El misterio de Sant Mena

2 de enero de 1986

Madrugada

El día dos todo el mundo volvía a comer pan. El Juan tenía que abrir de nuevo la panadería (otro año más, otro mes más, otro jueves más) y, sin embargo, no le quitaba un ojo de encima a las agujas del reloj, en la pared de baldosas blancas de la trastienda. Las seis y cuarto (las seis y diez y seis minutos de la mañana del dos de enero de 1986 para ser exactos) y la ausencia de la Loli seguía extendiéndose como las noches de invierno sobre todo Sant Mena (muda, negra y sin estrellas).

Después de pasar las fiestas solo, el Juan no tenía ganas de nada en la vida (que cenase con sus padres en noche buena, no contaba). Había pasado una noche vieja tristísima. Había pelado las uvas para nada (poco antes de que diesen las campanadas, las había tirado a la basura y se había metido en la cama, a llorar). Al día siguiente, había comido canelones fríos de la nevera para desayunar y, hacía menos de un minuto, había amasado por amasar unas palmeritas con forma de corazón. Tenía que pintarlas de caramelo. Tenía que ponerse a pensar en los roscones del día cinco y no podía dejar de sentir un vacío muy grande en el pecho. Llevaba muchos días sin verla. Hacía unas dos semanas que no sabía nada de ella y no tenía dónde buscarla. No quería tirarse a la calle todavía, a gritar su nombre por las esquinas. No pensaba humillarse tan pronto. Justo se habían hecho novios y se había largado con otro (si es que habían sido nunca novios, si es que no había estado siempre con otro). Era una fresca. Era una puta. Era una guarra. El Juanito se ponía malo de imaginársela en los brazos de otro baboso como él, pero, aquella madrugada blanca del dos de enero, podía más la pena que la rabia.

Quizá, por eso, prefería recordar. El día antes, mientras quemaban los minutos en la pantalla del televisor, el Juan acabó llamando a la Rosa S. (su Rosa S.) por teléfono. Debían ser cerca de las cinco de la tarde del primero de enero y estaba solo en casa (en verdá, no se podía estar más tirado en la vida). Los tonos eléctricos se sucedieron sin piedad, «tuuu, tuuu, tuuu». El Juan (mientras mojaba el pincel en almíbar) recordaba todo lo que tenía pensado decirle a la Rosa antes de hablar: «Hola, Rosa. Dime dónde'stá. ¿No sabes dónde'stá? Por favor, Rosa, dime que'stá bien. Dime que'stá en algún sitio (a su rollo, con los colegas)». Un minuto después (un largo minuto de escarcha después), alguien descolgó el auricular al otro lado de la línea (donde quiera que fuera eso):

—Sí?

—Rosa?

—Sí.

—S-Soy yo, e-el Juan…

—Ei, hola.

—Hola.

—Qué pasa, tío? Qué dices?

—Ei…

Pero el Juan, oyéndola de cerca, no supo cómo expresarlo (cómo decirle que mataría por ella; cómo pedirle que trajese a su amiga de vuelta; cómo no transmitirle toda la pena del mundo a través de la línea telefónica; cómo parecer otro distinto del gordo, el calvo, el mierda; o cómo lo haría, «ay, Juanito, Juanito», para no echarse a llorar).

—Has… Has visto a la Loli?

—La Loli?

—Sí, la Loli. L'has visto últimamente?

—No (yo no).

—No l'has visto?

—No, no.

—Pero no iba con vosotros?

—El qué?

—No sé. La Loli… Bueno, ella me dijo qu'iba con los colegas, no?

—Con nosotros, no'stá, tío.

—P-Pero fue con vosotros, no?

—Cuándo?

—El día de… del invierno, no?

—Buah, tío. D'eso hace mazo de tiempo, no?

—B-Bueno, sí. Hace diez días.

—Solo?

—Sí (más o menos).

—Pues no, tío. Yo no la he visto últimamente, no.

—Y-Y… Rosa, no sabrás dónde puedo buscarla, no?

—Buscarla, dices?

—Sí. Bueno… O llamarla.

—Buah, tío. No sé si tengo su número por aquí, eh?

—Me lo podrías buscar, por favor?

—Ahora?

—O, bueno, cuando puedas, eh?

—Buah, tío. Ahora no puedo, eh?

—Vale.

