El misterio de Sant Mena

23 de noviembre de 1985

Madrugada

La mala hostia del Juan P. era tan negra (al menos, al menos) como la noche misma. No había podido aparcar la furgonetilla en todo Climent Humet (con lo larga que era la calle) y había tenido que dar vueltas por el barrio como un idiota para encontrar un puto sitio libre. Iba tarde. Se había despertado diez minutos tarde porque no había oído el despertador y, aunque sólo la usaba cinco minutillos al día (de casa al coche y del coche a la tienda), se había dejado la chaquetilla puesta en la silla del recibidor y se estaba pelando vivo de frío. Hacía más de doce horas que se había puesto el sol. Estaba harto de noche. Subió la calle del tal Carles Riba a paso ligero y giró a la izquierda, por Milà i Fontanals. «Puto frío y puto Sant Mena». El Juan P., menos Juanito que nunca, caminó a toda prisa. Todavía tenía que recorrer un trecho de la calle Montserrat antes de llegar a Climent Humet. Apretó la marcha (más que nada porque se le estaban helando los dedos, las orejas y la punta de la nariz) y, al torcer la esquina, vio a la Loli sentada en la puerta de su negocio (con aquellos pelos y aquella pinta, tenía que ser ella). No podía ser otra. No se habían vuelto a ver desde el martes por la noche.

—Tú qué haces aquí?

—Ei, hola.

La Loli levantó la vista (como salida de otra parte).

—Te… Te'staba esperando, tío.

—Para qué?

El Juan sacó las llaves del bolsillo del pantalón y abrió la cerradura de la persiana metálica. Luego, con la mirada de mala hostia que traía puesta de casa, mandó a la Loli que se apartara, que tenía que levantar aquello, y pegó un tirón fuerte («¡BROOOM!») que provocó de inmediato el terror en el perrillo de los Ferrer. Un día más volvían a ladrarle. El Juan abrió luego la puerta de la panadería y pasó dentro. Le sudaba la polla lo que hiciera la Loli con su puta calavera (si se largaba, si se quedaba fuera o si entraba). Encendió las luces y se metió a prisa en la trastienda. El calor de los hornos, en aquella madrugada del veintitrés de noviembre de 1985, le apetecía más que nunca.

—Juan…

La Loli le había seguido en silencio.

—Qué?

—Por qué te fuiste?

—Qué?

La Loli vestía como si viviese en otra parte. Tenía puestas unas medias medio rotas, una falda cortísima y una camisetita que no podía nada contra el frío. Por encima, se había colocado una chaqueta tejana. La llevaba abierta, claro. El Juan le adivinó las tetillas sueltas debajo de la ropa. Tenía los pezones duros.

—Que por qué te fuiste el otro día, tío.

—Tenía que irme. Ya te lo dije.

—La juerga era para los cuatro, joder.

—Qué cuatro ni qué hostias…

El Juan se dio la vuelta y puso los hornos en marcha.

—Quería que lo vieras con tus propios ojos.

—El qué?

—Vente otro día y lo ves.

—Qué hablas, Loli? Qué mierda hacéis ahí dentro, eh?

—No te lo puedo explicar, Juan. Tienes que verlo. Si te lo digo, no te lo crees.

—No digas chorradas, tía.

Que supiera, la Loli no había cumplido los veinte y ya andaba del brazo de tipos de mala calaña como el Alex T. o él mismo. El Juan se acordó (sin quererlo) de los moratones que tenía la Loli en el culo y los muslos y no pudo evitar que le viniera a la mente lo mucho que le gustaba meter la polla allí. Hacía días que su madre le insistía en que cogiera de dependienta a una chavalita, «a una jovencita, que ésas no cobran mucho», y él había pensado mil maneras de hacer encajar a la Loli con aquella chavalita de su madre, pero no había forma de casar las dos partes. Tenía que ser «una muchachita limpia» y no «una guarra» como la Loli, que así «te hacen bien la faena y no te tocan la caja». El Juan llegó a pensar que la Loli se cortaría el pelo por él. Que cambiaría de ropa por él. Que se pondría detrás del mostrador a vender pan por las mañanas y que, al llegar a casa, por la tarde, le comería la polla delante del televisor.

—Juan…

—Qué?

—No t'enfades, tío.

—No, si yo no m'enfado.

