El misterio de Sant Mena

31 de diciembre de 1985

—Papa…

—Qué?

—Sabes qué?

—Qué?

—Otro día, si acierto todas las letras, me darán unas gafas.

El Carlos no quiso sacarla de su error por nada del mundo. Si su hija Olga quería pensar que unas gafas eran un premio, no pensaba discutírselo (además, además, le daba mucha pena tener que cargarla con un aparato ortopédico a los seis añitos de vida). Si la niña, al final, resultaba que era miope, la culpa tenía que ser suya (que, para algo, eran los padres). La doctora les había pedido «por favor» que regresasen otro día, «dentro de poco». Tenían cita para el doce de enero. Era preciso que le pusieran no sé qué gotas en los ojos una hora antes de la revisión. Tenían que echárselas una vez cada quince minutos y el Carlos, al volante de su furgonetilla, no veía la manera de ponerle nada a su hija en los ojos cuando estuvieran (por fuerza) yendo de camino al médico. Parar un momento en la cuneta se le antojaba raro, poco seguro. Su hija Olga, sentada a su lado, no se preocupaba mayormente. Volvía a reclamar su atención.

—Papa…

—Qué?

—Sabes qué?

—No.

—El monstruo de las mil caras tiene mil barrigas y las cosas que se come son de carne.

Primera noticia.

—Qué?

—Sí, sí. El monstruo de las mil caras pela las cosas y se come la carne de dentro.

—De dónde sacas eso, hija?

—Lo cuenta la leyenda.

—Qué leyenda?

—Una.

—Ya. Pero quién lo dice, eso?

—Una leyenda, papa.

—Que sí, que sí. Pero tú de dónde lo has oído?

—Pues es una leyenda que lo dice mi cerebro.

—Cómo?

—Mi cerebro me lo dice, papa. Y el monstruo de las mil caras, como es muy grande, se hace una bola y se tira rodando por la cuesta para abajo, uiii, uiii, con las bocas abiertas para comer!

La furgonetilla, en aquel momento, iba cuesta abajo (acababa de tomar la pendiente de un tobogán de asfalto pensado para coches, «uiii, uiii»). Lo raro era dar con un llano en Sant Mena. Buena parte del pueblo se asentaba en una ladera. Si nadie lo había pensado nunca, lo había pensado mal.

—Se lo traga todo?

—Sí.

—Y eso lo cuenta la leyenda?

—Sí, sí.

—La leyenda que te cuenta tu cerebro?

—Sí, papa. Y vive en la fábrica, papa.

—Ahí?

La techumbre de la fábrica abandonada de Can Baixeres asomaba por encima de las casas bajas que la rodeaban del lado de poniente. El Carlos estuvo a punto de darle una vuelta con la furgoneta. Era un momentillo. El embrujo de la chimenea (silenciosa en el cielo de la mañana) le podía. Podía enseñarle a su hija su arquitectura monstruosa (puesta por entero al servicio de la producción y del capital), pero su hija, sin duda, ya la tenía vista de otra veces que habían pasado por allí porque conocía de sobras su gran puerta.

—Sí (porque, si no, no cabe por la puerta).

—Pero ahí no vive nadie, no?

—Sólo el monstruo, papa. Tiene que tener una puerta grande para vivir, eh, papa?

—Y a ti no te da miedo?

—No mucho.

Y qué monstruos daban miedo a los críos, entonces? El lobo de los cuentos se sentaba a tomar el té con los cerditos y el monstruo azul de la tele sólo comía galletas de forma graciosa y divertida. Los dragones ya no habitaban los pantanos insalubres. Eran bestezuelas panzudas que sonreían felizmente a las puertas de las fábulas ilustradas a todo color. El caballero, en lugar de regalarle un perrito faldero a la princesa, le ofrecía un dragoncito rosa como mascota (de un tiempo a esta parte, hasta las aberraciones del abismo guardaban un corazoncito detrás del azufre de las escamas). El Carlos tenía la sensación de que poner al hombre del saco sobre la mesa (sin entrar en detalles) estaba fuera de lugar. Era como, si el horror de los hornos industriales, fuese suficiente y bastante para los próximos mil años.

