El misterio de Sant Mena

2 de febrero de 1986

No todo el mundo tiene una barra de hierro en casa, Juan. Aunque él estaba dispuesto a matar a golpes a su novio, «tú sólo tienes que pedirlo», las ferreterías de Sant Mena cerraban los domingos y festivos y había tenido que buscar algo contundente (lo que fuera) por las obras que horadaban la Colomina como un sarpullido virulento. La Rosa, después de mucho insistirle, le había dicho que el Alex T. tenía una casucha a medio hacer en el número dos de la calle de Castellar, pero «yo, de ti, no iría, tío».

El Juan, sin embargo, había aprendido por boca del propio Alex que no habían ni puertas ni paredes capaces de detenerlo. Por la noche, por ejemplo, había echado las llaves y el pestillo de su casa sin ninguna fe en su salvación. Durmió, por así decirlo, con un ojo abierto y la luz de la calle, pasadas las tres de la madrugada, acabó por dibujar sombras espantosas en el techo del dormitorio. No se levantó a echar las persianas, sin embargo. El Juan (con el tronco de la Rosa al lado) fue cociendo a fuego lento la idea de matar a un hombre que estaba dispuesto a devorarlo vivo en cualquier momento.

—Te la'stás follando bien?

Insomne, por la nada de las horas, se plantó varias veces frente a la cabeza pelada del cabrón de ojos de víbora para sacudirle un golpe seco y duro en el cogote, «planc». En el mejor de los casos, el tipo caía redondo al suelo, con un hilillo de sangre manándole en silencio de la herida, pero, las más de las veces, recibía el impacto sin inmutarse ni nada y el Juan, presa del pánico, dejaba caer la barra de hierro a sus pies, «plonc», y se ponía de rodillas, a llorar. Cerca de la seis de la mañana, no paraba de suplicar por su vida y, a eso de las siete y media, se plantó en el salón y enchegó la televisión, por no escucharse más.

A las ocho y cuarto, como aún no se oía ruido en el pasillo, se metió en el lavadero y se hizo una pajilla con las bragas sucias de la Rosa. Tenía que matar a un hombre, después de todo, «oooo, oooo». Luego de limpiarse bien las manos con agua y jabón, preparó unas tostadas con mantequilla y algo de café. Lo puso todo en una bandeja y enfiló para el dormitorio. Debían ser poco antes de la nueve cuando la despertó con un besito en la mejilla, «buenos días, cariño». La Rosa, recién levantada, estaba preciosa y el Juan no se lo pudo callar, «lo siento, pero tenía que decirlo».

—No pasa nada, tío. Tú no tienes buena cara… Has dormido?

El Juan hizo que no con la cabeza.

—Los nervios…

—Ya, tío. Yo's que'staba muy cansada, si no…

Luego desayunaron juntos con la luz fría de febrero pegada al cristal de las ventanas. El Juan no hizo nada por arreglarlo (él sólo le daba vueltas a la cabezota pelada del cabrón de los ojos víbora), así que la Rosa, por no ponerse nerviosa contando las gotitas de sudor que resbalaban por la superficie del vidrio, tuvo que levantarse a descorrer las cortinas para que entrase bien el sol, pavo.

—Parece c'hace buen día, no?

—Pareces contenta…

—Estoy mejor, tío.

«Gracias». El Juan le miraba las piernas desnudas y las braguitas puestas y se acordaba un poco de la guarra de la Loli y de su gran culo. Tenía que tener ropa suya en alguna parte. Sacó una camisa de domingo del armario (una de hombre, de su talla) y se la ofreció a la Rosa, «para echar el día por aquí, no?». Ella se la probó y el Juan no dejó de mirarle las tetas cuando se desnudó justo a su lado (las tetas de la Rosa S., Juan).

—M'está muy grande, pavo.

—Estás muy graciosa, mujer.

—Me la dejo puesta?

—Sí, joder.