Se volvió a mirarla. La tenía frente a sí, pequeñita y tierna. Estaba por cogerla y ponerla contra el mostrador. Sentía el impulso bestial de darle duro por detrás. Aquella chavala no lo respetaba. Aquella chavala no le tenía ningún aprecio, ni consideración, ni nada. Aquella chavala no se lo tomaba en serio y él, menos Juanito que nunca, no era menos que nadie.

—Va, tío.

—Bájate las bragas y ponte ahí.

Ya estaba dicho. La Loli («¿Qué bragas, tío?») se echó sobre el mostrador y se levantó la faldita sin vacilar (como si no fuera la primera vez que se lo mandaban, como si tuviera el gesto metido en la cabeza y no tuviera que pararse a pensarlo). El Juan (el calvo, el gordo, el mierda) le miraba el culo desnudo y sentía el bullir de su sangre, más abajo. Aquello era como un grito sordo. Algo escandaloso, que le quemaba las entrañas. Estaba por volverse loco. Se la tenía que follar y tenía que ser ya.

—Qué vas a hacer, Juan?

Pero ella seguía riéndose de él. No le tenía miedo.

—Calla.

El Juan (el calvo, el gordo, el mierda) se le puso detrás, se bajó la bragueta y le metió la polla en el culo, sin avisar. Un segundo antes de empujarlo todo adentro, miró la carne magullada de la Loli y le soltó un bofetón en la nalga porque sí. Luego se dejó ir (no pudo contenerse más) y cargó brutalmente contra el cuerpo menudo de la pobre Loli. «Por ahí no, Juan». La Loli vestía como una puta. Su madre no la querría nunca de dependienta. La Loli se pintaba como una puta y hablaba como una puta y su madre, antes que aceptarla como dependienta, cerraría el negocio y lo dejaría de patitas en la calle. «Cuidado, Juan, cuidado». Hay mujeres malas que te quieren robar la vida. Hay mujeres malísimas, Juanito, que te sacarán todo el jugo antes de dejarte tirado en el suelo, como a una colilla.

—Vendrás?

La Loli estaba gimiendo, después de todo.

—Vendrás, Juan?

—Iré, Loli… Y-Ya voy.

Pero el Juan (el calvo, el gordo, el mierda) no sabía dónde se metía.

Tarde

El Carles, después de comer con la familia, recogió la mesa, fregó los platos y dijo que salía un momento «a una cosa». La Toya no le preguntó. El Carles, en ocasiones como aquella, se movía impulsado por «sus cosas» (una suma de inquietudes a las que rara vez ponía nombre). Cogía su cuaderno de bocetos, su vieja cámara fotográfica y se perdía por la puerta. Podía regresar en diez minutos o pasarse la tarde fuera. La Toya, sentada en el sofá con un libro en las manos (El nombre de la rosa, parlamento de Ubertino da Casale a propósito de la mujer, página 451), mandó a su hija Laia que mirase a ver qué estaba haciendo su hermano Olmo en el lavabo tanto rato. Era pronto para la masturbación, pero el crío era muy despierto, como su padre.

«Jo, mama!» fue lo último que escuchó el Carles al cerrar la puerta de casa. Miró la hora. Eran poco más de las tres y cuarto. No tardaría más de diez minutos en llegar. Bajó las escaleras y salió a la calle. Aquella tarde de sábado era igual en todo al resto de los días de aquel noviembre sombrío. Hacía frío y el silencio (aquel silencio sordo del cielo) se imponía sobre todas las cosas. Se podía percibir, sin embargo, un murmullo por debajo (como si algo crepitara a fuego lento bajo sus pies). El Carles, más que oírlo, podía sentirlo. Aquello tenía la textura de los motores que mugen en la noche, a lo lejos. Pasada la olivera que había en lo alto de la avenida de Can Baixeres, se detuvo a escuchar. No pasaba ningún coche por allí. Era extraño, pero no era nada (nada que ninguna máquina pudiera registrar) después de todo.

Cruzó la carretera que partía Sant Mena en dos y se metió (una vez más) en la calle de Climent Humet. Allí mismo, en la esquina que bajaba por el paseo de Pal, había una de sus fuentes. El Carles caminó bajo la luz mortecina del cielo, atento a las variaciones del aire. Iba por el medio de la calle, temiendo encontrarse cara a cara con aquello que andaba buscando. Por esa razón, dedujo, no se estaba dando ninguna prisa en llegar. Pero seguía adelante. La inercia que traía de casa lo estaba llevando y, al final, como no se detuvo ni se volvió por donde había venido, acabó llegando.

