El misterio de Sant Mena

22 de noviembre de 1985

A la Toya le gustaba, sobre todo, saberse con el semen dentro. Ponía los pies en el aire y dejaba que el ruido se fuera apagando poco a poco. Acababan de follar después de toda una semana de trabajo. El Carles se había sentado a un lado de la cama después de correrse. Seguía cogiendo aire, el pobre. Habían estado jodiendo un buen rato. Aunque a la Toya le daba para otro polvo, «si no más», volvió el pensamiento a la simiente caliente de un hombre (el que fuera) en su coño. No iba a dejar que entrasen tan pronto (ni el frío detrás de la puerta, ni las voces de los niños que han oído las voces de sus padres, ni la moral de los viejos en la plaza). Ella estaba bien con las vergüenzas al aire. Le gustaba abrirse bien de piernas, por si aquel hombre (o el que fuera) gustaba de correrse otra vez. La Toya no iba a permitir que nada ni nadie se metiera en su cabeza a decirle qué podía pensar o sentir. Su dormitorio era suyo. Si deseaba otro chorretón calentito bien adentro o si necesitaba a más de un hombre en la cama, lo sentía mucho por el Carles, pero no iba a dejar de quererlo. Y, si quería manchar las sabanas, las manchaba. Había siempre una Toya, después, que se levantaba de la cama y que ponía la ropa a lavar. Una Toya que hacía el desayuno a los niños y que iba a trabajar de lunes a viernes al colegio público de Sant Mena. Aquella otra Toya (y las dos lo sabían) también se dejaba follar siempre que le venía de gusto, pero, a diferencia de ella (tumbada en la cama, con las rodillas sobre las tetas), tenía un mundo de obligaciones diarias. Lástima que el semen, como los dedillos de los pies, se acababa enfriando. Detrás de las cortinas del dormitorio, bramaba sordo un noviembre negrísimo y la Toya, de un tiempo a esta parte, sólo encontraba dos maneras de matar las ganas de más. O fumaba o se ponía a hablar. Aquella noche del veintidós de noviembre de 1985, se encendió un cigarrillo, puso los pies en la pared (sobre la cabecera de la cama) y comenzó a hablar de cualquier cosa.

—El Eduardo es un cabronazo. Ahora dice que no da para un taller más y la Carme, la pobre, se ha llevado un disgusto…! Tenía mucha ilusión en hacerlo, pero yo ya se lo había dicho que nos diría que no, al final. Es que es muy niña, la boba… Le pueden las ganas, pero, a veces, no se puede y no se puede, verdá?

El Carles, de espaldas, seguía cogiendo aire.

—Me oyes? Carles?

—Eh? Sí, sí.

—Qué tienes? Estás bien?

—Sí, sí. No pasa nada.

—Échate aquí, anda.

—Sí. Dame un momentito…

El Carles estaba desfondado. Su mujer, lo supiera o no, le pedía más de lo que podía. A sus treinta y tantos años, le fatigaba la idea de ponerse a follar con ella. Le seguía gustando todo (las mujeres, una buena mamada, la visión de la Toya desviviéndose entre sus brazos), pero, desde hacía unos meses, le abrumaba la posibilidad de acabar y no cumplir con la pareja. En todo aquel tiempo, él no había hecho ni dicho nada especial (que recordase). Fue ella quien lo fue dejando caer, aquí y allá, como quien no quiere la cosa, pero «esas cosas», lo quieras o no, «se acaban sabiendo». Aquella noche, sin ir más lejos, el Carles estaba convencido de que ella no había tenido bastante (que lo haría, de gusto, con un hombre más, al menos). Lo notaba por su forma de hablarle. Le pasaba los dedos por la espalda y sentía un rastro de lascivia en la piel. Estaba jodido. Estaba sudado. Aquello le restaba calma.

—Ven conmigo, amor.

—Sí.

El Carles hizo por echarse a su lado, pero le distrajo un segundo la fotografía que había dejado en la mesita de noche. Era aquella imagen desconcertante de un cráneo con cuernos en el interior de una hornacina de la ermita de Santa Caterina que habían tomado los chavales del C. La Toya, como vio que el Carles no se decidía, le habló con ternura:

—No te preocupes. No pasa nada.

