El misterio de Sant Mena

31 de octubre de 1989

—Iaia…

—Qué tienes ahora?

—Si yo te cuento una cosa, tú no se lo decirás ni a los papas ni a nadie, verdá?

—Qué cosa, fillet?

—Una.

El David se había aguantado las ganas de soltarlo un montonazo de tiempo. En parte, porque no quería meterlo dentro de su habitación. Pero como suena, eh, pavo? Es que no lo habían ni hablado entre ellos, chaval, porque los cuatro estaban convencidos de que, si lo decían en voz alta, si hablaban con alguien de lo que les había pasado en el camino del castillo al final de las vacaciones, el monstruo se les metía otra vez en la cabeza y, por lo tanto, en la habitación. Era como si los pudiese encontrar de esa manera, sabes? Como si lo estuvieran llamando nada más pensarlo o algo así, pavo.

—No m'has de decir algo más?

El David evitó pensar en ello. Se acordó de que estaba lloviendo cuando se metió en casa a eso de las seis y pico de la tarde y, como se hacía oscuro pronto, pasaban mucho de quedarse en la calle, chaval. Buah, tío. Por suerte, no les habían pasado más cosas malas, a ellos. En aquellos días, quedaban más bien por Can Baixeres, cerca de la fábrica abandonada. Casi siempre se ponían por la plaza del caracol si no estaban los grandes. El Enri era el único que seguía con el rollo de que lo habían flipado mucho, los cuatro. Decía que se habían confundido con una sombra del camino o algo. Que veían muchas pelis, sabes? Y que, al final, lo habían alucinado mogollón y que no, tío, que no podía ser lo que se pensaban ni el Sergio A., ni el Sergio L., eh?

—Porque tú lo digas, chaval.

El Sergio L. se había querido convencer (convenciendo al resto del grupo) de que habían visto a un loco en el campo con «la cabeza calva pintada de blanco». Bueno, vale. El David se pensaba que lo entendía porque no había por su pueblo ni ningún animal, ni ninguna bestia salvaje, que pudiera ser como aquella cosa del camino, pero la verdá era que no era ningún hombre tampoco. El A. se lo había dicho a los tres, a la cara: «pero si eso no estaba vivo, chaval». Vale, sí. Estaban todos de acuerdo en que no era un bicho normal y corriente, pero la verdá de la buena era que preferían ver a un loco suelto por los campos de Sant Mena (con su motosierra y su máscara hecha de piel humana, «rrrum-rrrum-rrrum») antes que pensar en una sombra negrísima que «no estaba ni viva, chaval».

El David B. se había puesto la manta por la barbilla. Tenía que decírselo a su iaia, al menos. Su cuarto no tenía ventana, ni nada, pero, si te pones a hablar en voz alta lo que sea cuando estás escondidito, te pillan fijo. Aún así, miró a los ojos claros de su abuela y comenzó a susurrar, muy bajito: «el otro día vimos una cosa, nosotros».

—Qué cosa, fillet?

—Una cosa mala, iaia.

—Qué cosa?

—Como una sombra.

—Dónde?

—En el camino del castillo.

—Cerca de la capillita que hay allí?

—Sí, iaia.

—Ya. Y qué pasó?

—Que venía.

—A por vosotros, a cogeros?

—Sí, iaia.

—Y no era un hombre?

—No, iaia.

—Estás seguro?

—Sí.

—Ya. Y cómo lo sabes, eh?

—Esas cosas se saben, no?

—Sí, fillet. Esas cosas se saben siempre.

Pero el silencio que siguió a continuación no tranquilizó para nada al niño David. Aunque su iaia le daba la razón en todo, había un no sé qué de preocupación en su cara de iaia que no podía ser nada bueno, chaval. Además, le había cogido una mano y no paraba de acariciarle el pelo (como con mucha pena de su vida).

—Que no llevabas el collarcito que te di?

—Cuál?

—La cruz, fillet.

—Ah, no.

—No?

—No, iaia.

—Qué hiciste de él?

—No lo sé, iaia. No m'acuerdo.

—Que lo perdiste?

—No sé. A lo mejor.

Su iaia le apretó la mano sin querer y el David se temió lo peor.

—Qué'ra muy importante, iaia?

—No te preocupes por eso ahora.

—No?

—No, fillet. Tú, ahora, no pienses más en eso, vale?

—No?

—No, no. Au, tú ponte a dormir, que mañana vas al cole, eh?

—No, iaia, que mañana es fiesta.

—Sí? Pero qué día es hoy?

—Treinta y uno.

—Ay, sí. Que's que no sé dónde tengo la cabeza, yo.

—Ya. Pero qué era eso que vimos, iaia?

—Ay, fillet… Puede ser que fuera hasta un ánima damnada.

—El qué, iaia?

—Un mal espíritu, fillet.

—Como un muerto?

—Sí. Hay hombres malos en la vida que no hacen las cosas bien cuando toca y, después, cuando habrían de rendir cuentas por todo lo que han hecho mal, pierden su camino y se quedan atrapados en el purgatorio de las almas perdidas.

—Sí, iaia?

—Sí. No quieren nada de bueno, éstos.

—No, iaia?

—No. Solamente les queda envidiar a los que siguen vivos.

—Y qué pasa?

—Que hay que cuidarse mucho d'ellos, fillet.

—Cómo, iaia?

—Rezando, fillet.

—Sí, iaia?

—Sí.

—Así se van?

—Sí, fillet. Que t'acuerdas de cómo s'hacía?

—No, iaia.

—Quieres que te lo vuelva a'nseñar, yo?

—Si se van, sí.

—Vale.