La puerta de la ermita de Santa Caterina estaba cerrada con llave (la cerradura no estaba rota como le habían dicho los chavales del C y no había manera de entrar sin permiso). El Carles llamó al timbre de una casa vecina, por probar. Le abrió un niñito de seis-siete años con los ojos muy grandes y abiertos detrás de unas gafotas que, más que un mero aparato ortopédico, parecían la imposición de una penitencia cruel.

—Hola, señor.

—Hola, pequeño. Está tu madre en casa?

—No.

—Y tu padre?

—No. Se han ido a comprar con el coche.

—Estás solo?

—No. Está mi iaia.

—Puedes pedirle que venga, por favor?

—Sí. Iaia!

El Carles, por encima de la cabecita del crío, pudo ver una pasillo largo y oscuro como la garganta de un lobo. Aquella casa podía ser mucho más vieja que la propia ermita, que databa de la segunda mitad del siglo XVIII. No le costaba nada imaginársela en la soledad de los campos de la Serra del Castell (porque todos aquellos edificios que se veían a lado y lado de la calle se levantaban sobre antiguas tierras de labor).

—Iaia?! Iaia, ven, c'hay un hombre!

El Carles sonrió al crío, paciente.

—No viene.

—Puedes ir a buscarla, si quieres.

—Está un poco sorda. Es que's una viejecita.

—Si es así, te toca a ti cuidarla y no al revés, eh?

—Ya. Es un poco rollo, pero yo lo hago porque, a veces, se queda dormidita.

—Mira. Ahí viene…

Apareció al fondo del pasillo. La mujer era una señora muy mayor que caminaba encorvada por el peso excesivo de los años en su espalda. Demasiado trabajo y demasiadas fatigas para la salud de cualquier ser humano. El Carles la saludó con la mano, como disculpándose (le sabía muy mal molestar a nadie con «sus cosas»).

—Buenas tardes, señora.

—Hola. Buena tarde, buena tarde. Se puede saber qué gritas, fillet?

—A ti, iaia, que no venías.

—Pues ya soy aquí. Apa, ves para dentro, que ya hablo yo con este señor.

—Puedo coger unas galletas, iaia?

—Coge lo que quieras, fillet.

—Vale.

El niño de las gafotas como una penitencia se metió en la cocina y la iaia, con la vista empañada de recuerdos somnolientos, le miró directamente a los ojos. El Carles tenía unos ojos claros y francos. Él no tenía que nada esconder (apenas nada, a poco que lo pensara).

—Qué quería usté?

—Sí. Verá, quería visitar la ermita (si es posible) y me encuentro que está cerrada y no sabía si usté podría decirme dónde… O si sabe de alguien que pueda abrirme, en fin.

—L'ermita de Santa Caterina, dice?

—Sí, sí.

—Es que'stá cerrada.

—Sí. Y no sabe cómo podría hacer para entrar?

—Entrar, dice? Ai, joven! Con la llave.

La iaia señaló a una puerta de la acera de enfrente.

—Llame a esa casa y pida por la Montserrat, que ella tiene la llave y seguro que le atiende.

—La Montserrat?

—Sí, pida por la Montserrat.

—Vale. Gracias. Gracias por todo y disculpe las molestias, señora.

—Au, au. Buena tarde pase usté.

Y cerró. El Carles tardó un momento en reaccionar, pero acabó cruzando la calle (una calle desierta y triste) para llamar al timbre de la tal Montserrat. Podía mentir. Se le ocurrió que, si le pedían razones, podía explicar que era de la prensa. Reportero gráfico del semanario local, por ejemplo (llevaba una cámara fotográfica colgada del cuello, después de todo). Pero, luego de pensarlo, se repuso. Era maestro de escuela y no podía andarse con gilipolleces por los sitios. Podía decir la verdá. Hace una semana unos muchachos del colegio se colaron a hacer fotografías en la ermita y necesitamos («¿Quiénes?») comprobar cierta información («¡¿Pero qué estás diciendo, Carles?!»). Una mujer de unos cuarenta años, bajita y vulgar, le abrió la puerta de su casa.

