El misterio de Sant Mena

27 de julio de 1989

Tarde

—Mi abuela decía siempre que no había que jugar con esas cosas porque, si las llamabas, si las acababas llamando, era como si les abrieses la puerta, sabes que te digo?

—Qué puerta?

—La del corazón.

La Laia miró con mucha ternura a los ojos de su amiga Eli después de oír aquellas tres últimas palabras. Estaban dichas con tanta dulzura que no quiso dudar un momento de su verdá, pero su padre llevaba razón cuando le explicaba que la gente del campo, tradicionalmente, había sido siempre una gente mucho más crédula que ellos, la gente de la ciudad. En realidad, había dicho «supersticiosa». Le había contado que estaban ligados «por fuerza» a la tierra y a sus humores y que, por lo tanto, eran una gente mucho más atenta que ellos, muy observadora «por lo general» de los fenómenos de la naturaleza. No en vano, le había dicho, su sustento dependía en buena medida de su capacidad de comprensión de los ciclos astronómicos que nos rigen a todos. Está claro que otra cosa muy distinta es la explicación que acaben dándole a los hechos finalmente, no te parece?

—Sí.

—No crees que haya nada, tú?

—No sé. Nada como qué?

—No sé, espíritus y cosas d'esas…

—No sé. No creo.

—No?

—No crees en el alma?

—No. No sé. Tú sí?

—Claro que sí.

—Pero eso… dónde estaría?

—Aquí.

La Eli se puso una mano en el pecho.

—No la sientes, tú?

—Aquí?

—Sí.

—No sé.

La Laia también se puso una mano en el pecho, pero no notó nada de especial.

—No sé, tía. Noto el corazón y eso, no?

—No notas como un cosquilleo?

—Como un calorcillo, dices?

—Sí.

—Sí, eso sí.

Dicho esto, a la Eli, se le dibujó una sonrisa preciosa en la cara. De pronto, se encontraba mejor, como mucho más aliviada. Su amiga Laia aún estaba a tiempo de salvarse de la quema y, conociéndola como la conocía, no se merecía otra cosa que tener una buena vida. Que casi suspira de la emoción, eh? La Eli deseaba con todas sus fuerzas que la Laia fuese feliz a su manera. Quiso cogerle la mano. Le podía la alegría. Y la Laia, aunque no fue nunca gente del campo, se la tomó en cuanto le vio los ojillos de contento a su amiga.

—Eso sería'l alma?

—Sí.

—Vale.

Pero la Laia, por más que sonriera, se sentía hondamente materialista. El cosmos, según lo entendía, era un conjunto de mecanismos (en absoluto perfecto) que respondían siempre a una u otra causa física, material. El alma de su amiga Eli no hacía ningún sentido en la totalidad del engranaje, al final. La sensación que había notado en la palma de la mano (porque, en efecto, había notado un suave cosquilleo en la piel) era producto de su capacidad sensible y nada más. Otra cosa muy distinta era que no supiera explicárselo en el momento o la interpretación que pudieran hacer del hecho a posteriori, verdá?

—Estás mejor? Estás bien?

—Sí.

—Quieres que te traiga más limonada?

—Sí (por favor).

—Está rica, eh?

—Sí, mucho.

La Eli se levantó de un salto de la cama (donde no sabía ya cómo ponerse) y salió por la puerta de su habitación con la jarra casi vacía en la mano. Sólo habían dejado un culillo, cargado de pulpa y de azúcar. La Laia resopló sin motivo. Estaba recostada contra la pared, con el culo frío en el suelo. La Eli le había pasado una almohada para que estuviera cómoda, pero la sola idea de «más ropa» le daba calor. Levantó el brazo y jugueteó con el aire en las cortinas. Afuera estaban quemando los campos. Entre el julio y el sol del verano, no había donde meterse durante el día. Ellas dos llevaban un buen rato encerradas en un cuarto oscuro de la masía de Can F., hablando de Satanás. La Laia le había contado a la Eli que todo había empezado en el invierno de 1985 ó 1986, con el asesinato de una chavala del pueblo, «no sé si te acuerdas».

