El misterio de Sant Mena

20 de noviembre de 1985

Mañana

Después de dejar a su hija en el cole, la Concha no quiso volver sola a su casa. Hacía ya algunos días que se daba una vuelta por el pueblo, con cualquier pretexto, antes de regresar a su antiguo caserón a las afueras de Sant Mena. Aquella mañana del veinte de noviembre de 1985, una mañana fría y, por lo demás, extraña, la Concha decidió que era demasiado temprano para meterse en la cocina, así que se pasó por la panadería del Juan P. a por algo más que pan. Al llegar, la encontró cerrada «por asuntos propios». Sintió un pellizco en el vientre al topar de cara con la persiana echada. No se verían (no podía volver tan pronto a casa). Pensó en dar media vuelta e ir en busca del coche (lo había dejado atrás, en el descampado de la avenida de Terrassa), pero luego se le ocurrió que podía pasarse por la librería del viejo Menna, así que, sin darle más vueltas, continuó adelante con su camino y bajó por la calle Montserrat.

El cielo no era azul. Había un manto de nubes grises que llegaba de ninguna parte, sucísimo de luz. A la Concha le daba igual (le importaba un comino lo que se hiciera del cielo). Cualquier cosa antes que meterse en casa. Las sombras, las muy guarras, podían esperar sentadas. Necesitaba saber que estaba viva, que seguía en el mundo de los vivos (aunque su mundo fuese Sant Mena y sus vivos, aquel puñado de gente discreta y vulgar). Se cruzó con un coche que subía de la calle principal, el paseo Anselm Clavé. Las aceras, en calles como aquella, eran muy estrechas y, si el conductor no se andaba con ojo, podía llegar a golpearte con el retrovisor. La Concha se detuvo un momento. Se arrimó lo que pudo a la pared y saludó al hombre que iba al volante, pero éste ni se fijó en ella, como si no existiera. Tenía veintidós años y los hombres no la miraban al pasar. Pasado el coche, que no el disgusto (otra pedrada miserable en el mismo charco de barro), siguió cuesta abajo.

La librería del viejo Menna hacía esquina con la calle de un tal Coromines. A la Concha, todos aquellos nombres le sonaban a despacho y ella no conocía a nadie con uno. Entró en la tienda. Antes había cogido aire y se había prometido no perder los nervios. «Tú, tranqui (tú puedes)». El local solía valerse de la luz de la calle para permanecer en una penumbra polvorienta. Estaba repleto de papelotes. En la parte de delante, donde el mostrador, estaban las revistas, los tebeos y los montones de periódicos. La Concha, viendo que despachaban a gente, buscó la fecha del día en la portada de algunos diarios. Coincidía («menos mal») con la suya. Era miércoles día veinte. Aun en noviembre de 1985, al entrar en un sitio, la Concha acostumbraba a saludar.

—Hola.

—Buenos días.

—Hola, Conchita.

Puesto detrás del mostrador, el viejo Menna hacía veintidós años que había cumplido los veintidós y, sin embargo, hacía más de quince que lo tenían por un viejo en todo el pueblo. La Concha lo conoció así, como un señor mayor de cuarenta años. El viejo Menna la miró un segundo por encima del cristal ahumado de sus gafas, mientras atendía a una mujeruca cualquiera. Era la señora Enriqueta O., que le hablaba de su hijo Javi, que seguía en la mili, no sé dónde, donde se pasaba un frío de mil demonios y «ya me dirá usté para qué».

—Los chavales de ahora se curten así.

—Pasando frío? Quiere decir?

El viejo Menna le acercó la revista a la señora Enriqueta con discreción.

—Quería algo más, Enriqueta?

—Ah, no, no. Yo ya me iba…

La señora Enriqueta no era imbécil. Por más que lamentase la situación de su hijo Javi, había visto el percal y sabía de sobras cuándo estaba de más en un sitio. Cogió su revistita de la semana, dio los buenos días a ambas partes y se marchó por donde había venido.

—Adiós, adiós.

—Adiós, señora Enriqueta.

—Adiós.

La Concha la vio salir. Miró su figura furtiva al contraluz y se quedó mirando la puerta, que se cerraba sola, lentamente (la puerta, al cerrarse, se deshacía de la bocanada de luz que, como un golpe de aire fresco, se colaba en el interior de la tienda). Luego se supo a solas con el viejo Menna.

—Qué tal, Conchita?

—Tirando. Bueno, no muy bien, la verdá.

—Y eso? Qué pasa?

—Estoy mal.

La Concha seguía con la vista puesta en la puerta de la calle.

—Mal?

—Me voy.

—Por qué?

—Pienso que me voy, qu-que no aguanto más.

—Conchita…

El viejo Menna la requería como un padre requiere a su hija.

—Qué?

—Qué pasa?

—Es la casa. Me'stoy volviendo loca…

—No, mujer.

—Tengo que salir de allí. Me iré a otra parte. He pensado que buscaré un pisito para las dos, en otro sitio, en el pueblo mismo, y que…

—No, mujer. Piensa que la casa es grande y que estás sola, con tu hijita. Se os hace grande, verdá?

—No. No es eso.

—Necesitas un hombre, alguien que os haga compañía (que os cuide). No te preocupes, mujer. No es nada. Yo…

En aquel momento, alguien irrumpió en la librería de mala manera. Eran el bruto del Alex T. y sus modales (su chupa de cuero de negro, una vez dentro, se fue haciendo más y más grande, como si ocupara un espacio excesivo, que no era el suyo). Llegaba, al parecer, buscando al viejo, pero, en cuanto vio a la joven Concha frente a sí, olvidó su propósito en la vida de aquella mañana. Para un hombre como él, no era fácil no acordarse de unas tetillas como las suyas.

