El misterio de Sant Mena

21 de abril de 1990

Era una puta locura, tío. Los cuatro amigos esperaban inquietos al otro lado del camino del castillo, con las manos metidas en los bolsillos. Si pudieran, si hubieran podido, se habrían puesto más atrás a esperarse, pero es que, joder, los hierbajos se comían los campos y, cuando buscaban más allá con la mirada, la vista se confundía entre el cielo nublado y el horizonte que estaba tope de lejos y les daba un mal rollo de la hostia que todo fuese tan tocho, al final. No había ningún sol en el cielo. Eran las nueve y media de la mañana del sábado veintiuno de abril de 1990 y una mancha blancuzca que había arriba, como un poco más brillante, les aseguraba que se había hecho de día hacía un rato ya, tío.

—Puta mierda todo, joder.

—Ya te digo.

El Enri, que no había podido traer nada al final, le había estado sacando punta al palo de la escoba que el david le había pillado a su madre a última hora, pero es que el cuchillo de cocina del Sergio L. como que no iba muy bien, que digamos, y como que no tenían otra cosa a mano, sabes que te digo? El A. le dijo al Enri «te vas a hacer daño, chaval» unas siete u ocho veces, lo menos. Le había explicado que no se tenía que cortar en la dirección de los dedos de la mano «si no te los quieres tajar, vamos», pero el Enri no veía la manera de sostener el palo y hacer andar el cuchillo en condiciones si no ponía los dedos de la mano en la trayectoría del filo del metal, vale, tío?

—Yo ya t'he avisao, tío.

—Que sí, joder.

Y, veinte minutillos después, a eso de las nueve y media, la punta del palo de la escoba tenía pinta de clavarse bien en el pecho de un cadáver fresco que esperase dormido dentro de un ataúd abierto, sabes que te digo? El A., en este sentido, se había traído un martillo de carpintero en lugar de la maceta de paleta de su padre porque la maceta pesaba un huevo y le daba no sé qué que se les escapase de la mano en el momento justo (o sea, cuando estuviesen a punto de clavarle la estaca en el corazón al muerto y el muerto, «fsss», abriese los ojos de par en par).

—Este no viene, tío.

—Que sí, joder.

—No'speramos más?

—Que sí, pavo. Que sí, joder.

Ninguno quería seguir adelante con aquello y, sin embargo, aquella era la única manera que se les ocurría de acabar con el Miedo (así, en mayúsculas) que tenían metido dentro del cuerpo. Llevaban de esa manera tanto tiempo que, al final, quieras que no, te cansas de sufrir. El propio A. no creía que un palo con punta les sirviese de nada contra la sombra del camino o contra el gusano chungo que se bebía la sangre de la gente, pero estaba harto de no hacer nada, vale? Tenían que probarlo. Tenían que bajar y verlo con sus propios ojos. Él no se acordaba muy bien de las cosas que había allí abajo después de tantos años, pero tampoco se acababa de creer que lo hubiese soñado todo. Por menos vueltas que quisiera darle al asunto, al final sabía (o sentía) que había pasado de verdá (al menos, en su mayoría).

Puesto a recordar, lo cierto era que casi nunca paraba en aquellos días de su vida. No le gustaban nada. Había intentado como quitárselo todo de la cabeza, tío. Un señor le había sacado sangre con una jeringuilla y él no le había dicho una mierda a nadie. Miró al cielo y vio que aún tenían muchas horas de claridad por delante. Todo lo que era el día, vamos. Otra cosa era que les sirvieran de algo, claro. El david le pegó un patadón a un chinorro que tenía delante y el Sergio L. bufó un montón, como muy seguido. Estaba a punto de atacarse por culpa de los nervios. Quería irse y que se fueran todos con él. El Amador no iba a venir, el cabrón. Ya lo sabía él. Desde el principio que lo había sabido, chaval. El Enri le pilló otra vez el cuchillo de cocina de su madre y afiló aun más la punta del palo de escoba que el david le había pillado a su madre a última hora, antes de venir.

—Mira, toca aquí, chaval.

—Paso.

El Sergio L. no estaba para hostias, pavo. Si de verdá había algo chungo ahí abajo, se lo iban a encontrar de morros, joder. Y, si no, seguro que se acababan clavando un hierro podrido, les mordía una rata rabiosa o pillaban la peste bubónica. O bucólica. O como se llamase. Puso la maquinaria a funcionar a toda hostia, «rum-rum-rum», y urdió diez y ocho maneras distintas para convencer a sus colegas de largarse de allí en cuestión de unos segundos, pero es que, al final, todas ellas se resumían en una sola: «si nos metemos ahí, fijo que nos pasa algo malo».

