El misterio de Sant Mena

28 de octubre de 1989

La Alba volvía a andar sola por la noche. A pesar de todo lo que se había prometido en los últimos meses, se lo había montado tan mal (pero tan y tan mal, al final) que había acabado haciendo lo que no quería hacer por nada del mundo: andar sola por la calle. El pobre Xavi, el pavo, le había dicho que la acompañaba a casa, que no pasaba nada, que era sólo un momentillo, tía, pero ella no estaba cómoda ni en su coche ni con él y, por eso, joder, estaba a punto de llorar como una imbécil.

—No me seas, tía.

Quería decir estúpida, condescendiente e incluso dura consigo misma. Pero, si se había montado en el coche del Xavi M., por algo sería, no? Vale. Que sí, tía. El pavo le molaba lo suyo y, además, se lo había estado currando un montón de tiempo con ella y ella, joder, también tenía ganas de lo que tenía ganas, sabes? Pero echaba tantísimo de menos al Rafa que, llegado el momento de morrearse con otro, le había dado bajón y rabia y se había tenido que largar a pie, ella solita.

Lo tenían más que hablado con la Carmen. Ella venía a decirle siempre que, cuando te metes en un coche con un tío, vas a lo que vas. Lo que tú digas, tía. Pues tú verás. Pues yo veré. Y la Alba miraba a su alrededor y se encontraba con que las calles de su pueblo estaban todas desiertas, sin nadie. A aquellas horas, lo normal. Bajaba a paso ligero, «tac, tac, tac», por la avenida de Salvador Espriu y notaba la humedad de la riera en la cara y en el claro de las farolas, sobre todo. La noche estaba quieta, en silencio. Algo no iba bien. Con el Xavi M., habían parado en el descampado que había cerca de las piscinas.

—Te llevo a un sitio que me sé?

Venga. La Alba no pensaba ni preguntarle, sabes? Se fiaba de él. El pavo era un pavo bastante legal y ella, quieras que no, también lo estaba deseando, al final. Salieron juntos del Romaní, medio cogidos de la mano, medio tonteando, y el chaval la había llevado con el coche a un lugar apartado dentro del mismo pueblo, «verás que bien, eh?». Luego, una vez a solas, había puesto musiquita en la radio y, sin hablar grandes cosas, le había dicho que era muy bonita y que hacía mucho tiempo que le iba detrás porque le había gustado desde siempre, sabes? Y la Alba se había dejado hacer un poco porque le molaba el chaval y porque, cuando te metes en un coche con un tío, vas a lo que vas, no?

—Que sí, joder.

Luego pasó lo que pasó. Se le puso un no sé qué dentro del pecho (algo así como un nudo de congoja y de nervios) y tuvo que bajarse corriendo del coche, «perdona, tío, pero's que me tengo que ir». Y se largó (así, sin más) y lo dejó ahí tirado, al pavo. Buah, tía, pero cómo te pasas, a veces. Y la verdá era que le sabía mal de cojones, que el chaval no tenía la culpa de nada, pero la Alba no tenía ganas de enrollarse con nadie que no fuera el Rafa.

—Uf, tía.

Ya estaba dicho. Casi se puso a llorar al pensarlo.

—No me seas, eh?

Quería decir blanda. O persona, porque las personas lloran cuando les duele algo. La Alba cruzó el puente que se levantaba sobre el cauce mudo de la riera de Sant Mena y no pudo no ocupar su pensamiento en las cosas horribles que estaban pasando en su pueblo desde hacía algunos años, ya. Vio las sombras pesadas de los árboles que había junto al parquecito, una vez pasado el puente, y sintió que era demasiado tarde como para cambiar de acera, «tac, tac, tac».

—Ya'stá bien, no, tía?

Se detuvo en seco. Se abrazó al bolso con fuerza y trató de no acordarse de la figura quieta que había visto desde la puerta de su casa, al otro de la calle, hacía un montonazo de tiempo. Porque allí no había nadie, no? La Alba se puso a buscar por la oscuridad del parque, pero no se veía gran cosa, joder. Presentía la espesura de las zarzas y de las cañas más abajo, en la riera, y creía notar las gotas de lluvia en el aire, debajo de las ramas. Algo no iba bien, tía, pero es que no podía ver nada.

—Te vale, tía?

Claro que no, joder. La idea que más le pesaba en la cabeza no era buena. No podía serlo. Por encima de la rabia que le daba andar con miedo por los sitios, había algo más. La palabra era demoníaco. Había algo flotando en el ambiente, a su alrededor, que se derivaba directamente de su temor hacia la gente satánica que rulaba suelta por su pueblo. Si necesitaban a otra chica para sus ceremonias negras, allí estaba ella, no? Pero había algo más, joder. La Alba siguió buscando por lo oscuro y no vio nada salvo el silencio cómplice de la calle y del parquecito.

—Vale.

No podía seguir adelante. No podía pasar por allí. Los zapatos de tacón no son una buena idea si tienes que correr por lo que sea, tía. El ruido del motor de un coche (a su espalda) lo oyó demasiado tarde, justo cuando se detuvo a su altura. Era el Xavi, que bajaba el cristal de la ventanilla para preguntarle. La Alba lo miró con ojos de horror, como si no hubieran palabras capaces de expresar lo que estaba viviendo en aquel momento, pero el chaval no debió verle bien la cara porque hizo por hablarle como si no hubiese pasado nada entre ellos un ratillo antes:

—Todo bien?

No. La Alba tardó unos segundos en componerse el cuadro: estaba quieta en ninguna parte. A oscuras, tía. Para cualquiera que pasara por allí y la viera, tenía que ser raro de cojones encontrarse a una pava parada en la acera a aquellas horas de la noche, no? Porque tenían que ser más de las doce, ya, no?

—Alba? Quieres que te acerque a casa?

—Sí (por favor).

—Va, venga.

Vale. El pavo era un pavo bastante legal, no? La Alba corrió («tac-tac-tac-tac») hasta la puerta del coche, al otro lado de la calle, y se metió dentro a toda hostia, «plam». El portazo en el pecho lo sintió luego, cuando le vio la cara de alucine al Xavi.

—Gracias, tío.

—Todo bien?

—Eh?

—Estás bien, tía?

—Ahora sí. Sí.

—Pasa'lgo?

—No, tío. Tira, plis.

—Vale.

El Xavi no quiso saber nada más. Puso primera y salió tranquilamente en dirección al cruce con Anselm Clavé (donde la parada de los buses). La Alba seguía abrazada a su bolso. Si el Xavi M. había resoplado o no, le daba bastante igual. El susto no se le había empezado ni a quitar cuando vio a una chavala más bien gordita por la acera, paseando al perro. Llevaba ropa de chándal y el pelo recogido en una coleta. Le sonaba la cara. No era una que se llamaba Raquel? Y qué más dará, tía, si va de cabeza al parque, no? Porque, con un perrillo, a esas horas, adónde cojones ibas a ir, si no? Pero, si en el parque no había visto nada, qué tenía que decirle ella a nadie, eh?

—Sí o no?

—Qué?

—No, nada. Cosas mías.

—Vale, tía.