El misterio de Sant Mena

4 de abril de 1989

Después de enterarse de que habían unos hongos que se te ponían a vivir debajo de las uñas, el Paco se las frotaba muy a menudo contra la pana del pantalón, «frus-frus-frus», hasta que llegaba el calorcillo. Luego de notarlo en la punta de los dedos, se las miraba bien de cerca y, si no veía nada raro, se volvía a echar un chorretón de gel en palma de las manos, «prrrt».

—Qué's eso, tío? A qué huele?

—Es gel hidroalcohólico, mujer.

—El qué?

El Paco tuvo que esforzarse a la hora de hiperarticular la palabreja en cuestión. Si quería que la Raquel lo cogiese a la segunda, debía intentarlo con toda la calma del mundo: «hidroalcohólico, con hache intercalada, sabes?». La tía hizo «ya» con la cabeza (como «que te den») y se puso a buscar algo en las tripas de su bolso. El Paco, vale, no es que lo supiera de toda la vida, pero no se ponía de culo cuando se trataba de aprender algo nuevo en la vida. Se lo habían explicado en la farmacia. Le habían dicho que lo mataba todo. Y que fuese con cuidado, que secaba mucho las manos, pero eso, al Paco, le sudaba un montón la polla. La Raquel tenía los pezones sequísimos, como agrietados, y no se cansaba de chuparlos cada vez que podía. Ella decía que era por culpa de la nena, que mamaba fuerte, y el Paco, en cuanto se quedó con el dato, tuvo que aceptar que estaba metiéndose en la boca las mismas tetas que una mocosa de dos ó tres años, sabes? El tipo se pasó la lengua por debajo del bigote (así, como si pensara en algo serio) y la Raquel, al final, se sacó un piti del bolso.

—Vas a fumar?

—Sí, tío.

—Aquí?

—No?

—No sé, tía, que luego apesta mucho, no?

—Te digo yo a qué huele'sto, macho?

—No seas desagradable, va.

—Pues eso.

Y se encendió el piti, «fuuu».

—Pero l'has echao algo, no?

—Al coche?

—Sí, tío.

—Sí, bueno, un poquillo de desinfectante con olor a pino.

El desinfectante con olor a pino se lo tuvo que echar al coche después de fregar el maletero con zotal a manos llenas. Pero qué pestazo, Paco. Estuvo liado media tarde con un cepillo de púas gordas, el otro día, dale que te pego con la tapicería, pero que nada, tío, que el tufo a muerto no se iba, macho. Había leído por ahí que la cadaverina tenía una capacidad de persistencia de rango notable alto. El Paco bajó la ventanilla de su lado y puso algo de música, por cambiar de aires:

—Nos vamos, nena?

—No, espera.

—Qué pasa?

—Un momento, tío.

Las capas sintéticas del Crockett's Theme comenzaban a hacer su magia. El Paco respiraba mucho más tranquilo, de pronto. El puto Jan Hammer era o no era un genio, tío? La Raquel seguía nerviosa, a pesar de todo, como si no le llegasen las buenas vibraciones del teclado, macho. Tenía que tener la piel dura como una vaca burra, joder. El Paco le puso una mano en el muslo. Quería tocar blando. La Raquel no se había quitado la bata del trabajo porque llevaba prisa, vale? Aquella noche del cuatro de abril de 1989, no tenía el cuerpo para fiestas, por lo que fuera, chica, pero ya habían quedado de antes y acabarían como siempre, follando en cualquier parte, en el asiento de atrás de su bemeuve con olor a pino.

—Lo conoces?

—Eh? A quién?

—A'quel pavo?

—Qué pavo?

—A aquel.

La Raquel señalaba a un chavalito que había parado debajo de una farola, al otro lado de la calle. La guitarra eléctrica de Jan Hammer se venía arriba con muchísima clase y el Paco, viéndolo venir, no quiso saber nada de malos rollos. El Soni tenía grandes planes aquella noche, peña. Miró de todos modos. Era el puto Víktor. El Paco arrugó el morro. Se le antojaba extraño. Le venía un olor fuerte a moho de ninguna parte.

—Sí. Qué pasa?

—Lo conoces?

—Sí.

—De qué?

—Pues no sé… Del pueblo, no?

—Sí?

—Sí. Digamos que tenemos un amigo en común.

—Con ése?

—Sí. Los negocios son así, nena.

—No jodas, tío.

—Qué pasa, mujer?

—Que me da muy mal rollo ese tío, joder.

—Por?

—No ves las pintas que tiene o qué?

—Ya.

—No ves cómo nos mira, tío?

—Sí. Qué le pasa?

La Raquel creía ver el hambre en los ojos del Víktor y se le ponía la piel de gallina. Se sentía desnuda debajo de la ropa. Como si fuese muy poquita cosa, sabes? Si aquel chaval tuviese ocasión de pasarle por encima, no podría decirle a nadie que se la habían follado porque lo suyo sería una acción muchísimo más inmunda y fea que una mera jodienda. No sabía exactamente el qué, chica, pero no le iba a gustar ni un poquito, vale? Le cogió la mano al Paco (la mano que le había puesto en la entrepierna, cerca del coño) y trató de pensar en las ganas buenas de aquel otro hombre, que se la quería follar siempre que podía, pero bien. La música del coche se iba apagando al final de la canción, con mucha dulzura por parte del midi.

—Cierra la ventana, anda.

—Tienes frío?

—Un poco.

—Vale.

—No sé, tío.

—Qué? Si no's mal chaval, tampoco. Quieres que le diga algo?

—Que desaparezca?

—Joder, tía, cómo eres… T'ha dicho nada?

—No. Pero n'hace falta, tío.

—Mira, si te molesta o lo que sea, tú me lo dices, vale?

—Vale. Paco…

—Qué?

—Me llevas por ahí, esta noche?

—Donde tú quieras, reina.

—Va, va. Que no quiero volver pronto a casa, tío.

—Tienes hambre?

—Siempre, tío.

El Paco arrancó el motor de su bemeuve y pisó a fondo el acelerador, «brom-brom, brom-brom». De alguna manera tenía que celebrar que se le había puesto durilla, no? La Raquel apartó la mirada del claro de la farola donde estaba parado el Víktor y le dio otra calada al piti, «fuuu». Tenía la sensación fuerte de que tenía la carne manoseada de barrotes y necesitaba salir de la puta jaula cuanto antes, como fuera. Quiso abrir la ventanilla, pero hacía un momento que había dicho que tenía frío y no podía ser, tía.

—Joder…

—Qué?

—Que me molaría largarme d'aquí.

—Ya vamos.

—No, si digo pa'siempre.

—Ah.

Y que le den por el culo a todo. El Paco puso primera y salió a la carretera con cuidado de no chocar con nadie. Estaban en una calle del puto polígono industrial de Sant Mena y los coches, allí, iban cada uno a su puta bola. Mientras el Paco maniobraba a lo grande, «brom, broom, brooom», la Raquel se desabrochó la parte de arriba de la bata y se soltó el pelo (aquella maraña suya de rizos furiosos que llevaba casi siempre atada con una goma). La Cristina F. iba diez minutos tarde al curro. La vio cerrar la puerta del coche y correr a toda prisa por la acera, en dirección a la entrada de Kastol. Lo malo fue cuando se cruzó con el cabronazo del Víktor, que se la quedó mirando como si no hubiera otra cosa en el mundo, y la Raquel, «fuuu», no le podía hacer nada, ya, sabes lo que te digo?