—Ya, tío.

—No tendríamos que meternos, eh? No podemos.

—Lo dejamos estar o qué?

—Sí o qué?

—No sé.

—Yo diría que sí.

—Éste no va a venir, no?

—No, tío.

—Nos vamos, entonces?

El david hacía que no con la cabeza todo el rato. Eso de irse, como que no lo veía nada claro. Es más, si se largaban de allí en aquella ocasión, las sombras se seguirían apretando cada vez más detrás de la puerta de su habitación, como si fuesen cogiendo cada vez más cuerpo, sabes que te digo? Fijo que sí, tío. El A. lo pensó sólo un momento, «va, vamos», y el david lo soltó como le vino:

—Va, va, va. Que vamos nosotros cuatro, tío.

—Sí o qué?

—Que sí, joder.

Y se fue para la puerta del castillo de Sant Mena sin pensárselo más veces.

—Pero… Espera, tío!

—Que se va, pavo.

—Vamos o no?

El Enri ya había empezado a seguirle cuando contestó que «sí, tío. Tendremos que ir con él, no? O qué queréis hacer?». Y el A., antes de pirarse con los otros dos, se encogió un poco de hombros, como si estuviera de acuerdo en no dejar al más pequeño de los cuatro solo ante al peligro, eh?

—Pero dónde váis, joder?

El Sergio L. se negaba a moverse del sitio. Los otros tres estaban camino de la gran mole de piedra y él se estaba quedando solito en su sitio, como un mierdas. Estaba claro que no se podía estar quieto mucho más tiempo. El Enri, el cabrón, se había llevado el cuchillo de cocina de su madre (además del palo de escoba de la madre del david) y él todavía tenía en la mano una linterna que no era suya, que le habían pasado un poquillo antes. Buah, tío. No resopló una mierda cuando se puso en marcha. Hacía rato que respiraba fuerte (por así decirlo).

—Esperarme, joder!

—Va, tío, va!

El david no se paró delante de la verja de hierro del castillo. Metió un pie entre los barrotes, se impulsó para arriba e intentó cogerse del filo de la tova que sobresalía de lo alto del pilar que había junto a la puerta. «Umpf, tío». No llegaba por mucho, joder, así que se subió de inmediato al travesaño que había en la propia verja, a media altura, y se aupó por encima de los pinchos con mucho cuidado de no clavárselos en las piernas. Luego sólo tuvo que saltar al suelo del otro lado, desde arriba, «plam», y ya estaba hecho, chaval. Estaba dentro.

—Va, tíos. Vamos o qué?

Los otros tres, que lo estaban flipando en vivo, no podían ser menos que él, el chiquitillo del grupo, así que siguieron sus pasos uno a uno: un primer pie entre los barrotes, otro sobre el travesaño y mucho cuidado con los pinchos de hierro, vale?

—Que sí, joder.

—Es mejor ir por la parte den medio, eh?

—Que sí.

—Que sí, tío. Que no ves que's más bajo?

—Y me lo decís ahora, mamones?

Al Enri, joder, se le habían enganchado los putos pantalones en la verja de hierro, arriba del todo, con una de las puntas oxidadas. Pero qué mal rollo todo, macho. Estaba atrapado. No se podía mover ni para adelante ni para atrás y, en lugar de pensarlo, lo dijo en voz alta:

—Y ahora qué hago?

—T'ayudo, tío? Si quieres…

No, joder. «Raaas». Tenía que tirar de todas formas, no?

—Cagunlaputa, tío. Esas cosas se dicen antes, joder.

—Perdona, tío. Me pensaba que ya lo sabías.

—Iros a la mierda, los tres.

El Enri se descolgó con mucho cuidado de no hacerse ningún daño, «plam», y se miró el roto que tenía en la cara interna de los pantalones (más de un palmo de desgarrón, cosa fea como pocas). Mi madre me mata. Por poco que no se araña la piel del muslo o algo peor, tío. El david le pasó el cuchillo de cocina y el palo de la escoba.

—Ya lo siento, tío.

—Que sí, que sí.

El A. y el Sergio L. se subieron los dos por la parte del medio, que era más bajita porque la verja hacía curva para abajo (como si estuviese pensada para que se pudieran colar unos chavales de séptimo o así) y se metieron sin problemas, «plam, plam». Ya estaban todos dentro. El david hizo recuento de lo que llevaban encima: dos linternas, un palo escoba, un cuchillo cocina y un martillo de carpintero.

