El misterio de Sant Mena

27 de setiembre de 1988

Después de que la mujer se tirara de la falda para abajo por segunda ó tercera vez, el Paco le pidió que tomara asiento, «por favor». Si no perdía de vista sus muslos de forma inmediata, sabía que no podría dejar de buscarlos con la mirada. Quieras que no, se sumaban dos circunstancias fatales: la mujer (una clienta que había entrado en la oficina cerca de las nueve y media) estaba más que buena y el Paco estaba sin comer (desde el sábado, al menos). El lunes era día de reposo y, aunque el hombre solía comportarse siempre, aquella mañana del martes veintisiete de setiembre de 1988 le costaba horrores conducirse con la señora R. de cuerpo presente.

—Señorita…

—Señorita. Perdone…

Pero, por más que lo intentaba, al Paco no le entraba en la cabeza que una tía como aquella siguiese suelta por el pueblo. Quiso saber si estaba soltera y sin compromiso (más que nada, por calcular qué tiempo le iba a llevar meter las manos entre sus muslos), pero el oficio estuvo más rápido que el hambre y, antes de que pudiera planteárselo siquiera, le había preguntado «en qué puedo ayudarla, señorita R.».

—Ui, no me trates d'usté, que m'hace más mayor…

—Perdón.

—Puedes llamarme Concha.

El Paco asintió, más seguro. La Concha R. se había sentado al otro lado de la mesa y la distracción, por el momento, había pasado. El Paco únicamente podría mirar la carne tierna de sus muslos en el recuerdo (detrás de los ojos, donde nadie podría verle). Sin embargo, aunque el tipo se había follado a tías con más tetas que la Concha, empezó a interesarse por el contenido de su escote (una cosa menuda, como toda ella). Al darse cuenta de la deriva que tomaban los hechos nuevamente (las ganas que le estaban entrando de follársela), carraspeó varias veces y derramó la mirada por encima de la mesa, como si buscase algo importante que le hacía mucha falta para alguna cosa.

—Concha… Bien, en qué puedo ayudarte?

—Estaba buscando piso.

—De alquiler o compra?

—Alquiler.

—Se os ha quedado pequeño el piso?

—No, no… Si mi problema's que vivimos en una casa demasiado grande…

—Ya. Aquí, en el pueblo?

—No, a las afueras.

—Y qué'stabas buscando…? Quiero decir… En qué habías pensado, Concha?

—Algo pequeñito.

—Para dos?

—Sí.

—Dos, tres habitaciones?

—Sí. Dos estaría bien.

—No tenéis pensado ampliar la familia, por el momento?

—No… si vivo con mi hija, yo.

—Sola?

—Sí.

El Paco tuvo que sujetarse al oficio una vez más. La noticia de que no había pareja conocida en la vida de la tal Concha R. le obligó a pasarse una mano por el pelo engominado. No podía celebrarlo. Ni bufar. Ni podía sonreír más de la cuenta. Se contuvo un instante. Respiró hondo y, de regreso a los ojos de su clienta, pasó un momento por el montón de sobres que había en la mesa, las vetas de la madera y la piel morena del escote. Nada, un segundo. La muy guarrilla, según los cálculos recientes del Paco, además de no llevar sujetador, había estado tomando el sol en pelotas.

—Perdona mi indiscreción, Concha.

—No pasa nada.

—Es que… Bueno, necesito algunos parámetros para… Bueno, ya puedes imaginarte, no?

—Sí.

—No puedo ofrecerte la casa ideal si no sé ciertas cosas como esa, no?

—Claro.

—A vece me pasa que… Bueno, el otro día, sin ir más lejos… Vino una pareja que'staría cerca de los treintena, o así, y yo les insistía, claro, en viviendas de dos-tres habitaciones, pensando en los críos, sabes?

—Sí.

—Pero, claro, resulta que la pobre mujer no podía tenerlos, por no sé qué complicaciones que tuvo, y ahí te sientes como que metes la pata, no?

—Claro.

—Pero's que yo tengo que ir preguntando todo'l tiempo, como regateando, entiendes?