Pero el Juan, en lugar de venirse arriba con tanta frescura cerca, se quedó más bien apagado y triste con sus historias de violencia, destrucción y muerte. A diferencia de la penumbra de anoche, la luz fría de la mañana no se calló las marcas que el cabrón del Alex T. había dejado en el cuerpo menudo y tierno de la Rosa S. (su Rosa) a lo largo de…

—Cuánto tiempo'stuvisteis juntos?

—Quién?

—Tú y él?

—No sé, tío. Mucho tiempo, por?

—Por nada.

Que era todo. Los ojos del Juan estuvieron contándolo en silencio. La Rosa tenía algunas cicatrices en la cara interna de los muslos, además de múltiples moratones y arañazos en los brazos y las piernas. Por encima del culo, el Juan había visto quemaduras de cigarro y, por debajo del cuello, la huella de unos dientes (de varios mordiscos, de hecho). En las muñecas y en los tobillos, le pasaba como a la Loli, que tenía marcas de ataduras. Era horrible, pero el Juan (que se movía entre la rabia y el asco) tenía que quedárselo todo dentro, bien calladito.

—Dónde vive?

—Ése?

—Sí.

La Rosa, al principio, no quiso decirle gran cosa, como si aquello (dónde se escondían durante el día) fuesen cosas del pasado que ya no tenían ningún valor para ella porque ella, tío, ya lo había dejado todo atrás, sabes? Luego, ante la insistencia del Juan, «debo tratar sin falta unos asuntos con él», tuvo que recordar el número y la calle de la casucha en la que habían vivido, lo menos, varios meses, pero «yo, de ti, no iría, tío». El Juan se dispuso a escucharla con atención, a continuación, porque la Rosa comenzó a largarle un rollo raro (como le pasaba a veces a la Loli) que no se entendía muy bien por más que te pusieras con ello, macho. El Juan hizo como solía en situaciones así: se quedó con la idea gorda que iba por debajo, que era que no fuera a la casa del Alex por nada del mundo, vale?

Después, subiendo la cuesta de la calle de Castellar, le estuvo dando vueltas a aquello de que el Alex T. estaba bajo la protección de alguien o de algo y que, lo mejor de todo, era no meterse en líos con él, tío. El Juan se había hecho con una varilla de hierro en una obra de la calle Coromines, de camino a Joaquín Costa. Era bastante gruesa y, aunque le dejaba las manos manchadas de óxido, serviría para el caso. Si no lo había entendido mal, la Rosa estaba tan pájara o más que la Loli, «que ya's decir». El Juan había sacado en claro de su charla de la mañana que la Rosa creía que el Alex T. era algo así como invulnerable a las balas.

—En serio, tío.

—Ya.

Después de desayunar en la cama, habían estado un rato viendo la tele en el sofá del salón. El Juan, sin embargo, la miraba a ella todo el rato y se preguntaba muy en serio qué no haría por aquella mujer, joder. Pensó varias burradas de golpe, como venderse el negocio pasado mañana y largarse juntos a otro pueblo, «lejos de todo y de todos, cariño». Empezarían de cero. «Ya verás como sí, Loli». Había soñado otras veces con un pisito humilde en un pueblito del extrarradio de Sabadell donde no los reconocería nadie al pasar, «adiós, adiós», y nadie les tocaría las pelotas con preguntitas de las narices, «ve la relación o no, señor mío?». A la luz del mediodía, la Rosa S. (su Rosa) estaba más preciosa que nunca y el Juan, que estaba a punto de quedarse frito a su vera, todavía creía que era posible encerrar a su madre en una residencia antes de matar al novio a golpes con una barra de hierro que llevaba en la furgoneta.

—Me oyes, imbécil?

Era la Loli, que no se acababa de ir.

—Tú t'oyes hablar alguna vez, hijoputa?

—Sí. Digo… no.

—Eh?

—No, nada.

