El misterio de Sant Mena

28 de diciembre de 1989

Las siete y diez y la noche (en la ventana) amenazaba con tragárselo vivo otra vez. Luego, si no lograba remediarlo de alguna forma, dormiría ciego siete u ocho horas del tirón y volvería a naufragar otra mañana más en la mesita del dormitorio, a echar una mano desesperada en busca del interruptor de la lamparita, «clic». Bien mirado, lo primero que hacía cada día al levantarse era ponerse el reloj de pulsera en la muñeca. Ni siquiera miraba la hora que era, no lo necesitaba, pero aquel otro «clic» diminuto del broche metálico lo devolvía de nuevo a su puesto en el engranaje monstruoso de todas las cosas (donde la sucesión natural de los «clics» no se detenía nunca jamás).

La oficina estaba en silencio y, si el Paco prestaba atención, podía llegar a escuchar los dientes de las tuercas encajando entre sí, «cre-cre-cre». Debía haber una sala de máquinas en alguna parte, manejándolo todo. El Paco guardaba en el paladar la viva impresión de los hierros oxidados y de las cadenas sucias de grasa. Si había una ventana, el sol tenía que verse negro por culpa de la porquería que vomitaban las chimeneas sin parar. Visto así, el panorama podía resultar desolador, pero, por más vueltas que le daba al asunto, el Paco, al final, entendía que aquello era parte de lo que habían dado en llamar «sistema» porque, joder, de alguna manera tenían que llamarlo, no? Y pensó que sí, que recordaba muchísimo al rumor lejano de un motor (como cuando los aviones surcan las tinieblas del cielo sin que nadie los mire), pero, tanto daba, macho. Mientras siguiese viendo avanzar las agujas del reloj, no lograría escapar nunca de allí (porque seguiría dentro, dentro del «sistema»).

El Paco era una pieza más del mecanismo. Abrió el cajón del escritorio y sacó la agenda de piel negra, porque él, a diferencia de todos los demás, iba por libre, joder. Pasó mucho de la A, de la C y de la R. Porque menuda mierda, Paco, ya no quedaban casi nunca juntos y, que él supiera, no le había hecho nada malo, no? Hacía un montón de tiempo que la Raquel C. (la más guarra de todas) pasaba de su cara y de su coche. La otra noche, que iba un poco pasadito de coca, se fue a por ella directamente al curro, pero no la supo encontrar, macho. No la vio salir. No estaba por allí. Estuvo a punto de preguntarle a alguna de las pavas que salían de Kastol, pero, joder, eso hubiera sido demasiado, no?

La mamaba muy bien, Paco. Esa era la puta verdá. Estaba como muy suelta, la muy guarra, eh? Pero la luz artificial de los fluorescentes de la oficina le insistía todo el rato en la misma idea. Tenía una llave en el bolsillo del pantalón que abría una cerradura que ya no existía y había una pieza de puzle suelta debajo de cada sofá del puto pueblo, cogiendo polvo. El Paco sospechaba que, si nunca lograban juntarlas todas, alumbrarían algún misterio viejo, pero que no habría manera alguna de volver a dar nunca con la puta cerradura, macho. Y qué pasaría entonces con la llave, eh? Dónde la iban a encajar?

Porque todo, quieras que no, tenía su sitio en los engranajes de la maquinaria (así, en minúsculas). Y el Paco, a poco que se pusiera, podía pulsar los hilos sutiles que unían las cosas entre sí. No estaba flipando, vale? Su mujer, la Merche, le había llamado «sátiro» porque su cuñada la sicóloga le había calentado la cabeza con la mierda de la «satiriasis» del «cabrón de tu marido», vale? Pero follar es algo de lo más natural y querer follar mucho no puede tener nunca nada de malo, vale?

El Paco (sentado en la soledad de su oficina) lo veía claro. De un tiempo a esta parte, los muy mamones habían cogido la puta manía de ponerle nombre a todo para poder señalarte luego con el dedo por cualquier cosa, vale? Pero lo que el Paco quería saber de verdá era quién cojones decidía qué era mucho o poco, eh? Abrió la agenda de piel negra por la P y pasó la vista por un montón de nombres que no le decían nada, ya. Allí tenía apuntados un montón de chochitos. Porque aquella era su puta obra maestra, joder, su índice de guarrillas, con sus valores al alza y todas esas mierdas. Las flechitas, por eso, hacía tiempo que habían dejado de parecerle graciosas, pero cómo mierdas iba a soportar la idea de mantenerse «dentro» si no podía contar con su horizonte de rayitas de coca y de mamadas de polla para matar el día?

No pensaba portarse bien porque sí, joder. Pasó página. La Q. Pasó página. La R. Pensó en llamarla a casa, pero… y si le salía el marido, qué? La tía, quieras que no, era una puta desgraciada, pero se entendían bien, sabes? El Paco lo pensó con cuidado. La verdá era que la echaba de menos. Luego se contó a sí mismo que, si no tuviese tantas tetas, joder, podrían haber sido hasta colegas de farra, pero es que era verla y querer metérsela y aquello, hostia puta, no se le hacía a un colega, eh?

Tramó (al menos) cinco excusas distintas por si le salía el marido al otro lado del teléfono y no sintió ninguna náusea, ni vértigo, al saberse sin rumbo en la vida aquella tarde-noche del veintiocho de diciembre de 1989. Hacía un frío de la hostia en la calle, joder, y él hacía lo que hacía porque le salía de los cojones y porque estaba en su naturaleza, vale? Luego sacó la llave del bolsillo del pantalón y la dejó encima de la agenda abierta, cerca de su nombre. Pensó un momento en los candados que había puesto últimamente. Trató de no acordarse del siseo repugnante de las cadenas que había atado en los últimos meses a tantísimas puertas de casas vacías, pero eran demasiadas piezas sueltas a la vez.

No podía más. El viejo Menna le había pedido que tapiase la puerta principal de la fábrica abandonada de Can Baixeres «antes de final de año» y el Paco había tenido que ponerse unos guantes profilácticos debajo de los guantes de cuero «antes de meterse dentro, pa'ver si había alguien o algo, eh?». El polvo, la grasa y el óxido de hierro estaban todos allí dormidos. Pero no fue él solo. El Víktor le acompañó al interior de la nave con un bate de béisbol en la mano y, si en verdá había una sala de máquinas en alguna parte, manejándolo todo, tenía que estar cerca de allí, vale? El Paco creyó oírla (como la estaba oyendo entonces) por debajo del silencio, en algún punto bajo sus pies, «tran-tran-tran-tran».

—Pero menuda puta mierda todo, macho.

—A que sí, tío?