El misterio de Sant Mena

3 de octubre de 1988

El Paco se había hecho daño en la mano buena, la mano de las pajas, porque se le había escapado la barra de hierro que hacía servir de palanca para forzar la puerta que había al fondo del pasillo de la planta baja del número dos de la calle de Castellar porque el viejo Menna le había vuelto a llamar por teléfono, por la mañana, para soltarle aquello de «chico, esto no puede ser», «mira que ya'stá bien», «que's la tercera vez que te lo pido» y toda esa mierda, joder.

—Ia, ia, ia…!

Pero, por más que sacudía la mano tonta en el aire, no se le pasaba el daño. Al menos, no tenía sangre. No es que se viera gran cosa en aquel rincón del pueblo (y aún menos con la linterna por los suelos), pero, más que el golpe, sentía el fastidio de verse (él, el tipo grande) en una casucha de mierda, buscando ratas por las habitaciones. Porque la gente que tenía que venir, al final, no había venido. Porque, si no les ponía un poquito de más, no se la jugaban ni por él, ni por su puta madre. Y el Paco, con las prisas del Menna en el culo, había resuelto que se metía él mismo en la casa, que allí no podía haber nadie metido porque aquello, joder, no estaba para vivir, ni hostias, no?

El día no iba muy bien, que digamos. Se había plantado a eso de las tres y cuarto-tres y veinte en la puerta misma de la casucha, después de escapar de casa con un calentón del copón porque su mujer, la Merche, no le había querido comer la polla un momento porque ella, joder, también podía tener un mal día, no? Y lo cierto es que sí, que cualquiera podía tenerlo, pero su mujer, la Merche, no se pasaba las mañanas pensando en meterle la mano entre los muslos a la guarra de su secretaria, la Concha, ni tenía otra ocupación que atenderles a él y a la casa, de la forma que fuera, «digo yo».

Al final, el Paco había tenido que dar un portazo al salir, pero los portazos ya no servían de nada en su matrimonio. Hacía tiempo que, al volver a casa del trabajo, se encontraba a la Merche a sus cosas, como si no hubiera pasado nada entre ellos. Ya no se disculpaban a besos, como antes, y el Paco, joder, echaba de menos aquellos polvos blandos con su mujer (o con quien fuera) después de una buena bronca. El mundo, a ratos, era demasiado frío, como aquel pasillo de las narices. Se agachó a recoger la linterna y se miró bien la mano tonta. Aunque le dolía, no se veía nada raro por ninguna parte (sólo que estaba un poco roja, donde el golpazo). Luego enfocó la puerta y buscó otra vez (porque tenía que haberla) una cerradura o algo.

—Puta mierda todo, joder.

Porque no había nada, Paco. Vista desde fuera, la puerta tenía que estar simplemente atrancada. Era evidente, claro, que también podía estar barrada por dentro, pero ¿quién cojones iba a estar ahí metido tanto tiempo? El Paco se puso la linterna en la boca y volvió a probarlo con la barra de hierro, «umpf». Pero fue ponerse a forzar la puerta y acordarse de la Concha, su secretaria, que no había manera, que no se dejaba, joder. La muy guarra se hacía la tonta. Si él la cogía de los hombros, como para darle ánimo con las cuentas, ella le apartaba las manos, «ui, no», y le pedía que le explicara otra vez, «por favor», lo del «debe y el haber», como si no lo hubiese entendido a la primera, sabes?

Pero el Paco no desesperaba, todavía. Tenía su cochazo, sus cenas golosas y sus rayitas de coca de la buena. Y tenía, sobre todo, la pasta suficiente como para pagarle el pisito de su bolsillo, si se ponía. La Concha era una tía inteligente. Si todavía no lo quería ver, lo tenía que acabar viendo con el paso de los días. El Paco "Soni" A. era un tipo de puta madre, joder.

—Te saco a cenar y hablamos?

—De qué?

—De nuestras cosas. No todo va a ser trabajo, mujer.

—Vale.

O, a lo mejor, en vez de «vale», se le podía escapar si tenía que ponerse guapa, o algo así, porque su jefe, el Paco, le molaba en serio (como, de otra parte, era natural). Pero ésa, el Paco, se la sabía de memoria: «a ti no t'hace falta ponerte guapa, mujer», pero, joder, joder, joder, lo que él querría de verdá es que le pusiesen las bragas en la mano cuando las invitaba a salir, que no todos los días llama el Soni a tu puerta, no?

Pero la puerta del fondo del pasillo de la planta baja del número dos de la calle de Castellar no cedía por más que empujaba, «ummmpf». Ponía el peso de su cuerpo a uno y a otro lado de la barra de hierro y nada, que no había manera. El Paco se detuvo. Se separó de la puerta y probó a darle unas patadas a la palanca con la planta del pie (por la mala hostia, más que nada) y nada, que no se abría. Luego, más a la desesperada, agarró la barra de hierro con la mano y se lió a trancazos con la puerta y con su puta madre, «clonc, clonc, clonc», porque se acababa de acordar de lo que le había contado la Concha, su secretaria, un par de días antes.