—Me sabe mal, tío. Luego te lo busco, vale? Pero's c'ahora me pillas con un dolor de cabeza que lo flipas, tío. Si vieras el follón que tengo'quí, tú tampoco tendrías ganas de buscar, eh?

—Ya (ya imagino). Y no sabes dónde vivía?

—Sus viejos?

—Sí.

—A ti no te lo dijo?

—No (nunca).

—Buah, tío. Mejor que no vayas (no te pases por allí).

—No?

—No, tío. Mira, Juan… La Loli, si'stá en los sitios, es porque quiere'star, vale?

—Vale.

—Vale. Mira, tío, no quiero sonar borde, pero esa tía va siempre a su puta bola (eso ya lo sabes, tú).

—Sí, sí. Pero's raro que no haya dicho nada en todo'ste tiempo, no?

—Bueno. Lo mismo no'stá en el pueblo, tío.

—Ya.

—A-Ahora que lo dices, me suena que dijo algo de largarse unos días…

—Eh?

—Adónde dijo?

—No lo sé, Rosa.

—No s'iba con unos colegas a una casa de Gallifa?

—No sé, Rosa. No me dijo nada.

—Sí, tío.

—No sabes dónde es, no?

—Qué va. Si lo supiera, ya te digo…

—Vale.

—Vale?

—Gracias, Rosa. P-Perdona si t'he molestao c-con…

—Nada, tío. Pero no m'hagas mucho caso, tampoco. Seguro c'aparece un día d'estos con las bragas en la mano, eh?

—Ya.

—Vale, tío. N0 te comas mucho la olla, eh?

—No, no (sólo'staba un poco preocupado, que m'extrañaba que no me dijese nada, y eso).

—Vale, va.

Y colgó. El Juan sintió que había saturado la línea telefónica con sus lloriqueos, pero la Loli no le había hablado nunca de otros colegas, ni de una casa de Gallifa (dando por bueno que la había y que posiblemente los tuviera). Dio unos últimos brochazos de almíbar en las palmeritas y metió la bandeja en el horno. Tenía pena. Tenía calor. Tenía que ponerse a pensar en los roscones del día cinco y no podía dejar de sentir un vacío muy grande en el pecho.

Primera hora de la mañana

El frío de verdá llegaba al rato de salir de casa. Ya fuese por la impresión de ver las calles escarchadas o por el soplo helado que bajaba de las montañas, la punta de los dedos comenzaba a doler pasados los cinco-diez primeros minutos. La Raquel se subió la braga hasta la nariz y metió las manos en los bolsillos del anorak. «Brrr», al final había tenido que sacar de paseo al perrillo de su hermana (una mascota que se había pedido para las navidades, «porfi-porfi», «que yo la cuido», «que ya lo verás»), pero, si el cachorrillo se meaba otra vez en el pasillo, le caían palos seguro (su madre todavía no se atrevía a darle con el palo de la fregona, pero su padre, ante la duda, le zurraba duro en el lomo, como si el animalillo tuviera la culpa de sus pésimas condiciones laborales). «Menudo pringao», su padre, no tenía cuarenta tacos y ya estaba amargado en la vida.

—Cualquiera aguanta a éste de viejo.

La Raquel dejó atrás el último bloque de pisos del pueblo (al menos, en dirección a Castellar) y pensó que podía ser buena idea soltar al perrillo por el descampado que tenía en frente. Había algunos coches aparcados allí, al cabo de la avenida de Terrassa, y mucho-mucho sitio para correr. La Raquel se agachó y le soltó la correa al chucho. «Va, va, va», pero la bestia no quiso moverse de su lado (la miraba a los ojos y, sin decir palabra, hacía como que no, como «que paso mogollón, tía»). Estaba claro. También tenía frío. Todo estaba cubierto de una capa durísima de escarcha blanca y el sol, recién levantado, apenas comenzaba a asomar por la otra punta del pueblo, a su espalda (la Raquel, en verdá, no había madrugado, sino que estaba resacosa, inquieta y sin sueño).

No se podían dar más vueltas en la cama, al final. No había nada que hacer. No podía dormir. Se había pasado las horas desvelada porque la noche de nochevieja («¿antes de ayer?») habían follado y no se habían puesto condón. Estaban demasiado mamados para acordarse. No tenía por qué pasar nada, pero podía pasar que estuviera preñada. O que hubiera cogido algo (le venían a la cabeza nombres fatales como gonorrea o sífilis). El Juanjo le había jurado y perjurado que no había estado con nadie desde el verano, al menos, y la Raquel se había echado a llorar otra vez (y no sólo porque se le habían corrido dentro). Llamó al perrillo por no invocar en vano el nombre de su abuela muerta, «va, vamos», y echó a andar por el descampado. El chucho, por no quedarse solo, meneó el rabito y la siguió (como si ella, de ellos dos, supiese lo que hacía).