—Y'l hombre de las narices?

—Eh? Qué dices, papa?

—No conoces al hombre de las narices?

—No. Quién es, papa?

El Carlos (en aquella mañana limpia y quieta, diez días después del veintiuno de diciembre de 1985) recuperó la figura de aquella criatura enigmática en contra de la casta bastarda de los monstruos infantiles de su hija. Sentía cierta repulsa por ellos de una forma poco pensada, bastante natural (al fin y al cabo, eran una sombra pálida de lo que fueran las brujas y los ogros de su niñez). No comían carne de infante. Devoraban perritos calientes o comían palomitas a cientos en una sala de cine. Sin ponerle palabras a su miedo, el Carlos temía que no fuesen capaces de infestar debidamente las pesadillas de sus retoños. No sabía por qué, pero intuía que, si fallaba un solo empalme de todo el circuito, la corriente dejaría de funcionar como hasta entonces.

—El hombre de las narices tiene tantas narices como días le quedan al año. Qué te parece?

—Tantas?

—Sí.

—Y cuántos días tiene un año, papa?

—Tres cientos sesenta y cinco.

—Sí?

—Sí.

—Tresecientos?

—Sí.

Su hija se quedó callada, componiéndose en el magín su propio hombrecillo de las narices (tenía que haber algún modo de juntar todas aquellas narices en una sola cara y que luego te cupieran unos ojos y una boca).

—Tú no lo has visto, no?

—No.

—Nunca?

—No.

—Pues mira bien por la ventanilla, a ver si lo ves.

—Y cómo lo podré ver?

—Tú cuéntale las narices.

—Vale.

Su hija le contó las narices a todos los hombres que se cruzaron por el camino. No fueron muchos. «Una», «una» y «una». Bajando por Jaume Roca, se cruzaron con un tipo que embozaba su rostro con una bufanda muy aparatosa y su hija Olga no dijo ni palabra. El Carlos hizo por comprender que la figura del hombre alto del cementerio de Sant Mena era demasiado horrible (y real y posible) para habitar las páginas de ningún cuento infantil. Puesto a contarle su historia de la otra noche a su hija Olga, el Carlos no sabría por dónde empezar. Al principio, tendría que explicarle por qué iba nadie al cementerio durante la noche, cuando (generalmente) no se ve nada y no pasa nada bueno. No podía decirle la verdá (que andaba como loco por verle las tetillas a un tal Conchi, una mujer que no era su madre, y que no sabía cómo había acabado aparcando junto al seat ritmo color ceniza del cabrón del Alex T., un monstruo de los de verdad). Podía recurrir a la magia de las hadas para justificarse, pero una barra de hierro no era una espada, ni la profanación de tumbas, materia para niños. Que él supiera, algún que otro fantasmilla había hecho sonar sus huesos como instrumentos de percusión para espantar al Pere sin miedo, pero ningún hombre alto paseaba en la oscuridad de un cementerio con un cráneo ¿de carnero? en la cara. Bien mirado, aquella figura podía asimilarla a la de un demonio sin mayor dificultad (el Carlos, «claro», había dado por sentado que se trataba de un simple hombre con una simple máscara) y el demonio en sí (humano o no) le proporcionaba un propósito y un fin claros a su historia (el héroe, barra en mano, debía enfrentarse a los malos y arrojarlos a todos de vuelta al infierno).

El Carlos paró la furgoneta en medio de la calle. No vio a nadie en el retrovisor. Puso el intermitente y aparcó en un hueco que había cerca del portal de su casa, entre dos coches. Quizá su hija Olga no daba para ser caballera de cuento de mayor, pero, en lugar de una lanza de caballería, podía clavar una aguja hipodérmica en el corazón de todos los teratomas que moran en los úteros maternos. Antes, por eso, urgía quitarle la correa al dragón.

—Vamos?

—Vale.