—Sí. Creo que sí.

—Es la única manera de dar con la casa correcta. Es como juntar las piezas de un puzle: de una parte tienes unas personas con unas necesidades concretas y, de otra, una serie de viviendas con unas determinadas prestaciones… Por eso, y perdóname si he sido indiscreto, me pensaba que tenías pareja, eh?

—No es el caso, no.

—Ya. Pero no es lo que pensaría cualquiera'l verte, así, de entrada, no?

—Tú crees?

—Sí. Bueno… es lo que tengo que pensar como agente inmobiliario. Veo a una mujer joven como tú y tengo que partir d'esa idea, no?

—No sé. No debe ser fácil acertar… y menos con personas como yo.

—No te creas… Por aquí acaba pasando mucha gente, al final.

—Pocas como yo, no?

—Como tú?

—Solteronas, digo.

—Pocas, sí. Pero, desde luego, ninguna como tú, Concha.

—Ya.

—Sabes qué te quiero decir?

—No.

—Bueno, que nadie piensa en una mujer joven y bonita… Perdona que te lo diga así, Concha, pero's para que me'ntiendas, pero la gente, cuando piensa en una solterona, como que ve otra cosa muy distinta en su cabeza, no?

—Sí, supongo.

—No?

—Sí, sí.

El Paco sostuvo la mirada en los ojos de la Concha R., su clienta, mientras sonreía en su butaca de tipo al que todo le va bien, sabes? No podía negar que estaba satisfecho de la vida que llevaba. Abrió un cajón del escritorio y sacó una libretilla que usaba para conservar algunas notas sobre las viviendas que tenía en cartera (poca cosa, que el Paco era un máquina y lo hacía casi todo de cabeza). Pisos pequeños. Morenita, menuda y soltera. A veces se sorprendía explicándose a sí mismo que las mujeres de Sant Mena no iban por los sitios perdiendo las bragas o chupándole la polla a individuos como él, por más que lo valieran. Se acordó de varias viviendas nuevas en la zona de Can Palau, pero pasaban de las nueve y media y aquella mujer no estaba ni en la fábrica, ni en la tienda, ni en ninguna otra parte. Pensó que podría echar la llave de la oficina y correr las cortinillas. A lo mejor, podían echar un polvo para desquitarse, no? Seguro que sí, que así se conocerían mejor y podría encontrarles el sitio justo para ella y para su hija.

—Bueno, Concha…

—Qué?

El Paco empezó a pasar las páginas de la libretilla.

—Algo pequeño, verdá?

—Sí.

—Dos habitaciones, mejor que tres.

—Sí.

—Vale. Me has dicho que tenías una niña?

—Sí, mi hija Sofi.

—Sofia?

—Sí, Sofi.

—Es un nombre muy bonito.

—Sí.

—Es muy pequeñita?

—Sí, sí. Sólo tiene siete añitos, ahora.

—Siete?

—Sí.

El Paco echó cuentas en un momento. Si la tía tuviese veintiuno ó veintidós años como venía pensando, tendrían que haberla preñado con quince o menos, así que sumó siete a diez y siete y, como le salieron veinticuatro-veinticinco (cosa que cuadraba mejor), lo soltó como le vino:

—Pareces mucho más joven.

—Gracias. Qué años m'echabas?

—Eh… No sé, la verdá. Veinte?

—Ya quisiera yo.

—Para qué?

—Para ser joven otra vez. Tú no?

—No sé… Supongo, sí.

Pero el Paco, por dentro, se repetía todo el rato «joder qué no, quién los pillara otra vez» porque, entonces, con veinte tacos, todavía no le habían echado el lazo al cuello y no tenía que llevar todo el tiempo una alianza en el dedo anular de la mano izquierda para distinguirse de los demás, de los que eran libres de volver a casa cuando querían. El peso de aquella idea le borró la sonrisilla de la cara y el Paco tuvo que buscar algo, lo que fuera, en la libretilla.

—Tú no eres tan mayor, tampoco.

—No?

—No, qué va. No lo pareces, vamos.

—Qué años me echas?