—No.

—Luego pasó lo del Edu, que lo raptaron unos d'una secta.

—Ah, sí?

—Sí, tía.

—Quién era?

—Un niño del cole.

—Y qué le pasó?

—Que se lo llevaron.

—Para los sacrificios que decíamos?

—Sí, tía.

—Pero lo mataron?

—Mi padre dice que no, que se fueron a vivir a otro pueblo.

—Menos mal, no?

—Sí, tía. Y luego ha venido todo eso de la figura oscura, sabes?

—Sí.

—Que dice'l Kiko que's como la sombra del Satanás.

—Ya, bueno…

—Ya. Y, bueno, todo lo de aquí.

La Laia se refería a los animales que habían matado en Can F. y en otras masías de la zona. Pero nada de aquello hacía mucho sentido, al final. Satanás no andaba por ahí devorando ganado. Además, que aquello había parado de golpe, de un día para otro. Porque, desde febrero al menos, que no había pasado nada más, sabes?

—Y fijo que nos habríamos enterao, tía.

—Yo creo que sí.

—Sí.

—El pueblo no's muy grande, al final.

—Por eso.

—Pero acuérdate de'sto, que no lo sabíais, eh?

—Ya. Pero esto no es el pueblo, tía.

—Ya.

Porque, cuando pasaba algo en el pueblo, se enteraba todo el mundo. La Eli le había preguntado luego por la gente de la secta satánica, por si eran o no personas de allí, de Sant Mena, pero la Laia no sabía gran cosa al respecto. La Eli no quería hablar mucho más del tema, que digamos, pero prefería seguir haciéndole preguntas a acabar contándole su pesadilla de antes de que todo empezara, «riis, riis, riis». La Laia, quieras que no, se lo acabó notando y, cuando la Eli se plantó («es que no's bueno hablar mucho d'esas cosas porque's que hay como puertas que'stán mejor cerradas»), no quiso insistir más en el asunto.

—No sé si me'xplico.

—Ya.

La Eli había vuelto a su habitación con una jarra de limonada fresquita. Iba descalza. Como casi siempre, de hecho. Desde que iba a su casa a verla, nunca la había visto con unas zapatillas puestas. La Laia tenía la impresión de que iba así a todas partes. También por el campo, sabes? Como que no se pinchaba los pies cuando andaba por el bosque porque se había criado en plena naturaleza, sabes?

—Te pongo un poquito?

—Sí (por favor).

—Hoy hace mucho calor, eh?

—Y ayer y antes de ayer… Y ya verás tú mañana.

—Ya, tía.

—Menos mal que tenéis estas paredotas, aquí.

La Laia se refería a los muros de la masía, que eran muy gruesos y eran de piedra, pero la Eli no estaba por la labor. Volvía a mirarle los chupetones del cuello. Sentía una potente mezcla de repugnancia y de curiosidad por los moratones de su amiga.

—Puedes preguntarlo, eh?

—El qué?

—Esto.

—Sí?

—Claro, tía.

—Vale.

—Venga.

—Quién te los ha hecho?

—Tú no lo conoces.

—Ah, no?

—No, qué va. No va'l insti.

—No?

—No, tía. Me los ha hecho un tío que se llama Xavi M.

—Uno que's más mayor, tía?

—Sí, tía.

—Si sé quién es… Pero no's muy mayor para ti?

—No, por?

—Es mayor d'edad, no?

—Sí.

—Y tiene coche?

—Sí.

—Y t'has montao, con él?

—Sí, sí.

—Ui, tía…

—Qué?

—Que yo no m'atrevería, eh?

—Por?

—Mi padre me mata. Si se'nterase d'algo así, me mata fijo, tía.

—A mí no me dicen nada, los míos.

—Pero lo saben?