Lo mejor era apartarse de la sombra de los edificios. A poco que subiera el sol, algo tenía que calentar. La Raquel sacó el paquetillo de tabaco y se puso un cigarrito tempranero en los labios (le gustaba que, al Juanjo, le gustase robarle la primera calada). Él, sin embargo, decía que no fumaba, que eso era «una mierda muy grande», y la Raquel, después de buscar en los bolsillos del anorak, revolvió los bolsillos de los tejanos para nada. «Seré imbécil». Sin mechero, no hay vicio, tía. Aún se acordaba de la noche de nochevieja, a última hora. No es que pudiese olvidarse de algo así de un día para otro, pero es que, mientras miraba al cielo, las montañas, el suelo, a sus pies, le venían imágenes de lo que habían hecho (y no era tanto lo que habían hecho como la manera en que lo habían hecho). Era sucio. Era cerdo. Era guarrísimo (le daba como repelús y, a la vez, la ponía un poco cachonda). Entonces se acordó de que, muchas veces, metía el encendedor dentro del paquete de tabaco. Tenía que haberlo visto, «fijo».

El perro no estaba. Sacó el mechero, se encendió el cigarrillo que colgaba de sus labios y miró a su alrededor. Menos mal que no pasaban coches a aquella hora. La Raquel comprobó que no anduviese cerca de la carretera, de todos modos. Luego lo llamó por su nombre, «Snupi, Snupi», y asumió que no vendría porque no respondía ni a ese ni a ningún otro nombre (todavía). En apenas siete-ocho días, no había tenido tiempo de asociar aquella voz extraña, «snupi» con su persona de perro chico. La Raquel silbó como pudo, «fiuuu, fiuuu» (nunca se le había dado muy bien, pero, al parecer, funcionó). El perrillo ladró a lo lejos (al menos, al menos, no había ido en dirección a la carrretera). La Raquel estaba arrecida de frío. No tenía ganas de andar, pero no quería (por nada del mundo) volver a casa sin el cachorro de la enana. Menudo disgusto, tía. Se acercó al barranco, de donde venían los ladridos, y se asomó con cuidado.

El chucho estaba allí, en alguna parte, pero no se lo veía (no era posible verlo). La hierba (la hierba seca, la hierba de escarcha) estaba demasiado alta y/o el animalillo era muy poquilla cosa, todavía. «Fiuuu, fiuuu», joder. Los ladridos se sucedieron de nuevo, cada vez más lejos. «Vale», iría tras él, pero ella no podía bajar por allí. Si no quería abrirse la crisma, o bajaba a cuatro patas o buscaba otro sitio para bajar. La Raquel chistó del disgusto que llevaba encima y se fue en busca de un caminito que había más adelante que conducía, chino-chano, hasta el lecho de la riera de Sant Mena.

«Quién me mandaría a mí» (levantarme tan pronto, sacar al perrillo, llegarme al descampado, quitarle la correa, acostarme con nadie). La Raquel descendió con mucho ojo por el caminito de piedras sueltas que llevaba al fondo del barranco. No era una gran pendiente, pero ella no era una cabra montesa (ni ganas). Prefería el suelo firme de las calles de su pueblo. Prefería los escalones, el asfalto y el cemento de las aceras a los accidentes naturales de la riera (dando por hecho que las inmediaciones del río le pertenecían). A media bajada, sostuvo el cigarrito en alto y volvió a silbar, «fiuuu, fiuuu». El chucho, que respondió con dos «que vengas ya», seguía en el mismo sitio. La Raquel lo miró de lejos y le dio mucho palo meterse allí. Las cañas estaban muy altas y, si no habían zarzas, habrían ortigas que pican (o algo peor).