—Ay, no sé. Pero… a que no tienes más de treinta y cinco?

—Uf…

—Qué?

—Que me has dado duro, chica… Aquí, en la honrilla.

La risita que se le escapó a la Concha le puso la polla dura al momento. Era como si estuvieran más cerca de echarle la llave a la puerta de la oficina. Podrían follar sobre la mesa del escritorio mismo, mientras se pedían permiso y perdón por todo, porque, joder, esas cosas pasan así, sin más, pero, hostia puta, el Paco no estaba seguro de si se había traído las gomas al trabajo. No solía, desde luego. Pensó en tocarse el bolsillo de la camisa delante de la Concha. No pasaba nada. Si le preguntaba por la caducidad de los condones, ya lo tendrían medio hecho.

—Cuántos, va.

—Eso no se le pregunta a un señor de mi edad.

—Ya…

—Piensa que puedes hundirme en la miseria para siempre.

—Seguro.

—Bueno…

—Qué?

—Creo que tengo alguna cosa para ti, en Can Palau.

—Sí?

—Sí. Obra nueva, todo.

—Sube mucho?

—No. Son precios que'stán muy bien ajustados, Concha.

—De cuánto hablamos?

—Cuarenta mil.

—Uy, no.

—No? Seguro que no quieres verlos antes? Mira que'stán muy bien…

—No puedo tanto.

—Vale.

—Piensa que nos conformamos con poquilla cosa, nosotras dos.

—Vale. Sobre treinta, veinte mil?

—O quince, más bien.

—Quince?

—Es c'ahora mismo no tengo muchos ingresos, que digamos.

—No?

—No. Estoy buscando algo, por aquí en el pueblo.

—De qué?

—La verdá… Un poco de lo que sea, ahora mismo.

La idea de ponerle un pisito surgió de una forma muy natural en la cabeza del Paco. Quieras que no, era algo que había previsto muy al principio de hacer pasta. Tener un coñito caliente esperándole en alguna parte (financiada de su bolsillo de forma total) iba con su concepto de la profesión. Porque, tarde o temprano, llegaba el día que te daba para pagarte una querida sin que lo notasen en casa y, con querida, el Paco quería decir una mujer muy de su gusto, como aquella Concha que acababa de cruzarse en su vida. Porque, joder, hay cosas que se saben a la primera, no?

—Se me ocurre que…

—Qué?

—No sé. Es un poco prematuro, pero estaba pensando que, a lo mejor, podríamos probarlo…

—El qué?

—Aquí. Bueno, es sólo una idea, eh?

—Es que no sé de lo que me'stás hablando, todavía…

Y estuvo a punto de decírselo, «ya te lo pago yo», pero no le convencieron ninguna de las explicaciones que tendría que dar luego. Rumió un poco más, pero nada. Además, además, la última vez que le dio tan fuerte por una tía acabó asqueado, con un anillo en la puta mano. Pero lo notaba en el pecho, de todos modos (algo muy adentro, como palpitando). Aunque hacía pocos minutos que la tenía vista, aquella Concha le podía valer (para lo que fuera).

—Es lo que te decía, de los puzles.

—El qué?

—Tú buscas algo y yo lo tengo, justo aquí.

—Aquí?

—Sí. No has visto el aspecto que tiene'sto?

—Sí? Bueno, no sé.

—Creo que'sto necesita un toque femenino, sabes que te digo?

—Bueno… Un poco, sí.

—T'apetecería probar?

—Yo? De secretaría?

—Sí, sí. Sólo tendrías que'ncargarte del teléfono, al principio.

—Uy, no sé…

—Y ya, más adelante, vamos viendo si eso, no?

—Es que… no sé. Yo nunca he…

—Eso da igual, mujer. Todo's ponerse, no?

—Sí, la verdá es que sí.

—Sería un sueldito justo, para'mpezar, no te quiero'ngañar, pero, si te parece, con el tiempo, podrías acabar enseñando algunos pisos y eso.

—Ya.

—Y'ntonces irías a comisión, claro. Y ahí ya te sale un pico al mes.