—Está todo, no?

—Sí.

Entonces fue cuando los tres se quedaron callados, mirando direcamente al A., que era el que decía que había estado allí abajo, un día, antes. El chaval cogió aire y pasó mogollón de quedarse con la impresión que daba la gran mole de piedra tan de cerca. La claridad del día no decía que fuesen las nueve y media de la mañana, ni las diez, ni nada parecido. El A. se fue para la puerta pequeña de la capilla del castillo de Sant Mena y, cuando se plantó delante, «es por aquí, chavales», no se atrevió a empujarla para poder entrar.

—Tío?

—Sí, sí.

Pero no, no. El A. se dio cuenta de que no le había costado nada llegar hasta allí porque, desde el principio, por dentro, había contado con que la puerta de la capillita estaría cerrada con llave, como de costumbre. Y la aventurilla, en su cabeza, acababa casi siempre en aquel punto: él empujaba la puerta, la cerradura estaba echada y, «oh, vaya», como no podían pasar dentro, tenían que volverse a casa corriendo porque no le podían hacer nada más al asunto (al menos, de momento), sabes que te digo?

—Me parece que'stá cerrada.

Era mejor decirlo que probar a abrirla.

—Sí?

—Sí. Claro, tío. Le'chan la llave, no lo ves?

—Seguro?

No, tío. El señor alto, el viejo pellejudo, se metía el manojo de llaves en el bolsillo de la cazadora, pero, como era un puto cabrón, capaz de haberla dejado abierta, eh? El A. puso una mano abierta sobre la puertecita y, qué remedio, pavo, tuvo que empujarla hasta que la abrió del todo, «grrriec».

—Lo ves?

—Buah, tío…

Por contraste con la claridad de la calle, aquello estaba entre negro y negrísimo. El david se puso al lado del A. y encendió, «clic», su linternita de mano. No era para tanto, no? En cuanto se le acostumbraron los ojos, vieron que entraba algo de la luz del día por el rosetón que había sobre la entrada principal de la capilla.

—Se ve bastante, eh?

—Sí, tío.

—Vamos?

—Vale, va.

El A., claro, tuvo que ser el primero en traspasar el umbral y pisar, «tap, tap, tap», en la soledad del templo. Luego le fueron detrás el david, el Enri y el Sergio L., que no se fiaba un pelo de que los pillasen por sorpresa, por detrás.

—Dejamos abierto?

—Sí, tío. Mejor.

Por si tenían que salir corriendo, sabes?

—Es allí.

—El qué?

El A. señalaba a un lado de la sala, casi al fondo de todo. El david buscó por donde decía, por la penumbra y por los bancos de madera, sin pararse a mirar ni un momento la figura horrible de un hombre clavado a una cruz que había sobre el altar.

—Es aquello?

—Sí.

Al david, le parecía haber visto algo en el suelo de la capilla. El A. tuvo que ir delante de ellos, otra vez, para enseñarles la trampilla de madera tocha que tapaba el paso a la cripta de los muertos. Estaba debajo de la pata de un banco. El Sergio L. y el Enri lo apartaron de inmediato, sin preguntar una mierda, «rrrom-rrrom», y los tres se pusieron a esperar a que el A. se decidiese a abrir la trampilla.

Vale, tío. Si había que hacerlo, lo haría, pero antes, joder, se miró a sus colegas una última vez. Porque aquello iba en serio, eh? Ninguno dijo que no. El Sergio L. aprovechó la ocasión para pillarle el cuchillo al Enri y el Enri, después de enseñarle la punta del palo de la escoba al A., le dijo (sin soltar palabra) que adelante, que podía seguir con lo suyo.

El A. pilló la argolla de la trampilla con las dos manos y tiró con todas sus fuerzas para arriba, «griiiec». Aquello no pesaba tanto como se pensaba, al final. La dejó caer a sus pies con cuidado, «cataplom», y le pidió la linterna al david, eh? Si tenía que bajar primero, iría con una luz en la mano, chaval, pero el david no le quiso dar la suya: le dijo al Sergio L. que le pasase la suya, claro.

—Ten, tío.

El A. probó la linterna del Sergio, «clic-clic-clic», y se metió por la trampilla como un campeón. El david vio que había unas escaleras de piedra tope de viejas que bajaban más abajo, como al infierno. Casi mejor que se esperaba fuera, no? Se hizo a un lado y dejó al Enri que pasase segundo. El Enri, «guapo, tío», no se lo pensó ni un segundo, vale? Porque, joder, si se hubiese puesto a pensarse todas las cosas en serio, no habría hecho una puta mierda en todo el día, sabes?