—Hola, Conchi.

—Hola.

—Dónde te metes, guapa? Hacía días que no nos veíamos, eh?

—Sí.

El Alex se le acercó entre mucho y muchísimo.

—Y qué te cuentas? Qué haces?

—Nada.

El Alex la cogió del brazo. No era la primera vez que la tomaba por la fuerza, pero, en aquella ocasión, parecía que sólo estaba buscándole el olor corporal. No quería para nada el aroma de su perfume barato, ni aquel otro rastro que le dejaba la colonia de su hija en la ropa. Él buscaba otra cosa y, al parecer, no la encontraba en ninguna parte.

—No huele raro en Sant Mena, últimamente?

—Suéltame, bestia.

El Alex la miró a los ojos. La Concha, en verdá, no quería otra cosa.

—Haga el favor, joven.

—Tú cállate, que'sto no va contigo…

El Alex soltó a la Concha y clavó su ojillos de víbora en el viejo Menna.

—No hueles raro, tú?

—No. Yo no huelo nada.

—Pues yo digo que sí, que hay algo pudriéndose por aquí…

La Concha quería salir de allí, pero el inmenso corpachón del Alex T. se interponía entre ella y la puerta de la calle. Tenía que irse. Tenía que largarse de allí cuanto antes. La Concha necesitaba salir como fuera de la tienda del viejo Menna. Sin pensárselo dos veces, probó a pasar por el hueco que había entre el mostrador y los brazos del animal, pero sólo logró precipitar unos pasitos sin tino (algo más bien torpe).

—Quieta ahí, guapa. Adónde vas?

—Me voy a casa.

—Y no quieres que pasemos un rato a la trastienda?

—No.

—Tendríamos que hablar, no? Hace mucho que no nos vemos.

—No.

—Va, mujer. Sólo será un momento.

La Concha sentía el grito en el pecho.

—He dicho que no.

—Déjela en paz, joven.

—Por qué?

—Han traído algo para usté.

—Ahora?

—Ahora.

El Alex, entonces, se acordó del propósito de su vida de aquella mañana y la Concha, sintiendo que era la suya, aprovechó la ocasión para salir por la puerta. Estaba fuera. El aire de la calle, aquella luz sucia de todos los días de noviembre, era mejor que la penumbra polvorienta de la librería del viejo Menna. Respiró mucho y muy hondo, mientras reposaba la espalda en una pared cualquiera, a unos metros de la puerta de la tienda. Dejaba correr por sus venas un torrente de pasiones, algo entre turbio y muy feo. Odiaba a aquel hombre con todas sus fuerzas, sentía miedo por su cuerpo mortal y tenía un asco muy grande asentado en la boca del estómago (debía ser la forma que adopta el horror de las cosas malas que están a punto de pasarte). Le podía la rabia. Si no se sacaba sus manos de encima (las huellas de sus manos en el brazo), si no lograba olvidarlo todo muy pronto, temía perderse. Quiso pensar en el agua de una ducha, en un baño de aire fresco, en la risa de su hija Sofi, pero el corazón se le había desbocado. Se miró las manos (unas manos pequeñas y jóvenes) y siguió respirando mucho y muy hondo. A medida que pasaba lo peor, una náusea repugnante le crecía por dentro y la Concha no tenía manera de pararla. Se oía afirmarse en el convencimiento de que no volvería nunca más por allí, pero, si quería dejar la casa atrás, aquel caserón suyo a las afueras de Sant Mena, tenía que hablarlo antes con el viejo Menna.

—No te queda otra, chica.

Hora del patio

En la medida de un niño, un edificio como aquel podía ser muy grande, tremendo y hosco. A ojos del Óliver, el niño gordito del 7ºC, sus pasillos eran todos demasiado largos y oscuros (para un crío de su edad, una auténtica pesadilla). A aquella hora de la mañana, además, había luz de sobras por todas partes, pero, en la medida de las cosas de un niño como el Óliver C., cualquier rincón en penumbra podía suponer un verdadero problema (y luego estaba aquel silencio sordo de dentro, como si las voces de los críos en el patio no pudieran llenar todo aquel espacio por alguna razón). Todas las ventanas estaban cerradas y los profes, cuando salían de clase, tenían la costumbre de echar la llave.

—No te queda otra, tío.

El niño Óliver tenía que cruzar el pasillo a solas, sin saber qué se escondía detrás de cada puerta. Había quedado fuera con los colegas, en las escaleras de la pista de arriba, pero antes tenía que salir de allí por su propio pie. «Va, va». Echó a andar. En el horizonte de los niños gordos como el Óliver C., había peligros más inmediatos que el hombre del saco o el hambre de los muertos. El Víctor, un repetidor de octavo, le había dicho que, si lo cogían, le iban a partir la cara y él, que siempre pensaba las cosas tarde, había cogido y había ido solo a la biblio, a por la revista del Míguel.

—Tú traes las fotos y tú pillas la revista.

—Vale.

No (no valía). Bien pensado, podría haber echado a correr desde el principio. Si luego llegaba todo rojo y sudado, le iba a dar lo mismo porque siempre le acababan diciendo lo mismo, los muy cabrones. Que si era «un asfixiao», que si se ponía «colorao como un cerdo», que si apestaba «a sudao». Al menos, al menos, no estaría solo, que era lo que él quería en aquel momento, y habría cumplido con su parte como un campeón. El Pedro, sin embargo, había tenido que pillarle dinero del monedero a su madre para revelar el carrete de fotos. La causa era justa y merecía muchísimo la pena, «eso fijo», pero pillarle dinero a escondidas a su madre no había estado bien («te pasas, tío»). Aunque no era mucha pasta, le sabía mal (joder, no se le había ocurrido otra manera de pagarlo). Luego, para más inri, el tipo de la tienda le había dicho que algunas fotos habían salido mal y el Pedro no había querido explicarle que eran así porque eran de contenido satánico, muy chungo.

