El misterio de Sant Mena

23 de enero de 1986

Mañana

Miraba el viento en las ramas de los árboles y no sabía qué tenía, la pobre. Le parecía que el otoño estaba por llegar, pero la luz del día (que ni era día, ni era noche) la quería engañar por alguna razón que no pillaba. Si no hubiese sentido que se acababa de levantar de la cama, si no tuviera la boca pastosa y los ojos legañosos, pensaría que iban a dar las siete de la tarde de un momento a otro, «dong, dong, dong» (y así hasta siete veces que, al final, acabaron siendo ocho). Pisando la escarcha del suelo, en la grava y en la hierba seca, comprendía positivamente que no paseaba el perro en una tarde cualquiera del mes de octubre. Hacía, además, demasiado frío para aquel aire y aquella luz de otro tiempo (lo notaba, sobre todo, en la punta de los dedos y de las orejillas, tía).

La Raquel, sin embargo, andaba encantada por el raro embrujo de la primera mañana. Aquel veintitrés de enero de 1986 se sabía devuelta a una atardecida dulce y tranquila, donde el aire estaba lejos de ser cruel con ella y con su perro. Aún así, aunque se quería salvada del frío, no dejaba de buscar a su alrededor una prenda del otoño, algo así como un pedazo de tierra seca y caliente. La escarcha (el aliento helado del invierno) lo había cubierto todo durante la noche y la Raquel, por más que siguiera adelante en pos de su trocito de octubre, no lograba dejar atrás el puto Sant Mena ni por un segundo, joder.

Los problemas se crecían con las calles, todo el rato. Era como si alguien los tirase al suelo, por las aceras, y una los acabase pisando igual que un chicle pringoso. La Raquel no había mirado nunca donde paraba los pies. Viniendo por Climent Humet, se había puesto otra vez con la borrachera del sábado y, subiendo por la calle principal, no podía dejar de pensar en los detalles de la mamada del viernes. Quieras que no, la Raquel le daba muchísimas vueltas a las cosas que le pasaban en la vida.

Se detuvo en seco, de repente. Aunque el camino de tierra seguía mucho más adelante, el bosque (a partir de aquel punto) estaba sin domesticar. Tiró de la correa, «va, vamos, Snupi», y dio media vuelta. Se piraba para casa. Le dolían los ovarios lo mismo que la cabeza y lo último que quería en aquel momento era alejarse aún más del blister de pastillas que guardaba en el cajón de la mesita de noche. El rollo de la cosa salvaje no iba para nada con ella y, si los árboles no querían a nadie deambulando por allí, ella se volvía por donde había venido y tan amigos, sabes?

Después de todo, un mal trago había llevado a otro. El Juanjo había empezado a hablarle de las tías de la facultad (como el que no quiere la cosa) y, aunque se pensaba que no se notaba, cantaba un montón cada vez que le soltaba la mano para coger el botellín de cerveza y no beber (por lo que fuera, aquella noche prefería el cuello de una botella a su mano fofa y blanda). La Raquel, al principio, se hizo la loca. Hizo como que le seguía el rollito y le fue preguntando por sus nuevas amistades (que si eran de casa bien, que si no eran unas estiradas, que si tenían novio) y el Juanjo (sin que nadie supiera por qué) se reía mogollón, «jo, jo, jo», y le metía un traguito al quinto para disimular. La Raquel, que no perdía detalle, aprovechaba la ocasión para cogerle otra vez la mano y ponerle ojitos de «ellas no podrán darte nunca lo que yo te doy, cari». Luego, entre unas cosas y otras, acabaron encerrados en los lavabos de la Fonda o el Romaní (cómo saberlo después de unos chupitos) y la Raquel, por no ser menos que una estirada de casa bien, le comió la polla al Juanjo como si le fuese la vida en ello.

El mal trago vino luego, cuando el cabrón del Juanjo se le corrió en la boca sin avisar («p-perdona, tía») y le escupió un borbotón asqueroso de semen caliente y espeso en la garganta, directamente, que se le quedó como enganchado en la campanilla, «puaj, qué ascazo, tío». Al día siguiente, puestos otra vez en la mesa de un bareto, el Juanjo empezó a hablarle de ser amigos, «porque tú y yo somos los mejores colegas», y la Raquel, por no escucharlo, ni sentirlo más, se puso a beber como una posesa, «que te den, tío».

