mierda sus fantasmas de muertos difuntos: «pero's que'so que vimos no era ni ningún espíritu, ni nada».

—Claro que no, tío.

—Seguro que no? Mira que'stábamos al lado de la capillita, eh?

—Qué capillita, la del castillo?

—Sí.

—Allí era?

—Sí.

—Eso da igual, pavo.

—O no.

—Tendremos de bajar, un día.

—Qué dices, tío? Yo paso.

—Y qué quieres hacer, eh?

—Nada.

—Hasta cuándo?

—Que no sé, joder.

—Pero lo dices en serio, tío?

—El qué?

—Que te meterías ahí dentro.

—Podemos ir por el día, no?

—Yo m'apunto, tío.

Los ojillos del Amador brillaban de emoción. Lo estaba flipando.

—Pues ya somos dos.

El david se lo dijo directamente a los otros tres: al Enri y a los dos Sergios, que bajaron la cabeza de golpe, como si se acordaran mejor que él de lo que habían visto a finales del verano de 1989. Pero es que no era verdá, sabes que te digo? Los cuatro sabían de sobras que pasaban cosas chungas en el pueblo y que habían hablado muchas-muchas veces que tenían que hacer algo, vale? Pero es que luego no hacían nunca nada. Mucho bla-bla-bla, mucho haremos esto o podemos hacer eso que dices, pavo, pero luego no movían ni un dedo. Porque, al final, le acababan soltando: «vale, tenemos c'hacer algo, pero el qué, tío?». Y, como al david no se le ocurría nunca el qué, el A. tenía tiempo de sobras de volverles siempre con lo mismo: «Que'n la cripta no hay na', tío».

—No?

—No, tío.

El Amador seguía flipando con su rollo.

—Que y'has ido, tú?

Más o menos. La cara que le puso venía a decirle que él lo sabía y tú, no.

—Pues, si no hay nada, tío, podemos ir igualmente, no?

—Eh?

—Que no nos pasaría nada si vamos, no?

El Sergio L. resopló bastante fuerte, por las cosas que sabía y eso, pero el Amador no pensaba achantarse por nada, sabes?

—Qué?

—A ver… Que, si no hay nada, pa'qué queremos meternos?

—Pa'verlo, no?

—El qué?

—Que no hay nada.

—Eso no tiene sentido.

—Joder, que no.

—Que no, tío.

—Joder, que sí, pavo… Que, si vas y no t'encuentras nada chungo, ya te puedes ir olvidando del sitio, no? Pero… y si no vas nunca, qué? Qué haces? Además, tío, que si éste tiene razón, no nos puede pasar nada malo dentro, no?

El david era el único de los cuatro que hacía que sí con la cabeza.

—Hay que meterse, tíos.

—Di que sí.

—Vamos mañana o qué?

Pero su mañana inmediato era justo al día siguiente, sábado. El david dejó de asentir de golpe, como que mañana era muy de repente, no? Pero el Amador tenía grandes planes para todos ellos: «hay que ir temprano, por las nueve o así, tíos, para que no nos pase como en las pelis, que luego se les hace de noche, vale?».

No. No valía. De los cuatro, ninguno dijo nada.

—Vale o no?

—Pero's que'so da igual, tío.

—El qué?

—La luz del sol.

—Por?

—Porque allí abajo no se ve nada nunca.

—Pero tú has ido o no?

El david no esperó a que el A. se metiera otra vez para adentro y se quedara callado, sin contestarle. Dio un paso al frente y se pensó unas palabras. Hacía sólo un momento que estaba dispuesto a colarse con el Amador en la capilla del castillo de Sant Mena, no? Pero qué chungo, eh? Se acordaba de haberlo dicho, «hay que meterse, tíos», pero se había olvidado por completo de las ganas que hacían falta para bajar a la cripta de los muertos. Aún así, lo soltó como le vino:

—Yo tengo linternas en casa.

—Y palos?

Era evidente que necesitarían palos de escoba, por ejemplo, para partirlos por la mitad y sacarles punta con un cuchillo o algo. La escena la tenían clara, los cinco: en la capilla del castillo, habría unas escaleras de piedra que descenderían a una cripta lóbrega y angosta donde les esperaría abierto el ataúd con el cadáver fresco dentro. Bien pensado, también necesitarían un martillo y muchos cojones, eh?

—Yo puedo traerme algún palo, si eso.

El Enri pensaba en las patas de las sillas viejas al fondo del balcón de atrás.

—Vale.

El david se puso bastante contento de oírlo, pero es que, claro, si el david tenía pensado meterse ahí abajo, el Enri tenía que ir con él porque no lo iba a dejar solo, no? El Sergio L. bufó bajito, «pero vaya mierda, nen».

—Qué?