—Las has traído?

—Sí, tío.

—A ver?

El Pedro se sacó un sobre de papel del bolsillo del pantalón. Estaba todo arrugado. El Míguel lo cogió y buscó dentro las fotografías del delito. Se encontró con un buen puñado, así que comenzó a mirarlas una a una… Pero allí no había nada chungo. Aquello no era más que un puñado de imágenes de la familia del puto tapón (en la comunión de sus hermanas pequeñas, en un cumpleaños feliz y en un domingo en el campo, arriba, en Sant Sebastià de Montmajor).

—Qué's esto, tío?

—Dame. Están al final, capullo.

El Pedro pasó las fotos como cuando pasaba cromos, rápidamente.

—Mira.

—A ver…

El Míguel las cogió otra vez. La primera estaba negra (no se veía nada).

—Pasa.

La segunda tenía algo más de luz.

—Es la pintada satánica.

—Sí, tío.

El Dani buscó sus apuntes en la libretilla.

—Ponía… «satanas vobisum».

—Seguro?

—Mira, sí.

El Míguel se acercó la fotografía a la cara y leyó «sa-ta-nas-vo-bis-cum».

—Es «vobis-cum», paleto.

—A ver?

—Que sí.

No se leía muy bien. La toma estaba algo desenfocada y la luz del flash se antojaba insuficiente de todas todas (la oscuridad del interior del templo podía más). Aun así, pudo ver que ponía «vobiscum». «Sí, tío (es verdá)». El Dani pilló el boli y metió una ce entre la ese y la u. Quedó apretado, pero guapo (se leía bien). El Míguel, entre tanto, pasó a la siguiente.

—Y esto?

Apenas se apreciaba nada.

—Eso…

—Eso es la calavera, tío!

—Sí?

—Sí, mira. Esto es el agujero de la pared y aquí están…

—Sí, sí. Aquí se ven las cruces y eso.

—Satánicas, tío. Te lo dije.

El Míguel estaba flipando con el material que tenían entre manos. El Josep María, que miraba las fotografías por encima de su hombro, no dijo nada. A él le había tocado irle con el rollo del cráneo al profe de naturales. No había sido fácil explicarle qué querían saber sin decirle apenas nada (ni quién había sido, ni dónde lo habían visto, ni para qué era). «Se parecía a la calavera de un hombre, pero tenía cuernos, así». El Carles, su profesor de naturales, no quiso preguntar de más. Si el chaval tenía una cuita, adelante con ella. Buscó unas láminas de esqueletos animales que guardaban en la estantería del laboratorio y se las puso delante, sobre la mesa. «Ten». El Josep Maria las estuvo mirando un rato. Había un montón de calaveras con cuernos para ver, pero, después de haber visto un puñado, le parecían todas más de lo mismo. Vale que los cuernos eran diferentes entre sí, pero no había una calavera que no tuviera las cuencas de los ojos vacías. «No sé, profe». El Carles le dijo que podía llevárselas, si quería, pero el Josep Maria tenía miedo de liarla y perderlas por ahí (siempre perdía un montón de cosas por el camino).

—No sé.

—Fíjate en los cuernos, Josep Maria. Eran así?

Y señaló los cuernos de un cérvido.

—Qué va, qué va. Eran más cortos, diría.

—Como estos?

Y señaló la cornamenta de una cabra montesa.

—Algo así, sí.

Pero el resto del cráneo no le sonaba de nada. El Carles, entonces, buscó el esqueleto de la oveja doméstica y se lo enseñó al chaval. «Este es el carnero». El Josep Maria dudó (que si sí, que si no, que si no sé, profe). El Carles, entre tanto, aprovechó para buscar el cráneo cornudo de un macho cabrón en otra lámina y los ojillos del Josep Maria se iluminaron en cuanto lo vieron.

—Este, sí! Este!

Pero el resto del cráneo no le sonaba de nada.

—Los cuernos son de cabra.

—Eh?

—Que los cuernos, que son de una cabra.

—Te lo ha dicho el Carles?

—Sí. Me lo ha enseñado.

—Y lo otro?

—No sé.

—Parece de un hombre, no?

—No.

El Míguel se acercó la foto a la punta de la nariz.

—No.

—No?

—No, no. Es raro, tío…

—No se parece a una cabra?

El Dani apretó los ojillos, pero la toma no era buena.

—Pasa, pasa.

—Espera…!

—Que no, que hay más, capullo.

El Pedro le cogió las fotografías al Míguel.

—Qué haces?!

—Calla.

Y pasó adelante dos ó tres más.

—Esta.

—Uala, tío!

Por más que mirase, el Josep Maria no reconocía el cráneo de un macho cabrón en aquella imagen (antes le recordaba a otra cosa, mucho peor). El Míguel, a su lado, se quedó tan flipado que no dijo nada y el Dani y el Pedro volvieron a sentir escalofríos por la espalda (como en aquella tarde del sábado diez y seis). Tenían los pelos de los brazos de punta.

—Qué es?

—Qué será?

El Míguel decidió que «eso» se lo tenían que enseñar a alguien. Era demasiado. Era un pasote. Era brutal. Podían llevárselo al Carles, para empezar. Él les podía decir qué era «eso». Él seguro que podía darles una explicación que les dejaría más tranquilos. Si realmente estaba pasando algo chungo en Sant Mena, aquello pesaba demasiado para unos simples chavales del 7ºC.