—Venga, tío.

—Qué?

—Que te toca a ti.

—Yo?

El Sergio L. no estaba dispuesto a dejar su posición en la retaguardia por nada del mundo. No se fiaba ni un pelo de los otros tres. En su más sincera opinión, «eran todos unos putos empanaos» y lo último que iba a pasarles aquella mañana de sábado (veintiuno de abril de 1990) era que los pillasen desprevenidos por la espalda, vale?

—Va, tío.

—Voy.

El david, joder, tuvo que meterse en el puto agujero que había en el suelo de la capillita del castillo de Sant Mena desde el tiempo de los moros, lo menos, porque, a decir de la Toya, su profe de historia, los señores feudales se escapaban por unos túneles que tenían por debajo del suelo cuando las cosas se ponían feas a su alrededor (o sea, cuando tenían que salir por patas de casa porque, por lo que fuera, estaban a punto de cortarles la cabeza).

Además, alguien les había contado que se podía ir desde el castillo hasta el cementerio del pueblo por debajo de la tierra, por los túneles medievales que había. Puso los dos pies en la escalera de piedra, «top-top», y agachó la cabeza para no darse con las telarañas del techo. Olía muchísimo a tierra mojada, verdá? El david se había pensado que apestaría un montón a muerto, pero, claro, si los cuerpos llevaban allí metidos tanto tiempo, como un montonazo de siglos, como que ya no podían apestarle a nadie, no?

Buscó con el foco de la linterna, más abajo, y vio la cabeza y la espalda del Enri justo por delante del cuerpo del A. y la luz de su linternilla. Aquello estaba muy empinado, chaval. El david se pensó que sería fácil resbalarse. Si los escalones eran tan viejos como parecía y estaba todo como mojadillo por culpa de la humedad, tendrían que ir con cuidado, vale?

—Qué pasa, tío?

—Que'sto resbala, eh?

—Vale.

El Sergio L. saltó justo detrás de él. Le puso una mano en el hombro, «va, tío», y comenzaron a bajar juntos hasta la cripta de los muertos, «tap, tap, tap». Era verdá, tío, que todos ellos iban hablando cada vez más bajito. No lo habían pensado antes (al menos, hasta que no se habían metido los cuatro en el tunelillo de las narices), pero parecía como si quisieran pasar por la mañana del sábado sin molestar a nadie, eh? El david, por ejemplo, tenía miedo de despertar a quien fuera, sabes?

—L'has oído?

—El qué, tío?

—No sé. Era como un «fsss».

—No, tío. Pero no te pares ahora, va.

—Sí, que ya llegamos.

—Va, va.

El Sergio L., si el david tenía que agachar la cabeza para no pegarse con las telarañas del techo, andaba mucho más doblado de lo normal (como más encogido) porque era mucho más alto que él. Pero es que, además, le estaba costando respirar. A medida que se acercaban a la cripta, el aire era mucho peor. Como asqueroso. Y, si no había menos cantidad, se le antojaba más pesado de tragar.

—Queda mucho, tío?

—No.

El A. y el Enri ya habían llegado. El david vio que apenas se habían separado de los escalones que tenían detrás. No más de uno ó dos pasos, tío. El Sergio y él se pusieron allí, entre la escalera de salida y sus dos colegas, pero, si el A. no se quería mover del sitio, ninguno se movería. El Enri llevaba rato mirando los nichos de las paredes. Después de quedarse bien con el sepulcro todo tocho que tenían delante, donde supuso que descansaría el cadáver fresco que habían venido a ensartar, no había dejado de fijarse en la multitud de ojos negros que poblaban los muros de piedra, a su alrededor. Él, joder, no se pensaba que se pusieran los cuerpos sin caja, ni nada parecido, sabes?

Además, que el techo era muy bajo y ganaban las sombras de mucho. El david miraba sobre sus cabezas con la linternilla y se imaginaba que habría un montón de tierra encima de ellos. Mientras el A. se decidía o no a seguir adelante, se le ocurrió que no se enterarían de nada si había una tormenta de la hostia fuera, en la calle. Pensó que podrían haber estado bajando por las escaleras tres cuartos de hora y que no tendrían nunca una manera de saberlo. Es más, tuvo que asumir que, si se les hacía de noche, allí abajo no lo iban a notar.

—Era… Estaba en aquel rincón.

El A. señalaba a una esquina de la sala, pasado el sepulcro todo tocho.