—Sí, es mi casero, por qué?

—El viejo Menna?

—Sí.

—No, por nada… Que no lo sabía.

Pero le picaba mucho-muchísimo que el viejo Menna no se lo hubiera dicho nunca. No le pegaba. Lo de callarse que tenía una finca de su propiedad a las afueras de Sant Mena no iba para nada con su estilo, joder. Pero, claro, la Concha no tenía por qué mentirle (todavía) sobre quién era su casero o cuánto le pagaba de alquiler a nadie cada mes, no?

—No, si no le pago nada.

—Y eso?

—Digamos que's un favor que me hace.

Un favor? Y una mierda… El Paco cargó con toda sus fuerzas (mucha mala hostia después de muchos días de mucha mala leche) contra la barra de hierro, puesta en la rendija entre la puerta y la jamba, «ummmpf». Aquello estaba muy duro, Paco, pero, al final, a base de empeño, acabó sonando un «crec» seco, de madera cansada. Menos mal, tú. La cosa empezaba a ceder. Pero el Paco no soportaba ver a la Concha en manos del viejo y, sin embargo, no dejaba de verlo con sus manos en los muslos de la Concha, separándolos, para hacerse sitio. Porque lo que el puto viejo quería era meterle un dedo roñoso dentro del coño.

Qué grima tan grande, Paco. Pero qué cosa más sucia, más fea y más asquerosa, Paco. Se le revolvía el estómago sólo de pensar en los putos favores «que se hacían» el viejo Menna y la Concha en la intimidad de una habitación cualquiera, quién sabe cuántas veces al mes, joder. Pero tenía que reconocer que era mucho peor sentir que su polla, en los pantalones, se desperezaba al saberlo, como si quisiera unirse a la fiesta de algún modo.

—Os conocéis d'hace mucho?

—Sí.

—De qué…?

—No sé. Somos viejos amigos. Es como de la familia, no sé.

Y el viejo Menna, en su cabeza, se mojaba un dedo en la boca y los ojos, ante la perspectiva de meterle algo a la Concha dentro del coño, le babeaban como una polla que está cerca de correrse. El Paco tuvo que sacudir la cabeza. Que no, joder. Que no podía ser. Estaba harto de historias. Descargó contra el hierro, la madera y su puta madre y la puerta, «clac», cedió del todo (luego, en su movimiento hacia el interior de la habitación, no hizo ningún sonido, como si cupiera despertar a alguien al otro lado del umbral). El Paco, sin embargo, resopló vivamente.

—Tus muertos…

Qué negro estaba aquello, no? Menos mal que, después de mirar allí dentro, podría volverse a casa, tan tranquilo. Porque, lo que era en la planta de arriba, tampoco había nada que limpiar (aparte de basura, cristales rotos y colchones meados). Se quitó la linterna de la boca y le vino a la mente un suelo lleno de condones usados y de agujas hipodérmicas. El Paco sintió que el aire que venía de dentro estaba más oscuro, si cabe. Y frío. Allí hacía un frío de la hostia, Paco. No hacía ni dos semanas que estaba sudando por cualquier cosa y resulta que aquella habitación (en aquel rincón del pueblo) guardaba entre sus paredes lo peor del invierno. Pero la crudeza del aire no fue lo peor de todo, Paco, sino el aroma dulzón que se le metió en las narices antes de que se diera cuenta.

—A qué mierdas huele aquí?

El olor en sí no era desagradable, pero algo (en su interior) le advertía que debería serlo. Porque atraía. Porque punzaba. Porque no estaba bien. Del mismo modo que no podía ser que se le pusiera la polla tontorrona imaginándose a la Conchita y al viejo juntos, el Paco se repetía que aquello no podía gustarle bajo ningún concepto, por lo que fuera. Tenía que mirar dentro. Tenía que enfocar el interior de la habitación con la linterna, pero, en verdá, no le apetecía nada.

Estaba harto de su situación, joder. Si no hubiese nacido en un barrio de mierda, no tendría que haberse dedicado nunca a acosar inquilinos por teléfono. Ni tendría que andar espantando ratas apestosas por los sitios. Él (el Paco, el tipo grande) quería edificar a lo grande, en los terrenos del castillo o en Can Vilà, por ejemplo, pero las propiedades no caían del cielo, Paco, sino que te las daban por la cara con un buen apellido.

El puto Menna, sin ir más lejos, poseía varias casas y solares en el pueblo, cuando todo el mundo sabía que únicamente se había ocupado de una librería ruinosa a lo largo de su vida. El Paco no era peor que el viejo en ningún aspecto. El Paco había reunido más méritos que él en muchos menos años y, sin embargo, el Paco tenía que sacarle la basura al viejo cuando el viejo se lo mandaba. Pero el Paco estaba hasta los huevos y, después de enterarse de que la Concha vivía en una finca de su propiedad, había comprobado en el registro si el número dos de la calle de Castellar escondía alguna sorpresa.