Lo dijo como le vino. Lo dijo porque lo sentía. La Toya quería mucho a su hombre y, por nada del mundo, quería hacerle daño. Si realmente tenían un problema, lo solucionarían juntos. Hacía muchos años que habían decidido que irían de la mano «hasta la mar». Y tenía que ser así. Todo se podía hablar. Todo tenía arreglo. Pero el Carles no decía nada. Cogió la fotografía y se quedó callado, mirándola.

—Qué tienes ahí?

Su marido, de espaldas a ella, estaba como ausente.

—Carles?

—Eh?

—Qué miras?

—No, nada. Esta fotografía…

—Qué es?

La Toya se incorporó. Quería verla.

—Y eso?

—No lo sé (no sé qué es).

—Es… Es un cráneo de… de alguna bestia, no?

—Sí, sí. Los cuernos… Si te fijas, los cuernos parecen de cabra.

—No… No lo veo bien.

—Ten.

La Toya cogió la fotografía con los dedos sucios de sexo.

—Qué horror, chico.

—Me trae de cabeza. No logro identificar el resto.

—De dónde la has sacado?

—Se la cogí a los chavales del C.

—A quiénes?

—Al Miguel, en el patio. Él me la trajo. Él y el Daniel. Dicen que la hicieron en la ermita de Santa Caterina.

—Cómo?

—El sábado pasado fueron a la ermita, «a investigar».

—Eso te han dicho?

—Sí.

—Están chalados…

—Sí. Ya les he dicho que tendré que llamar a sus padres la próxima vez.

—Y el Pedrito no iba con ellos?

—Claro. Y el Josep Maria.

—Y el Oliver?

—No, el Oliver no estuvo. Sólo fueron estos cuatro.

—Qué ideas! Pero qué locos están…!

—Dicen que tuvieron que arrancar «un plástico del ayuntamiento» para entrar.

—Y tú vas y no les dices nada!

—Qué quieres?

—Un poquito de fe en la autoridad, Carles.

—La justa, Toya, la justa. Pero, en serio, los chicos estaban realmente asustados.

—Y tú qué les dijiste?

—Que era una aberración de la naturaleza.

—Un monstruo?

—Sí.

—Y no será peor?

—No lo sé. Hice por explicarles que, en ocasiones, se producen anomalías durante la gestación del feto y que su «calavera con cuernos» podía pertenecer a una cabra deforme, a una monstruosidad de la naturaleza… Pero, ya lo sabes, oyen lo que quieren.

—Sería raro, de todos modos, no?

—Sí. Esas pobres criaturas no pasan de vivir unos días, normalmente.

—Ya. Pero estos cuernos…

—Sí. Son demasiado grandes.

—Ya. Qué horror, chico.

—He pensado en llevarles las ilustraciones de Paré, para que las vean.

—Y no puede ser un montaje?

—Un montaje cómo?

—Que le hayan puesto los cuernos de una cabra a un cráneo deforme.

—A ver…?

El Carles cogió la fotografía y la expuso a la luz de la lamparilla. El montaje era posible, pero improbable. No había pensado antes en esa posibilidad porque todo, en aquel cráneo, encajaba con extraña naturalidad. El Carles, sin embargo, sentía la asfixia de la razón cada vez que ponía los ojos en la «calavera con cuernos» de los chavales del C. De alguna manera, a pesar de las proporciones, era preferible pensar que algún desaprensivo se había tomado la molestia de pegar los cuernos de un macho adulto en un cráneo deforme de la misma especie (la que fuera). Aquello, como pensar en un caso teratológico perfectamente natural, era tanto como no decir nada porque, a fin de cuentas, allí cabía todo lo que cupiera imaginar (si no más). El Carles, aquella noche, sabía que no dormiría tranquilo. Demasiadas cosas en la cabeza. Tenía que hacer algo. Tenía que resolver algunas cuestiones cuanto antes.