El misterio de Sant Mena

21 de diciembre de 1985

Quince minutos antes del solsticio de invierno de 1985, alguien llamó al timbre del telefonillo del tercero segunda del número siete de la calle Balmes. El Rafa estaba en su cuarto fumándose un piti, tan de guays, mientras se escuchaba una cinta casete de punk rock hardcoreta que le había pasado un colega de clase que era, según sus propias palabras, «la puta hostia». Su madre le dio una voz, «¡Niño, te llaman!», y el Rafa saltó de la cama, se puso las zapatillas de andar por casa y salió a la calle sin más. Bajando por las escaleras, supuso que sería algún colega del insti, que se había quedado sin, y el Rafa tenía más que pensado soltarle que se volviese mañana, que él también estaba sin, pero, en la penumbra del portal de su bloque de pisos, no le estaba esperando ningún «colgao de clase», sino una chavala. «Qué raro, tío». El Rafa salió a recibirla con cara (un poco) de alucine.

—Hola.

—Hola, Rafa.

Aquella pava le sonaba mazo. Traía una chaqueta en los brazos.

—Ten.

—Eh?

—Es tuya.

—Eh?

Aquella chaqueta era su chaqueta de fardar en la motillo.

—Ah, sí. Gracias, tía.

—No. Gracias a ti.

—No, que no hacía falta, digo.

Y cogió la chaqueta y, sin querer, le tocó los dedos a la pava (unos dedos suavísimos) y no pudo no pensar que a aquella pobre chavala se la habían follado por el culo («a cuatro patas, tío»). El Rafa hizo un esfuerzo enorme por sonreírle. Quería ser amable con las personas (así, en general) y la chavalita aquella le daba como penilla.

—Me llamo Alba.

—Ah. Yo soy'l Rafa…

—Ya.

Y se dieron dos besos casi a oscuras. El Rafa, entonces, tuvo que hablar algo (lo que fuera) por no quedarse callado. No se conocían (apenas) de nada y le daba rollo que no supieran qué decirse (allí, en el portal de su piso). «Buah», si se quedaban cortados, no tendría dónde meterse. Pensó en darle al interruptor de la luz, por verse las caras, pero antes se puso a hablar lo primero que le vino a la cabeza.

—Ya decía yo que me sonabas d'algo, eh?

—Qué?

—El otro día. Bueno, la otra noche…

Y, en cuanto se dio cuenta de la que podía liar, se calló la boca. «Pero qué dices, chavalote». El Rafa no llevaba mala intención casi nunca, pero había veces que se ponía a darle al pico sin pensarlo y se metía en unos charcos que lo flipas, tío. Se pasó un mano por la cabezota y probó con una medio sonrisa de las suyas.

—Perdona, tía.

—No. Si no pasa nada, no?

—No, no. Bueno…

—Qué?

—Que'stabas… Bueno, que te vi un poco chunguilla, la otra vez.

La Alba bajó la mirada (más triste o avergonzada). El Rafita, «no te callarás, no», había acabado metiendo el pie hasta la rodilla. Siempre hacía igual (siempre le pasaba lo mismo). Se rascó el cogote, contrariado. Luego hizo que se reía, «je», porque de alguna manera, macho, tenía que sacarlos del barro (a los dos, que estaban hasta arriba por su culpa).

—Pero ahora estás bien, no?

—Sí.

—Eso digo yo.

—Eh?

—Que se te ve muy bien, tía.

—Sí?

—Fijo, joder.

Estaba claro. Ella no quería hablar nada de todo aquello. El Rafa supuso que la chavalilla se había equivocado de coche a la puerta del instituto y el lobo, su colega el Alex, se la había comido a cuatro patas, nen. Del chute de caballo no quiso saber nada en absoluto. La tía no tenía cara de yonqui ni nada parecido. Era una pava más bien maja (al menos, vista de cerca). Tampoco es que se viera gran cosa en la penumbra del portal de su bloque de pisos, pero el Rafa diría que le molaba un poco la chavalilla. Pensó en darle al interruptor de la luz para verla mejor, pero, por alguna razón, no quería descubrirla (ni incomodarla, ni nada). Si ella quería estarse a oscuras, estarían a oscuras, los dos.

—Y qué?