—Vamos al Carles?

—Qué?

—Se lo llevamos al Carles y que nos lo diga, tío!

—Qué dices, colega?!

—Que sí. Va, vamos.

—Que no, tío.

El Pedro no tenía intención de moverse del sitio. Miraba al Dani y le decía que no con la cabeza. «¡¿Pero qué dices, tío?!». El Josep Maria tampoco lo veía nada claro. Era cruzar una línea un poco chunga. Si lo hacían de verdá, si daban ese paso, no había vuelta atrás. Pero el Míguel no vacilaba. Pilló la foto buena de la mano del Pedro sin avisar y se fue para secretaría, por donde se ponían siempre los profes a la hora del patio.

—Vamos o qué?

El Dani no podía dejarlo solo. Era su amigo.

—Va.

El Pedro no tenía intención de moverse del sitio.

—Yo paso, tío.

—Y tú, qué?

El Josep Maria no quería dejar tirado al Pedro. Era su amigo. Pero, por otro lado, tampoco quería pasar del Míguel y del Dani, que también eran sus amigos. «Joder, no sé». Entonces el Pedro, por sacarlo del apuro, le dijo que se pirara, que él no pensaba hablar con ningún profe, «ni nada», que ya se buscaría alguien o algo, pero el Josep Maria, en verdá, tampoco tenía ninguna gana de volverle al Carles con una foto chunga, después de todo lo que se había tenido que callar.

—Yo me quedo.

—Vale, tío.

—Nos vemos.

«Adéu». El Míguel tiró millas, sin mirar atrás, y el Dani le fue a la zaga, a toda velocidad. Fueron corriendo (casi siempre que iban de un sitio a otro, lo hacían corriendo, que así llegaban antes) y se pusieron en el sitio en un plis. Miraron por secretaría, como a saltos, pero no lo encontraron. La profe de català, que estaba sentada en un banco, fumando, les preguntó que qué buscaban y ellos le dijeron que «al Carles». La mujer, de nombre Carme, les indicó que mirasen en el otro patio (en verdá, en la medida de un niño, su cole era la hostia de grande) y los chavales salieron disparados otra vez. El Míguel cogía con fuerza la fotografía. No pensaba soltarla. Para él, era una prueba viviente de la verdá de lo que estaba pasando en su pueblo y de lo sobrenatural en el mundo, colega.

—Allí!

—Dónde?

—Allí, allí!

El Carles era un hombre alto y delgado. Sobresalía un tercio de su estatura por encima de los críos de cuarto y quinto que jugaban a la pelota. Aquellos niños no tenían ni idea. Iban todos detrás del balón, como un enjambre de mosquitas descerebradas, tirándole patadas a la pelota de plástico en la dirección que pillase. Eran malísimos. El Míguel pasó por el medio, como si no contaran, y el Dani, en cuanto tuvo la ocasión, le pegó tal patadón a la pelota que la envió a la otra punta del patio.

—A tomar por culo!

—Ala!

—Pero qué haces?!

—Gilipollas!

—Ya'stamos…

—Mira que'res capullo…

—Calla, que te meto!

—Corre…

—Corre, corre!

—Va!

El Dani se había parado a levantarle el puño a la tropa de los niñatos de cuarto y quinto, pero la pelota había caído en campo de nadie (no tan lejos de allí, después de todo) y era preciso recuperarla antes que los rivales, así que los niñatos, de pronto, echaron todos a correr. El Dani se quedó solo y, por lo que fuera, con las ganas de soltar un pescozón en alguna cabezota enana.

—Cag'un la puta!

—Dani!

El Míguel lo llamaba. Le hacía señas con la mano. «Ven, ven». Estaba con el profe de naturales, que lo había pillado diciendo palabrotas y todo eso. El Dani bajó la cabeza (y el puño) y se acercó caminando poco a poco.

—Hola, profe.

—Pero, Daniel… qué es lo que haces?

—Nada, profe.

—La verdá es que, a veces, no sé en lo qué piensas, chico.

—Pues nada.

—Pues no puede ser. No puede ser que sigas haciendo esas gansadas a tu edad, chico. A ver si lo entiendes de una vez…

—Ya.

—Ya?

El Carles le pasó una mano por la cabeza.

—Qué tenéis?

—Esto.

El Míguel le dio la foto.

—Qué es esto?

El Carles echó un vistazo a la imagen. No se veía gran cosa.

—E-Es un.. Es una calavera, profe.

—Sí. Una calavera, profe.

La operación era sencilla. Tres chavales del 7ºC y dos calaveras con cuernos en una misma mañana. Si sus alumnos tenían una cuita, adelante con ella. El Carles examinó el contenido de la fotografía. El cráneo de aquel animal estaba dentro de lo que parecía una hornacina. Se veían, además, dos cruces cristianas invertidas (una a cada lado). Aquella otra ecuación no resultaba complicada, tampoco. Pintadas en las paredes de un templo más una ermita profanada en el pueblo una semana antes. Dado que sus chavales no eran capaces de una gamberrada así, sólo quedaba por despejar la equis del porqué.

—Vale.

El Míguel no pudo soportar el silencio del Carles un segundo más.

—Qué?

—Tenéis que explicarme dónde os habéis metido, chicos.

—Eh?

El Dani sintió que los habían pillado para siempre.

—No, nada.

—En ningún sitio, profe.

—Tengo que llamar a vuestros padres?

—No, profe.

—No.

—Vale.

