El misterio de Sant Mena

21 de enero de 1986

…larva, larva. Ahora dilo tú». La voz que estaba en su cabeza salía de un agujero en la pared porque, un día, alguien había quitado una piedra de abajo de la pared y había dejado un agujero negro para que hablasen los de abajo si querían. Se lo decía todo el rato, aquel bichejo con voz de papel arrugado: «larva, larvae, larvae, larvam, larva, larva», que eran todos los nombres del gusano que dormía en la tierra revuelta de las tumbas. El hombre con la cara de calavera lo repetía muchas veces antes de cortarle con el cuchillo en los brazos, «uuu, uuu». Él lo había visto una vez, moviéndose por sus pies, mientras lloraba de daño. «Eh, chaval, ahora dilo tú», le decía el pesado, pero él sólo se acordaba de la sangre caliente yéndose para abajo por las manos y por los dedos (cuando se caían las gotas en el sitio que dormía el gusano, se removían los montoncitos de la arena y, si te fijabas bien, se le podía ver la carne gorda y blanca pasando). Le habían dicho (los hombres del coche) que eso era que estaba contento, «uuu, uuu», y el pesado de abajo, como se aburría, tenía la cara puesta en el agujero todo el rato y le hablaba en su cabeza: «Larva, larvae, larvae, chaval». «Que no». «Que lo digas». «Que no quiero». Y, al final, no le hacía mucho caso porque se quería parecer a la cara de su hermano grande, pero no le salía bien y no le engañaba nunca, que le había visto todos los dientes que tenía y que tenía, además, además, los ojos negros de color naranja y la piel se parecía como azul, como cuando las personas se ahogan dentro del agua. «Larvam, larva, larva, eh?». «Que no». El bichejo aquel le había dicho que metiera la manita dentro del agujero, que le quería dar una cosa de mecánicos, y él no se había querido mover de su sitio, que era al lado de la estufa barriguda y enfadosa, «uuu, uuu». Los de abajo, en el fondo, querían parecerse siempre a la gente normal (como eran muy feos, se buscaban otro cuerpo de vestido) y él tenía que decirle que los de abajo no podían ser mecánicos de verdá porque, allí abajo, no habían cosas que arreglar, «tran-tran-tran-tran», y no era verdá que su hermano se hubiera convertido en monstruo, al final: «Ahora te toca a ti, niñato» (pero, a lo mejor, los de abajo habían cogido su cara, la de los ojos vaciados, y se la habían pegado a unos huesos con tuercas, que podían hablar con voz de papel arrugado, para poder engañarle y, a lo mejor, por eso, él, algunas veces, como estaba solito y triste, le contestaba cosas, «uuu, uuu».