Que, si el david y el Enri iban a ir, él no se podía quedar fuera, no?

—Que le puedo pillar un cuchillo de la cocina a mi madre.

—Guapo, tío.

—Sí, joder.

El A. no tenía ningunas ganas de volver a bajar a la cripta del castillo de Sant Mena, vale? Y, si él no quería bajar, pues no bajaba, vale? Pero, joder, todos los otros estaban quedando ya para mañana sábado y los muy cabrones no dejaban de ser sus colegas de toda la vida, no? Y, además, que no tenían ningún martillo y él, hostia puta, podía pillarle alguno a su padre, que era paleta, sabes?

—Yo puedo traerme una maceta, si hace falta.

—Di que sí, tío.

—Una maceta pa'qué, tío?

—Que's un martillo tocho, empanao.

—Ah.

—Qué te pensabas, que quería plantar plantas o qué?

—Buah…

—Qué?

—Que'sto hay que sellarlo bien, tíos.

—Eh?

—Tenemos c'hacer un juramento bien hecho, pavos.

El Amador tendió la palma de su mano derecha al frente y le tiró un lapo de lejos, como un profesional, «sput». El Enri lo imitó como buenamente pudo y el david, después de acercarse mucho la mano a la boca, le escupió un sipiajo con cuidado de no mancharse la ropa. El Sergio hizo igual que el david y el A., como ya lo había hecho antes con sus hermanos grandes, fue el primero en poner la mano en medio del círculo.

—Mañana a las nueve?

—Sin falta, tío.

Y los cinco se juraron, por la saliva de sus manos, que bajarían sin falta a la cripta de los muertos en la mañana del día siguiente, un sábado veintiuno de abril de 1990 de cielo encapotado y ningún sol.

Tarde

Después de mucho pensarlo, la Laia no había logrado acordarse de dónde lo había sacado, pero estaba segura de que, en Sant Mena, habían unos túneles por debajo. Estaba claro que el diablo de toda la vida vivía en el infierno y la palabra infierno, por poco que una atendiera en clase, se sabía que venía del infernum del latín, que quería decir «inferior» o «lugar subterráneo», como los túneles chungos de su pueblo, vale?

La Laia no dudaba de la asociación de ideas que la había llevado del Satanás demoníaco al sistema de cavidades (naturales o no) que había por debajo de todo Sant Mena, pero, en algún sitio, joder, tenía que haberlo escuchado antes, no? Buscaba alguna obrilla de carácter local entre los libros del viejo Menna. Su padre, el Carles, le había contado que, de existir una red de túneles bajo el suelo del municipio, probablemente se debiera a la erosión provocada por las corrientes de aguas subterráneas y eso, según le había dicho, era «por fuerza» una cuestión de miles de años, hija. El viejo Menna, por su parte, se había hecho el loco al oírla hablar de no sé qué cuevas bajo la tierra y la había dejado pasar sin más, «haz tu voluntad, jovencita, y procura que no te vean». Porque él prefería que hablasen luego, con la calma, sabes que te digo?

Últimamente le interesaba (sobre todo) su opinión al respecto de la libertad del individuo frente a la colectividad o grupo (que él, medio en broma, medio en serio, llamaba «rebaño»). Tampoco es que dijese gran cosa, luego, pero la Laia se pensaba que el viejo Menna (que no era tan viejo, si te lo mirabas bien) estaba más bien a favor de una forma radical de individualismo y la chavala, está claro, tenía que recordarle a menudo que la libertad de uno termina donde empieza la del otro y el viejo Menna, que no podía no sonreírle cuando la escuchaba repetir aquello, le preguntaba por los corderos, por ejemplo. Porque tú comes carne, verdá?

—Pero es que no's lo mismo.

—Seguro?

Claro que no, tía. Una cosa era un animal y otra muy distinta, una persona humana. La Laia se plantó delante de la estantería donde sabía de sobras que no estaban las obritas de carácter local. Tenía la sensación de que, por debajo de las palabras del librero, del viejecito que vendía chucherías a los niños del pueblo, había la idea de que unos individuos, por así decirlo, eran más que otros per se y de que estaban en posición de obrar sobre los demás como el hombre obra sobre el cordero, sabes que te digo?

—Y si fuese así, qué?

—Es que no's así.

—Pero… y si lo fuese?

—Quién dice eso?

—No sé. La naturaleza, a lo mejor?

—No creo.

—No l'has pensao nunca, eso?