De repente, el Carles había puesto su fotografía a la altura de los mayores, donde los chavales no alcanzan nunca a pillar nada. El Míguel estaba jodido. Acababa de perder su prueba irrefutable de que estaban pasando cosas chungas en Sant Mena y de que existía lo sobrenatural. Se lo tendría que haber pensado mejor. Los habían pillado por su culpa y, tarde o temprano, tendrían que decir la verdá. Mira que el Pedro se lo había avisado («¡¿Qué dices, colega?!») y que el Josep Maria, a su manera, también se lo había dicho («¡¿Pero qué dices, tío?!»). El Míguel estaba tocado. Se la iban a cargar y ya. Qué mierda todo. Era demasiado tarde para rectificar, colega. El Carles seguía callado, esperando una respuesta, y el Míguel, como aquello le seguía rondando la cabeza y no tenía nada que perder, lo soltó de todos modos:

—Pero qué es, profe?

La cuita seguía allí a pesar de todo. El Carles, entonces, se tuvo que preguntar de veras qué era aquello que habían puesto dentro de una hornacina en la ermita de Santa Caterina en la noche del doce de noviembre de 1985 y, de primeras, no supo verlo. Se fijó detenidamente y, a priori, como no acertaba a identificarlo (aunque la cornamenta parecía pertenecer, sin duda, a un especimen del grupo de los caprinos), sintió un escalofrío en la espalda impropio en un hombre de razón y de ciencia como él.

—No lo sé, chicos.

Y no se podía ser, en verdá, más honesto con los chavales.

Mediodía

Aquel mediodía del veinte de noviembre de 1985, el Óliver C. había cogido y se había ido solo a su casa. «Paso, tío». Iría por su cuenta. Estaba hasta las pelotas de sus colegas. Siempre le hacían lo mismo. Cuando no lo dejaban «colgao», lo dejaban «tirao» (si no les daba por hacerle cosas peores). Encima que él había cogido y había cumplido con su parte, los cabrones, luego, no lo habían esperado. Total, que había llegado a las escaleras de la pista de arriba y no estaban. Que se habían pirado, los muy hijos de puta. «La revista, que se la metan por el culo» (la llevaba, sin embargo, en la carpeta de la mochila, con todas sus cosas del cole).

No lo pensó hasta que fue demasiado tarde, pero el cabreo le había llevado por los callejones oscuros del casco antiguo de Sant Mena. El Óliver tenía mucha hambre. Su madre, los miércoles, solía hacerle macarrones con tomate y él le echaba un puñado (literal) de queso rallado por encima para que quedasen más ricos. Andaba a paso ligero («al trote cochinero», que le soltaban los mamones). El Óliver tenía un poco de miedo. Su madre solía decirle que no se metiera por las calles estrechas del pueblo, «que hay mucha mala gente por ahí», pero el Óliver, viéndose en una calle solitaria, se dijo que, ya que estaba, mejor atajaba por allí.

El Víctor y su pandilla le esperaban más arriba. «Mierda». El Óliver se paró en seco. Si daba media vuelta, a lo mejor lo dejaban en paz. Y, si corría mucho, a lo mejor no lo cogían. Pero no porque corriese más que ellos, sino porque les daba un poco igual cogerle. «Puto gordo de mierda». «Ya te pillaremos, ya». El Óliver seguía quieto en el sitio, mirando al suelo. Estaba en sus manos. Estaba perdido. A lo mejor, si se estaba muy quieto, todo pasaba más rápido.

—Mira quien viene por ahí, chaval.

—El gordo ceboso…

—Sí, tío.

—Te vas a enterar, niñato…

—Te vas a cagar, chaval!

—Ponte en el suelo.

Algo, en el pobre Óliver, le impedía hacerlo.

—Quieres que te partamos la cara o qué?!

—Que te pongas de rodillas, ya!

—Que te pongas en el suelo…!

El Óliver tuvo que vencer su propia resistencia antes de echar la rodilla al suelo. «Hijos de puta, pero qué hijos de puta». Más que el miedo, la rabia le subía a chorros a la carota (la sangre le hervía por dentro y, si estaba llorando, era por unas lágrimas de impotencia que le saltaban de los ojos sin querer). Tenía que estarse callado. Lo mejor era estarse quieto y dejar que pasara rápido.

—Las dos, chaval.

El Óliver se puso de rodillas en mitad de la calle. No pasaba nadie.

—Mira qué cerdaco, tío.

—Se va a reventar…

—Qué llevas en la mochila?

—Nada.

—Que qué llevas.

El Víctor le dio una colleja con la mano abierta. Estaba rodeado.

—L-Las cosas d-de… del cole.

—Dame'l dinero.

—No t-tengo.

El Víctor le dio otra colleja, más fuerte.

—Que me lo des, te digo.

—Que n-no llevo.

El Manolín se vino arriba y le tiró una patada en la barriga al Óliver. El crío se dobló de dolor al momento. Ya no podía esconderlo. Estaba llorando de rabia y estaba temblando de miedo. ¿O era al revés? Al Óliver le importaba muy poco cómo fueran las cosas en aquel momento. Dejó escapar unos grititos de lástima por sí mismo, una pena muy grande por los niños como él, porque ya no se podía aguantar más, y se acurrucó muy fuerte sobre el empedrado de la calle (que estaba frío y duro).

—No… no me-me peguéis más… P-Por favor…!

—Puto gordo…

—Dame'l dinero, chaval. Dámelo si no quieres que te parta la cara.

—Q-Que no llevo, que no ten-tengo nada, tío.

El Víctor lo cogió de los pelos y lo levantó del suelo.

—Ay, ay, ay!

—Gordo ceboso de mierda… Que me lo des!

—Ay, ay!

—Ahora me toca a mí.