La Rosa no le echaba mucha cuenta, tampoco. Iba por la segunda ó tercera birra de la sentada y, al tipo gordo que tenía al lado, se le caían las babas de pura modorra. El Juan (con su cara de sapo) se olvidó de todo durante dos horas y, cuando volvió en sí, la Loli había cogido la puerta y se había marchado a Gallifa con unos colegas, tío. Si la llamaba a voces, no le iba a contestar nadie, que no estaban en casa.

—Rosa?

—Qué?

—Qué's la plutonía?

—El qué, tío?

—La…

Le había dicho que era una puerta, joder.

—La plutonía, Rosa.

—Ni puta idea'lo que hablas.

—L-La… La Loli…

—La Loli'staba como una chota, tío. Déjala en paz…

Sí. Era cierto. En la tarde soleada del dos de febrero de 1986, la Loli debía tener un aspecto repugnante (algo entre asqueroso y vomitivo, pringado de peste y de sucos) dentro del atáud en el que la habían metido para el resto de sus días y el tal Anton, por no oírla desvariar más, no se cansaba de contarle al gordo, al calvo y al mierda del Juan que había una puta plutonía en el puto suelo de la puta fábrica abandonada de Can Baixeres.

—Lo sabías?

—Yo?

—No te comentó nada la Loli?

No, joder. El Juan se detuvo ante el número dos de la calle de Castellar demasiado tarde como para volver atrás, a por su propia barra de hierro. La puerta (una plancha metálica de chapa sin pintar) estaba forzada y la furgoneta, Juanito, demasiado lejos de allí (la había aparcado unas calles más abajo de su piso, en el único sitio libre de todo Can Palau). Había venido andando tan tranquilo, a la sombra de las farolas, con sus propias ideas acerca de la violencia, la destrucción y la muerte. Había esperado a que comenzara a oscurecer para decirle a la Rosa que tenía que salir un momento, a una cosa.

—Y si'stán los dos en el grupo, qué?

Que no, joder. De camino al portal oscuro del número dos, donde la puerta forzada y el pálpito de muerte («bam-bam, bam-bam, bam-bam»), el Juan había paseado por un pueblo vacío de gente y de vida. Al final, ahí fuera, sólo quedaban las casas y las calles y parecía mentira que ninguna hablase nada de las cosas terribles que estaban sucediendo en Sant Mena últimamente. Quieras que no, todo parecía en orden. Todo seguía en su sitio, muy quieto, como impasible frente al horror de los días aquellos (un poco como la niebla que se apretaba sobre los postes de la luz).

El Juan estiró el brazo y abrió la puerta en silencio, «ñeeec». Si entraba a matar, lo haría a traición, con un golpe seco y duro en el cogote, «planc», pero dentro, «joder, joder, joder», no se veía una puta mierda. El Juan (no poco Juanito en aquel punto de la velada) sujetó con fuerza el pedazo de varilla de hierro que llevaba en la mano y se adentró en las tinieblas de la casucha con mucho cuidado de no pisar en falso, «crec».

El suelo era de cemento y las paredes, de tochana vista. Sólo entrar, notó un aliento frío, como de pozo helado, viniéndole a la cara. Supuso que debía responder al ambiente húmedo de una vivienda largo tiempo cerrada, pero el Juanito, claro, no había pensado en traerse una puta linterna (o algo así) en todo el puto día. El alumbrado de la calle daba para que viera apenas el principio de un largo pasillo de oscuridad, un umbral sin puerta a su derecha y poco más. El Juan, sin moverse del sitio, asomó la cabeza por el umbral y vislumbró con dificultad los primeros escalones de una escalera de obra que ascendía a la segunda planta, «ja».

—Y ahora qué, señor mío?