Mirando la mole del castillo con los restos del octubre de fondo, no recordaba mucho más de la fiesta del fin de semana. Había potado en la calle, detrás de un contenedor, y le sonaba que alguien (que no era el Juanjo) le había manoseado las tetas en la intimidad de un portal. No podía saber quién era, ni quién la había llevado hasta la puerta de su casa, porque no se acordaba de su cara. Tenía la sensación de que se habían morreado o algo. «Pero qué ascazo, tía». Le daba mucha grima pensarlo (eran la lengua y las babas de un tío que no conocía dentro de su boca).

Casi que era mejor encenderse un piti y no darle más vueltas. Se paró a buscar el paquete de tabaco en los bolsillos del anorak, que «esto'staba por aquí». El perrillo, entre tanto, se había puesto a ladrar y ella (que seguía enredada en lo mismo) no le hizo caso. Si volvía mañana viernes por la Fonda o el Romaní, tendría que hacer como que no había pasado nada, «pero qué vergüenza, tía». Se puso un cigarrillo en los labios y lo encendió con la vista puesta en otra parte (que no era el camino del castillo). Tenía claro que hacía demasiadas cosas mal en la vida y que todavía no era capaz de explicarse la razón… Vale que bebía mucho, pero todas sus amigas lo hacían y no andaban comiendo pollas en los lavabos, tía.

—Ya, Snupi…

El perrillo seguía ladrándole a algo que había por el castillo, pero la Raquel no lo escuchaba. Tenía la cabeza puesta en los putos problemas de su vida, como es normal. Ni la hora, ni el frío, podían sacarla de las calles de Sant Mena. Había perdido su octubre por el camino (entre las ramas de los árboles, en el bosque) y no se había dado ni cuenta. Si no dejaba de beber como una burra, acabaría muy mal (a ver, no como una yonki, pero mal, mal). Con diez y ocho para diez y nueve, la Raquel estaba profundamente disgustada con algunas cosas de su vida.

—Que te calles ya, imbécil!

Pegó un tirón fuerte de la correa y, como el perrillo no pesaba una mierda, lo levantó dos palmos del suelo, «iiiagh». Tenía que hacer algo. Por el camino que iba, no iba bien y, por más que lo ignorara, todavía no le había bajado la puta regla.

—Qué agobio, tía…

Casi se puso a llorar. Todo era una pena. Se agachó y le pasó una mano por la cabeza al chuchillo, que no tenía culpa de nada. El animal, entre el miedo y la devoción, se puso entre sus pies y gimió de lástima por los perrillos chicos como él que había en el mundo. La Raquel le susurró con dulzura algunas palabras de perdón y el Snupi, olvidando que la correa seguía asiéndolo del pescuezo, meneó el rabillo y ladró otra vez, como diciendo «allí, hostias… Que's allí».

—Qué pasa, eh?

Y ladró dos ó tres veces más (no podía hacer otra cosa, joder). La Raquel levantó la vista y buscó en la dirección que le indicaba el perrillo. Delante, lo que era justo delante, sólo tenían el castillo (así que lo que fuera que hubiera notado el puto chucho, tenía que estar dentro del edificio). «Brrr», la Raquel pensó en acercarse y se acordó de la muerta (que era un asunto que no pensaba tratar nunca con nadie). «Mejor, no», pero el perrillo, como veía que no se movían del sitio, ladró y meneó la cola muchas más veces, «va, vamos».

—No sé yo.

La Raquel se puso en pie y el Snupi tiró de la correa, «venga, venga», pero ella, «no sé, no sé», no se decidía a moverse del sitio (por lo que pudiera pasar). Las carnes abiertas de la muerta de la riera la retenían en su puesto (en la mañana, en el frío) y, sin embargo, llegó un momento en que comenzaron a caminar hacia la verja de hierro que había en la entrada del castillo. «Vale». Iba en contra de todas sus ganas, pero, por allí, que ella viera, no había (ni podía haber) ningún cuerpo, así que «vale, vamos».

—Ya, ya, ya…

El perrillo tiraba con verdaderas ganas de la correa. Al fin, después de tanto rato de avisar, podrían averiguar qué diablos roía huesos en el interior de la capilla del castillo de Sant Mena, que no?