El Ruben le pegó un puñetazo en la cara y le partió el labio de abajo. El Óliver, más que por el daño, lo supo por la mucha sangre que se le puso dentro de la boca en un momento. Entonces lloró sin consuelo, lejos de su casa y de su madre, y comenzó a moquear un montón, como el niño chico que todavía era. «Mama, mama, mama». Al poco, ya no podía respirar bien por la nariz y tuvo que escupir las babas y la sangre al suelo.

—Quita, quita!

—Qué ascazo, tío!

—Le doy otra torta?

A pesar de las lágrimas y del miedo, el Óliver vio bajar a alguien por la calle. Era muy grande (más negro que todos ellos). No dijo nada. Le pareció que se acercaría a los chavales y les diría algo, como que parasen, que ya estaba bien, que esas cosas no se hacían, pero se llegó hasta ellos sin mediar palabra, sacó una navaja que llevaba detrás (en el bolsillo del pantalón) y pinchó a uno cualquiera en el muslo. El Ruben gritó del susto y el Manolín, del daño. «¡¿Qué cojones?!». El Víctor quiso ver qué pasaba a su espalda, pero se encontró con una manaza en plena cara. El Óliver vio cómo lo levantaban del suelo y lo estrellaban contra una pared, como si fuera un cacharro inservible o una mierda de perro.

Cuatro-cinco segundos después de aquella embestida, los quejidos y los llantos de la calle se habían multiplicado por tres. El Ruben, el único que seguía en pie frente a la bestia, se estaba meando encima (literalmente). El Óliver no sabía si el chaval estaba pendiente de la hoja de la navaja o de los ojillos de víbora del Alex T., cuando éste le soltó una hostia con la mano abierta y le hizo saltar (de una vez) el aliento y los dientes.

—Putos niñatos de mierda…

El Óliver se pasó una manga del jersey por los ojos, la nariz y la boca (en este orden, con cuidado de no hacerse daño). Miró al Víctor quieto en el suelo. No se movía para nada. A lo mejor estaba muerto (a lo mejor lo habían matado). Buscó al Ruben y al Manolín, un poco más allá, y vio mucho miedo en sus caras y mucha sangre en sus manos. Al menos, al menos, seguían vivos.

—Tú, levanta.

El Alex le hablaba a él, el Óliver. El pobre crío, aunque no quería llevarle la contraria por nada del mundo a aquel animal, tenía serias dificultades para ponerse en pie. Le temblaban las piernas. Le temblaban las manos. Se puso en pie como pudo y escrutó en el rostro de la bestia si tenía intención de degollarlo allí mismo, como a un cerdo, o si lo dejaría ir por ahora. El Alex no respiraba. Se guardó la navaja en el bolsillo de detrás del pantalón y soltó:

—Qué asco de cara, chaval. Largo d'aquí.

Y el Óliver, en verdá, corrió como nunca antes.

Tarde

Se acababa el mundo. Se acababan las cosas. Se acababa todo. En la radio, en el boletín de noticias de las cinco en punto, tenían otra forma de decirlo: «Se espera una nueva subida del precio del barril de Brent para la próxima semana». Porque el petróleo, como todo en la vida, también se estaba acabando y los motores que mantenían a la civilización occidental con respiración asistida iban a dejar de funcionar tarde o temprano. Y aquello, macho, sí que sería el final final.

L'Anton, por norma, prefería encenderse un cigarrillo a darle muchas vueltas a la cabeza. No hacía tanto tiempo los hombres habían vivido en el campo, allí mismo, sin luz eléctrica ni agua del grifo. Quizá se les hiciese muy duro tener que abandonar las ciudades al principio, pero los niños que no han conocido (así, en general) olvidan más bien pronto. Él no podría. Alguien que se había criado en calles de asfalto y cemento, no sería capaz de andar por caminos de tierra como si nada. A tipos como él, la memoria del pasado los iba a secar vivos. Los dejaría arrugaditos en un rincón de la choza y los niños que no han conocido (así, en general) les darían la sopa con cuchara, por no dejarlos morir.

L'Anton miraba pasar los minutos frente a él (coches que iban y venían por la carretera principal de Sant Mena) y sentía que no podía hacérsele tan duro renunciar a una vida como la suya (aun menos, en aquellos días tristes de noviembre). A veces, muy calladamente, deseaba que volasen los mísiles sobre sus cabezas. A lo mejor, aquella era la única forma de cambiar las cosas de una puta vez. Pero algo, en el fondo, le decía que las cosas no tenían por qué ir necesariamente a mejor después del holocausto y rogaba, apretando los puños, que su súplica no llegase a ninguna parte.

Algunas caladas más tarde, cuando el boletín de noticias de las cinco en punto trataba cuestiones deportivas, l'Anton se convencía de que el mundo no se iba a acabar ni pronto ni tarde y sus hijos, el día de mañana, podrían dedicarse a poner gasolina, como él. Desde que tenía uso de razón que veía coches en las carreteras de su pueblo (de hecho, cada vez en mayor número) y, mientras hubieran coches en las carreteras, harían falta gasolina y gasolineras y, allí donde hubiera una gasolinera, siempre habría un gasolinero dispuesto a servir combustible.

Lo mirase por donde lo mirase, su plan no tenía fallos. L'Anton tiró la colilla al suelo y puso la vista en el polígono industrial que había al otro de la carretera. Peor lo tenían los obreros, desde luego. El progreso tenía previsto arrojarlos a todos a la calle. Cada pocos años inventaban alguna nueva máquina que trabajaba con mayor eficacia que cien pares de manos juntas. «Que se jodan». Si hubieran tenido los cojones suficientes, le habrían metido fuego a la maquinaria tal y como la bajaban de los camiones. Pero aquello tampoco podía ser. Ya lo sabía. Y él no podía hablar muy alto, que digamos, que aquellos pobres desgraciados no tenían culpa de ser unos pobres desgraciados, como él. Andaban con prisa todo el tiempo. No tenían por delante un desierto de asfalto y de horas muertas para darle vueltas a la cabeza como él y las facturas, la nevera y las dudas te acaban comiendo la vista, al final, si no te andas con ojo. Ya lo sabía. L'Anton no tenía más que resentimiento hacia los obreros de las fábricas porque seguían sin hacerse cargo de su situación personal, los muy inútiles.