La noticia, según sus cálculos, se titularía «Hallan dos meses después el cuerpo sin vida del asesino de niños de Sant Mena» y, de entre todas las palabras de la información, no se sacaría en claro quién podía ser el culpable o si lo había, siquiera. Porque «fuentes de la investigación apuntan a que la causa de la muerte pueda deberse a un trágico accidente doméstico», como que el asesino de niños se cayó bajando a oscuras por las escaleras de su casa y se partió la crisma de forma fatal, «chaf» (por sus muertos que la varilla de hierro manchada de sangre no iba a aparecer nunca).

Los pasos se produjeron poco más o menos como había previsto, «tap, tap, tap», sobre algún que otro «crec» esporádico. El cabrón descendía con paso cauteloso por la escalera de su propia casa, como si fuera medio borracho o algo. ¿Usaba una linterna? ¿No tenía luz en casa? El Juan se dio cuenta demasiado tarde de que había dejado la puerta de la calle abierta y de que lo acabaría viendo… Joder, sabría que alguien le estaba esperando dentro. Se pegó a la pared y preparó el golpe cerrando el puño por encima de su cabeza, «ummmf».

«Vale, Juanito. Vamos, va, va, va». A pocos metros a su espalda, justo al otro lado de la pared, el cabrón apagó la linterna, «clic», y pisó con mayor cautela que antes. El Juan contuvo la respiración. Necesitaba captar cualquier sonido a su alrededor (incluso aquellos que le llegasen del fondo del pasillo), pero no, joder… No se oía absolutamente nada (salvo el rumor de la calle, vacía de gente y de vida). Si echaba a correr en aquel preciso momento, nadie sabría nunca qué cosas horribles se le habían pasado por la cabeza últimamente. Pensó en despertar de la pesadilla. Pensó en el pisito del extrarradio (que no era ningún disparate, Juan). Pensó en los moratones y en las marcas de mordiscos en la piel de la Rosa S. (su Rosa) y volvió a sentir el asco y la rabia que le habían llevado hasta allí.

«Ahora o nunca, Juanito». Tenía claro que si el cabrón no bajaba, tendría que subir a por él, pero el golpe bueno se lo había dado siempre por la espalda, en el cogote, «planc». Aguantó unos segundos más. Viendo la puerta de la calle abierta, el tipo debía sospechar que había entrado alguien, pero no podía saber que él estaba justo allí, joder. La linterna, «clic», volvió a iluminar la escalera y los pasos («tap, tap, tap» sobre algún que otro «crec» esporádico) se fueron aproximando a su posición. El Juan no iba a esperar mucho más. Si no sacaba la cabeza, iría a buscarla dentro. Sucedió, sin embargo, que el haz de luz de la linterna entró primero y, en seguida, la mano que la sostenía y el Juan (con sus nervios) no pudo aguantarse más y le soltó el golpazo que se había estado guardando a lo que pillase, «planc»!

La linterna cayó al suelo con un grito de espanto y de dolor y el Juan levantó de nuevo la varilla de hierro por encima de su cabeza. Estaba dispuesto a meterse en el umbral a repartir golpazos hasta que las escaleras de la casa le partiesen la crisma de forma fatal a aquel hijo de la gran puta. Cogió aire por última vez y se lanzó al interior del umbral con más miedo que rabia. No vio apenas nada frente a sí (acaso algo vivo, como moviéndose), pero el primer palo dio en blando, «auch». Rápidamente descargó otro golpe al bulto, pero la varilla de hierro pegó en la pared con tal violencia homicida que se le escapó de la mano, «mieeerda», y se perdió por el suelo, a su pies… «clinc, clanc, clonc».