Porque el Paco, por lo que tenía de "Sonny", se había olido algo raro desde el principio. Porque, cuando el viejo Menna decidía que no quería llevar un tema por la vía habitual, por algo sería, no? Se rascó el bigotillo. Le picaba otra vez. Levantó la linterna a la altura de su cabeza y buscó en el interior del cuarto oscuro. Era una habitación como las demás, con las paredes de tochana vista, medio vacía, medio llena de porquería. En los papeles, se decía que la casucha estaba, en efecto, al nombre del puto viejo, pero lo raro del asunto era que su apellido no concordaba con ninguno de los dos del anterior propietario.

El Paco no se movió del sitio. Cruzar el umbral de aquella puerta suponía renunciar a muchas cosas de su propia persona, al final. Pero aquel olor dulzón lo estaba matando por dentro. Tenía que averiguar de dónde salía, por saber lo que era, pero la luz de la linterna no alcanzaba a iluminar la pared de enfrente. Quería entrar. Mientras todo a su alrededor le indicaba que saliera por patas, él insistía en avanzar. Nada, un par de pasos. No había ningún problema. Estaba claro que, si se iba a casa, podía contarle lo que fuera al viejo Menna por teléfono y luego quedarse tan ancho si aparecía cualquier cosa en un cuarto, «ah, qué raro, pues yo no vi nada».

—Ya.

Haber ido tú, joder. El Paco se había enterado en el registro de que muchas de las propiedades conocidas del viejo no habían pertenecido antes a personas con sus mismos apellidos, así que avanzó al frente con la idea de sentir el crec-crec de las agujas hipodérmicas bajo la suela de sus zapatos. Pero no sucedió como esperaba y, antes de que cuajara cualquier tipo de presencia a su espalda, buscó en los rincones de su lado de la habitación y no vio nada raro. Al volver la vista al frente, donde las sombras, sintió una picazón aguda en la pupa del labio. Si la mojaba en saliva era peor que si la dejaba escocer. Porque, lo que hubiera allí dentro, tenía que estar justo delante de él, a uno ó dos pasos (no más). El Paco, puesto en mitad de la nada de aquella habitación, se arrepentía mucho-muchísimo de no haber cogido la puerta de la calle cuando aún estaba a tiempo, «ui, qué raro, pues yo no los vi».

—Ya.

En una de las esquinas, había dos bultos tirados en el suelo.

—No me jodas, Soni.

El Paco le recriminaba haberle metido en la habitación de los cojones, cuando aquello no tenía pinta de acabar con unos créditos, al final. Pero ya era demasiado tarde, joder. Los había visto. Eran dos cadáveres. Tenían que ser dos muertos, Soni. Porque estaban muy quietos y porque parecían resecos como las momias de la televisión. El Paco (en una pasada rápida) se había quedado con una de las caras de cuencas vacías y negras y había dejado el foco de la linterna sobre una pared de obra vista. El horror de la muerte no era menos allí, sobre las tochanas desnudas y los pegotes de cemento.

—Ya.

El Paco se detuvo a coger aire (el mismo aire que infectaban los cadáveres) y volvió a mirar si eran, como pensaba, los cuerpos de dos chavalitos. Apuntó al bulto y contó una chupa de cuero, una chaquetilla tejana y unos elásticos cutres con bambas de mercadillo. Los chapas y los parches de bandas juveniles que llevaban en la ropa acabaron de confirmar sus sospechas, pero, más allá del horror de los muertos y de sus expresiones, el Paco tropezó con el horror mismo de la vida: un moho blancuzco y ciego florecía sobre la piel marchita de sus rostros y manos.

Casi vomitó. El Paco retrocedió de espaldas hacia la puerta de la habitación con la náusea subiéndole por la boca de la boca. No había manera de no calificar como espantosa e intolerable una forma de vida que prosperaba en la oscuridad absoluta de una habitación helada y que se nutría de la carne putrefacta de unos pobres chavalitos que no le habían hecho nada a nadie. Tenía que salir de allí. El Paco tenía que volver a casa cuanto antes. Tenía que ducharse. Tenía que lavarse con jabón la cara, el cuerpo o algo. El Paco tenía que calmarse y pensar las cosas un momento. Tenía que buscar a alguien que le vaciase el sitio. Tenía que pillarse una cervezita fresca de la nevera y llamar a la Carmen otra vez. El Paco tenía que intentarlo de nuevo con ella. Tenían que repetir lo del otro día, no? Porque el Paco sentía como nunca antes que necesitaba un nombre propio. Mientras retrocedía en la oscuridad pestilente de la habitación al fondo del pasillo de la planta baja del número dos de la calle de Castellar, el Paco se repetía todo el rato que tenía que hacerse como fuera con un apellido propio para no tener que sacarle nunca más la basura a nadie, entiendes?