Era mejor quemar tabaco que quemar minutos. Era mejor no seguir pensando, pero le resultaba imposible no darle vueltas a lo que fuera. No podía evitarlo. No tenía nada más que hacer y se pasaba las horas royendo huesos duros, como un carroñero entre las tumbas de un cementerio abandonado. A ratos, sentía que su cerebro no era más que un osario de voces viejas, de fotografías tristes y de cacharros rotos que ya no quería nadie. L'Anton vio venir la motillo del Rafa y suspiró aliviado. «Menos mal». Algunos días se le torcían antes de hora. No había oscurecido y ya estaba de noche (se sentía igual de sucio que a las tres de la madrugada).

—Ei, qué pasa?

—Hola, Rafa.

—Ya ves. Baja, enano.

El Edu saltó de la moto y miró a ver qué se podía hacer allí.

—Qué te cuentas?

—Poca cosa.

—Toma.

L'Anton le ofreció un cigarrillo.

—Buah…

—Qué?

—Estoy como chungo, no?

—Tú sabrás, muchacho.

El Rafa le pegó una primera calada muy sentida al cigarro.

—Es… Es como raro. Como si pasara algo, como si tuviera que pasar algo, no? Como que lo noto, tío.

Y se puso una mano en el pecho.

—Eso es que'stás sin novia, chaval, y a tu edá…!

—Qué cabrón… No, tío. Lo digo en serio.

—No sé, Rafa.

—Tú no hueles como raro, últimamente?

—Yo? No.

—No?

—No. Yo ya no huelo nada. No ves que me paso todo el día aquí?

—Ya. Vaya mierda, tío… Y fuera?

—Fuera dónde?

—Por la calle, cuando sales d'aquí. No lo has notado?

La verdá era que l'Anton, entre el tabaco y el tufo a gasolina, no notaba gran cosa en la nariz. Procuró hacer memoria, sin embargo, pero, en sus trayectos de casa al trabajo y del trabajo a casa, apenas era persona en la vida. La acumulación de días a lo largo de los años le impedían discernir entre unos y otros. Siempre era él mismo yendo por la acera del Doctor Fleming (arriba o abajo).

—El qué? Qué pasa?

—No sé qué es… Es como un olor desagradable, todo el rato.

—No será la mierda del campo?

—No.

—A lo mejor es d'alguna fábrica…

—Ya. Pero antes no estaba.

—Ya.

—Es del cielo!

—Tú qué dices, enano?

—Que's del cielo, eso.

—El qué?

—Lo que dices.

—Qué hablas, zumbao!

—Que viene del cielo.

—Qué cielo, ni qué pollas!

—Rafa…

—Está como una puta cabra, el cabrón.

—Esa boca, macho!

—Ya, ya.

El Rafa bajó la mirada y siguió fumando. No se daba cuenta, pero volvía a medio sonreír. Siempre que lo pillaban haciendo algo, siempre que sentía que lo habían cogido, se le escapaba aquella sonrisilla de niño pillo y, si no tenía nada más de que hablar (porque no se le ocurría o porque estaba tramando alguna cosa), sacaba la navajilla que le había comprado su padre para quitarse la mierda de las uñas.

—Y eso?

—Eh? Nada, mi padre.

—Pues cuidado, que eso corta.

—Ya te digo.

La navajilla se la había regalado su padre a los once años. El Rafa, desde entonces, la llevaba siempre en el bolsillo del pantalón «por lo que pudiera pasar», pero, al final, la acababa sacando más a menudo que eso. Muchas veces, al verla en sus manos, se acordaba del bueno de su padre. El día que se la dio no dijo gran cosa, tampoco: «que no te la vea tu madre». Pero, más allá de las palabras, le dejó dichas un montón de cosas con el gesto (como que él era pequeño y el mundo, grande; como que, tarde o temprano, llegaría el día en que le iba a hacer falta una hoja bien afilada; como que aquel mundo tan grande de los mayores estaba lleno de cabrones, hijo). El Rafa, pasados los años, no lo veía así. Ahí fuera, al menos en Sant Mena, había un poco de todo.

—No sé, tío. A mí me da que va a pasar algo chungo.

Y l'Anton, a la luz de la noche en su cabeza, lo soltó como vino:

—Si no'stá pasando ya, dirás.

Noche

Después de comerse todas las mollas de pan que encontró alrededor del plato, fue recogiendo los trocitos de corteza que había sobre el mantel con la yema de los dedos. No le apetecía nada acabarse la sopa. Estaba fría (estaba sosa, mala). El Carlos estaba mirando la tele sin mirar. Le había quitado la voz y dejaba que las imágenes se sucedieran frente a él, en absoluto silencio. Aunque no había notado el pinchazo, sentía que, de algún modo, le estaban inoculando un asco muy grande por él y los suyos. El mundo no estaba bien. Los hombres se mataban los unos a los otros. Los niños se morían de hambre en alguna parte y él, sentado en el comedor de su casa, no era capaz de cerrar la boca. En cosa de diez minutos, le habían pasado por delante el deshielo de los polos, la tala masiva de árboles y el vertido de tóxicos en alta mar. Había imágenes de gaviotas cubiertas de una sustancia negra, pegajosa, en una playa y, en otra parte del globo, se veía a unas crías de foca manchadas de sangre (se ve que las mataban a palos para no malmeter su pelaje).