Tarde

El Carles llegó a su casa a las seis menos diez de la tarde y, en menos de cinco minutos, volvía a salir por la puerta con una manzana en la mano (había dejado la bolsa del trabajo en la percha del recibidor y había decidido que no se colgaba la cámara fotográfica del cuello porque no quería llamar la atención de nadie en su paseo). Bajó las escaleras a prisa, «lo pone en la puerta, profe», y enfiló calle arriba, en dirección a la fábrica abandonada de Can Baixeres.

Tenía que ver con sus propios ojos la gran cruz invertida que alguien había pintado a brochazos, de rojo sangre, en la puerta. Luego, si no advertía mucho tránsito por allí, inspeccionaría el lugar superficialmente. La actividad de un grupo sectario como el que amenazaba a los habitantes de Sant Mena tendía a ser discreta hasta que, por causas de fuerza mayor, dejaba de serlo. Quizá hallase algo en las inmediaciones de la fábrica que la pusiera en relación con los hechos de la ermita, como le habían señalado los chicos del C.

—Sí, profe. Allí pasaban cosas por las noches.

Más allá de la iconografía meramente satánica, el Carles esperaba encontrar velas, círculos en el suelo y poca cosa más. Si, en efecto, había una componente mágico-ritual en todo aquel asunto, quizá diese con alguna clave a partir de la simbología propia o particular del grupo de Sant Mena. Pensaba, sin ir más lejos, en un pentáculo y, dándole vueltas a la estrellita de cinco puntas, tuvo que darle un bocado a la manzana (la idea grosera que subyacía detrás del pentáculo, por ejemplo, consistía en obtener una cierta protección frente a determinadas fuerzas externas mediante el dibujo de unas líneas en el suelo). El Carles se preguntó si valdrían lo mismo las cenizas de un muerto que una tiza del cole.

Torció varias esquinas más y se metió por las callejuelas que subían hacia la plaza del caracol. Era vergonzoso comprobar el estado de abandono de aquel barrio, por lo general. Ni la iluminación era suficiente, ni se daban unas mínimas condiciones de salubridad para sus vecinos. Andando a oscuras, el Carles no hallaba la manera de pisar en suelo franco, pero lo terrible del caso, a poco que uno lo pensara, era la progresión en el número de las víctimas del último mes.

A primeros de año, le había llegado a los oídos que la muerte de aquella pobre muchacha, una tal Lola, tenía que ver con un oscuro asunto de drogas, pero, si los rumores acerca de su cuerpo mutilado eran ciertos (esto es que le habían extirpado el útero), el Carles podía considerar que los casos confirmados pasaban de uno (el pequeño Eduardo) a dos. En un pueblito como el suyo, en el que nunca pasaba nada, el asesinato de una joven y la desaparición de un niño en el espacio de diez días eran suficientes para que todos se encerrasen en casa y no volvieran a salir hasta nuevo aviso.

El Carles podía aceptar que una serie de individuos de su pueblo creyesen en el sacrificio ritual como una manifestación de su fe personal y podía comprender que se derramase sangre en un altar con el propósito de obtener determinados favores de entidades superiores, pero no podía abordar (de ninguna de las maneras) la oscuridad que abunda debajo de los crímenes sexuales. Porque, que le hubiesen extirpado la matriz a la pobre muchacha de la riera, no tenía nada que ver con un asunto de drogas (hasta donde conocía el Carles por los papeles, los códigos en los ajustes de cuentas eran otros, muy distintos).

Aquellas callejuelas eran una pesadilla. Entre pintadas, meadas y desconchones, el Carles no atinaba a ordenarse las ideas. De una parte, si los crímenes eran satánicos, el pequeño Eduardo estaba muerto desde hacía unos días y él podía asumir, por más que le costase admitirlo, que no se había dado más prisa en buscarlo porque no podía rebatirse (a sí mismo) que los cadáveres no necesitan del auxilio de nadie, pero, si los crímenes eran de índole sexual, los miembros del grupo sectario de Sant Mena podían tener motivos para mantenerlo algún tiempo con vida y aquello, de algún modo, era muchísimo peor para el pequeño y para él.