—Qué de qué?

—Cómo m'has encontrao, tía?

—Ui, sí, perdona… Le pregunté a la Carmen (como os conocéis y eso, que vais siempre juntos) y ella me lo dijo, el otro día, donde vives. No t'importa c'haya venido, no?

—No, mujer. Pero no hacía falta (ya te digo) que me trajeras nada… Me la podías haber dao'otro día en el insti, y eso.

—Ya, bueno. Q-Quería darte las gracias… Por todo, eh?

—No, si no's nada.

El Rafa estaba feliz por algo. Sonreía enteramente.

—Y has venido sola?

No es que le estuviera preguntando si tenía novio, ni nada, pero las noches de diciembre estaban siendo lo peor del año (mucho negro y mucho frío junto, todo de golpe). Al Rafa se le había ocurrido que podía portarse bien con aquella pava y que podía acompañarla a su casa como un campeón, para que no le pasase nada en el camino de vuelta.

—Sí (he venido sola).

—Va, que t'acompaño.

—Eh?

—A tu casa. Que t'acompaño, vale?

—No. Si no hace falta…

—Que sí, mujer. No voy a dejar que te vuelvas sola, no?

—Vale (vale). Pero…

—Pero qué?

La Alba le miraba a los pies.

—Hostia, sí.

El Rafa había bajado con las zapatillas de andar por casa.

—Subo'n momentito a cambiármelas, vale?

—Sí.

—Pero no te vayas, eh?

—No.

—Subo y vuelvo, eh? Tú no te vayas, vale?

—Que no, tío. T'espero aquí, va.

—Vale.

El Rafa subió corriendo, se puso las bambas a toda hostia y luego bajó aún más rápido (daba grandes saltos, rollo hardcoreta, como si le fuera la vida en ello). La pava seguía allí, después de todo (le estaba esperando en el sitio, como le había prometido). El Rafa salió al portal mientras se enfundaba la chaquetilla guapa de fardar.

—Qué? Nos vamos?

—Venga.

La Alba (con su pelo lacio y negro) le estaba sonriendo. Si el Rafa le hubiese ofrecido el brazo para que se cogiera, se habría cogido con ganas, pero el Rafa pasó por su lado, «je», y se metió las manos en los bolsillos. Luego, una vez estuvo en la calle, miró al cielo encabronado de Sant Mena. No podía ser rojo y, sin embargo, lo era (un brillo sucísimo manchaba la oscuridad del color de la sangre recién derramada). El Rafa sintió que sería algo salvaje, ellos dos juntos, por ahí. Bajarían por las calles del barrio como si fuesen camino del fin del mundo. Soplaban aires de tormenta la hostia de guapos. Estaba por tronar. Estaba por pasar alguna cosa terrible, tío.

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, la señora Enriqueta O. agarró del pescuezo al gato callejero que vivía en su patio desde hacía dos ó tres años y lo arrojó al fondo del pozo del puro asco que le daba. La pobre bestia, ante la tenaza que le estrujaba el cuello mortalmente, se había defendido a zarpazo limpio y la señora Enriqueta, mientras atendía al chapoteo de las aguas, más abajo, se miraba los arañazos del brazo como quien mira miembros amputados en la televisión. Había hombres que sembraban minas con la esperanza de cosechar brazos, piernas o lo que fuera. Los críos ya no podían jugar tranquilos ni a la pelota. Las aguas subterráneas del pueblo estaban todas sucias de sangre. La señora Enriqueta tenía pensado sacar el cadáver del gato en un rato. Se le había ocurrido usarlo como un trapo. De un momento para otro, mientras hacía calceta en el salón, aquella resultó ser la única manera fiable de comprobar que el agua del pozo no estaba llena de mugre y ponzoña, pero la señora Enriqueta O., unos minutos después, se sintió horriblemente sola bajo la oscuridad del firmamento. Las paredes del patio no la protegerían de la tormenta que no estaba por llegar. Era el viento, aquel aire de sangre que surcaba su casa de punta a punta y batía la ventana de la cocina, «plam, plam, plam».