—Mande?

—Hola. Buenas tardes.

—Hola.

—Me han dicho (aquí delante) que usté podía ayudarme.

—En qué puedo servirle?

—Quería ver la ermita por dentro.

—Vale. Un momentito…

La mujer cogió un llavero que colgaba detrás de la puerta del recibidor y salió a la calle en zapatillas de andar por casa. «Venga conmigo, por favor». El Carles la siguió hasta la ermita de Santa Caterina, un par de edificios más abajo. Luego la vio forcejear en vano con la cerradura.

—Es que's nueva. La pusimos hace poco… Ya sabrá lo que ha pasado, no?

—Sí. Algo he oído.

—Qué desgracia, todo!

—Se sabe algo nuevo?

—No! Qué ha de saber nadie?

—Ya.

—Me pregunto…

La llave hizo «clic» y la cerradura cedió a sus ruegos.

—Ya está.

La Montserrat abrió la puerta de la ermita y dejó que la luz de la tarde (aquella luz blanca, sin apenas brío) entrase dentro «para hacer limpio». Al Carles le llegó una bocanada de aire cargado y caliente. Olía a salfumán y a lejía, pero, detrás de aquella primerísima impresión, había algo más, algo muy desagradable que no supo identificar.

—Pase, pase.

—Gracias.

El Carles pasó por delante de la mujer. «¿Óxido de azufre?». Antes tuvo que agachar la cabeza (por un momento, le pareció que se daría con la frente en el dintel). El interior del templo estaba quieto, en penumbra. «¿Acaso será sulfito de hidrógeno?». El profesor de naturales de la escuela pública de Sant Mena, el hombre de razón y de ciencia, echó en falta un interruptor a mano («clic, clic») que funcionase.

—No hay luz?

—No ha vuelto, todavía.

No importaba, ciertamente. El embrujo que le había llegado en las palabras de los chavales del C había desaparecido del lugar. Sólo estaba un poco más oscuro que afuera, en la calle. Si se quitaban de la puerta, la luz del día (la que quiera que fuese) daría cuenta de las sombras de los rincones. El Carles pasó un poquito más adentro y permitió que la Montserrat le acompañara. No le costaba imaginar el trabajo de aquellas mujeres en los últimos días.

—Lo han limpiado ustedes?

—Y tanto! Pero todavía nos falta pintar las paredes, ya ve…

Y le mostró lo que quedaba de la pintada que había en un lateral de la nave. Aunque estaba fuertemente desdibujada por manos tenaces, aún se podía leer «SATANAS VOBISCUM» sobre el enlucido. El Carles no era de letras, desde luego, pero se había criado en un país de tradición católica y, en su niñez, había escuchado decir aquella otra salutación, «dominus vobiscum», que quería decir, si no le fallaba la memoria, «el señor esté con vosotros» (señor en mayúsculas, se entiende). En cualquier caso, el Carles no estaba allí para resolver ecuaciones de primer grado.

—Y el cráneo?

—El cráneo de los cuernos?

—Sí (claro).

—No lo sé bien bien. Piense que'stuvimos limpiando muchas horas…

Y, en efecto, aquellas mujeres habían deshecho el embrujo del lugar a fuerza de fregar con manos enguantadas, cubos de agua y estropajos. Las cruces invertidas de la pared del fondo apenas se podían distinguir a simple vista. El Carles las imaginó frotando las paredes con fervor. Una ira ciega debió empujarlas contra la sucia blasfemia que había irrumpido en su casa. Sin perder el buen ánimo (una forma irracional de firmeza expresada, por momentos, con una simple sonrisa), aquellas mujeres habían arruinado la obra repugnante de una panda de desaprensivos a base de detergente y de desinfectante.

—Es usté fotógrafo?

—No. Sólo soy aficionado.

—Y quería ver la ermita?

—Sí. Quería ver qué le han hecho.

—Nada bueno.

—Ya.

La Montserrat se calló el asco tan grande que había tenido que tragarse. Tenía la impresión de que no habían echado suficientes cubos de agua sucia al alcantarillado. Si se miraba las manos, todavía seguía sintiendo el rojo de la pintura bajo las uñas. Por más que se las había lavado, por más crema que se había puesto, aquello (lo que fuera) no se acababa de marchar nunca.

