El misterio de Sant Mena

29 de noviembre de 1988

Cuando vuelves a casa del trabajo a las seis y pico de la madrugada, no reparas en si está lloviendo de verdá o si el suelo está mojado por culpa de la niebla. No te importa. Te da igual que haga frío o que la llovizna te empape los cristales del coche. Sólo quieres llegar cuanto antes a casa, entrar dentro, asearte un poco y meterte en la cama para que todo pare de una puta vez. Pero la pobre Cristina F., aquella noche del veintinueve de noviembre de 1988, circulaba con cuidado de no chocarse con nada porque no se veía una mierda a cuatro-cinco metros del capó del coche.

Puso el limpiaparabrisas y torció a la izquierda en el cruce de la salida del polígono con la carretera comarcal que partía el pueblo en dos mitades. La gasolinera pasó por delante de los faros del coche como la sombra de un lugar desolado, espectral, vacío. Ya casi estaba en casa y, por suerte, ninguno de los de Caldes subía a toda hostia, por detrás. Encendió la radio, apagó la calefacción y quitó el intermitente. No se veía nada, nena. Puso tercera y cambió a segunda casi al momento, en cuanto se dio cuenta de que ya estaba en la bocacalle del Doctor Fleming. Antes de comenzar a girar, por eso, encendió el intermitente de su derecha y apagó la radio porque no se oía nada más que ruido blanco, «fr-fff-ffr-r-ff», y no estaban las cosas como para ponerse a buscar una mierda.

Llegaba en menos de un minuto o así. La Cristina F. vivía en el tercero segunda del número doce del Doctor Fleming y, sin embargo, no podía saber lo que estaba ocurriendo allí en aquel momento. El fastidio se le fue enquistando a medida que pasaba coches aparcados a los dos lados de la calle. Lo último que quería hacer aquella noche negra de agua era dejarlo otra vez en el camino del castillo, «por favor». Hacía tiempo que tenía pensado comprarle la plaza de parking al Jaume, el del cuarto, pero su marido no quería, porque no. Decía que no lo veía, que no sé qué, pero el Jaume no pedía tanto, al final, y ella, en ocasiones como aquella, no tendría que andar buscando sitio para aparcar el puñetero coche.

No pedía tanto, no? Pero su marido ya no le hacía caso, como antes. Ella seguía haciendo como que no, como que no pasaba nada, pero aquello suyo no era algo que se pudiera esconder, al final. Porque estaba ocurriendo, nena. A la Cristina F., ya no le servía de nada haber sido una niña bonita durante tantos años. Aunque aún guardaba alguna cosa frente al espejo, aquello suyo se le escurría entre los dedos, como el agua de lluvia, sólo que no se le estaban yendo unas simples gotas de las manos, sino que se trataba de su propia vida, que iba pasando. Quieras que no, cuando pasaba por los sitios, había muchos tíos que pasaban de su cara y, aunque ella se decía que no los necesitaba para nada, la verdá era que no le sentaba nada bien que no la siguiesen con la mirada al pasar, como antes.

La Cristina F. hacía que sí con la cabeza, en el coche, porque lo entendía todo perfectamente. Otra cosa muy distinta es que prefiriese notar que le andaban detrás, como cuando era jovencita, que traía locos a los chavales del barrio. Pero tenía que asumirlo. Cumplía años y ya está. Había dejado de ser una chavalita preciosa y aquello suyo se estaba acabando, como tantas otras cosas en la vida, no? Pues claro que sí, nena, pero tampoco podía evitar que le diese penilla perderlo, por eso. Ella, que había buscado una forma de amor sincero en las manos pegajosas de tantos chavalillos, al final se tenía que despertar del cuento a fuerza de bocinazos (los de Kastol, a las diez). Sólo que, aquel veintinueve de noviembre de 1988, el reloj no daban las campanadas de medianoche, sino que marcaba las seis y once minutos de la madrugada, nena.

Paró en el stop, arriba de todo, cuando era imposible que viniese nadie de ninguna parte. A pesar de la niebla, el panorama de Climent Humet se antojaba cargado de coches sobre las aceras hasta el final de todo. Apagó la radio otra vez, «clic-clic», y encendió el intermitente de su derecha. Puso la calefacción. Sentía frío (como un escalofrío que le trepara por la espalda, como si se hubiera mojado mucho el pelo de camino al coche y el agua de lluvia le hubiera calado hasta los huesos, de repente). No quería aparcar en el camino del castillo, pero, «qué le vamos a hacer, nena», las calles estaban llenas de lluvia y de noche.