—Tío, tío… Pero qué's aquello?

—Eh?

El Enri no se refería a algo repulsivo que estuviera en el suelo, removiéndose con ansia, furor y hambre, sino a algo que había arriba, por encima de la tierra revuelta. El A. tuvo que enfocar con la linterna al vértice de las dos paredes con el techo porque, por lo que fuera, no se veía bien. Había algo chungo puesto en medio, como colgado.

—Hostias… Eso no'staba ahí, tío.

—El qué?

—Qué pasa?

El david se puso al lado del Enri y miró con la linterna.

—Son telas de araña, no?

—No, tío. Fíjate bien.

Y el david, después de fijarse un momentillo más, creyó ver una tela blanca rota desde dentro. No podía entenderlo muy bien. Había jirones por todas partes y había hebras como de telaraña enganchadas en las paredes, pero mucho más grandes, no? Siguió mirando a ver si lo pillaba de alguna manera, pero su tierno cerebrito no daba con ninguna analogía adecuada (sin que el david tuviera necesidad de saber qué cojones era una puta analogía).

—Qué es, qué se parece, tío?

—No l'había visto yo, antes.

—No?

—No, tío.

El Sergio L., que había estado mirando entre el A. y el Enri, no es que lo viese claro, pero pensó un segundo en sus gusanitos de seda. Los tenía guardados en una caja de cartón. Lo que era una caja de zapatos, tío. Aquello que estaban viendo al fondo de la cripta de los muertos no se parecía en nada a un capullo de seda, pero la palabra que le venía a la cabeza era ésa:

—No's un capullo, tíos?

—Eh?

Fue oírlo y, al Enri, le encajó la forma que estaban viendo con un capullo monstruoso abierto desde dentro con brutalidad. Además, que el A. les había hablado alguna vez que, allí mismo, había «como un gusano grande», no?

—Podría ser, eh?

—Tú crees?

—Vamos?

—Adónde?

—A verlo.

—Pero qué dices, tío.

—Está vacío, no?

—Fijo.

Porque, si aquello era en verdá alguna forma de capullo, «su huésped» había salido por narices de su interior. O lo estarían viendo, no? El A., sin embargo, prefería quedarse donde estaban por si las moscas. Lo que tenían delante (porque lo tenían delante) no era ninguna coña. Tenían que largarse. Si allí ya no había nada que ver (porque, si no, lo estarían viendo), había llegado el momento de acabar con su misión.

—Nos vamos, eh? Que'sto ya'stá, tíos.

—El qué?

—Lo que veníamos a hacer, no? Ya lo hemos visto. Las cosas eran verdá, vale?

El A. se refería a la sustancia de los hechos del misterio de Sant Mena que, hasta aquella misma mañana de sábado, había ido flotando por la niebla del pueblo, como si fuese un sueño o la imaginación de alguien, sabes?

—Sí, no?

—Que no lo ves?

—Fijo, tío.

El Enri B., que había echado la llave al pozo, sintió que las puertas del sótano se le abrieron de golpe: el niño del pozo más la mujer muerta más la cosa chunga de la capilla más el gusano blanco más el perro rabioso más la sombra del camino volvían a ser todos de verdá y, por ese motivo, chaval, tenía que acercarse a verlo con sus propios ojos.

—Pero dónde vas?

El A. no estuvo a tiempo de pararlo. El Enri pasó junto al sepulcro todo tocho (donde las velas derretidas) y se dirigió a tientas hacia el rincón del fondo, donde la tierra revuelta. El david pensó que se mataría si metía el pie en un agujero y salió detrás de él, que iba sin linterna ni nada. El Sergio L. y el A. se quedaron quietos en su sitio (el uno, cuidando la retaguardia; el otro, temiéndose lo peor).

Estaban rodeados de muertos, tío. El Enri se detuvo justo antes de pisar la tierra revuelta del rincón. El david le iluminaba los pasos desde detrás y, por suerte, había visto a tiempo el agujeraco que había allí. Las hebras rotas de la tela de araña (que eran verdá, aunque aquello no fuese una tela de araña) se mecían con suavidad frente a él. Corría el aire. Una brisa oscura salía de las entrañas de la tierra. Porque aquella boca negra que se abría horriblemente en el suelo tenía que conectar «por narices» con una red de túneles subterráneos. Los dos, con mirarse a la cara un momento, estaban seguros de que cruzaban por debajo de todas las casas del pueblo.

—Y ahora qué hacemos?

—No sé, tío.

—No?

—No, tío. No podemos bajar, tío.

—No?

—No.