La luz de la linterna (caída en alguna parte, a su espalda) le mostró que la tenía al alcance de la mano, un poco más allá. El Juan se agachó a recogerla y el cabrón, entre tanto, aprovechó la ocasión para arrastrarse escaleras arriba, «arf, arf, arf». Entonces vio que no era tanto como había esperado y se creció un montón: «ven aquí, no te vayas ahora». La varilla de hierro, joder, se había doblado una barbaridá, pero, agarrándola con maña, valdría para que las escaleras le partieran la crisma al hijo de la gran puta como era debido. El Juan echó mano del tipejo y le tiró otro palo, «plam». Tenía que destruirlo. Tenía que aniquilarlo. Tenía que acabar con él o él acabaría con los dos. Alzó la varilla de la muerte por encima de su cabeza y gritó:

—Que te mueras, hijoputa!

Pero el cabrón no podía ser el cabrón que él recordaba, después de todo. Pesaba demasiado poco y temblaba en sus manos como una nenaza, joder. El Juan (por una fracción de segundo) miró a través de la nebulosa de odio que lo impelía a aplastar cabezas y descubrió a un hombrecillo lloroso, como con bigotillo, a su merced. Al parecer, hacía rato (no más de tres ó cuatro segundos) que suplicaba por su vida, «por favor, por favor, no me mates». Aún así, el Juan estuvo a punto de descargar un último golpe contra su cráneo de mierda porque, si no lo mataba en aquel preciso instante, lo meterían entre rejas y adiós a la Rosa y a las mamadas de polla (y todo eso).

—No m'hagas daño, por favor…

El Juan sólo miraba desde muy arriba.

—P-Por lo que más quieras… no m-me.. no me mates…

—Matar, yo?

Él sólo quería vivir en paz en su casa (donde quiera que fuera eso), comer caliente tres veces al día y dormir tranquilamente con su mujer. Respiró con violencia todo lo que no había respirado los últimos segundos de su vida. Él no quería matar a nadie, joder. Bajó el brazo y soltó al tipejo (por lo visto, lo tenía levantado de la pechera), «umpf». Siguió cogiendo aire y comenzó a distinguir el rojo de la sangre que le manaba de la boca en abundancia (era mucha y era escandalosa).

—Te he'cho daño? Te…?

El Juan se quitó de encima y tiró al varilla de hierro contra el suelo.

—Yo…

Mejor se callaba. Sería locura si no llevase horas con la idea rondándole la cabeza. Aquello no era un arrebato. Era otra cosa. El Juan estuvo a punto de irse sin más. Pensaba en darse una ducha en casa para que el agua se lo llevase todo por el agujero del desagüe. Pensaba que lo mejor para todos era meterse en la cama a dormir. En algún punto de sus putas vidas tendrían que despertar de la pesadilla, no?

—Lo siento, yo… Yo c-creí que'ras… pensaba, no sé, que'ras otro, yo…

Quiso tenderle una mano, por ayudarle a ponerse en pie, pero, joder, si él fuese aquel tipejo de la boca rota, lo último que querría del hombre que le acababa de partir la cara sería su pena o compasión. Pensó en tirar lejos la varilla de hierro, por apartarla de los malos pensamientos, y pensó en recuperar la linterna del suelo, por devolvérsela a su propietario. Entonces vio que había una barra de hierro junto a los escalones. La retiró con el pie, por si acaso, y se acercó a pillar la linterna.

—Es suya.

—S-Sí.

El tipejo se cogía del hombro con mucho dolor y, a duras penas, pudo levantar una mano temblorosa para hacerse con la linterna que le ofrecían desde lo alto. El golpe de la cara no podía ser suyo. El Juan calculó que, de haberle pegado ahí con la varilla de hierro, le habría partido la mandíbula por tres sitios distintos (lo menos) y aquel hombre aún contaba con todos sus dientes para morder duro. Se tenía que haber caído o algo. Él no tenía la culpa de aquello. Se habría dado con las escaleras, al tropezarse, durante la refriega, así que él no había sido, sabes que te digo?

—Está bien?

Claro que no. El Juan preguntaba por empezar a excusarse de algún modo.

—No, joder.

Al menos, le hablaba (a pesar de la sangre y de las babas).