—Qué horror, tú.

Turnos de trabajo de diez a seis de la madrugada. Hipotecas a veinte años vista. Un mismo hombre para toda la vida. Había sitio justo después de los contenedores de la basura. Estaba a punto de girar el volante a su derecha cuando percibió un movimiento brusco cerca de allí. Algo turbio, como muy desagradable. No creyó que fuera un gato porque le pareció que era demasiado grande. Pero no se veía gran cosa, al final. Entre lo que alcanzaba de las farolas y la luz del coche, acabó viendo un bulto por el suelo, como si hubiera alguien raro rebuscando algo entre las basuras. Malo, nena. Desde luego que no pensaba girar en dirección al castillo, tú. Porque, después de aparcar, había que bajarse del coche y caminar a patita hasta el portal y la Cristina, «como que paso», no tenía ninguna intención de probarlo siquiera.

Esperó un segundo. A lo mejor, aquello se iba solito, en un rato, pero, por más que lo miraba sin acabar de comprenderlo, no parecía que escuchase el ruido del motor de su coche (como si la calle, más allá del cruce de Climent Humet con el Doctor Fleming, no estuviera en completo silencio). La Cristina pensó en pisar suavemente el pedal del acelerador, por hacer un poquito más de ruido, pero algo por dentro le dijo que se estuviera quieta, «por favor». Vale. Para un momento. Reflexiona. Ella también estaba de acuerdo en no hacerse notar, pero, claro, si quería llegar a casa, tenía que aparcar en alguna parte, no?

—Sí. Pero qué hacemos?

Piensa algo, nena. Aquello que estaba detrás de los contenedores de la basura no podía ser un gato. Era demasiado grande. Y negro. Entre tanto, la Cristina F. pisó sin querer el acelerador (porque quería llamarle la atención, más que nada) y, sin quererlo, desplazó el coche a su derecha, «rummm». Frenó de golpe. Ella no quería. Los faros del coche pegaban de lleno en los contenedores de la basura. Esas cosas ni se piensan, nena. Porque habían cosas que salían solas, sin que una se las propusiera. Tenía la primera puesta, había girado el volante y, luego, había soltado el embrague lo justo, como había hecho cientos de veces antes, no?

Pensó en largarse pero a la de ya. Pensó en meter marcha atrás, girar luego a la izquierda y bajar a toda hostia por el camino de tierra que daba a la carretera de Castellar (aunque fuese en contra dirección). Pensó en gritar y en taparse los ojos y, sin embargo, lo vio levantarse por encima de los contenedores de la basura. Aquello era más grande de lo que parecía. Y negro. Tenía algo entre las manos (en verdá, allí donde debería haber unas manos). Era un masa sanguinolenta. Y negra. Le daba muchísimo asco.

—Pero qué mierdas…

Le pareció ver el cuerpo revuelto de un gato callejero (de dentro para afuera). La sangre del amasijo chorreaba por lo blanco y por lo negro. La Cristina lo supo porque brillaba, muy roja, sobre el fondo sin forma de aquella cosa (que no es que no tuviera forma, sino que su mente aún no había encontrado el modo de explicársela). Gritó. Tuvo que gritar. El horror de ver y no saber qué estaba viendo le infestó el pecho con virulencia y la Cristina, «iia, iiia, iia», tenía que quitárselo de dentro como fuera, así que chilló y chilló y estuvo a punto de tocar el claxon muchas veces, pero los ojos de aquella cosa (cuando la descubrieron al otro lado del cristal) la detuvieron.

Le referían algo horrible, un hambre por su cuerpo monstruosa, como nunca antes la había sentido. La Cristina notó que se le metía dentro de la piel, como si fuera una ponzoña pestilente, y corrió a hacer algo (cambiar la marcha, mover el volante) antes de que fuera demasiado tarde y, al final, con los puñeteros nervios, tropezó con la palanca de las luces y puso las largas sin querer. Aquello reaccionó de forma inmediata, tapándose el rostro (si rostro tenía). Los ojos rojos destellaron un segundo después en la memoria de la pobre Cristina. Ya no se sentía enfermar de cáncer. La masa de negrura que tenía delante, al otro de los contenedores, retrocedió uno ó dos pasos (si pasos daba) y se confundió con la niebla y la noche de Sant Mena, pero qué haría la Cristina F. después de aquello? Cómo iba a aparcar el coche en ninguna parte y volverse nunca a casa?