No quería ni pensarlo. Llegado a la solitaria plaza del caracol (tres banquitos a la sombra y mucha quietud), el Carles cruzó por debajo del ejemplar adulto de Sorbus aria con la vista puesta en la chimenea de ladrillo rojo que se levantaba sobre los tejados de Can Baixeres. La noche, sin motivo alguno, se le antojaba espantosa. Tenía que reconocer que no había descartado en ningún momento la condición más primitiva y salvaje del ser humano. Se tratase o no de un culto satánico, los hombres que había debajo de las túnicas solían acudir a una ceremonia religiosa con la idea de saciar ciertos apetitos y el Carles, después de todo, no podía negar que existía el deseo de satisfacer algunos placeres bestiales aun en las sociedades modernas del siglo XX.

En el fondo, se resistía a mezclarlo todo, como si un maníaco sexual no pudiera meterse a satánico o los satánicos de Sant Mena no pudiesen caer en las perversiones sexuales más abyectas del mundo en aras de algún numen oscuro. Se decía a sí mismo que era una mera cuestión de probabilidades. «O una cosa o la otra. Difícilmente se den las dos circunstancias en el mismo lugar, a un tiempo», pero, bajando algunos escalones más, no concebía movimiento más natural que lo rojo dando paso a lo negro. Porque, según había leído de lejos, había una magia de lo sexual y había otra magia relacionada con la muerte y los muertos. El Carles tomó aire antes de cruzar la calle. No estaba dispuesto a seguir discutiendo el pensamiento mágico después de la revolución científica del siglo XVII o las luces gloriosas de la Aufklärung europea.

—Pues que s'oían voces de muertos, profe.

Vio a los chavales (un poco más arriba de donde estaba) porque la pedrada contra el cristal de la furgoneta lo sacó de sus pensamientos, «crasssh». Eran tres y, aunque la iluminación del barrio era insuficiente, el Carles creyó reconocerlos. Los recordaba, sobre todo, por sus apodos (el «parao», el «cojo» y el «mellao»), que era una manera de denominarlos que, en su día, le había llamado la atención, pero no se podía hacer mucha broma al respecto. La situación de aquellas criaturas en la vida no era buena. Hacía semanas que no acudían al colegio y, además, según había podido averiguar la dirección del centro, sus padres no se ocupaban de ellos como deberían. No es que el Carles quisiera meterse en la casa de nadie, pero los tres chavales (aquella tarde-noche del veintitrés de enero de 1986) seguían en la calle, sin hacer nada, comportándose como unos auténticos vándalos.

—Eh! Eh, vosotros!

Lejos de correr a esconderse, los chavales se quedaron quietos, en el sitio. El Carles, «esto no va bien», se acercó a hablar con ellos. Alguien tenía que decirles algo. Hacía tiempo, de hecho, que deberían haberles llamado la atención. Porque una cosa era escupir en el suelo o mearse en una esquina y otra muy distinta, destrozarle el coche a algún pobre desgraciado, «porque mira», «porque sí».

—Pero se puede saber qué estáis haciendo, chicos?

—Nosotros?

—Sí, vosotros.

—Qué habla'ste?

—Yo, na', profe.

—Ni yo.

El «mellao» tenía un adoquín en la mano y el «parao» (a juzgar por la mirada perdida del chico) se estaba guardando algo en el bolsillo de detrás de los tejanos. El Carles se acercó aún más, con paso mesurado. Andaba un tanto desconcertado por el descaro o la inconsciencia, «vete tú a saber», de aquellos tres chavales.

—Y esa piedra, Rubén?

—Esto?

—Sí.

—No, na. Es pa'una coleción que tengo… profe.

—Una colección, dices?

—De minelares.

—Ya. Quién ha roto la ventana de la furgoneta?

Ninguno dijo nada. El Carles miró a los ojos del «cojo» y lo instó a contestar.

—Que yo no sé na', tío.

—Y tú?

El «mellao» se encogió de hombros y se sorbió, «shrrrup», los mocos para arriba. Tenía toda la cara de un enfermo terminal de desidia. El Carles, después de tragar con la miseria moral de una docena de hogares, se dirigió directamente al cabecilla del grupo, el Víctor (que seguía con una mano en el bolsillo de detrás de los tejanos).

—A mí qué me dices, tú? Yo'staba aquí, sin hacer na', y vienes tú, no sé qué, y m'acusas de cosas que no he'cho, hostia puta… y… y sabes qué te digo?

—Qué tienes que decirme, Victor?