—Lo siento. M'he asustao… No'speraba'ncontrarme a nadie aquí y…

—Y-Ya… claro.

Ninguno de los dos ignoraba que, a un paso de allí, en el suelo del pasillo, había una varilla de hierro junto a una barra también de hierro, bien gorda. El Juan guardaba una igualita en su furgoneta, en una calle anodina y gris de Can Palau. Por suerte para ambos, no se había acordado a tiempo de cogerla y se la había dejado debajo del asiento de delante.

—P-Puedo ayudarle'n algo?

—No.

El tipo prefería no moverse del sitio (todavía).

—No… No quiere que l'acompañe a algún sitio? Yo podría…

—Déjate ya de hostias, joder. Un poco más y m'abres la cabeza, hijo de la gran puta…

—Que no, que no.

—Que no?! Que casi me matas, cabronazo!

—Yo no quería'certe daño… En serio, joder. Lo digo'n serio, que no.

—Ah, no?

—No, joder. Ya t'he dicho que buscaba a otro…

—Ah, sí?!

—Sí, joder.

—A quién?

—Eh?

—A quién pensabas matar, eh, cabrón?!

—Yo no…

La Rosa S. y las mamadas de polla al llegar a casa, por la tarde, empezaban a correr con el agua de la ducha, Juan. Todo estaba perdido, al final. El jabón arrastraba las cosas malas y las cosas buenas de igual modo. Si hubiese tenido los cojones necesarios, habría agarrado la barra de hierro del suelo y lo habría acabado allí mismo, sin más. La noticia en los papeles seguiría hablando de que habían hallado dos meses después el cuerpo sin vida de un hombre al que daban por desaparecido en su casa y de un desgraciado accidente doméstico como fatal desenlace de la historia. Las escaleras matan a mucha gente al cabo de un año, Juan.

—Tú quién eres?

—Yo? Y, a ti, qué t'importa, imbécil?

—C'hacías aquí, eh?

—Y tú?

—Ya lo sabes, no?

—Joooder…

La herida del labio no dejaba de manar sangre. El tipo se ponía el puño de la camisa en la boca y, de vez en cuando, tiraba un escupitajo a la pared, «spuaj». Él no llevaba una barra gorda de hierro porque sí, tampoco. Se incorporó como pudo (que era con mucho dolor en el hombro y en el costado) y le buscó las intenciones en los ojos a aquel gordo con cara de sapo que tenía justo delante.

—Yo'staba currando, joder.

—Aquí?

—Sí, joder. Soy lampista… Ves que haya luz, aquí?

—No.

—Y no has visto la furgoneta afuera, capullo?

—No.

—Pues eso…

—Pues qué? Arreglas cables con la barra de hierro, tú?

—Tenía que'ntrar, no?

Lo decía, más que nada, porque había tenido que forzar la puerta de la calle para colarse en la casucha del Alex T., sabes? Luego, con muchísimo tiento, había subido a la segunda planta, para ver qué se encontraba por las habitaciones. La oscuridad del pasillo (aquel aliento helado, de pozo negro) la había dejado para después.

—Qué? Qué miras?

El Juan se quitó los pelacos sudados de la cara y recogió los hierros del suelo.

—Ten.

Le dio su barra gorda y le tendió una mano, «que ya'stá bien d'esto, joder».

—Levanta, va. No te quedes ahí…

—No puedo.

—T'ayudo?

—No.

—Perdona.

—No.

—Perdona, macho. No sabía que'ras tú…

—También venías por ése?

—Joder, claro.

—Pues aquí no'stá.

—Pues en algún sitio andará.

—Ya, pero dónde?

—No sé.

—Pues menudo mierdón, no?

—Sí, joder.

—Y c'hacemos ahora?

—Ni puta idea, tío. Has mirado el pasillo?

—No, aún no.

—Puedes?

—No. Creo que no…

—T'ayudo?

—Sí, por favor.

—Vale, va.