El misterio de Sant Mena

28 de noviembre de 1985

Si al menos fuese una pesadilla, se podría despertar. Y, si no pudiera ver tan bien las letras de los nombres en la pared, sabría que allí estaba pasando algo raro. Sabría que estaba soñando. Sabría, al menos, que estaba dormidito en la cama y que no le podía pasar nada malo (pero podía leer todos los números y todas las letras que había en las paredes de la clase y no quería estar despierto ni un momento más). Si al menos no lo pudieran ver, si de verdá fuese invisible cada vez que cerraba los ojos, la señorita Herminia dejaría de llamarlo por su nombre todo el tiempo:

—Edu? Edu? Edu, ven aquí, anda…!

El Edu no miraba a la puerta de clase desde hacía un buen rato. Había un hombre del coche allí. Había llegado cuando ya no quedaba casi ningún niño por salir. Había dicho que su hermano Rafa no podía venir a buscarlo «porque tenía que hacer un recado» y que le había pedido a él (el hombre del coche) que le fuese a buscar (a él, el Edu) al cole, a la hora de la merienda. El hombre del coche había dicho, además, que era su tío y que tenía que llevarlo a casa con su madre. Había dicho que irían en su coche, «como las otras veces, eh, Edu?».

Todos aquello era una mentira. El Edu se levantó de la silla sin abrir la boca y se fue a la señorita Herminia a decirle que no podía irse con aquel señor del coche porque no era su tito ni nada. Qué rabia. El Edu apretaba los puños para no mirar a la puerta de clase. El hombre del coche le estaba hablando. Le decía cosas. Le decía «anda, Edu, vente con tu tío ya, que tu madre nos está esperando en casa», pero su madre no tenía ningún hemano ni tan feo, ni tan mentiroso.

La señorita Herminia hacía que no con la cabeza, mientras lo miraba llegar (no era la primera vez que pasaban más de diez minutos de las cuatro y media y quedaban algunos críos por salir). «Mira qu'eres especialito, Eduardet». Luego le puso las manos sobre los hombros y lo acompañó hasta la puerta, hasta el hombre del coche que no era su tío. El Edu, claro, no quería ir. El Edu no quería ni estar despierto, ni se quería creer que su hermano Rafa le hubiese pedido al hombre del coche que lo fuese a buscar, pero la verdá era que su hermano Rafa no estaba allí, como cada tarde. A lo mejor, como eran amigos, se lo había dicho. A lo mejor, aquello era verdá y el hombre del coche lo iba a llevar con su madre.

Algo le decía que no (que aquello era una mentira). El Edu no quiso mirar a la cara al hombre del coche cuando lo tuvo delante. Era muy feo, ya lo sabía. La señorita Herminia le dijo «apa, ve con tu tío. No los hagas esperar más» y el hombre del coche lo cogió de la mano y lo sacó de la clase. El Edu, que quería decir tantas cosas, no podía. Tenía ganas de llorar y de gritar y de patalear, pero un gato le había comido la lengua. «Va, vamos». El hombre del coche se despidió rápidamente de la señorita Herminia y tiró del pequeño Edu fuera del edificio de parvularios (una única planta con cuatro salas, dos cuartuchos y amplios lavabos para niños). Antes de abandonar el recinto del cole (ferréamente vallado), cruzaron el patio de P4 en silencio, a paso ligero. O el sol se estaba poniendo a deshora o las sombras se habían estirado muchísimo.

Algo pasaba. Aquella tarde de jueves era distinta a las otras tardes de aquel mes de noviembre. El Edu podía verlo en las cosas. De camino al coche de los hombres, miró las caras de los otros padres, pero no dijo nada. No podía. En vez de palabras, sólo le salían unos lagrimones gordos de los ojos. Nadie les iba a decir nada por aquello, ya lo sabía. Todos los días pasaban niños con berrinches de la mano de una persona mayor, pero no todos los días iba el Edu de la mano del hombre del coche. ¿Cómo no les decía algo la madre del Álbert? ¿Y la madre del Santi? ¿Y la Raquel, la hermana grande de la Mariajo, qué? El Edu no entendía que no quisieran «meterse en sus asuntos». Ya se lo decía su hermano Rafa, ya, que «(éstos) pasan de todo», pero ¿dónde se había metido él que no lo había ido a buscar? ¿De verdá estaba «haciendo un recado»? ¿De verdá le había pedido al hombre del coche que lo llevase a casa?

