El misterio de Sant Mena

30 de mayo de 1991

La lámpara del salón arrojaba un islote de luz en mitad de la noche y el Paco guardaba cierta consciencia de que su ventana era la única de la calle que estaba iluminada a última hora. Una simple lámina de cristal lo separaba del mundo exterior. El cielo seguía vacío de punta a punta y las aceras se abandonaban a su suerte. El tipo sabía de sobras que sus vecinos ya no estaban en sus casas. O se habían largado con lo puesto o habían desaparecido sin más. Pero, al final, daba lo mismo porque el caso es que fuera, en la calle, estaba más oscuro de la cuenta y el Paco, que no quería nada de rollos chungos después de plegar, se ponía de espaldas a la ventana.

Ya no necesitaba de ningún cuaderno para trazar sus planes. Se valía de sus manos desnudas y de la superficie de la mesa. Sólo había que concentrarse bien. No importaban ni la hora, ni el día. Él se sentaba allí a hacer sus cálculos el tiempo que hiciera falta. No necesitaba dormir mucho. Prefería perderse en sus propias fantasías de mierda a soñar realmente. Aún así, en la noche del treinta al treinta y uno de mayo de 1991, llegó a pensar que, si alguien lo viese desde fuera, desde la calle, lo tomaría por loco.

—O un puto chalao.

Pero daba lo mismo. Las verdades de la cabeza del Paco salían a borbotones igual que un chorro de agua subterránea y, cuando aquello empezaba, él no estaba dispuesto a escuchar otra cosa. Se había pasado todo el puto día con ganas de que la guarra de su secretaria le comiese la polla con fruición, pero, como solía pasarle con la puta Conchita, no había ocurrido nada de lo que esperaba y, al final, a última hora del día, se había metido en casa con la intención de que su mujer, la Merche, se le pusiera delante, de rodillas, y le hiciera una buena mamada.

—Ay, quita… Que no'stoy d'humor, yo.

Luego habían cenado algo frío en la barra americana que separaba la cocina del salón y luego la Merche se había plantado sola en el sofá de la salita, a ver la tele. El Paco no. El Paco, antes de hacer nada con su puta calavera, se había debatido fuertemente entre tirar de guarrilla o sentarse un rato a tramar algo malo, a su aire. Lo peor del caso era que, mientras su mujer siguiese cerca, despierta, todavía cabía la posibilidad de que se le pusiera delante, de rodillas. El tipo estaba como ansioso por que se la chuparan. Y tenía que ser ella, joder, la puta Merche.

Aquella noche de finales de mayo el ruido del televisor, en el cuarto de al lado, le llegaba como un cuchicheo vano y la noción de Satanás se le metió en la cabeza igual que una mancha oscura que le nublara todo el puto pensamiento de golpe. Y no era la primera vez que le pasaba, sabes? El Paco sospechaba que tenía que ver algo con la sangre. Con la cantidad de sangre o con el exceso de calor en la carne. Llevaba días explicándose que no hacía sentido pensar en el demonio como una entidad oscura, capaz de nada por sí misma. El Paco creía en serio que el Satán de los libros era un invento de un puñado de tíos con ganas de meter.

—Y d'otras cosas más guarras, eh?

Pero, en el fondo, no habían cosas más guarras ahí fuera, en el mundo real, y aquel puñado de hombre hambrientos se habían tenido que patillar una historia bastante chunga para convencerse a ellos mismos de que podían hacer lo que realmente querían hacer sin pedirle permiso a nadie. Porque estaba claro que no siempre se podía, eh, Paco?

—Ya te digo.

Pero el Paco tampoco estaba para muchas hostias, ya. Él iba por libre. Él prefería andar por su cuenta. Él no se veía metido en un cuartucho oscuro, medio en pelotas, con un grupito de gente más bien rarita. Todo ese rollo de las túnicas negras le ponía de los nervios. Estaba seguro de que, si se juntasen todos los satánicos de su pueblo, estaría rodeado de más rabos que coños y, para chochitos, él ya tenía a mano su propia agenda de guarrillas, eh? El Paco no hablaba de boquilla. El Paco se había leído bien toda esa mierda del ritual y del psicodrama y, lo que era a él, le tocaba bastante la psicopolla.

Él no necesitaba a nadie para sus temitas, vale? A falta de un ferrari testarrosa blanco y de pasta a mansalva como para no tener que aguantar a nadie nunca más, él se había montado su propia historia en el sótano de casa que le iba bastante bien, por el momento. Y la Merche, la pobre, no había tenido más remedio que tragar. Al principio, cuando se lo planteó en frío, le armó un dramón de la hostia, pero el Paco le habló con franqueza de sus necesidades de hombre adulto y de «las ganas que tiene cada uno», que no eran bien bien las mismas que las suyas, sabes?

—Eso'stá claro.