—Me pregunto qué se les pasa a la gente por la cabeza…

—No lo sé, señora.

Y se mordió la lengua. Estuvo a punto de soltar que la superchería y la ignorancia de los seres humanos son capaces de lo peor, pero, viendo las imágenes santas de la ermita de Santa Caterina en sus peanas, se calló la boca. No tenía intención de pisar el cariño ni los afectos de nadie. La Montserrat estaba de cuerpo presente y el Carles, después de ver su obra, sentía un enorme afecto por aquella mujer y sus compañeras. Reflexionó un segundo y razonó lo siguiente:

—Muchas veces es una forma de llamar la atención, supongo.

—Pues, la próxima vez, mejor que lo digan, no?

—Sí. Montserrat…

—Diga.

—Dónde puede estar la «calavera de los cuernos»?

El Carles tenía los ojos puestos en la hornacina, al fondo.

—Pues, mire, llegó un punto que lo metimos todo en bolsas de basura y lo tiramos al contenedor. Con todo'ste'stropicio, vaya usté a saber adónde fue a parar… Por qué lo pregunta?

—Ya. Y qué recuerda? Recuerda usté algo del cráneo?

—Sí, sí. Aquello era un horror de cosa, buen hombre!

Pero el Carles no sabía cómo abordar la cuestión. Pensó en pedirle por el tamaño, el peso y las dimensiones exactas de la cornamenta, pero, en el caso de que supiera decirle, sólo le proporcionaría datos aproximados, nada fiables. Pensó en plantearle si la calavera parecía auténtica o si se trataba de un burdo montaje, pero sabía sobradamente que, según formulara la pregunta, obtendría una respuesta más o menos de su agrado. Estaba al tanto de los riesgos que implicaba la hipnosis regresiva (había leído acerca del influjo de las creencias del terapeuta sobre el relato del paciente tratado). Es decir, si al testigo de una luz en el cielo se le interroga por el número de tripulantes de la nave, no sólo se pretende averiguar una cifra positiva, sino que se da por sentado que la luz del cielo era una nave y que iba tripulada.

—Y qué recuerda?

—D'aquello?

—Sí.

—Bueno… No gran cosa. Que me dio asco de ver, sí, y no será porque yo me haga hacia atrás, no!

—Sabe si pesaba mucho?

—No sé decirle…

—No la cogió?

—No, yo no. Me pienso que la tiró la Pili, a la basura.

—Ya.

—Sí, sí… Y no se rompió, no, que'ra muy dura aquella cosa!

Y picaba con los nudillos («clonc, clonc, clonc») en la madera de un banco.

—No era de juguete, eh?

—No, no. Aquello era hueso. No se ría, no, que no's broma esto que le digo!

—No, si no me río, Montserrat.

Pero el Carles no podía dejar de sonreír felizmente cuando se escuchaba negar (por activa y por pasiva) que la «calavera con cuernos» de los chavales del C no podía pertenecer, por más que lo pareciera, a un engendro salido del infierno. Porque, en su universo regido por leyes inquebrantables, no cabían ni los engendros cornudos ni los infiernos fruto de la fantasía de los hombres. Porque la teratología, aun en su anomalía, asumía a la perfección una monstruosidad como aquella. Porque, desde que había comenzado a perseguirlo, no había habido manera de asir aquel misterio y porque, si no tenía manera de demostrarlo, no era posible y, además, no podía ser. A pesar de todo, el Carles no lograba despejar la equis de su cabeza.

Noche

Lejos de las luces del alumbrado municipal de Sant Mena, el Carlos sentía que no era posible que, sólo un par de horillas antes, estuviese sentado al solecito en el sofá de casa, medio dormido, viendo la televisión. Por su reloj, eran las siete y media (las diez y nueve horas y treinta y tres minutos del veintitrés de noviembre de 1985, para ser exactos) y, sin embargo, se le antojaba que estaba más cerca de las once o las doce de la noche que de sentarse a cenar. Salía del pueblo, que no del término municipal, por la carretera que lleva a Polinyà (una recta larguísima que ha invitado siempre al conductor a pisarle a fondo).

