El misterio de Sant Mena

28 de noviembre de 1988

Después de que sus padres lo enviaran a la cama a eso de las diez y cuarto-diez y media de la noche, el Sergio A. se quedaba siempre un ratillo más despierto, con su spectrum, programando a escondidas. Poquito a poco, estaba desarrollando un videojuego que se llamaría El Drácula o El castillo del Drácula (todavía no se había decidido), pero ya tenía dibujado el mapa del edificio, que era un cuadrado de tres por tres casillas. Al menos, por el momento. Porque la verdá era que tenía planes de ampliarlo a cuatro ó cinco casillas de lado, más adelante, para que fuese más como los castillos de verdá y no como el castillo de su pueblo, que era más bien como una casa grande (bueno, un poco más grande que una casa grande) porque no tenía ni torres, ni foso, ni puerta con pinchos en la entrada, de esas que se bajan de golpe.

Él, las torres, aún no sabía cómo ponerlas en el plano del castillo porque se supone que se salían del cuadrado principal (una por cada esquina, por la parte de fuera), pero el foso ya estaba dibujado alrededor del edificio y había decidido que, si el jugador se salía del castillo sin bajar antes el puente levadizo, los cocodrilos se lo comerían vivo, «ñam, ñam, estás muerto». Porque el lugar entero estaba repleto de trampas mortales como la rata del cajón, sólo empezar la partida. El castillo del Drácula no era ninguna tontería. Te podías morir de un susto, fácilmente. Porque, cuando sabes que el Drácula en persona te persigue por las habitaciones de al lado, te entra mucho miedo de golpe y el corazón te va tan-tan rápido que casi se te sale por la boca, chaval.

Aquella noche de niebla del veintiocho de noviembre de 1988, el Sergio A. se había cansado de perseguir gotos por la pantalla. Escritos «go to» y seguidos de un número de línea, no paraban de saltar arriba y abajo y el chaval, por no aburrir el programa, se había puesto a trastear con el comando beep que, bien mirado, daba para componer alguna melodía, sorpresilla o susto para el castillo del Drácula. Según ponía, el primer número era para los segundos y el segundo…? El Sergio probó con «BEEP 1, 0», «BEEP 1, 5» y «BEEP 1, -5» y la máquina respondió «bip, bip, bip» por igual, bien alto.

Si sus padres no se habían enterado de nada, era que estaban muy dormidos, chaval. El Sergio esperó un momento, muy quieto. Miró la hora. Buah, tío. Ya no eran ni las once y dos, ni las once y treinta y seis, ni las once y cincuenta y tres (como hacía un ratillo). Y eso que no había estado jugando, ni nada… Pero, por su cuarto, no apareció nadie, al final. Menos mal, tío. El Sergio estuvo a punto de probar de nuevo con la secuencia de bips, porque de algo tendría que servir lo del tono, no? Pero pasó muchísimo de jugársela. Era demasiado tarde para hacer ruido en casa y, como le pasaba cada día, hacía tiempo que tendría que haberse ido a dormir.

—Vale.

Luego tendría sueño por la mañana. Lo pensó muy bajito más de una vez, guardó el programa en la cinta y apagó el spectrum. Adiós. Hasta mañana, tío. Después se sentó delante de la ventana de su habitación, a mirar. Como su piso daba a la parte de atrás de la calle, cuando no había niebla, se podían ver las montañas, el castillo y todo eso. El Sergio, sin embargo, no esperaba ver gran cosa aquella noche. Estaba todo tapado y lo blanco de la espesura daba una sensación como de sordera, como si no se pudiesen oír las cosas, ni nada. Buscó en el pedazo de camino que iluminaba la última farola del pueblo y acabó pensando que su aventura gráfica, El castillo del Drácula o El Drácula a secas, al final estaría bien hecha y no como el Sir Fred, que era imposible de jugar ni con el poke de las vidas infinitas.