Él no apeló a Satanás en ningún momento. Él lo llamó «relación abierta» y, aunque la Merche lo llegó a amenazar con el divorcio, la idea de cambiar el piso por una casa grande le valió bastante. Porque el Paco se había comprometido a tener críos con ella y, claro, necesitarían un par de habitaciones más si buscaban, al menos, la parejita. Y, un año y pico después, lo seguían probando cada vez que ella creía que había llegado el momento y el Paco aprovechaba siempre la ocasión para ponerla de rodillas a comer polla, «más que nada, para calentar un poco, nena».

Luego cumplía con su parte del trato sin llegar a pringarse mucho y la Merche, la muy guarra, hacía ver que no lo notaba, en plan «estás bien, cari? Que te pasa algo?». Joder, pero si le había comprado un puto casoplón en la zona alta de Sant Mena, macho (al Paco, le ponía mucho llamar así a los terrenos que manejaba en Serra Barona). La finca tenía tres plantas de alto y un patio enorme en la parte de atrás y, después de no sé qué broncas por voces que le llegaban del sótano, el Paco le había prometido una piscinita a su gusto, «bien guapa», y la Merche, con el paso de los meses, se había medio acostumbrado a sus historias y a sus mierdas de hombre adulto.

—Y qué quieres?

Todo era cuestión de hablarlo. Y el Satán (de los libros o no) estaba de más en la ecuación de las cosas. Por más que su noción le enturbiara el pensamiento algunas noches, al Paco le valía con un colchoncito en el suelo y algunas velitas de color rojo tirando a escarlata. No necesitaba para nada al demonio, sabes? El sitio, las perrillas y las gomas las ponía él de su bolsillo y, si tenía que cruzar alguna línea, algún día, no pensaba pedirle permiso a nadie, vale?

—Eh?

—Me oyes, Paco?

Su mujer lo llamaba a voces desde la salita. Lo primero que pensó el Paco es que había llegado el momento de ponerla de rodillas, pero, en verdá, a poco que se fijara, el tono de la Merche tenía todo el deje de la migraña habitual. Otra vez. Pensó que, si no había mamada, no merecía la pena responderle, pero el Paco se había quedado con no sé qué al oírla que no le gustaba una mierda, macho.

Aún así, se quedó callado. Había algo que no iba bien desde el principio, desde que se había puesto de espaldas a la ventana. Se le ocurrió que debía ser algún aparato de la oficina, que estaba a punto de estropearse porque se lo habían dejado encendido al irse. Luego reparó en la cantidad de candados que se podían quedar sin cerrar en una mala tarde y, finalmente, se figuró que tenía que ser la puta puerta de la nevera, que se la habían olvidado abierta, y su mujer no tenía ganas de levantarse.

—Qué?

—Ven.

—Pa'qué?

—Ven. Hay alguien fuera.

—Quién?

—Que vengas, te digo.

No había cosa que le tocara más la polla que tener que moverse cuando no le apetecía. El Paco cogió aire y se acercó a mirar a la cocina. La puerta de la nevera estaba bien cerrada, pero las sombras del salón guardaban algo chungo en su interior. Era como si estuviese todo demasiado quieto, de repente. El tipo pensó por pensar si no sería ésa la apariencia que debía tomar la materialización de una presencia diabólica en el salón de una casa cualquiera.

—Paco? Vienes o qué?

—Que sí, joder.

Si seguía mirando, si se seguía fijando con atención, seguro que acababa viendo cosas taco de extrañas en la oscuridad. De eso iban los putos rituales de invocación, no? Se volvió para la salita y se asomó a ver qué cojones quería su mujer. La Merche no estaba tirada en el sofá como se esperaba. Se había levantado a vigilar por la ventana. El Paco no dijo nada. Le miró la carne de los muslos por debajo del camisón y pensó que estaba vieja, la pobre. Que no le gustaba como antes, cuando estaba tersa y fresca, y que ninguno de los dos tenía la culpa de nada, al final.

—Qué? Vienes o no?

—Que sí, mujer. Qué's lo que pasa?

—Mira allí.

El Paco se puso a su lado y miró al exterior. La calle estaba desierta. A pesar de que había alguien parado junto a la cancela de la entrada, a unos pocos pasos de donde estaban él y su mujer, la noche era absoluta. No se entendía bien que hubiera nadie fuera de su casa a aquellas horas. Por más que lo pensaban, no se les ocurría ninguna excusa que lo explicase. No les valía nada. La soledad era tanta bajo el cielo que el tipo supo al momento que, de no haberla buscado, no la habrían notado nunca.

—La conoces?

—No sé.

—No sabes quién es?

—No, nena. No le veo bien la cara. Y tú?

—No será una de tus putillas, no?

—No. No creo.

—Mira, Paco… Haz lo que quieras con tu vida, pero no la metas en casa, vale?

—Joder, nena… Que te digo que no sé quién es.

