El misterio de Sant Mena

22 de diciembre de 1989

El diccionario de parapsicología de Werner F. Bonin (que le había vendido el viejo Menna por mil setecientas cincuenta pesetas) insistía en más de lo mismo. El satanismo había sido históricamente «una ficción literaria». O, como le gustaba decir a la Laia, que lo había leído en algún sitio, «una burda patraña».

—Que no existe, no?

—Eso dicen, sí.

La Eli no se detuvo mucho tiempo en la portada del libro. El ojo chungo que había puesto alguien sobre un orbe blanco (en la portada) la incomodaba horriblemente. Pasó un par de páginas y leyó las líneas que su amiga había subrayado a lápiz: «delimitar la parapsicología, como disciplina científica naturalista y social, académicamente integrada, de los campos del ocultismo, la esotérica y la fe religiosa». Vale. Volvió la página, por curiosidad más que nada, y se topó con más líneas reseguidas a lápiz: «El enfrentarse a las informaciones con incredulidad no atestigua la existencia de un escepticismo científico, como sería deseable, sino que es expresión de estrechez de miras».

—Te l'has leído todo?

—Entero, no, tía.

—Ya.

—Que's un diccionario, eh?

—Y'stá guay?

—Sí. Mira'sto…

La Laia pilló el segundo tomo (que estaba tirado en la cama) y comenzó a pasar páginas a saco. La Eli se la quedó mirando medio embobada. Había muchas cosas de su amiga que le daban como envidia. Pero de la buena, eh? Estaban las dos en su habitación y su madre, la Toya, no les había dicho nada cuando se habían encerrado dentro y habían puesto la música mákina y todo eso. Tenía las cosas bastante desordenadas. La Laia no se hacía la cama por las mañanas. Pasaba mucho, tía. Había calcetines sucios por todas partes y el escritorio estaba repleto de papelotes, libros y apuntes de clase.

—No sé cómo'ncuentras las cosas, tía.

—Bah, no's pa'tanto cuando t'acostumbras.

Un clip en el suelo era un símbolo de libertad, tía.

—Escucha…

La Laia le leyó que el vampiro era «un fantasma retornante, inicialmente en forma de ave, chupador de sangre, que se convirtió en importante tema literario y… Bueno. Los uve yacen incorruptos en sus tumbas durante el día; su mordedura convierte a las víctimas también en uve».

—Uve?

—De vampiro, tía. Mira.

La Laia le enseñó la abreviatura en el texto del libro, «v.», y luego se la quedó mirando, en plan «qué te parece'sto, tía», pero la Eli no sabía muy bien qué le tocaba decir en aquel momento. La sombra de sus pesadillas no tenía por qué ser ni un fantasma, ni un vampiro. Y, además, que todavía no se lo había contado a nadie, sabes?

—No sé, tía.

—Qué?

—Que no sé. Te piensas que podía ser un vampiro?

Se refería a la sombra del Dani (que bien podía ser la suya).

—No?

—No sé. Date cuenta que no ha pasado nada más, eh?

—Ya. Pero…

Pero la Laia no paraba de notarlo, joder. Pasaba algo malo. Había como un tufo demoníaco en todas las cosas del mundo, cada puto día. Aunque hacía casi un año desde que se habían acabado los ataques a los animales, en el campo, el cuerpo le decía en un grito que el «vampiro» del diccionario tenía que guardar alguna relación con el «satanismo» de su pueblo.

—Pero qué?

—Nada. No sé.

—Bueno, si hubiese un vampiro, tendría una tumba, no?

—Sí. Eso sí. Y sabes dónde, no?

—Sí.

Quieras que no, pasaba cada día por su lado, por el camino del castillo. La Eli, sin embargo, no temía por su vida. Procuraba acompañarse siempre de los rayos del sol porque, a su manera, comprendía que, mientras hubiera una gota de luz en el cielo, las sombras no podrían nada contra ella.

—Podríamos ir, no?

—Adónde?

—Adónde va a ser?

—Qué dices, tía?

—Y si'stuviera allí, qué?

—Por eso mismo, tía…!

—Qué?

—Que se te va la pinza, tía.

—No t'atreves o qué?

—No, tía. Pues claro que no. Tú sí?

—Yo? No sé…

Antes necesitaba averiguar el modo de acabar con un «v.» in situ. Porque una cosa eran las películas y otra muy distinta «una disciplina científica naturalista y social, académicamente integrada». La Laia suspiró por culpa de la frustración que se le acumulaba en la barriga desde hacía días. El primer trimestre no había acabado, digamos, bien y su madre, «pues claro», le había tenido que echar la bronca. Las malas notas, al final, llegaban porque «no estás a lo que tienes que estar» y la Laia estuvo a punto de enviarla a la mierda, a su madre, pero ella tampoco tenía la culpa de nada, joder.

La Eli había salido con el Dani, al final. El chaval le había pedido de quedar por la tarde, el domingo pasado, y habían ido juntos al cine Montseny (detrás de la plaza del ayuntamiento) a ver no sé qué mierda de terror que habían estrenado hacía poco. Su amiga, está claro, estaba encantada de la vida porque su «uno» era el que era y ella, la Laia, tenía que alegrarse por los dos, no?

—Pues no.

—No t'importa, no?

—Que no, tía. Por qué m'iba a molestar, a mí?

—Ya.