46647,201. Ya se lo sabía de memoria, pero, ni aún así, había podido pasar del ocho por ciento del castillo (que eran las cuatro primeras pantallas). Con todo lo que le había costado conseguirlo, no le había servido de nada «practicar mucho, mucho» como le habían pedido que hiciera (nunca se saltaba a tiempo la serpiente del principio y la piraña, si quería coger la piedra del fondo, le acababa quitando siempre un montonazo de vida). Pero, de todo aquello (el hombre alto, la cripta de los muertos, la jeringa y eso), era mejor no acordarse mucho.

El Sergio A. no tenía esperanzas de verlo, aquella noche. Entre la niebla y que se tenía que ir a dormir, «o ya verás mañana», se había puesto delante de la ventana por ponerse, por hacer algo con su vida. Un poco porque lo hacía casi siempre, casi que todos los días, no? Pero lo suyo no se podían decir «esperanzas», la verdá. Que esperase verlo no significaba que se pusiera contento al hacerlo. Porque lo de verlo moverse en mitad de la noche le daba más bien repelús, como cosilla por dentro. Porque no era bueno, al final. No podía serlo, no?

El Carles V., como tenía una amiga 500, les decía a todos que los gráficos del spectrum eran una puta mierda, en comparación. Y el Sergio A., por más que fuera del spectrum 48K, tenía que callarse un poco la boca porque lo que decía el Carles V. era un poco la verdá, que lo había visto en los pantallazos de las revistillas que le había ido pasando el hombre alto, después de todo lo que había pasado hacía más de un año.

—Yo tengo una amiga en casa.

—Ah, sí?

—Sí, pero un modelo antiguo, no te pienses.

—No es l'amiga quinientos?

—No. La mil, que's más potente.

—Más?

—Sí. Cuando quieras, te vienes a verla, eh?

—Vale.

Pero todavía no había subido al piso del hombre alto, por lo que fuera.

—Pero el spectrum va con cintas, chaval.

—Y qué?

—Que se pueden grabar juegos si tienes doble platina, tío.

Pero el Carles V. decía que no los quería ni grabados, los juegos del spectrum 48K, y el Sergio A. pensaba en petarlo en serio con su versión del Drácula, un día, y soltarle «no podrás ni probarlo en tu amiga quinientos, chaval». Porque no todo eran los gráficos en un videojuego, al final. Había la jugabilidad y estaba, además, la aventura en sí. Pero el Sergio, joder, mataría por tener una amiga 500 en casa, tío.

No podía negarlo. Tenía los ojos aburridos de mirar la nada de la niebla y se había puesto a buscar en el claro de luz de la farola, una planta y media más abajo. Había un trozo de acera que se acababa sin más y la tierra con hierbajos del camino. Todo lo otro, lo que era la noche, estaba monstruosamente negro. No lo vería si salía de la capilla. Si algo acababa rondando por ahí, como pasaba algunas veces, que él lo había visto, no podría saber si se marchaba para dentro, para el bosque, o si se venía para las casas del pueblo.

El Sergio tenía sueñecillo. Lo que le molaría tener una amiga, chaval. Se frotó los ojos un momento y, por poco, no se durmió mirando la calle, en la farola. El Carles V. era buen tío, joder. No decía ninguna mentira, al final. La masa de negrura que se coló en el claro de luz cruzó con cuidado de no ser vista, por debajo de su ventana. El Sergio no supo qué narices estaba pasando hasta que hubo pasado del todo. Aquella cosa que se escapaba algunas noches de la capilla del castillo de Sant Mena había ido (aquella noche del veintiocho al veintinueve de noviembre de 1988) en dirección a las calles del pueblo, chaval. Y si se metía en un portal, qué? Qué harían entonces, si se metía en un piso? El Sergio A. estuvo a punto de sacar la cabeza por la ventana, para buscarlo, pero, si abría, la propia noche se colaría en su habitación y lo llenaría todo de niebla y de sombras y entonces qué, chaval?