Llegaron a la puerta del coche en el rato de preguntarse todo aquello. El Edu no se dio mucha cuenta del camino porque le parecía que le pasaban las cosas como si no estuviera verdaderamente allí (como si lo estuviera viendo todo en la tele, sentado en el sofá de casa). El vehículo, sin embargo, estaba aparcado donde siempre (donde se había puesto las otras veces). El hombre del coche le abrió la puerta de delante y lo metió dentro. «Pasa, va». Luego se subió por el otro lado y enchegó el motor, que estaba como muy enfadado de tanto esperar. Hizo «brooom, brooom, brooom» y los lanzó a la carretera a toda prisa.

Bajaron bastante rápido por la avenida donde están las piscinas municipales y pasaron junto al parque de la riera en un segundo. La churrería, aquella tarde, estaba cerrada. El hombre del coche se paró en el cruce de la calle principal (bajaba una camioneta cargada de balas de paja). El Edu vio a algunas personas mayores sentadas en la parada del autobús. Aunque no los veía muy bien por culpa de las lágrimas en los ojos, eran todos unos pobrecitos con cara de pena por tener que ir a trabajar. A su padre le pasaba lo mismo, ya lo sabía. Entonces el hombre del coche dijo una palabrota («joder, joder, joder») y subió hacia la plaza del ayuntamiento, donde estaban los policías. Aparcó un momento al lado de otro coche, en medio de la calle, y se puso a buscar algo por debajo de los asientos. Tenía muy mala hostia. Estaba enfadado porque no encontraba una cosa que quería. «Cag'un la puta». El Edu miró de reojo en la parte de atrás y vio unos globos vacíos y arrugados en el suelo, encima de las alfombrillas. Había también envoltorios de chicles de fresa y cáscaras de pipas. Estaba todo muy sucio. Era un poco como el coche de su padre, que su madre le decía siempre que lo tenía que limpiar y no lo limpiaba nunca. Hubo un momento en que el hombre del coche casi-casi lo pilla espiando. El Edu giró corriendo la cabeza hacia la ventanilla. El edificio del ayuntamiento estaba al fondo de la plaza, pero no había ni gente ni pájaros por la calle porque hacía bastante frío fuera. Nadie tenía ganas de cantar ni de pasear, al final. Vivían todos en Sant Mena.

El cuartel de los municipales (que es como lo llamaba su hermano Rafa) estaba justo al lado del coche. «Mucha policía, poca diversión». El Edu ya no lloraba. Las canciones de su hermano Rafa eran las mejores del mundo. Sin darse mucha cuenta de nada, la estaba tarareando por lo bajo. «¡Un error, un error!». El hombre del coche dejó de buscar un momento y le dijo «qué mierdas estás hablando, niñato?!». El Edu, entonces, se calló la boca (no quería ganarse una hostia por respondón).

—Nada.

—Estás zumbao, chaval.

—Y tú la puta cabra!

El hombre del coche no se enfadó más (después de oírle, se le puso una sonrisa rara en el jeto). El Edu no podía saber que estaba flipando con él (por eso, bajaba la mirada y miraba a ver qué hacía todo el rato).

—Ayúdame a buscar un puto mechero, anda…

El Edu (como si lo viera todo por la tele de casa) miró en el lateral de su puerta. El seguro no estaba echado. Él sabía que tenía que tenerlo bajado cuando el coche se pusiera en marcha, así que lo bajó y cogió el mechero que había visto en el interior de un cajoncito lleno de papelotes.

—Ten.

El hombre del coche no le dio las gracias. Agarró el mechero, lo puso en el salpicadero y sacó corriendo un paquetito de tabaco que llevaba guardado en un bolsillo de la chupa. Tenía prisa por encenderse un cigarrillo. Le temblaban las manos o eso le pareció al Edu. «Está yonqui». Su hermano Rafa, si veía a alguno con las manos nerviosas, le decía eso. «Éste está yonqui, chaval», pero el Edu no tenía claro si aquello le estaba bien o mal a su hermano. En cualquier caso, el hombre del coche respiró más tranquilo después de darle unas caladas al piti (le pasaba un poco como a su padre, a su madre y a su hermano, que, después de chupar el humo la primera vez, se quedaban más tranquilos).

—Nos vamos, va.