Que era otra forma de pagarle el pisito.

—Pues no sé. Me pillas que no sé qué decirte…

—Qué tienes que pensarte, mujer?

Al Paco, que hubiera una niña de por medio, no le fastidiaba el invento (del mismo modo que no le preocupaba una mierda que el ferrari testarrosa de sus sueños no contara con el asiento de atrás de las grandes mamadas de polla). Se reclinó en la butaca de tipo grande y entrecruzó los dedos de ambas manos. La verdá era que se le daba bien lo suyo. Dominaba las situaciones como nadie.

—Qué?

—Que no sé. Vamos, que venía a por un piso y…

—Lo probamos?

La Concha, claro, no podía saber lo que estaba pensando aquel tipo tan peculiar. En todo el rato que llevaba allí metida, no le había escuchado formular ni medio pensamiento y el Paco, «rum-rum-rum», seguía con la duda de si era demasiado pronto para una querida. Según sus cálculos, aún le deberían quedar unos cuatro años buenos de matrimonio y lo cierto era que ya no aguantaba un día más, joder. Se cogió del brazo de la butaca por no levantarse a echar la llave.

—Empiezas mañana?

—Mañana miércoles?

—Sin compromiso. Vienes a las nueve…

—No. Es que…

—Qué pasa?

—Que a esa hora tengo que llevar a la niña al cole.

—Ah, ya. A las nueve y cuarto?

—Vale.

—Bien. Vente mañana a las nueve-nueve y cuarto y te cuento un poco de qué va la cosa, te parece?

—Sin papeleo, ni nada?

—Prefiero que probemos sin, primero. Si te parece bien, claro.

—Sí, sí.

—Está bien, Concha.

El Paco se echó al frente y le tendió una mano por encima de la mesa.

—Vale.

—Quedamos así?

—Sí.

La piel morena de su mano era suavísima, como había supuesto. Tuvo que soltársela, sin embargo. Hizo que miraba algo en su libreta. Tenía que reprocharse muy seriamente que estaba andando los mismos putos pasos que la primera vez, cuando la Merche. En su día, se había propuesto no volver a encoñarse de ninguna tía, pero ahí estaba otra vez, joder, deseando beberse la vida antes de que se la acabara cualquier otro.

—Y el piso?

—Quieres hablarlo ahora?

—Sí.

—Lo digo porque'stamos a veintisiete, sabes?

—Ya.

—Te corre prisa?

—No. Bueno…

Sí. La verdá era que la Concha necesitaba salir del viejo caserón cuanto antes, pero cómo explicarle a nadie que las sombras se apretaban en las habitaciones, durante el día? ¿Cómo contarle a nadie que los ruïdos en la noche le estaban robando horas de sueño? ¿O cómo no callarse que temía por la vida de su hija Sofi, cuando lo normal era que cualquier madre se desviviera por sus hijos?

—No puedes aguantar un mes más donde'stás?

—Sí, si llevo años allí…

—Entonces? Mira… Mañana, después de'nseñarte todo'sto, te llevo a desayunar un bikini, un donut o lo que sea, y podemos ver alguna cosilla que tengo por ahí…

—Vale.

—Y así ves cómo se hace, de paso.

—Sí.

—Vale?

—Sí.

—Me dices quince mil, verdá?

—Sí. De momento, pienso que sí.

—Pues… Nos vemos mañana?

—De acuerdo.

Buena señal. La Concha lo entendió fácil, a la primera: tenía que marcharse porque el Paco necesitaba pensar en sus cosas, así que se puso en pie de inmediato, «bueno, pues me voy», y se dirigió hacia la puerta de la calle con paso ligero. «Sí, adiós», pero ahí estaban esos muslos otra vez, joder. «Bueno, pues adiós». «Adiós, sí», será mejor que te vayas antes de que me lo piense dos veces. Porque el Paco, llegado el momento, podía dejar de comportarse, entiendes?