El Carlos no quería correr. La noche era negrísima sobre su cabeza y, alejándose del núcleo urbano, no hacía sino adentrarse aún más en la oscuridad del mundo exterior. El Carlos hubiese dado media vuelta en cualquier parte de no ser porque su compromiso con la clientela le obligaba a cumplir. El viejo Menna le había llamado al teléfono de casa a eso de las siete menos cuarto-siete menos cinco de la tarde. Tenía un problema con la instalación eléctrica en la masía, «ya sabe», su caserón a las afueras de Sant Mena, y tenía (él, el puto Carlos) que acudir de inmediato a arreglarlo, «por favor». Sus pobres inquilinas estaban a oscuras y «eso, a aquellas horas, no puede ser. Hágase cargo», estaban solas en mitad del bosque y las noches, de un tiempo a esta parte, eran más negras que nunca.

Después de pasar las primeras curvas con precaución, el Carlos tenía que tomar un caminito de tierra que aparecería entre los pinos, «a su izquierda». Buscó poco después de una nave amarilla con una valla, «que quedará a su lado, el derecho», tal y como le habían indicado. Redujo la velocidad. No se veía gran cosa, ciertamente, pero, un centenar de metros más allá, acabó descubriendo un caminito de tierra que bajaba más abajo («¿Pero dónde?»). Frenó el vehículo, puso el intermitente y miró que no viniese nadie de frente (cuando nadie tenía intención de pasar por allí). Nada. No se veía nada ni en el horizonte ni en el espejo retrovisor, así que giró a su izquierda sin ninguna gana de meterse entre los árboles del bosque.

Avanzó con cautela. El camino era muy malo. Entre baches, piedrotes y surcos de pretéritas lluvias torrenciales, la furgoneta no dejaba de agitarse con estrépito y el Carles, por acompañarla, por mero decoro, comenzó a mascullar palabras malsonantes. Era mejor oírse decir tacos que pensar en la profundidad del cielo, sobre su cabeza. Estaba rodeado de sombras y de troncos salvajes (de encina, de pino, de olivera). La lucecilla de los faros era todo lo que le apartaba de la oscuridad absoluta del bosque. Le costaba creer que pudiera estar a tan sólo unos quilómetros de su domicilio (no debían ser más de cinco minutos en coche), pero peor era saber que seguía adelante y que cumpliría con su cometido a pesar de todo (por dentro, no dejaba de repetirse que debería dar la vuelta de inmediato y marcharse a su casa a la voz de ya).

El tejado del caserón (a dos aguas, con chimenea) lo descubrió junto a los picos de unos cipreses. El Carlos tenía por costumbre asociar su presencia a los cementerios. Después de todo, no sería tan raro que una masía con solera tuviera adosado su propio campo santo al edificio principal (un pequeño recinto de tapias encaladas para cuatro-cinco nichos y un panteón familiar). Un recodo después, el camino desembocó frente a la casona del viejo Menna. El Carlos no podía imaginar qué circunstancias podían llevar a nadie a habitar en un lugar tan apartado. La inquilina (una mujer sentada en la puerta, a oscuras) le esperaba con la luz de una velita en la mano.

—Hola, hola…

No le escuchaba, que no podía, pero la mujer no dejaba de hacerle señas con la mano. El Carlos aparcó la furgoneta cerca de la entrada. Entonces vio a la niñita en su columpio, en mitad de la noche y de la nada. Iba arriba y abajo, tan feliz, como si las sombras no fueran con ella o, aun peor, como si las sombras fuesen con ella. «¡¿Pero qué demonios?!». El Carlos paró el motor, quitó las llaves del contacto y las lucecillas de los faros se apagaron sin más. Apenas vislumbraba poco más que su vestidito blanco mecido por el aire. Salió del vehículo.

—Hola, buenas noches.

—Hola, hola!

—S-Soy Carlos, el lampista.

—Hola, yo soy la Conchi.

El hombre fue a la parte de atrás de la furgoneta y sacó una caja de herramientas para empezar con su labor allí. Antes de echar la llave, sacó una linterna que llevaba para ocasiones como aquella. La encendió. Tenía que comprobar si funcionaba. Todo, al parecer, estaba en orden (buena intensidad, buen foco, buena luz). Después, un poco menos desvalido que antes, se dirigió a la mujer.

—Qué ha pasado?

—Se ha ido la luz.