Siguió bajando, chino-chano. Cerca del fondo del barranco (un lugar sombrío, salvaje y agreste), sintió que ya no estaba en el pueblo-pueblo (que aquello era otra cosa, como si allí no tuvieran valor ni sus usos ni sus normas). Tenía que mirar todo el rato donde ponía el pie y, cuando se acabó el cigarrito, no supo dónde tirarlo (siendo habitual que lo echara en cualquier sitio, sin pensarlo). La riera, si seguía allí, entre la hierba, estaba seca (como casi siempre). Aquel, sin embargo, era su paso. A poco que lloviese, bajaba con fuerza y barro. La Raquel comprendió entonces que quizá se había precipitado. De algún modo, había abandonado la orilla del suelo que conocía para adentrarse en otra parte, que no conocía en absoluto. Tampoco podía pasarle nada. Las víboras que vivían en el barranco de la riera estaban hibernando bajo tierra. No había peligro (que supiera) y, sin embargo, la Raquel quería salir de allí en cuanto antes.

Soltó un «fiuuu, fiuuu» furioso, que valía por un «que vengas, joder», y el perrillo no le contestó. Malo. La Raquel siguió el curso de la riera, chino-chano, y se llegó a las puertas del cañaveral de donde provenían los ladridos. A lo mejor no había ninguna orilla en ninguna parte, después de todo. «¿Snupi?». El Juanjo la había puesto a cuatro patas y, mientras se la follaba, le había echado el aliento en el cogote (algo cargado de alcohol, sudor y ansia). Ella estaba chorreando. Era la noche del treinta y uno de diciembre y estaba mojadísima (se habían metido en un garaje, entre dos coches). Él tenía las llaves del ford de su madre y había sacado unas mantas viejas del maletero (no se pusieron dentro porque no cabían, porque el Juanjo eran casi dos metros de tío). «¿Snupi?». Luego habían jodido como si les fuese la vida en ello. «¿Snupi?». El perrillo vino corriendo, meneó el rabo un segundo y se volvió a la espesura del cañaveral.

«No me jodas, Snupi». La Raquel lo llamó otra vez. El perrillo traía el morro sucio ¿de barro y sangre? La Raquel pensó que no podía ser sangre, que el perrillo traía el morro sucio de barro y otra cosa. «¿Snupi?». A lo mejor había cazado una rata o algo y se lo quería enseñar a su dueña (si es que los perros llegan a tener de eso). La Raquel pensó que acababan antes si se la traía. La Raquel pensó que, a lo mejor, no se la traía porque pesaba demasiado. «¿Snupi?». La Raquel metió un pie en la espesura del cañaveral y vio (de inmediato) una mano de persona en el suelo. «No me jodas, Snupi». El perrillo le ladró «aquí, joder» y la Raquel, en contra de todas las Raqueles que podía llegar a ser, se acercó a mirar.

Entonces (cuando vio que la mano seguía en un brazo y el brazo, en un torso) tiró la colilla al suelo, sin pensarlo, «no, no, no». La mano era de una chavala (tenía las uñas pintadas de rojo) y estaba más que muerta (la piel se aparecía blanquísima de muerte, pero peor aún resultaban las livideces que se extendían por todo su cuerpo desnudo como una sombra muda, negra y sin estrellas). El horror, sin embargo, no se cifraba en los aspectos macabros que te escupen a la cara tu propia hora de la muerte, sino en la brutalidad que había pasado sobre ella como un torrente de fuerza y de barro. Para empezar, no podía reconocerla porque su rostro estaba completamente desfigurado (como si lo hubiesen exprimido a hostias) y los manchurrones de sangre (que se confundían fatalmente con el lodo de la riera) lo salpicaban todo, pero, sobre todo, las caderas, los muslos y el vientre. La Raquel («no, no, no») no quiso mirar y, sin embargo, vio los tajos a machete que le abrían el abdomen hasta el esternón (no contó las vísceras que había dentro y, sin embargo, supo que faltaba algo).

La Raquel quiso gritar y no gritó una, sino muchas veces (sus voces se perdían en la soledad del cielo, sin remedio). Quiso no verlo y la vio infinidad de veces, en el suelo (antes y después). Hubiese preferido desmayarse a seguir mirando, por no acordarse de nada. La chavala, la muerta, se veía joven y seguro que tenía su edad (le habían hecho algo espantoso y no era posible que nadie le hiciese algo así a nadie porque no era posible que nadie tuviese que pasar por algo así nunca). Le dio muchísima pena que la chavala estuviese tirada en ninguna parte, como abandonada. Pobre niña, la asesinada, que yacía sin nombre en el lecho de la riera de Sant Mena y pobre niña, la Raquel, que guardaba todo el espanto de la muerta en su propio vientre de madre.