El Carlos no podía dejar de mirar. El mundo estaba mal (cada día peor). Sentía que aquella situación no tenía remedio. Que no se podía hacer nada. Que los seres humanos estaban acabando con el planeta y, por lo tanto, con su propio hábitat. No quiso pensar en las cabezas nucleares. Tanto los soviéticos como los americanos habían declarado en más de una ocasión que tenían la capacidad de destruir el mundo varias veces (cuando, con una, se sobraban). El Carlos buscó otra molla de pan, algo que llevarse a la boca. Si en aquel momento le hubiesen dicho que había estallado una guerra y que iban a morir millares de personas inocentes, no lo habría lamentado especialmente. Sería, por así decirlo, una acción razonable. Dadas las circunstancias, cualquier hombre recurriría al fuego. Si el campo abunda en malas hierbas, se lo quema y, si hay una plaga de ratas, se las extermina. Lástima de las criaturas, que no tienen culpa.

El Carlos apartó la vista de la pantalla un momento. Su mujer venía de acostar a la nena. Aquella extraña, que ya no era su Tere, le recordaba muchísimo a un amor de juventud. No podía evitarlo. Cada vez que la veía sentía un pellizco de nostalgia en el vientre. Su mujer todavía era joven. Tenía veintisiete años y venía a su encuentro, a hacerle compañía un rato. Venía pisando las bolsas de basura de un vertedero de cadáveres o de críos inocentes. El Carlos no lo veía claro. No sabía sobre quien se sentaba a cenar todas las noches.

—No te acabas la sopa?

—No tengo hambre.

—No quieres que te prepare otra cosa?

—No, no.

Teresa («no la Tere, ni la Tere») se puso a su lado, de espaldas a la televisión. Le cogió una mano y miró el plato de sopa fría de su marido. Después de acostar a su hija Olga, se había pasado un momento por el cuarto de baño. Le habían vuelto a crecer unos pelos negros y duros en los pezones. Tres ó cuatro en cada teta. Teresa se los había vuelto a arrancar con unas pinzas, sin vacilar. Por más que doliera, lo mejor era sacarlos de raíz.

—Qué has hecho hoy?

—Nada.

Que era trabajar de ocho a ocho si no surgían imprevistos.

—Y la nena?

—Igual.

Desde hacía algunas noches, su hija Olga sufría terrores nocturnos. Se despertaba llorando en mitad de la nada y gritaba su nombre. «¡Mamá, mamá!». Su madre, muchas veces, se la encontraba dormida, hablando alguna cosa sin sentido. Era muy pequeña, todavía. Teresa sólo pensaba en taparla y pasarle una mano por el pelo. «Shhh, ya está». Nunca se preguntó por la causa de las pesadillas de su niña (no se propuso nunca arrancarlas de raíz, por más que doliera).

—Han llamado de Kastol.

—Otra vez?

—Sí.

—Bueno.

—Qué les digo?

—Nada.

El Carlos no quería llenarse la boca de bidones tóxicos después de cenar (las paladas de tierra le daban mucha fatiga con el estómago lleno). Desembocó, sin embargo, en la última noche que se pasó por Kastol. Se acordó del coche en el cementerio (la gamberrada en la ermita, la profanación de tumbas y, un tiempo después, la irrupción de ese alguien en el pueblo que se acaba llevando a los críos de la calle). Estuvo a punto de decírselo a su mujer. «Empiezan con unas pintaditas y acaban por hacer alguna barbaridad». Pero se distrajo con la noticia de un desfile de lencería. Enseñaban a un grupo de mujeres-medio-niñas en ropa interior. Eran todas altas y delgadas y, aunque eran todas guapitas de cara, el Carlos torcía el morro, disgustado. Hacía menos de un minuto que venía de ver un hoyo en la tierra con dos cadáveres dentro. Estaban cubiertos de cal viva y, sin embargo, estaban negros de muerte.

—Mañana me paso, a ver qué dicen.

—Como veas.

Teresa no quiso cansar a su marido con sus historias. Hacía días que no le bajaba la regla y, sin embargo, no creía que estuviese embarazada. No estaba pasando, desde luego, por las mismas sensaciones que tuvo con su hija Olga. Aquello era otra cosa. Tenía que ver con los pelos duros y negros que le salían en los pezones. No había ido al médico, pero estaba segura de que estaba incubando alguna cosa. Algo grave. Debía decírselo a su marido, aquello podía ser muy serio, pero ya tendría ocasión de contárselo más adelante. Había más días que panes. Aquella noche del veinte de noviembre de 1985, lo veía más cansado de lo habitual.

—Me parece que mañana me voy a cortar el pelo.

—Y eso?

—Estoy harta d'este peinado… Es un asco.

—No te queda mal, mujer.

—Ya.

Últimamente, había oído hablar mucho de aquel tratamiento brutal que te deja sin pelo en el cuerpo. Usaría peluca. Llegado el caso, Teresa no tenía grandes manías. Habían dicho de comprarse una casa y vivían de alquiler en un pisito. El Carlos curraba muchas horas al día para sacarlas de allí. Tenían planes de hacerse con un chalé adosado lejos del bullicio (en Can Palau o donde fuera) y, si las cosas iban bien, el Carlos acabaría contratando a algunos currelas para que le echasen una mano con lo suyo. A lo mejor, un día, tendría su propia empresa. Una empresa pequeña. Una casita modesta. Una hija adorable. El Carlos recogió las últimas migas de pan del mantel y se calló para siempre lo que le había pasado a la vuelta del trabajo.