El hombre del coche quitó el freno de mano y aceleró. Subieron a toda hostia por la calle principal de Sant Mena. El Edu sabía que, si los niños cruzaban sin mirar por allí, los podía atropellar un coche. Arriba del todo, donde el otro cruce, tiraron a la derecha y siguieron recto mucho rato (más allá de la gasolinera, del polígono y del cementerio). Después de aquello, había muchas curvas, ya lo sabía. El Edu sentía que estaba cada vez más lejos de su casa. El sol, a su espalda, se estaba escondiendo detrás de las viejas montañas de su pueblo. Se hacía de noche y él ya no tenía ganas de nada. El Edu, a aquella hora del día, estaba siempre un poco cansadito.

—No piensas hablar una mierda, tú?

No. El Edu no tenía intención de abrir la boca.

—No.

Luego murmuró algo grave (él también se podía enfadar mucho cuando quería).

—Qué dices?

—Nada.

—Puto mocoso. No sé… Mira, tienes que hablar conmigo, vale?

—No quiero.

—No sé, no sé. Si quieres que te lleve a tu casa, me tienes que decir dónde vives, no?

—No.

—No?

—No. Tú eres mentiroso.

—Que qué?!

—Yo ya lo sé que no eres mi tito.

—Tú crees, mocoso?

El Edu se mordió la lengua sin falta (no quería ganarse una hostia por respondón) y el hombre del coche, que no paraba de rascarse la cabezota pelada, le pisó a fondo por la recta que bajaba de una curva a otra. Olía muy mal. Olía peste. A las afueras de Sant Mena, había algunas granjas de cerdos y grandes extensiones de tierra arada que no llevaban a nada.

—Buah… No te huele raro, a ti?

—Sí.

—Verdá que sí?

—Es por el cielo, que se'stá pudriendo.

—En serio?

—Sí. Yo lo he visto.

—Ya te digo, tío.

—Sí.

—Yo también lo he notado, no te creas.

Luego arrojó el coche a toda velocidad por una sucesión de curvas que subía y subía y subía. Adelantó a una furgonetilla que no quería apartarse por más que le pitaran y le pitó muchas veces más a un panda rojo que venía de cara, por el otro carril, «¡mataos, hijos de puta!». Después puso el coche a más de cien quilómetros por hora, «brooom, brooom, brooom», por una recta muy larga que apuntaba directamente al cielo (el Edu sentía que podían salir volando en cualquier momento, pero no le parecía muy buena idea, al final, porque el coche no tenía alas ni nada). Entonces, cuando vio la curva que se les venía encima, se acordó de que su madre le decía siempre a su padre que tenían que ponerse el cinturón de seguridad y no se lo ponían nunca porque no se acordaban (ni les gustaba, que era un rollo). El coche derrapó un poco al girar a la izquierda tan de golpe. Un autobús que subía de Caldes les tiró las largas muchas veces y el hombre del coche, en lugar de echarse a un lado corriendo, pisó más fuerte el acelerador y le sacó un dedo por la ventanilla al señor del autobús. «¡Tu puta madre, gilipollas!». El Edu escuchó el bocinazo del autobús. Sonó una única vez, sin parar (por momentos, estaba más y más cerca). Aquella mole de metal pesado se les echaba encima fatalmente. El Edu no lo veía nada claro. A lo mejor, si uno de los dos no se paraba, se acabarían chocando, pero el hombre del coche, al final, dio un volantazo y soltó una carcajada estúpida y loca. Estaba la puta cabra, el mentiroso. Luego de seguir a la carrera un centenar de metros más, redujo drásticamente la velocidad y giró a la derecha por un caminito estrecho y sombrío.

—Me lo tienes que decir, chaval.

Se refería a su dirección, ya lo sabía.

—Tu hermano es buena gente, eh?

—Sí.

—Tú dime dónde vives y yo te llevo a tu casa.

—Vale (quiero ir con mi mami).

—Vale.

Estaba oscureciendo en serio. El Edu, aunque lo estaba viendo todo por la tele, no dejaba de tener miedo. En el sofá de su casa, había visto algunas cosas que le había puesto su hermano Rafa cuando no estaban sus padres (cosas de sangre y de muertos vivientes) que le habían dado mucho miedo y que, luego, por la noche, le habían dado muchas pesadillas. Pero aquello, de alguna forma que no podía explicar, era muchísimo peor.

—Antes te voy a llevar a ver una cosa, chaval.

—Vale.

—Vale.