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, la Concha R. buscaba con desesperación el horror al otro lado de la ventana de la cocina. Esperaba encontrar (de un momento a otro) la silueta de un hombre alto, terriblemente corpulento, en el patio de su casa. Llevaría una máscara en la cara y un machete en la mano. Vendría con la voluntad negra de desfigurarla, eviscerarla y desmembrarla porque sí, porque podía (lo peor de todo era saber que, si se proponía entrar, las puertas de su casa no le iban a servir de nada). La Concha se afligía tontamente por su carne. Acababa de machacarse un dedo contra el mármol. Estaba mazando pechugas de pollo con violencia inusitada y se había golpeado la mano pensando en la horda de muertos vivientes del Romero llegando a su caserón, a las afueras de Sant Mena. Por más que gritasen su hijita y ella, allí no las iba a sentir nadie (si aquellos desechos se proponían entrar, las puertas de su casa no le iban a servir de nada). Encendió el grifo y puso la carne magullada en remojo. El agua estaba helada. El agua olía fatal. La Concha tenía sangre en el dedo (por debajo de la uña). La sangre se confundía con el agua del grifo y no se acababa de marchar de la pica porque el desagüe estaba repleto de pedazitos de pollo muerto. La Concha los recogió todos con los dedos desnudos y los exprimió con el puño cerrado, como si quisiera sacarles el último jugo vital antes de tirarlos a la basura, para nada.

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, el Dani V. no se podía quitar de la cabeza el rostro magullado de la Laia. La había visto tirada en el suelo, en ningún sitio, y le daba mucha lástima porque, de una parte, estaban las cadenas siseando sordamente en la oscuridad del vientre de la gruta y luego estaban los campos cubiertos de escarcha, una mañana cualquiera, en silencio. Volvió la vista a las páginas del cómic que le había comprado su padre aquella misma mañana en el quiosco. Al Conan no le quedaba otro remedio que luchar por su vida. Era él o aquella monstruosidad de la laguna negra (en un sótano de locura, bajando unas escaleras talladas en la piedra). El Dani se entretuvo un rato en la figura blanca de la doncella, «buenas peras», y luego buscó porque sí en la ventana de su cuarto. El rostro magullado de la Laia no aparecía por ninguna parte, pero él no se había dormido todavía (que supiera). Ella gritó «AAIIEEEEE» y el Conan se lanzó, cuchillo en mano, contra la misma muerte. Cada puñalada que daba era un grito por la vida. «Chas! Chas! Chas!». El Dani también mataría por ella en un sótano de locura. Afuera se estaba poniendo feísimo. Se tuvo que levantar de la cama para verlo. Quería tronar, pero no tronaba nada y, al Dani, le dolía algo que no estaba exactamente en su cuerpo. Tenía otro nombre. Se llamaba Laia y aparecía con el rostro magullado a hostias (el pequeño David B. oía correr la corriente de agua que no era agua por debajo de su casa, que era todas las casas a la vez, y sabía de forma natural que se nutría principalmente de la sangre que manaba a borbotones de las heridas de aquella pobre mujer que gritaba, «AAIIEEEEE», en un altar de cemento). No había hecho nada malo y los malos (unos hombres que no tenían cara) la estaban matando a cuchilladas, sin avisar ni nada (eran unos tajos horribles que le abrían la carne hasta dar con el hueso crudo). Si eso era lo que querían, el gusano (su gusano necio y ciego) estaría contento en su escondrijo. Si nunca había dormido, despertaría con el olor del espanto y, si los gritos no eran suficientes para romperlos a todos en mil pedazos, se podría bañar en la corriente de sangre que fluía mansamente por debajo de todo Sant Mena, como un hilillo de pis, «plim, plim, plim».