—Hombre, tía…

Hacía calor. Estaban en julio. Las dos vestían de corto. No había manera de esconderlo. La Eli se metía para adentro, sin embargo. Quería saber un montón de cosas sobre los rolletes de su amiga, pero le daba cosilla preguntarlas. La Laia, mientras tanto, se apartó el pelo de la cara y se tomó un sorbito de limonada. La Eli era la hostia, tía. La tenía delante y era como si la viese pensar. Joder, tenía que preguntárselo sí o sí.

—Tú t'has enrollado alguna vez?

—Yo? No.

—Nada?

—No, no.

—Ni un beso, ni nada?

—No.

—Pero te gusta'lguno, a ti?

—Bueno…

—Qué?

—Sí.

—Quién?

—Uno.

—Quién?

—Uno, tía.

—Y lo sabe?

—No. Bueno… No sé. No creo.

—Pero tú se lo dirías o qué?

—Yo? No sé, tía. A lo mejor, no?

La Laia le sonrió. La limonada estaba riquísima.

—Claro que sí, tía. Tú no te cortes.

—Te puedo preguntar otra cosa?

—Claro. Lo que quieras.

—Pero es… es que's del sexo, eh?

—El qué?

—Tú lo has hecho, ya?

—No.

—No?

—No.

—Y eso?

—Paso, tía. No quiero.

—Ya, tía.

—Todavía no. Sabes que te digo, no?

—Sí, sí. Pero tu novio…

—Yo no tengo novios, tía.

—Pero te lo pide, no?

—Sí, claro. Piden muchas cosas, los tíos.

—Sí?

—Fijo.

—Y qué hacéis, entonces?

—No sé. Salimos por ahí, vamos al cine y eso, no?

—Ya.

—Y, a veces, pues sí, pues nos acabamos enrollando.

—Sólo's dais besos?

La Eli estaba lanzada y la Laia no podía no sonreír, joder.

—Bueno, y otras cosas.

—Ya.

—Pero, Eli, tú tranquila, eh?

—Por?

—Que si tú no quieres hacer algo, no lo haces, eh?

—Seguro?

—Hombre, claro. Na'más faltaba, tía. Estás porque quieres, vale?

—Sí. Es que… a mí, todo eso todavía me da como cosilla, sabes?

—Ya.

—Que me pida, no sé, que le haga no sé qué, sabes? Y yo no quiera, sabes?

—Sí, sí. Pues le dices que no, tía, y punto.

—Ya.

—No hay prisa, eh?

—Ya, ya. Pero's que tú eres muy valiente, tía.

—Yo? Por?

—No sé. Parece que no tengas miedo nunca.

—No sé. No se puede vivir así, no?

—Es muy fácil decirlo, tía.

—No te digo que no, eh, yo?

—Ya. Y'l Dani?

—El Dani, qué?

—No sé, que siempre ibais juntos, no?

—Ya. Pero ya no.

—Y eso?

—No sé. Paso mucho, tía.

—De qué?

—De malos rollos, tía.

Más tarde

La Laia no pensaba encerrarse en su cuarto por nada del mundo. Andaba tranquilamente por el camino de tierra que lleva de los campos de Can F. al viejo castillo de Sant Mena, con la fresca que había dejado a su paso toda una tarde de calor sofocante, y se encontraba con que los árboles y las plantas del bosque se veían como más extraños. La luz de julio, a última hora del día, era curiosa, rara y bonita. La Laia no sabía decir qué le hacía exactamente a las cosas, pero tenía la sensación de estar cruzando un sitio (un espacio) que era otro distinto al suyo, donde todo era posible de algún modo. Así, de pronto. Joder, si hubiese visto la cabezota de un duendecillo debajo de una zarza, lo hubiese saludado y ya.

—Ei, qué pasa, sabes?

Pero las sombras del crepúsculo podían esconder otra clase de cosas, tía. La figura oscura del Dani cabía en casi cualquier parte, a aquellas horas de la tarde. Tampoco es que la Laia tuviese intenció de pararse a buscarla, pero veía montones de sombras a su alrededor, por todas partes, vale? Siguió adelante. Si realmente había pasado algo en Sant Mena, hacía mucho tiempo que había dejado de pasar nada, la verdá. Lo peor del asunto (con diferencia) era la gente del culto satánico, que seguía suelta por la calle, como si nada.