Pse. En cualquier caso, la Laia no quería creerlo. Algo dentro de ella se resistía furiosamente a aceptarlo. La idea aquella se le antojaba monstruosa, como que era muy poco humana, no? Porque la Laia, por ejemplo, ni era ni deseaba ser más que nadie (aunque supiera en el fondo que, si quería, si le daba la puta gana, podía quitarle el Dani a la Eli cuando le saliera del coño). Miró otra vez los lomos de los libros que había arriba del todo, fuera de su alcance: en latín, que se pudiesen ver desde abajo, la Steganographia, la Summa diabolica, la Philosophiae de divinis operibus et factis et de secretis naturae y el De Umbrarum Regni Novem Portis de piel negra; en francés, los Deux livres de la hayne de Sathan et malins esprits contre l'homme et de l'homme contre eux, el Germes de vie de l'astral, de l'espace, larves, microbes, egrégores, la microbiculture, la magie noire, incubes et succubes, les sorts de Ernest Bosc (si es que no lo había leído mal) y el Dogme et rituel de la haute magie de Éliphas Lévi; y luego, traducidos a su lengua, el Libro de la Ley de Aleister Crowley, el Libro de San Cipriano y la Biblia Satánica de Anton Szandor LaVey.

Al respecto de ésta última, el viejo Menna le tenía dicho que no se la pensaba dejar nunca porque era una obra vulgar y pobre, «demasiado estúpida como para dejar que se derrame dentro de una cabezita tan bonita como la tuya». Ya, claro. La Laia le había preguntado por el precio, por mirar un poquito más por su negocio, sabes? Pero el viejo Menna le había contestado que no se la vendía por menos de diez ó doce mil pesetas. Y lo decía en serio. Porque la Laia, al principio, había llegado a pensar que era otro de sus trucos para que le picase aún más la curiosidad por la cuestión satánica, pero la verdá era que, cuando el viejo Menna no quería esconderle una cosa, le dejaba un caramelito de pista.

La escalera de caracol, por ejemplo. Le había dicho que era peligroso bajar, que tenía algunos escalones medio rotos y que no sé qué de unas cajas de material escolar llenas de polvo y de moho que había allí abajo, sabes? Pero, luego, le había enseñado donde estaba el interruptor de la luz: «es este d'aquí, jovencita». Ah, vale. Y después tuvo que excusarse diciendo que no quería «por nada del mundo» que le pasara algo malo «yendo a oscuras por ahí, eh?». Ya, claro. La Laia se había asomado más de una vez al hueco de la escalera, un pozo de negrura inmunda, y no había sentido (por el momento) ningún interés en mancharse las manos.

El banquito de madera, justo debajo del interruptor de la luz del sótano, no sabía cómo interpretarlo, la verdá. La Laia había estado a punto de cogerlo más de una y de dos veces. Aquella tarde gris del veinte de abril de 1990, le pudo finalmente la tentación: en cuanto oyó las voces de una niña con su madre en la tienda del viejo Menna, al otro lado de la cortinilla de macarrones, «prerec, prerec», se fue a por el banquito, volvió a toda hostia frente a la estantería donde no estaban las obritas de carácter local y se apresuró a subirse a por la biblia prohibida de LaVey. Uf, tía. Si alguien sabía por qué razón habían matado los satanistas de su pueblo, ese tenía que ser el papa negro, no?

Y podían tener sus razones, tía, pero ella no se había quedado con la cojera chunga del banquito y, por poco, que no se mata al estirar el brazo para no caerse de boca, «umpf». Sin quererlo, había cargado todo el peso de su cuerpo sobre un único pie y tuvo que cogerse de una balda cualquiera para no partirse la crisma contra el suelo: en el gesto, echó a tierra dos ó tres manuales de derecho penal. Pom. Plam. Tum. Detrás de la cortinilla se hizo un silencio de lo más denso y la Laia se agachó corriendo a recoger los libros del suelo. Si entraba el viejo y le preguntaba, pondría carita de niña buena y se encogería de hombros, sabes? Porque, no sé cómo, pero se me han caído todos de golpe, eh?

Aguantó en cuclillas unos segundos (muy quieta, junto al banquito). No se oyó nada hasta que se oyó de nuevo la voz chillona de la niña, una tal Sofi, pidiendo no sé qué dibujos de monstruitos. El viejo Menna, al parecer, también guardaba dentro a un abuelo de lo más cariñoso. Se ofrecía a buscarlos «juntos» por los montones de papeles que había «por todos lados», vale que sí? Ya verás cómo los encontramos «tú y yo», eh? La Laia aprovechó la ocasión para recoger del suelo los manuales de derecho penal y ponerlos todos en su sitio. Luego, como seguían con la charla alegre al otro lado de la cortinilla, volvió a plantearse en serio lo de subirse al banquito cojo. Porque, sabiéndolo, no habría problema, sabes? Antes, por eso, miró un segundo que no entrase nadie por la puerta y pasó, joder, que acabó entrando una mujer, «prerec, prerec».

—Hola.

—Hola.