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, l'Anton M. (en su gasolinera) se quedó con las ganas de fumarse otro. Mientras un cigarrillo le colgaba de los labios, unas nubes raras (como de película mala) habían vuelto al cielo de Sant Mena para cubrir el gran hueco que latía sobre sus cabezas (l'Anton estaba perfectamente enterado de que la lluvia ácida podía arrancarte el pelo de la calavera a puñados y de que la posterior diseminación de las partículas radioactivas lo acababa envenenando absolutamente todo). El transistor había dejado de funcionar hacía rato. O no tenía pilas o se había quedado frito por culpa del pulso electromagnético de una explosión nuclear en la zona. La habrían oído o eso quiso creer. L'Anton estaba alerta por si acaso. Las variaciones del aire eran sutilísimas. Se había pasado toda la tarde pensando en ir a la fiesta de la fábrica abandonada de Can Baixeres para que le chuparan la polla y la polla, al final, se le había encogido miserablemente. Esperando una reacción del cielo, el frío de todo el invierno se le había metido en los huesos. L'Anton detestaba la carne de perra. El veneno que se desprendía de una ojiva nuclear engendraba el cáncer de las mil caras. Prendió un misto y se encendió un último cigarrillo. Respiraba, fumaba. Podía morir, vivía. Entonces un dolor sin cuerpo le subió por los pies y se le puso en los riñones con cara de niño pillo. L'Anton quería sentir el aire de la noche llenándole los pulmones, pero alguien (en alguna parte) quería arrancarle la vejiga de cuajo y ya habían empezado a dolerle las terminaciones nerviosas (era como un cosquilleo en las muñecas, que le subía por la cara interna del brazo hacia el centro de la vida).

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, el conductor de un R11 que se había extraviado fatalmente por las calles de Can Baixeres estuvo a punto de atropellar a una pareja de chavalitos que andaban tan tranquilos por la acera. No vio venir lo que estaba a punto de sucederle y, por poco, no los aplastó contra la pared de un edificio cualquiera (había tenido que frenar de golpe y, aún así, se había subido al bordillo de la acera, «stompf»). El chavalito, que no tendría más de quince ó diez y seis años, le saltó de malas maneras y le amenazó con el puño entre los dientes. Que «qué haces», que si «subnormal», que si «te parto la cara», que si etcétera, cabrón. Era lógico y normal que estuviese asustado, pero el conductor del R11 venía de oír un grito espantoso en el cielo. Había vuelto la cabeza a su izquierda y había vislumbrado el extremo mudo de una chimenea industrial sobre los tejados de las casas. Todo el mundo hacía como que dormía, pero, a él, le chocó que las nubes estuviesen tan preñadas de rojo. Si llovía, que estaba por tronar, se mancharían mucho de mierda. El conductor del R11 accionó el limpiaparabrisas por puro instinto, por lo que pudiera pasar. Luego, mientras se disculpaba con los chavalitos, dio marcha atrás lentamente y siguió circulando calle abajo (como si todo, en Sant Mena, condujera hacia el fondo, a la mierda).

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, Teresa G. sintió una punzada de un dolor vivísimo en el bajo vientre, donde se incuban todos los niños del mundo. Se levantó del sofá y, sin decirle una palabra a su marido, que estaba medio dormido, medio enfurruñado, se fue al cuarto de baño seguida de un gran susto. La sangre estaba a punto de manar en abundancia de sus entrañas y, si acababa chorreando por el suelo, tendría que fregarlo todo con un cubo de agua y lejía y su marido, quieras que no, se iba a enterar y tendría que decirle lo que pasaba (que era exactamente lo que sentía que le pasaba). Cruzó el pasillo a oscuras, tirando manos a las paredes. El dolor era como un cuchillo que se le hundiese justo encima de la vulva y le fuese subiendo hacia el ombligo… Se tuvo que callar un grito ó dos. No quería despertar a la nena, pero el puro horror de imaginarse aquel huevo repugnante (de piel y de carne) en el fondo de la taza del váter le quitaba las ganas de vivir (su hija Olga no estaba dormida, sino que lo oía todo desde la oscuridad de su cuarto, con los ojazos bien abiertos). La puerta de la cripta (donde estaba la tumba donde dormía el vampiro) se había abierto, «grrriec», y los pasos de una sombra sin cuerpo le retumbaban en las sienes como truenos del inframundo, «pom, pom, pom» (si no eran unos pies en unos escalones, eran el latir de una piedra antigua y musgosa, «pom-pom, pom-pom, pom-pom»). La niña Olga M. estaba nerviosa por algo que había visto y/o sentido a lo largo de los últimos días. No sabía lo que era, pero ya sabía (aunque era una niña pequeña) que lo mejor para borrarlo de su cabeza era llorar para que viniera su madre. Sin embargo, su madre, aquella noche de cielo extraño, no podría salir del baño tan fácilmente, como acostumbraba. Escuchó a pesar de todo. Alguien (en el televisor) corría delante de una motosierra, entre gritos de espanto y socorro.