Ya. El Carlos, ante la efigie ominosa del viejo caserón, no esperaba otra cosa que problemas serios. La instalación eléctrica no tendría los mismos años que el antiguo edificio porque la luz eléctrica, como el progreso, había tardado un mundo en llegar a Sant Mena (luego llegó de golpe y, de golpe, le plantó en el suelo un polígono industrial y una subestación eléctrica). De todos modos, aquella instalación tendría fácilmente entre treinta y cuarenta años de antigüedad. Si no se trataba de una nimiedad, el Carlos no se acabaría el trabajo en una noche y, si tipos como el vieja Menna tenían una urgencia, tipos como él dejaban de tener una vida propiamente propia.

—No han saltado los plomos?

—No, no. Ha sido lo primero qu'he mirado…

—Ya.

—Q-Quiere pasar?

—Sí (si no le importa). Tendría que echarle un vistazo a la instalación.

—Vale.

La Concha (Conchi para los amigos) dio entonces una voz a su hija.

—Sofi, nena, tú'spérate aquí, vale?

—Vale, mami!

Y la niña Sofi continuó columpiándose como si la noche no fuese con ella o, peor aun, como si la noche estuviese con ella. El Carlos no quiso preguntar. No entendía que una niña de los años de su hija Olga se quedase sola en la calle a aquellas horas, con el frío que hacía. Luego, de vuelta a su madre, tropezó con los picos de los cipreses sobre la tapia del cementerio (porque, en efecto, allí había un pequeño campo santo) y supo que allí no había calle, que aquello era mucho peor. «En fin», la Concha abrió la puerta de la casa y le invitó a entrar, pero, al parecer, no se pusieron de acuerdo a la hora de pasar porque, cuando el Carlos quiso pasar, ella, que no lo había entendido así, también pasó y, al final, los dos desconocidos acabaron topando en el umbral de entrada al caserón del viejo Menna.

—P-Perdón…

—No, no. Perdona tú. E-Estoy tonta…

La Concha, en el fondo, abrigaba el deseo desesperado de no estar sola en la vida. Se quedó quieta, en contacto con aquel hombre un segundo más, mientras apartaba a un lado la llama de la velita. «Qué vergüenza, chica, no le vayas a quemar el pelo ahora». El Carlos, mucho más rudo por convicción, se metió para adentro sin mirarla a la cara. Se hallaba en un pasillo estrecho, de techo bajo y aire angosto.

—Dónde'stán los plomos?

—Sí, por aquí…

La Concha pasó de nuevo por su lado, con cuidado de no molestar a aquel extraño. No fue posible, sin embargo, que no le diese con el culo en el pantalón (cerca de la bragueta). El Carlos no podía pegarse más a la pared. El pobre hombre miraba pasar a aquella desconocida frente a sí y pensaba (no sabía por qué) que llevaba años follando poco y mal. Desde que su mujer, la Tere, había parido, llevaban años sin echar un buen polvo. Era como si su compañera le hubiera perdido el gusto al sexo (como si se le hubiese atrofiado el órgano del gusto) y, siempre que lo hacían, lo hacía a desgana.

—Sí-Sígame, están debajo de la escalera.

—Sí (voy).

El Carlos no tenía nada que reprocharle a su mujer. La Tere entendía perfectamente sus necesidades de varón y, a pesar de todo, se acostaba con él. Debía de quererle mucho. Si no le apetecía follar nunca, si era verdá que se le había atrofiado el órgano del gusto después del parto, estaba haciendo un grandísimo esfuerzo por él. Su hija Olga estaba por cumplir siete años en enero-febrero («quién sabe cuándo») y todavía se metían en la cama una vez a la semana o, como tarde, cada dos sábados (no llevaba la cuenta, tampoco). Él hacía por comprender a su mujer y se imaginaba qué sería comer sin apetito ni gusto y sentía no poco asco cuando la comida, llena de babas, se le hacía bola en la boca.

—Aquí están.

—Déjeme ver…

Pero la Concha (Conchi para los amigos) se apartó lo justo y el Carlos, que no sabía por qué, volvió a tropezar con ella (esta vez topó en blando). Tirando de profesionalidad, se hizo un poco el loco y enfocó con la linterna en el cuadro eléctrico del viejo caserón. Todo, al parecer, estaba en orden (las tetillas de la tal Conchi le rondaban locamente la cabeza).

—No veo el problema.

—Vaya…

—Sujete aquí, por favor.