—Y ésos sí que dan miedo de verdá, tía.

Ya casi era de noche. Vio las luces de algunas farolas a lo lejos, en Climent Humet. Desde donde estaba, un poquito más allá del castillo, se quedó con el sitio donde estaba el bloque de pisos del Dani V. y supo que era casi imposible que el chaval hubiese visto nada desde la ventana de su habitación. Y, mucho menos, una sombra que «se metió para adentro del bosque», sabes? La Laia veía complicado que se pudiera captar una mierda desde su casa. Es que ni el castillo, chaval. Por la noche, aquello tenía que estar todo oscurísimo. El Dani o lo había soñado o lo había flipado muchísimo. La Laia, sin embargo, se resistía a creer que no fuese verdá.

Aunque entendía las cosas de otra manera, en el fondo, sabía que su amigo Dani no le había dicho ninguna mentira. Otra cosa muy distinta era lo que él se pensase que había visto, sabes que te digo? Porque, con el sueño encima, se podía haber confundido con cualquier cosa, vete tú a saber, un animal o algo. Cómo iba a saberlo, eh? De tan lejos, si de verdá había llegado a ver alguna cosa, no podría ni distinguirlo. Ni bien, ni mal, ni nada. El Dani no era mal tío, joder, pero ella ya no podía hacerle más, al final. Si no le gustaba, pues no le gustaba, no?

Llegada a la altura del castillo de Sant Mena, se paró a mirar. El chaval le había explicado que la figura oscura había salido de allí dentro, de la capillita que había junto a la gran mole de piedra. Pero, joder, si aquello fuese verdá, si realmente una sombra espantosa había escapado de su interior durante una noche de invierno, el año pasado, se lo iba a encontrar de cara, tú. La Laia no quiso ni pensarlo. Se le ocurrió que, a lo mejor, podrían resolver el misterio un día colándose dentro, no? Lo mismo hasta se encontraban con un vampiro durmiendo en su atáud, eh?

El puntito de luz que vio luego junto a la puerta del castillo no era ni una luciérnaga, ni el ojo bueno de un hada diminuta. Allí había alguien fumando. Del mismo modo que vio un par de murciélagos revoloteando sobre los tejados, vio la silueta de una persona de pie, a unos pocos metros del camino donde estaba. La Laia estuvo tentada de no saludar y hacer como si nada, sabes?

—Adiós.

—Ei, tú…

Le hablaban.

—Sí?

—Puedes venir un momentillo?

—Eh?

Qué mal rollo, tía. La Laia se había parado a mirar quién era, pero, al chavalito de la voz chunga, no se le veía ni la cara, ni nada. Con el rollo, se le había hecho de noche-noche, eh? Miró un momento al tío (que venía hacia ella) y miró la distancia que había hasta la entrada del pueblo. Uf, tía, qué lejos que pilla todo de pronto. Pensó que, a las malas, podía salir por patas. Era bastante buena corriendo, sabes? Pero, joder, no había pasado nada, no le habían hecho nada, y ya estaba pensando en ponerse a gritar como una histérica, tía.

—Qué pasa?

—Ei, tú no eras la Laia?

—Sí.

—La Laia R., eh?

—Sí. Que nos conocemos de algo?

—Yo iba con tu padre, tía. El Carlos…

—Sí. En el cole, dices?

—Fijo, tía.

La Laia acabó viendo al Víktor con sus pintas de siempre: la chupa de cuero tope de grande, los elásticos cutres y las bambas de mercadillo. La verdá era que no tenía muy buena pinta, tía, pero la Laia no estaba dispuesta a hacer como hacían todos los demás, que lo prejuzgaban por nada y lo trataban como a un apestado sólo por su aspecto, sabes? Joder, si todo el mundo te daba la espalda, lo normal era que te acabases comportando como un puto marginado, que es en lo que te convertías al final, no?