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, el Sergio L. vivía preso del horror de los miembros amputados. La sola idea de separar una pierna o un brazo de su tronco le impedía el sueño. Jugando, después de volver del cole, le había arrancado sin querer una mano a un geyperman gladiador que tenía y no se había puesto a llorar porque su madre, en algún armario, guardaba un pote de pegamento. Pero, si un niño perdía un dedo, tenían que cosérselo (el Michael, el primillo del Jonathan, se había cortado el dedo gordo de la mano derecha y se lo habían tenido que suturar a todo trapo, en el médico). No le podían poner cola blanca porque la cola blanca la usaban en clase para los papeles, los cartones y la cartulina. La carne no se podía grapar. El Lobezno tenía el esqueleto de adamantium para que no le pudiesen cortar nada, los villanos. El Sergio pensó que, a lo mejor, se ponían poner clavos en los huesos para evitar, por ejemplo, que se te cayera un pie. O tornillos, por si tenían que quitártelos luego con un tornavís. Los metales se oxidaban con el paso del tiempo y el Sergio miraba el horizonte nuboso de Sant Mena en la cristalera de su habitación y se dolía a causa de los martillazos que se le tenían que dar a un clavo para hundirlo en la carne y el hueso de un niño, «pum, pum, pum». Aunque ya era demasiado tarde, lo mejor era que no le cortasen nada a nadie. A poco que se parara a contarlo, te podían cercenar (aparte de los dedos) los brazos, las manos, las piernas y los pies (la cabeza no la contaba porque estaba al final de todo).

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, el Juan P. seguía sentado en un taburete de su cocina, sin sueño en los párpados. La luz blanca (aséptica) del fluorescente no podía nada contra la mierda de la taza del váter. No bastaba con tirar de la cadena. El Juan, cansado de no estar, consideró que ya estaba bien de mirar a otra parte. Alguna vez había que pararse a pensar a dónde iba a parar toda la mierda de todas las casas de todo el pueblo. El agua (estaba a punto de tronar) tenía que arrastrarla a alguna parte, lejos de allí (con los gritos de los cerdos que viajaban encerrados en camiones por las carreteras del puto Vallès). El Juan se preguntó por toda esa sangre (toda la sangre de todas las gargantas de todas las criaturas que se comían en Sant Mena) y supuso que, quizá, se juntase en las alcantarillas con toda la mierda del pueblo. El agua (estaba a punto de tronar muy sucio) debía limpiarlo todo en alguna parte, muy lejos de allí, para que ellos pudiesen seguir deglutiendo y cagando en sus casas, tan felices. El Juan aplastó con el pie un bicho que salió de debajo del armario y pensó en la Loli, que no iba a venir porque había ido a su rollo, a una fiesta con los colegas. Tenía ganas de follar. La echaba de menos. «Por qué no te vienes, tío?». Porque la Rosa (su Rosa) le había dicho que no («no vengas») y la noche (en la ventana de la cocina) no dejaba de repetirle que no saliera de casa, que estaba a punto de ponerse a tronar muy feo, afuera.

Cerca de las diez y diez de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, no hubo luces en el cielo de Sant Mena, ni estruendo de voces en las montañas cercanas. No se produjo una pequeña bajada de tensión en la red eléctrica (semejante, en su duración, a un bostezo grotesco y cruel), ni siguió un zumbido grave en el horizonte cercano de los pueblos vecinos. El Rafa con la Alba, después de perder de vista el puto R11 de los huevos, no se enteraron de nada (al igual que todos los habitantes de Sant Mena que habían echado la persiana y miraban la televisión en el sofá, no se molestaron en escuchar a su alrededor). La Alba seguía por la calle, tan contenta, porque el Rafa iba con ella y el Rafa se ponía vacilón porque, según parecía, la Alba era una chavala agradable con un buen culo («a cuatro patas, tío»). Estaba claro que una mala tarde la podía tener cualquiera, al final.

Pasadas las diez y cuarto de la noche del veintiuno de diciembre de 1985, un último aliento (como una exhalación triste y oscura) mudó el silencio de Sant Mena en invierno, sin que nadie lo notara.