Y le cedió la linterna (la Concha se ocupó de tocarle los dedos de la mano con suavidad extrema). Una vaga sensación de dulzura le subió al Carlos por el brazo, que se sentía algo más animado (menos frío) que al llegar.

—A ver, a ver…

—Apunto así?

—Sí, así está bien.

—Menuda faena, eh?

—Sí.

—Digo esto de trabajar un sábado por la tarde, no?

—Ya.

El Carlos no veía nada raro a simple vista (los fusibles estaban bien, todo parecía en su sitio), pero no se atrevía a apartar la vista del panel por lo que pudiera pasar.

—Ya lo siento, yo.

—No, mujer… Esto no será nada, ya verá que no.

Luego la miró a los ojos, en la penumbra del foco de la linterna y le buscó, no sabía por qué, la forma de las tetillas en el jersey. La Concha podía ser joven, pero no tonta. Lo pilló con la vista puesta en su pecho y, lejos de mostrarse disgustada, le sonrió. El Carlos, en el fondo, llevaba años follando poco y mal. Su mujer, la Tere, cumplía con aquello como con un trámite burocrático (era un quitárselo de encima pronto, un «va, rapidito, que tengo cosas que hacer luego»). Y era normal, después de todo, si no sentía nada.

—Vivís solas, las dos?

—Sí (qué remedio).

No quiso saber nada del padre.

—Y no os da un poco de miedo vivir aquí?

—Sí, un poco.

—Esto parece muy grande…

—Sí.

—Con quién habla la niña?

—Con nadie.

Ya estaba todo dicho. La Concha dejó de sonreír y entreabrió la boca de aquella otra forma. El Carlos, entonces, se cogió fuerte a la pared, a su espalda, por lo que pudiera venir. La mujer le devolvió la linterna y se puso de rodillas, sin más. Le bajó la bragueta y el Carlos (quién sabe por qué) se dejó hacer. En el fondo, lo quería como se quería a su mujer (salvo ellos dos, no tenía por qué enterarse nadie). Estaba oscuro, muy oscuro, allí dentro y estaban lejísimos de cualquier parte. Mientras le chupaban la polla como nunca (debía ser la primera vez en años), el Carlos pensaba en volver a la mañana del día siguiente con la excusa de repararle la instalación eléctrica al viejo Menna. Quizá entonces podrían dar un paso más allá y quizá entonces podría quitarle la parte de arriba. Aquellas tetillas le seguían bailando locamente en la cabeza. El Carlos tenía algunos planes y la Concha (Conchi para los amigos) parecía dispuesta a todo. Debía estar muy sola, la pobre. Lo pensaba, más que nada, por la manera que tenía de chuparle la polla. La Concha era pura dulzura y entrega y, al Carlos, se le crecían los planes de la cabeza de mala manera. Iba a reventar. Tenía que soltarlo de golpe. «Ojo». El chorretón estaba en camino y la Concha parecía dispuesta a tragárselo todo. «Ojo, ojo (que me corro)» y la Concha, en lugar de apartarse, se la metió aún más adentro sin saber muy bien por qué. El Carlos, entonces, descargó el semen en su boca con tres ó cuatro sacudidas y se calló un gemidito de placer que había guardado largo tiempo (al parecer). Sonó muy raro en la estrechez de aquel pasillo.

—Estás bien?

Lo preguntaba la Concha, que acababa de tragar.

—Eh? Sí, sí.

Ella, puesta de rodillas, se limpiaba la comisura de los labios con la manga del jersey. El Carlos la miró por primera vez (o eso creyó). Después de todo, había un mar de pena en sus ojos y el Carlos, menos tenso que antes, no podía dejar de preguntarse si no sería (en parte) por su culpa. No la conocía de nada, pero aquella mujer, a lo mejor, le había chupado la polla como el que pide socorro en la soledad del monte. Dada la situación personal de mucha gente en aquellos días, no sería tan raro. Acaso aquello que acababa de hacer la Concha era su forma de gritarle al mundo. Cualquiera que se supiera en el fondo de un pozo, le gritaría al cielo. El Carlos no podía conocer todavía las circunstancias vitales de la tal Conchi. El Carlos tenía algunos planes en la cabeza y la niña Sofi, entre tanto, seguía hablando sola, en el patio. Podían oírla. Su vocecilla asolaba de forma extraña el silencio de su pasillo.