—Qué?

—Eh?

—Te vienes a fumarte un peta o qué?

—No, si yo no fumo, gracias.

—Es que, tía… Perdona, eh? Pero's que, si no lo digo, reviento…

—El qué?

—Que'stás tope de buena, eh?

El Xavi M. (cuando se ponía caliente) también se lo decía así.

—Ya. Vale.

—No t'he molestao, no?

—No, no.

—Es que's la verdá, tía, eh?

—Vale.

El Víktor no dejaba de ser un tío y la Laia, a sus diez y seis añitos, ya estaba más que acostumbrada a los tíos de su pueblo. Lo normal, vale, era que pudiese gustarle a alguien, pero que se lo dijesen así a la cara, sin apenas conocerse, era como que un poquito más chungo, no? El Víktor tenía los ojos de un ahogado. La Laia los miraba con algo de susto. No sabía qué pensar ni qué hacerle. A poco que una se fijase, eran bonitos, pero estaban como sumergidos en una sustancia amarillenta que tufaba a enfermedad crónica, incurable. Luego estaban las ojeras, de peor aspecto si cabe, que daban buena cuenta de algunas de las cosas que había tenido que ver el pobre chaval en su vida, sabes?

—No t'hace, eh?

—El qué?

—Venirte conmigo, ahí.

—No. No puedo. Me tengo qu'ir a casa.

—Es sólo un ratillo, tía.

—Es que m'esperan.

—Vaaa…

El Víktor tenía la boca podrida, tía. El aliento le estaba pegando duro en toda la cara y la Laia se sentía fatal sólo de pensarlo. No le gustaba hablar así de nadie, sabes? Pero el chaval iba con el pelo grasiento y la ropa sucísima. Era un guarro, joder. Olía muy fuerte, como si no se hubiese duchado desde hacía un montón de tiempo. Ni loca se iba a sentar con aquel pavo en ninguna parte (y, mucho menos, de noche, en la puerta del castillo de Sant Mena). De una parte, vale, no le hubiese importado hablar con él un rato, por conocerlo, por saber de sus circunstancias (qué le había pasado en la vida, cómo había llegado a aquel punto tan chungo de su existencia o dónde cojones se habían metido sus padres durante todo aquel tiempo), pero no eran ni el momento, ni el lugar, tía. Al fondo de aquella mirada, había algo realmente retorcido. Y no era sólo que se la quisiera follar, como tantos otros tíos, sabes?

—Es que me'speran en casa, eh?

—Tan pronto?

—Sí.

—Buah, tía. Enróllate, no?

—No puedo. Lo siento. Otro día?

—Bah…

—Bueno, pues me voy, yo.

—Yo no puedo, tía. Si pudiera, t'acompañaba un ratillo, eh?

—Vale.

—Mira que me quedo solito, eh?

—Ah, sí?

—Sí. Pero no mucho, qu'he quedao, tía.

—Aquí?

—Sí. Si tiene que'star a punto de llegar…

—Quién?

El Víktor sonrió como un niño pillo. No volvería a abrir la boca (no pensaba decírselo). La Laia, entonces, reparó en el silencio que había a su alrededor. Aparte de sus voces, no se oía nada más. Hacía rato, de hecho, que no se oía una puta mierda en los campos del castillo de Sant Mena. Ni el viento, ni un grillo, ni hostias. La Laia acababa de darse cuenta después de que lo mencionaran, pero aquello venía pasando desde hacía un buen rato, tía. Miró la capillita y se acordó de lo lejos que pillaba de allí el bloque de pisos de su amigo Dani. No podía haber visto una mierda desde su habitación, joder. Si echaba a correr a toda hostia, la Laia no podía tardar mucho más de un minuto en llegar a las primeras farolas del pueblo. No era tanto, no?

—Qué, tía? Te lo'stás pensando o qué?

—No.