El misterio de Sant Mena

29 de octubre de 1989

Por no encenderse un piti, la Raquel había estado cerca de una hora y media mascando chicle de fresa. El mismo todo el rato. Quería dejarlo. Bueno, quería empezar a intentarlo (lo de dejarlo). El tabaco era una cosa mala y sucia, tía. Quieras que no, acababa siendo sólo un puto vicio que no servía para nada. Miró que llevase el paquete en el bolsillo del anorak y el encendedor, metido dentro del paquete. Que nunca se sabe, tú. Torció la esquina de Salvador Espriu con Josep Duran y cruzó la calle sin mirar a los lados, que llevaba (y no llevaba) mucha prisa. El Snupi se estaba meando, el pobrecillo, pero, bueno, a aquellas horas de la noche, tampoco pasaba nadie por allí. Eran más de las doce, tía. Aquello estaba desierto (como siempre). Le soltó la correa al chucho en cuanto pisaron la acera que había junto al parque de la riera y se paró a no ponerse un cigarrito de mierda en la boca. Tenía que aguantarse las ganas como fuera, joder.

—Va, tía. No me jodas ahora.

Pero estaba sin fumar y sin follar. Se la comían los nervios por dentro. Uf, menudo agobio, tía. Siempre podía liarse otra vez con las uñas. Desde que el Javi había querido cogerle la manita en el sofá, que se las había estado mordiendo. En plan, que no me toques un pelo, vale, pavo? Porque, joder, es que sólo se acordaba de ella y de sus tetorras los sábados por la noche. Para echar un polvete, sabes? Pero la Raquel llegaba al sábado después de toda una semana de cargar con el curro y con la casa y no estaba para hostias, tú. Porque, cuando volvía de trabajar a las diez y cuarto, se encontraba cada día la cocina por recoger y sus poses de asco en el sofá del comedor. Ni la miraba a la cara, tía, como si ella tuviera la culpa de algo.

—Pero a mí qué me cuentas, pavo.

La Raquel sacó un cigarrito del paquete de tabaco que llevaba en el bolsillo del anorak y se lo dejó entre los dedos de la mano. No quería encenderlo, pero, si el Javi estaba tan amargado como se veía, ese era su puto problema, joder. Ella tenía que sacar al chucho cada puta noche. Antes o después de fregar los platos, cogía la correa y la puerta de la calle y le soltaba «ahora vengo (salgo un ratillo con éste)». Solía despejarse yendo al parquecito que había junto a la riera de Sant Mena, bastante cerca de su casa. Eso, cuando no se pelaba de frío, eh? Soltaba al chucho, «ala, ves», y se quedaba ahí sola, a su olla.

Aquella era la única manera que tenía de desconectar de todo durante un tiempo, pero, aquella noche del veintiocho al veintinueve de octubre de 1989, le faltaba su piti de rigor y hacía ya un rato, joder, que no se escuchaba al puto perro por allí. Qué raro, no? Dudó entre ponerse el cigarrillo en la boca o desmenuzarlo entre los dedos. Aquello estaba oscuro de la hostia, tía. Paró atención, por quedarse con algún ruido, pero no se oía una mierda cerca. Lo normal era que se escuchasen los movimientos del chuchillo por la maleza, o una cosa así, porque el Snupi, cuando estaba de humor, se entretenía persiguiendo bichejos por ahí.

—Snupi?

La noche (o lo que fuera) se tragó su voz a unos pocos metros de donde estaba parada. Qué chungo, no? La Raquel miró un poco flipada a los árboles del parque: una masa de aire venía en su busca. La oyó formarse en lo alto de las ramas, justo antes de llegar hasta ella. El perro estaba chillando. Los quejidos lastimeros del animalillo en la oscuridad (acaso los últimos de su vida) iban cargados de miedo y de dolor. De primeras, la Raquel pensó en ir corriendo a ayudarlo, pero, luego, por lo que fuera, se quedó muerta en el sitio. Seguía en medio del pueblo o no?

—Snupi?

El chucho chilló una última vez. La Raquel miró en los márgenes del parquecillo, por donde comenzaba la pendiente de la riera, pero no vio nada. No se podía. Desde su sitio, si no se movía un poquito, no podía hacerle gran cosa, sabes? Pero el eco de los chillidos lastimeros del Snupi le había echado el cielo encima. La noche se había abierto monstruosamente sobre su cabeza y la Raquel se sentía pequeñita como una colilla que alguien hubiese tirado en la acera que estaba pisando. Dejó caer los restos del cigarro que tenía en la mano y asumió que podía estar en peligro de muerte. Vale que no se veía a nadie, pero, si de verdá lo había, si estaba escondido en alguna parte, allí no había nada que la protegiera de una puta mierda, tú. Miró a su espalda, al punto donde se encontraban las calles de Salvador Espriu y Josep Duran y le pareció imposible que pudiera pasarle nada estando tan cerca de todo, sabes?

—Snupi?

Ya no se oía nada, tía. Pero es que, si el chucho no le respondía, tenía que haberle pasado algo chungo, no? Porque, si tuviera daño en una patita o algo, seguiría quejándose, no, tía? La Raquel se acordó del Javi en el sofá. Pensó en ir a buscarlo para que fueran juntos a buscar al Snupi, pero la nena estaba dormidita en su cuarto y no la podían dejar sola ni un momentito, eh? Y el Javi, joder, la iba a enviar a la puta mierda si le soltaba que el perro se había perdido «por la riera, tío». Ya lo estaba oyendo, joder.

—Eres una inútil, tía.

Que sí, pavo. Que te den mucho por el culo. La Raquel se metió las manos en los bolsillos (por hacer algo) y caminó despacito hacia el interior del parque, «frus, frus, frus». Había muchísima humedad en el ambiente, pero es que, desde la acera a la riera, tampoco es que hubiesen un mogollón de metros, sabes? Andaba a ciegas. Veía las luces del otro lado del barranco, vale? Pero no sabía dónde ponía los pies, «frus, frus, frus».

—Snupi?

Cada vez lo decía más bajito. Todo estaba tan quieto que la Raquel no quería despertar a nadie. Pensaba (sin quererlo) en la muerta entre las cañas. Hacía rato, de hecho, que venía pensando en el vientre abierto de la mujer muerta entre las cañas, pero se había hecho la loca todo lo que había podido, tú. El tío ó los tíos que le habían hecho aquello seguían por ahí sueltos, no, tía?

—Ya te digo.

Aquello último fue un susurro apenas. Si miraba hacia atrás, estaba en mitad de la oscuridad (donde no tenía pensado meterse hacía un ratillo). Buscó por buscar entre los hierbajos. El aire no volvió a soplar cuando notó un movimiento brusco a su espalda. De un sitio que no había nada un momento antes, le llegó un golpe de negrura espantoso que se le echó encima y la tiró al suelo. La Raquel estaba de pronto con la cara aplastada contra la tierra del parque. Las hojas secas estaban todas mojadas y un peso muerto (como muy oscuro) no la dejaba menearse ni un poquito. No podía ni gritar, la pobre. Sólo podía sentir como unas manos que le manoseaban la carne por debajo de la ropa del chándal. Era algo torpe, sucio y brutal. La Raquel quiso creer que, en algún momento, hallaría el modo de ausentarse, para no recordarlo luego, pero la vida se le estaba yendo a chorros de los huesos. Un principio fatal de enfermedad le mordía el cuerpo. Cerró mucho los ojos, para no verlo, para no estar, y siguió sintiendo como la pisoteaban de mala manera, como si fuera esa colilla de antes que alguien tiraba en la acera porque, joder, ya se la habían fumado toda entera.