El misterio de Sant Mena

30 de abril de 1989

—No t'ha dicho na'más?

—Quién, la Eli?

—Sí.

—No.

La luz del domingo se perdía en la lejanía de los descampados, al otro lado de la reja, pero, al Dani y a la Laia, les daba bastante igual que se fueran la tarde y el fin de semana mientras no pasara nada más. Llevaban no sé qué horas sentados en un banco del paseo de Pal, de espaldas a la cuesta del Doctor Fleming, sin hacer nada en absoluto. Tenían el culo frío, las manos despiertas y una sonrisa juguetona les asomaba a la cara de puro contento. Estaban bien (se estaba bien, al fresco). El Dani, por eso, había cosas que no se las podía callar, al final.

—De qué te ríes?

—Yo?

—Sí, tú.

—De nada, tío. Y tú?

—Yo, qué?

—Tú sí que t'estás riendo, chaval.

—Yo? Qué va, chavala.

—Que no?

—Que no.

—Bobo que'res, hijo.

Y, si no se habían cogido de la mano, lo parecía. Un ratillo antes se habían sentado muy juntos para tratar el asunto del «misterio». La Laia se había hecho bastante amiga de la Eli A. a raíz de los casos de «mutilación del ganado» de Can F. y, de vez en cuando, quedaban con el Dani para contarse «las últimas novedades», las hubiera o no. Aunque a su manera, los dos estaban investigando los sucesos recientes de Sant Mena como buenamente podían. No había mucha cosa de donde tirar, después de todo. Ella tenía su número de teléfono y le llamaba a casa de tanto en tanto: «Quieres que nos veamos esta tarde?». Vale. Claro. Cuando sea.

—Entonces no t'ha dicho nada?

—No.

—Y s'habrá acabado todo, ya?

—Eso dice ella. Por allí no ha vuelto, vamos.

—Joder… Qué raro, no?

—Sí, tío. Todo.

—Que s'haya desaparecío de pronto, no?

—Muy chungo, sí.

—Desde febrero o así, eh?

—Ya te digo.

—Pero tú te lo crees?

—El qué, que s'haya ido?

—Sí.

—Pues no sé, tío.

—Y ella qué dice?

—La Eli?

—Sí.

—Que mejor.

—Ya, claro.

—Que le da igual, vamos. Que si no vuelve, que mejor pa'ellos.

—Normal.

—Sí, tío.

—Qué?

La Laia lo miraba con una miguita de malicia en el fondo de los ojos.

—Mucho preguntas tú, últimamente.

—El qué?

—Por la Eli.

—Eh?

—Es guapita, eh?

—Eh?

—No?

—Bueno, sí, no?

—Si quieres le digo algo…

—El qué?

—Lo que tú me digas, tío.

—No, no. Si, a mí…

—Qué?

Que no. Que, a mí, me gustas tú. Pero, aquello suyo, el Dani se lo tuvo que tragar hasta el fondo porque no había huevos de decirlo y porque, además, llegaba el bus de las siete a la parada que tenían justo detrás. Quieras que no, se había hecho tarde al final. La alegría de la luz del domingo de hacía un rato se había desvanecido frente a sus narices, como un soplo de aire que pasa de largo, sin que nadie lo mire. La Laia leyó en voz alta el nombre que habían pintado de azul en el lateral del vehículo:

—Sacalers.

—No dice'l Gustau que's no sé qué d'una contracción?

—No, tío. Explicó que'ra un artículo salat.

Pero lo de salado, al Dani, no le hacía ningún sentido.

—No puede ser, eso.

—Como que no?

—Como que no.

—Porque tú lo digas, majo.

—Salado de qué, eh?

—Pues que, en vez de la, dicen sa, capullo.

—Entonces qué sería, la Calers, según tú?

—Sí.

—De dinero?

—Será, no?

Lo cierto era que su propuesta de los dineros cuadraba perfectamente con las formas que tenían aquellos cacharros enormes de conducirse por las carreteras de la comarca. Obraban sin miramientos, como los señores del lugar. Si no te apartabas a tiempo, te pasaban por encima. El Dani recordaba alguna cosa de su infancia (como el pie aplastado de un niño del cole), pero no había ganas de malos rollos, tío. Él tenía los ojos puestos en otra parte.

—L'has visto?

—Al Kiko?

—Sí.

—Está como contando, no?

—Sí. Siempre lo hace.

—La gente de dentro?

—Sí. No sé qué busca, tía.

—Yo diría que'stá como contándolos a todos, tío.

—Puede ser.

—A lo mejor busca a alguien en concreto, no?