La puerta se cerró tras ella, «clinc-clinc», y el tipo se quedó a solas con su hambre de hombre que está sin comer desde el sábado, al menos. No hizo nada, justo después. Al rato, por eso, se sorprendió husmeando el aire de la oficina, como buscándola. Cerró la libretilla, «cosa más inútil», y la echó dentro del cajón, sobre el libro que estaba leyendo en sus ratos muertos (que eran muchos, últimamente). Necesitaba follar y lo necesitaba ya, pero, después de pensarlo un momento, llegó a la conclusión de que se contaban un montón de porquerías, ahí dentro. Muchas veces se había parado con la sensación de estar metiendo las narices en la mierda, pero luego seguía adelante, pasando páginas, buscando más.

Pensó en cerrar la oficina y largarse a casa, a hacer uso del matrimonio. Si ponía a la Merche de espaldas en la cama, a cuatro patas, podía imaginarse que le estaba dando por detrás a la Concha y sus muslos, pero su mujer era muy hábil a la hora de quitárselo de encima fuera de horas. Joder, si llegaba y la muy puta no se dejaba por lo que fuera, se iba a poner de muy mala hostia. No cerró el cajón. Cogió el libro y lo puso sobre la mesa. El sexo y los esclavos de Satán. El Paco pensaba que podrían haberle puesto mejor El sexo o las cosas malas que pasan en el mundo porque, ahí fuera, no pasaba nunca nada bueno. Se desabrochó el pantalón y se bajó la bragueta. Tenía que hacerlo. Aunque el tema de los abusos le quitaban a uno las ganas de nada, había en el fondo de aquel asunto algo mucho más guarro, que le reconcomía por dentro.

Era la puta envidia, sabes, Conchita? Aquellos satánicos de las capuchas negras se montaban unas orgías de la hostia, los muy cabrones, y el Paco, dale que te pego debajo de la mesa, sentía una profundísima envidia de aquellos individuos que hacían lo que les daba la gana cuando les daba la gana. Porque sí. Porque no tenían ni moral, ni leyes, ni hostias, como todos los demás. Porque no respondían ante nadie, joder. Porque el tal Satán no era nadie, en el fondo, y aquellos tíos, si querían, hacían y deshacían a su antojo y el Paco, pues joder, también quería follarse a quien quisiera, cuando quisiera y de la manera que quisiera, no? Oh, Conchita… Y todavía había quien se atrevía a decirles que todas esas cosas no son buenas, que no?

Joder, que no. El Paco, en su cabeza, estaba hundiéndola entre los muslos apretados de la Conchita (sin goma, ni salivazo, ni nada) y la cosa iba por buen camino. Le iba a poner un pisito, joder. O dos. O los que ella quisiera, oh, Conchita… De hecho, podía tener dos queridas en vez de una, no? O cuatro. O una para cada día de la semana, eh, Conchita? ¿Por qué no? Cualquiera sabía que dos guarrillas mamándola eran mucho mejor que una.

Fue pensarlo y poner a la Conchita y a la Carmen (con su bocaza de caballo) a comer polla, en pelotas, en la parte de atrás de su bemeuve. Aunque había mucho que imaginar allí, la cosa iba bien, joder. Qué de porquerías no haría él, si le dejasen. Qué no haría cualquiera si pudiera, si no lo supiera nunca nadie, eh, Paco? Pero no se podía, verdá, Paco? Mucha libertad de boquilla, pero luego cállate y no digas lo que piensas, por si las moscas. Oh, Conchita… El Paco corrió a abrir el libro con una mano. Tenía que dar con la página sesenta y tres-sesenta y cuatro, donde el pasaje de las sacerdotisas de no sé qué.

Pero qué guarras, joder. El Paco pegaba duro en la mesa, por debajo. El Paco ni siquiera podía calcular la de veces que había sentido ganas de pasar por encima de las mujeres casadas que entraban en la oficina de la mano de sus maridos, putos borregos. El Paco conocía la manera exacta de arrancarles la cara de aburrimiento. A todas ellas, joder. El Paco ya casi estaba de lo suyo. Oh, Conchita… si de verdá se follaba tanto en una secta de esas, se planteaba muy en serio lo de meterse a satánico, hostia puta yaaa