—Que tú, aquí, no mandas una mierda, vale?

—No?

—No, payaso… Que no'stamos en el cole, joder.

El Carles sabía que tenía que hacer lo imposible por aguantarle la mirada al chavalito de la boca sucia, pero, sin saber por qué, tenía un ojo puesto en la mano que seguía detrás, en el bolsillo de los pantalones. El «mellao», entre tanto, levantó la piedra por encima de su cabeza, «ju, ju, ju», y la estrelló contra el cristal trasero de la furgoneta sin que nadie se lo pidiera, «crasssh».

—No…! Pero qué haces, chaval?!

—No sé, profe.

El «cojo» aprovechó que el Carles seguía con la vista puesta en el Víctor para comenzar a rodearle. No puso ningún disimulo en su acción (ni en sus intenciones). Aquello, precisamente, era lo que más desconcierto le causaba al Carles. «Tranquilidad, va, va, va». Luego se dio cuenta de que el Víctor, en aquel lapso de tiempo, había sacado lo que fuera que tuviera del bolsillo de su pantalón y lo escondía en la palma de su mano. Tenía el puño fuertemente cerrado y la náusea de los ahogados flotándole por los ojos.

—Bueno, ya está bien.

—De qué?

Lo dijo el «mellao» con cara de cadáver fresco, recién sacado de la nevera.

—Cállate, Rubén. Haz el favor de estarte callado. Y tú…

Buscó al «cojo» con la mirada, olvidándose del Víctor por un segundo.

—Para ya.

—De qué, profe?

Y siguió moviéndose hacia su lado derecho, «tap, tap, tap».

—De moverte.

Pero el chavalito, lejos de estarse quieto, siguió rodéandole, «ju, ju, ju», y el Carles (que ya lo notaba a su espalda) tuvo que alzar la voz de mala manera, como si el tamaño del caudal de aire empleado tuviese una incidencia mayor en la voluntad de un adolescente que un razonamiento sencillo y pausado.

—Que te estés quieto, te digo!

—Y si no quiere?

—Eso, profe…

—Y si no quiero, qué?

—Qué, eh?

El Carles quiso hacerse cargo de su situación en la vida (sus carencias, sus afectos, sus frustraciones). Aquellos tres chavales no tendrían más de catorce ó quince años y ya había en el claustro de profesores quien los daba por perdidos, «que no, que no hay nada que hacer con ellos». El Carles se negaba a admitir que estuviesen desahuciados, los pobres, pero la parte más primitiva y salvaje de su cerebro no dejaba de advertirle de un peligro inminente y, a juzgar por el puño cerrado del Víctor, mortal.

—Ya está bien, chicos.

—El qué?

—Eso…

—Qué'stá bien, profe?

—Vamos a hablarlo, vale?

—El qué?

—Las cosas, chicos.

El Carles necesitaba reponerse y reflexionar. La situación requería que reaccionase con sensatez, como un adulto. Para empezar, no le iba a ocurrir nada malo (no tenía por qué pasarle nada, caramba). Sólo eran unos críos poniendo a prueba la autoridad de una persona mayor. Él no dejaba de ser su profesor de naturales y el Víctor, en ningún caso, guardaba una navajilla en el puño cerrado de su mano derecha (por más que el instrumento encajase a la perfección en la estética barriobajera de un grupo de pandilleros).

—Será mejor que nos calmemos todos, vale?

—Pero si yo'stoy guay, tío.

—Vale, pero ahora os vais a marchar todos a casa, de acuerdo?

—Por?

—Rubén, haz el favor. Nos vamos a ir todos a casa y…

El Víctor (con ojos de ahogado) desplegó la hoja de la navaja delante de sus narices, «chas» (lo había hecho con un movimiento mecánico de su mano, en unas décimas de segundo). El Carles miró sin querer el filo del cuchillo, «vale», pero antes (antes de nada) tenía que averiguar las intenciones verdaderas del chavalito. A lo mejor, sólo quería invertir un momentito el orden de las cosas y sentir, por la fuerza de las armas, que subvertía la autoridad de su «profe». Tampoco sería el primero en saltarse una valla o coger un atajo y, difícilmente, podía ir a más, caramba. El Carles buscó en vano una respuesta en su mirada de niño perdido, «ju, ju, ju».

—Y qué, profe?