—A lo mejor. T'acuerdas, no?

—Claro.

El Kiko (con sus dos dientes rotos) se les apareció una noche negra de diciembre en la puerta principal de la fábrica abandonada de Can Baixeres. Si no llega a ser por él, no salen vivos de allí dentro. O, al menos, eso era lo que creían. La Laia lo recordaba todo como si hubiese pasado pocos días antes (cuando hacía más de tres años de aquello, chaval).

—Nos salvó el culo, eh?

—Ya te digo.

—Si no llega a aparecer…

—Joder, que sí.

—Qué miedo que pasamos, tío.

—Sí, tía. Tú t'acuerdas de lo que nos dijo?

—Hostia, sí…

—Qué era?

—Sí, como que nos iban a matar por… por estar allí metidos, tío.

—Sí?

—Sí. Algo así. Como que, si nos veían, nos… nos…

—No dijo él?

—Sí, puede ser, tío.

—Pero quién él?

—No sé, tío. El pobre no'stá bien, no?

—Está loco.

—No digas eso, tío.

—Es lo que dice to'l mundo, tía.

—Ya, joder. Pero tú no lo digas, vale?

—Por qué?

—Porque eso no se dice, tío.

—Y cómo lo digo, si'stá loco?

—Es que no's un loco, es un enfermo mental, bruto.

—Ah.

—No's loco, vale?

—Vale, vale.

—Dani, tío…

—Qué?

—Que nos está mirando.

—Sí.

—Tío, tío…

—Ya.

—Que viene, tío.

—Que sí.

—C'hacemos?

—Nada. Tú'state quieta, vale?

—Calla, calla (que nos va a oír).

—Que sí, joder.

El Dani y la Laia se dejaron de cuchicheos cuando el Kiko, el loco del pueblo, se les puso justo detrás (al alcance de la mano). El bus de las siete cerró sus puertas, «psssf-psssf», y partió en dirección a Caldes cargado de malos humos, «brom-broom-brooom». A medida que se fue alejando de la parada, el ruïdo encabronado del motor se les fue quitando de dentro de la cabeza y, al final, quieras que no, se quedaron a solas, los tres. Pero qué me estás contando, pavo. Y ahora qué hacemos, eh? Los chavales siguieron callados en su sitio, sin hacer nada. El Kiko, sin embargo, lo tenía mucho más claro desde el principio:

—Tú te sabe qué día's hoy?

Ninguno de los dos se dignó a volverse.

—Tú te lo sabe? Eh?

La Laia pensó que sí, que era el treinta de abril y «qué».

—Estamos a treinta.

—Y tú no te sabe que's la noche, hoy?

—La noche de qué?

—De las brujas.

—Qué?

—Esta's la noche, hoy.

—Qué brujas?

—Hoy s'abren las puertas del infiernos. Por la noche, no salir de casa, vale?

—Vale.

—Porque hoy se pasarán cosas malas, si tú no lo sabía.

—Vale.

—Tú lo sabe, eh, chiquitilla?

—El qué?

—Lo que se pasa aquí, verdad que sí?

—No sé de qué me hablas.

—Tú l'has visto, eh?

—Perdona, pero's que no sé…

—El Satanás, chiquita.

—Eh?

—El que tiene un cuerpo de sombra, sí?

—Ése?

—Sí.

—Cómo lo sabes?

—L'he visto.

—Dónde?

—Por las noches.

—Pero dónde?

—Por todas las calles del pueblo.

—Pero cuándo lo has visto?

—Ui, hace muchos días que lo veo, yo.

—Hace mucho?

—Sí. Tú te pensaba que s'había ido o qué?

—Sí.

—Pues ciérrate tu cuarto, chiquita, y n'hagas ruido, eh?

—Por?

—Porque'stá lleno d'hambre, Él.

Dicho esto, el Kiko (con sus dos dientes rotos) acercó su mano brutal hacia la cabezita de la Laia y el Dani (que lo había soportado todo en absoluto silencio) saltó como un resorte y se la apartó de un manotazo, «pero dónde vas tú, chalao». La Laia no supo reaccionar a tiempo. De una parte, pensó que el Kiko era un pobre loco que no quería hacerle ningún daño, pero, de otra parte, comprendía la prudencia con que había actuado su amigo Daniel (por así decirlo). Aquel hombre extraño, el Kiko, era un tipo imprevisible. Después del manotazo, en lugar de enfadarse, los miró a los dos con mucha ternura, como con lástima. Igual que si fueran cachorrillos abandonados en las profundidades de un bosque, a merced de las alimañas sedientas de sangre que pudieran pasar por allí, por su lado.