A la Eli, le costaba horrores creerse las palabras de su amiga. Por más que se lo dijera, no colaba nada, tía, pero, teóricamente, la Laia no estaba por el Dani porque se había liado con el Xavi M. en verano, se había besado con el Oscar R. a principios de curso y, desde finales de octubre, estaba saliendo con el Albert S., un pavo de tercero que hacía letras mixtas y tenía cara de buen chaval. Se habían enrollado en su casa, no hacía mucho. La Laia se lo había contado justo después de poner la música mákina en su cuarto. Se habían pasado la tarde morreándose en el sofá del comedor, pero la Eli se miraba la cama y se pensaba de todo. Más que nada porque la Laia se callaba alguna cosa que le había pasado, sabes? Se le notaba, tía. L'Albert S. llevaba tanto rato con la polla tiesa que, al final, se la había sacado medio en broma, medio en serio, y le había pedido, «por favor», que le hiciese una paja.

—Hazme una paja.

—Qué dices? Paso, tío.

—Va… Si me corro en un momento, ya verás.

Y la Laia se convenció de que no había cosa más natural en el mundo que una mujer dando placer a un hombre de su gusto y probó a masturbarlo como buenamente pudo. Tenía leída alguna cosilla sobre los penes de algún libro que andaba por casa, que sus padres no dejaban de ser unos progres del copón, pero el chorretón de semen caliente que salió de allí no se lo esperaba para nada, tía. No así, al menos. El olor que se quedó pegado en su cuarto (porque ya no estaban liándose en el sofá del comedor como había dicho) le duró unos cuantos días y su madre, que no era tonta, se hizo un poco la tonta y comenzó a preguntarle por el chico con el que estaba saliendo y la Laia, por no oírla más, se acabó comprando unas barritas de incienso. De vez en cuando, si le podía el mal sabor de boca, se acordaba de encender una.

—A qué huele, tía?

—A sándalo.

—Ah. Pues huele bien, eh?

—Verdá?

—Sí.

La Eli dejó el libro en la cama y se levantó a mirar por la ventana un momento. Necesitaba aire fresco. El cielo del primer invierno era blanco sin apenas matices y la calle, un poco más abajo del piso donde estaba, tenía aquel aire triste de todas las calles asfaltadas del mundo (que tienen prohibidas las formas de vida vegetal por alguna extraña razón). Luego lo pensó sin quererlo. Ella, con el Dani, sólo se habían cogido de la mano un momento, cuando el Joey y la Brenda se abrazaban en mitad del cementerio, en plena noche, rodeados de muertos vivientes («cerebro… cerebro… quiero un cerebro»), pero eso era algo que no tenía pensado decirle a su amiga, por si acaso. Quería, sin embargo, compartir la dulzura del momento con ella. El pecho le rebosaba de felicidad al recordarlo. El Dani la había acompañado hasta la puerta de su casa (ahí, en Can F., en mitad del campo) y, en el momento de darse un beso, se había puesto todo colorado y se había marchado con el rabo entre las piernas, «que's que me tengo que ir ya, adéu».

—De qué te ríes?

—Yo? De nada.

—Que no?

—Sólo sonrío, tía.

—Y eso?

Pero no podía decírselo. En el fondo, lo sabía. O se lo temía tanto-tantísimo que era como si lo supiera, al final. La Eli buscó en los ojos claros de su amiga Laia y dudó un segundo si debía revelarle sus sentimientos. Aunque ella ya debía imaginárselo todo, tía, no era lo mismo que se lo dijeran a la cara, en plan «me mola el Dani» o «vamos a salir otra vez», eh?

—Cuándo?

—El domingo.

—Al cine?

—Sí. Supongo que sí.

—Os fue bien?

—Sí, sí.

—Si se pasa un pelo contigo, me lo dices, eh? Que lo caneo vivo, a ése, yo.

—Vale.

Estaba bien así, no? La Laia se volvió a sentar en la cama y cogió el segundo tomo del diccionario de parapsicología. Eran demasiadas cosas a la vez, tía. Ni tenía muchas ganas de quedar con el Albert, ni quería dejar de tocarle la polla si surgía la ocasión. Y, si su amiga Eli estaba bien con el Dani, ella tendría que hacer lo posible por alegrarse de ahora en adelante, joder. Vale que sí, que le jodía mazo que no le hablase, el tío imbécil, pero ni ella, ni la Eli, tenían la culpa de nada, mierda. La Laia hojeó el libro que tenía en las manos para no seguir rayándose, tía, pero acabó pensando otra vez que no todo el satanismo del mundo podía ser «una ficción literaria». Hostia puta, fijo que habían grupos serios por ahí. En Sant Mena, al menos, unos le habían abierto el vientre a una pobre chavala.

—El otro día los vi juntos.

—A quién?

—Al Víktor y al Menna.

—En la librería?

—Sí.

Porque, detrás de la cortinilla de macarrones que había al fondo del cuartucho de la entrada, «prerec, prerec», el viejo Menna escondía una librería de un tamaño bastante guapo, tía. Tenía las paredes llenas de estanterías. No se veía ni un hueco libre. Desde el techo hasta el suelo, eran todo libros, sabes? Y, como la Laia le había puesto cara de penilla más de una vez, el viejo Menna la dejaba ir a consultar libros como si fuera en la biblioteca del pueblo, pero, chica, «mira un poquito más por mí, c'así no hago ningún negocio, yo».

—Y qué hacían ésos dos juntos, tía?

—Los pillé hablando.

—Dentro o fuera?

—Dentro, dentro.

—No l'estaba comprando ni nada?

—Ése, un libro?

—No sé.

—Ya.

—A mí, me da no sé qué, tía.

—El Víktor?

—Sí. Pobrecillo, eh?

—Ya, tía. El otro me lo'ncontré en el castillo, yo. Bueno, en verano. El pavo me'ntro a saco. Quería ligar conmigo, tía. En plan burro, t'imaginas?

—Sí?

—Sí, sí.

—Yo lo veo muchas veces, también.

—En el castillo?

—Sí, por allí, pero, a mí, no m'ha dicho nada (de momento).

—Mejor no?

—Sí, tía.