Era una madre bastante joven, vestida toda de rojo, como una putilla barata. La Laia se quedó esperando a que le dijese algo porque la mujer, después de mirar que no hubiese nadie más allí dentro, se le fue acercando con una medio sonrisa en la cara. Pero no venía muy contenta, que digamos. Sus ojazos negros lo dejaban bien clarito: «no me gusta nada lo que estoy viendo».

—Hola.

La Laia no volvió a saludarla. La mujer se le paró a menos de un paso.

—Qué, buscando libros del cole?

—Eh, sí. Más o menos.

—Sí?

—Sí. Cosas del insti y eso.

—Ah, que vas al instituto, ya?

—Sí.

—Estás haciendo el bup?

—Sí.

—Yo no pude, al final.

—No?

—No.

La mujer negaba con la cabeza, con mucha tristeza de sus días pasados. A juzgar por su aire de pesadumbre, como de nubarrones de tormenta sobre los tejados de Sant Mena en una tarde invierno, le tenía que haber sucedido algo muy gordo, a la pobrecilla. Y la Laia, aunque no conocía de nada a la pava aquella, ni sabía todavía de qué palo iba, como que se preocupó por ella y le acabó preguntando:

—Y eso?

—La vida, no sé.

Y la mujer le sonrió como pudo y como que le pareció muy mona, a la Laia.

—Ya.

—Por cierto, que me llamo Concha (Conchi para los amigos).

—Ah. Yo, Laia.

—Tú eres la Laia?

—Supongo, sí.

—Encantada.

Y la Concha rompió la distancia de menos de un paso que había entre ellas y le plantó dos besos en la cara, «muac, muac». Viéndola de más cerca, la Laia se pensó que no era tan menuda como se creía, la mujer. Además, que olía muy bien y como que resultaba muy agradable por algo que tenía, no?

—I-Igualmente.

—Verdá que vienes mucho por aquí?

—Sí, bueno.

La Concha seguía pegada a ella. Apenas se había separado unos centímetros de su cara cuando se lo soltó, sin más:

—Pues deja d'hacerlo.

—Eh?

Bajó aún más la voz y le clavó bien hondo sus ojazos negros.

—Óyeme bien, Laia…

—Qué?

—Sea lo que sea lo c'hagas aquí, déjalo'star, vale?

—Por qué? Qué pasa?

Por culpa del silencio, la Concha echó un vistazo furtivo a la cortinilla de macarrones que tenía detrás, a su espalda. Malo. Ya no les quedaba tiempo. Ya no se oía a la niña.

—Tú hazme caso, vale?

—Vale?

El viejo Menna, «prerec, prerec», acababa de pasar a la librería.

—Se puede saber c'andáis tramando, las dos?

—No, nada. Le'staba contando que ya tenemos hecha la tasación del piso.

—Ah, pero's c'os conocíais de antes?

—Sí, sí. La otra tarde estuvieron en la inmobiliaria, ella y sus padres.

La Laia no dijo nada. Sólo miraba a uno y a otro con los ojos como platos.

—Ah. Que tus padres se quieren vender el piso?

La Laia se quedó muda un segundo. Demasiadas cosas de golpe. Miró al viejo Menna (de camino a la estantería donde los dos sabían de sobras que no estaban las obritas de carácter local) y no se atrevió a asentir en vano, porque sí. Tuvo, de pronto, un miedo muy grande de mentirle a la cara, pero luego, cuando reparó en la compañía de la Concha, justo a su lado, hombro con hombro, resolvió seguirle la corriente por si acaso:

—Se lo'stán pensando, sí.

—Y eso?

Pero no tuvo que pensarse una mierda, tía. La Conchita estuvo más rápida que ella y se le adelantó otra vez:

—Quieren una casa más grande, verdá?

—Sí. No sé qué les ha dao, ahora.

—Ya pasa, ya.

—Tú podrías dejarles una, eh?

—Yo?

—Sí, tú. Tienes muchas, tú.

—Bah, bah…

—Ah, sí?

—Sí, chica. Aquí, el amigo…

—Bah, bah. No digas más bobadas, mujer, que'sta jovencita sabe de sobras que puede contar conmigo para lo que sea, si nunca lo necesitara, eh que sí?

—Sí.

Y la Laia, aun sabiendo que el viejo la iba a pillar, le sonrió de mentira, pero es que, en aquel momento de su vida, no podía ser de otro modo. Estaba muerta de miedo. A pesar de la cercanía de la Conchi, su nueva amiga, notaba el riesgo (como el peligro) encima de la piel. El viejo Menna, además de guardar a un abuelo cariñoso dentro de sí, tenía la mirada viscosa de un reptil de antes del diluvio y, quieras que no, las dos seguían metidas en la entraña polvorienta de su guarida repleta de huesos humanos.