—Que me da igual, Paco. A ésa, no.

Viendo la sombra parada en mitad de la noche, el recelo de su mujer era más que comprensible. El mismo Paco no lo veía claro. Estaba todo bastante negro, pero no tenía por qué pasar nada malo. Intentó fijarse bien en las formas que había en la oscuridad. Todo parecía indicar que se trataba de una mujer, no?

—Y qué hago, eh?

—Tú verás, bonito. Pero que se largue d'aquí.

El Paco se planteó en serio lo de salir solo a la calle a aquella hora de la noche. Aunque no se acababa de creer que el demonio quisiera tomar forma en su salón a partir de un puñado de sombras sin sustancia, ni jugo, la sola idea de abandonar el refugio seguro de unas paredes le hacía dudar de todo. Y la verdá es que no lo había considerado nunca antes, pero, lo que no era posible dentro de su casa, fuera, en la calle, llevaba pasando mucho tiempo.

—Qué?

—Qué de qué?

—Que te muevas.

Y el Paco se movió por no oírla. Fue al salón y, del salón, al recibidor. La puta puerta de la nevera seguía bien cerrada cuando pasó por su lado. No tenía ninguna gana de quitar la cadenita de la puerta, pero la quitó y le dio tres vueltas a la llave de la cerradura, «troc, trec, tric». Puso la mano en el pomo y, antes de bajarlo, echó un vistazo a su alrededor. No había nadie cerca. Abrió la puerta de la calle y miró con aprensión a la figura de la mujer que había junto a la cancela.

—Hola?

No le respondió, pero, cuanto más la miraba, más le sonaba de algo.

—R-Raquel, eres tú?

Joder que no. El Paco sintió algo de alivio al reconocerla. Tenía todo su tipo, eh? Así, bajita… pero ya no estaba gorda. Salió de casa y anduvo sin cuidado los pocos pasos que lo separaban de la cancela de la entrada. Luego, cuando ya era demasiado tarde, se dio cuenta de lo vacío que estaba su pueblo últimamente. A pesar de la presencia inmediata de la Raquel, el Paco se supo muy solo bajo el cielo. Quiso buscar a su mujer en la ventana de la salita, pero no se atrevió a perderla de vista. La Raquel estaba bastante rarita, eh?

—Pero Raquel, tía… Qué haces ahí parada?

No contestó. Se la veía bastante mal. El Paco, con los nervios, no se había acordado de encender la luz de la entrada y la única farola de la calle que aún funcionaba estaba justo al otro lado de la carretera, en la acera de enfrente. La chavala no tenía buena pinta, que digamos. Parecía que viniese de pasar muchos días por ahí, sin lavarse, ni cambiarse de ropa. Olía mal. El Paco sintió asco y pena por ella.

—Pero qué t'ha pasado, tía?

Aunque no llegó a verlo, supo que la Raquel había abierto la boca por el hedor que le llegó al momento. Apestaba a podrido, como si toda ella estuviera corrompida por dentro. Luego de taparse la cara con la mano, el Paco se acordó de las formas y la oyó murmurar algo ronco, similar a unas palabras rotas:

—Te-Tengo sed.

—Vale. Ven, ven. Vente conmigo, tía.

El Paco le abrió la cancela de la entrada, «griiiec», y la ayudó a pasar dentro. La cogió del brazo con cuidado. Más que nada, por no ensuciarse las manos. Fue después cuando tuvo miedo de pillar algo malo. Si no piojos, alguna enfermedad contagiosa tipo lepra. Pero es que era la Raquel, joder, que estaba hecha una puta mierda, no? El Paco no llegó a pensarlo porque ya lo sabía desde el principio: la lavaría con agüita limpia y la peinaría con mucho ojo de no pegarle tirones y, luego, cuando estuviese buena del todo, se la follaría cada noche, sin parar, pero, sólo entrar en casa, se encontró con su mujer, la Merche, loca de espanto.

—Qué haces, Paco? Adónde coño vais?

—No la voy a dejar sola'n la calle. No la'stás viendo?

Pero la Merche no la estaba viendo como él. Porque, donde el Paco recordaba unos ojillos vivos, con ganas de muchas cosas en la vida, su mujer sorprendió el reflejo de un hambre sin fondo. Era igual de negra que un pozo subterráneo y no albergaba calor de ningún tipo. La Merche tuvo que soltarlo antes de que le quemara por dentro:

—T'has vuelto loco, Paco?

—Cállate la puta boca, no? Y trae un puto vaso de agua, joder. Y una jarra. Llena una jarra con agua del grifo y trae una toalla o algo.

—Adónde la llevas?

—Al sótano. Adónde quieres que la lleve, si no?

Porque el Paco, aparte de una argolla en la pared y unas cuantas cadenas que colgaban de las vigas del techo, le había puesto a la puerta del sótano una cerradura y un pestillo que sólo se abrían por fuera.