—Y… Y mañana lo hablamos.

—No.

—No?

—No.

—Y qué piensas hacer, Víctor?

Después de aquellas palabras, un cosquilleo le recorrió las partes blandas del torso. Por los ojos del chavalito, cruzaban las aguas más turbias del fondo de un pantano insalubre, «como que todo da igual, sabes, profe?». El Carles abrió y tensó los dedos de la mano derecha, preparándose para lo peor. No quería, sin embargo, realizar ningún movimiento brusco que precipitase la reacción violenta del Víctor (no quería aceptar, en verdá, que nadie estuviese desahuciado en ningún punto de su vida porque aquello, caramba, iba en contra de la vida misma).

—Baja el arma, Víctor.

—Eh! Eh!

La voz de otro hombre llegaba de la plaza del caracol, «eh, vosotros… los niñatos». Alguien (el Carles no se atrevía a apartar la mirada del filo de la navaja) se acercaba corriendo hacia ellos, con no poca mala hostia. El «mellao», al verlo venir, fue el primero en darse el piro y el «cojo», después de decirle al «parao» que se tenían que largar de allí, «ya», le fue detrás, «tap, tap, tap». El Víctor seguía, sin embargo, sumergido en las aguas oscuras de su pantano particular.

—Bájala, chico. Haz el favor…

El chaval hizo un esfuerzo grande al tragarse de golpe, «glup», el montón de mierda que flota siempre en el fondo de todo. Luego, en cosa de un suspiro, antes de que el Carles pudiera hacer nada por evitarlo, clavó la hoja de la navaja en la rueda trasera de la furgonetilla y salió por patas de allí, «ju, ju, ju». El vocerío venía justo detrás de él. «No corras tanto, desgraciao» o «ven aquí, cabronazo, que te vas a'nterar» lo gritaba el enfado que traía el hombre que llegaba corriendo de la plaza del caracol, «hostia puta, ya».

—Mecaguntusmuertos, joder, joder, joder!

El Carles vio pararse a su lado a un hombre más bien pequeño y fornido, que gastaba un bigotillo de aire nostálgico, de cuando los días eran en blanco y negro. Mientras el tipo jadeaba furioso, el Carles volvió a respirar con tranquilidad (o, al menos, lo procuró). Quieto, en mitad de la calle, seguía observando a los chavales correr, «tap, tap, tap», y hacía lo posible por comprender qué les acababa de suceder a todos ellos. No tardó en pederlos de vista, sin embargo. Se habían metido para siempre en el callejón oscuro de la fábrica abandonada de Can Baixeres.

—Hola.

—Eh? Sí… Hola, hola.

—Es suya?

—Sí, joder… Es mía.

Luego, tenía que ser el Carlos de las «instalaciones y reparaciones» que venía anunciado en un lateral de la furgoneta.

—Lo siento.

—Más lo siento, yo.

—No. Lo siento mucho, yo… No he sabido pararlo.

—Pero qué ha pasao? Qué han hecho estos desgraciaos?

El Carlos miraba los cristales rotos de su furgoneta y no podía engañarse un segundo más de su vida. Aquello no era una casualidad. Aquello no era la gamberrada de unos niñatos que destrozan coches por diversión. Aquello era por él (por lo que él sabía, por lo que él había visto, por lo que él podía llegar a hacer si se lo proponía).

—Joder, joder, joder… Pero qué puta mierda, todo.

—Lo lamento. De veras…

—No, si no… si no tiene culpa, usté. Si esto… si esto me lo veía venir, yo.

—Vaya…

—Esta usté bien, verdá?

—Sí.

—No le han hecho nada, no?

—No, no.

Y el Carles, como el que no encuentra las llaves, tuvo que pasarse las manos por las partes blandas del torso, «plap, plap, plap».

—Es que… Bueno, que he visto que…

—Ya, ya, ya. Pero no, no ha pasado nada. Estoy bien, gracias.

—Pero tenía una navaja?

—Sí.

—Joder…

El Carles le indicó que la navaja seguía clavada en la rueda de su furgoneta y el Carlos se acercó a cogerla de inmediato, «hostia puta, tú». La sacó de la goma (estaba hundida hasta la empuñadura) y se la enseñó al Carles como si él no la hubiese visto un momento antes, delante de sus narices. Luego, llevado del embrujo que provocan los metales afilados en algunos hombres, apretó la carne de su pulgar contra la punta.

—Esto pincha, tú…

—Démela, si quiere, y así se la podré devolver.

—Cómo dice?

—Que, si me la da, podré llevarla al colegio.

—Es usté maestro?

—Sí.

—De los nacionales?

—Sí. Soy… Bueno, me llamo Carles.

—Carlos M., el dueño de…

Se refería, «claro», al vehículo vandalizado. Acto seguido, el Carlos le tendió la mano y el Carles se la estrechó con franqueza, «encantado».

—Igualmente?

—El caso es que conozco a esos chicos y, si me da usté la navaja, Carlos, puedo presentarla en la dirección, por ver qué hacemos con ellos…

—No sé si están a tiempo de hacer nada.

—Yo tampoco, Carlos, pero no dejaremos de intentarlo.

—Ya. Tenga…

El Carlos cerró la hoja de la navaja, «clac», y se la ofreció por el puño. El Carles la tomó de su mano y, sin mirarla siquiera, se la metió en el bolsillo del pantalón, «gracias». Luego estuvo a punto de decir algo más (tenía la firme intención de ofrecerle su ayuda a aquel hombre «con lo que haga falta»), pero un cúmulo de impresiones y de ideas nebulosas (como desenfocadas) le turbaba el ánimo.

—Por qué ha dicho antes…?

—Qué?

—Perdone, Carlos.

—No, diga, diga…

—Es que ha dicho antes que se lo veía venir, esto.

El Carles aludía al destrozo de la furgoneta y el Carlos tuvo que bufar, «buf», porque, después de sumar la clavada de su hermano el mecánico al tiempo de reparación de la furgoneta, no supo si debía explicarse demasiado con un desconocido porque «no sé, mira todo lo que'stá pasando últimamente, no?».

—Ya.

—Sí.

—Da la impresión de que se han juntado muchas cosas en poco tiempo, no?

—Sí. Parece que nos tenga que pasar algo malo, joder.

—Más?

—Algo mucho peor, sí.

—Espero que no.

Los dos pusieron su mirada en la chimenea de ladrillo rojo de la fábrica abandonada de Can Baixeres (que sobresalía por encima de los tejados del barrio como una advertencia terrible y funesta). Tenían la sensación de que, si se ponía a escupir humo de un momento a otro, se abrirían los cielos a la noche última de los tiempos y se acabaría todo para todos ellos.

—Es raro…

—Qué?

—Que me lo veía venir y no he hecho nada.

—Es normal. No se culpe, por eso.

—No?

—No. No podía saber que esos chicos iban a tomarla con su vehículo…

—No, eso no…

—No le dé más vueltas, Carlos.

—No.

El Carlos estuvo a punto de decir algo (algo relacionado con la sombra repulsiva del Alex T. sobre las calles de Sant Mena), pero se quedó callado. Estaba cansado de estar cansado. El Carles se pasó una mano por la cabeza, «pues vaya», y pensó en volver otro día a la fábrica, «a continuar con sus investigaciones de mierda». Aunque todavía no lo notaba en los miembros de su cuerpo, sabía que la tensión del momento se le tenía que venir encima más pronto que tarde, sin avisar.

—Necesita que le eche una mano con algo?

—Eh? No, no… Llamaré a mi hermano, que es mecánico, y cambiaremos la rueda en un momento… No se preocupe, en serio.

—Pues… en tal caso, mejor me vuelvo a casa.

El Carlos no quiso preguntarle a dónde se dirigía antes del incidente, «con el frío que hace», porque le pareció que no debía entretener más a aquel hombre con sus mierdas y el Carles, después de comprender que la niebla de las farolas no iba a retirarse de sus pensamientos en toda la noche, se puso las manos en los bolsillos y se fue, «adiós, hasta otra, Carlos».

—Adiós, adiós.

El Carles no soportaba la idea de poner en una misma balanza el asesinato y la tortura de un niño (según cómo, le pesaba mucho más el dolor). Hacía rato que la cuestión (una imagen rara, como con patas de araña y filigranas de ataúd) le rondaba la cabeza, pero no se sentía capaz de resolverla porque una espesura de preguntas sin responder le pulsaban las venillas de las sienes, «bom-bom, bom-bom, bom-bom».