El misterio de Sant Mena

4 de diciembre de 1985

Medianoche

El Carlos daba vueltas con el coche por no darle vueltas a la cabeza. Aquella noche del tres al cuatro de diciembre de 1985, no tenía que pasarse a por más bidones a Kastol y, sin embargo, le había dicho a su mujer que tenía «que hacer una cosa». Ya les valía (ya se entendían, los dos). Él salía a mancharse las manos y ella se quedaba en casa con la niña. No se hacían preguntas (no hacía falta) y el Carlos, que circulaba lentamente por los márgenes de Sant Mena, aprovechaba la ocasión para escaparse en la furgonetilla «a otra cosa». Tenía pensado tirar para Polinyà y se encontraba, sin embargo, yendo en dirección a Caldes. Pasaba junto a enormes naves vacías, por calles de nadie del polígono industrial más desolado que lograba recordar, y se alejaba por momentos de su propósito primero. Sin saber por qué, se acercaba peligrosamente al cementerio.

Tenía ganas de juerga. Tenía ganas de follar. Hacía días que la Conchi no lo llamaba por teléfono y él había pensado plantarse en su casa de madrugada. Seguro que todavía estaba despierta, viendo la tele. Seguro que la niña estaba dormidita en su cama. A lo mejor, siendo de noche, pasaban a mayores. El Carlos seguía como loco por verle las tetillas. Las últimas veces que se habían enganchado (siempre en el mismo sitio), ella le había chupado la polla sin más. No hablaban nada. No se habían besado. Ella se ponía de rodillas, le bajaba la bragueta y le comía la polla («ojo, ojo») hasta el final.

El Carlos, a pesar del hambre, no veía clara su relación. En una ocasión, al menos, hizo por besarla. Le apetecía y quería, de algún modo, responder a su llamada de socorro, así que la tomó con delicadeza de los hombros y le acercó los labios a la boca, pero ella, al verlo venir, le apartó la cara y dijo que no. «Mejor no (gracias)». Luego se agachó y le chupó la polla como quien pide ayuda desde el fondo de un pozo. El Carlos («Conchi, Conchi, Conchi») no sabía qué hacerle. Una cierta forma de desazón lo precipitaba de cabeza al cementerio municipal de Sant Mena (eran las tetillas de la Conchi, que no dejaban de rondarle locamente el interior de la puta calavera).

La carretera era muy negra. Aunque el mecánico, su hermano Ovidio, juró por su madre que las luces estaban bien, los faros de la furgoneta se encogían cada día un poquito más ante la oscuridad de la noche exterior. El Carlos tenía la sensación de que el alumbrado eléctrico perdía fuerza frente a las tinieblas (así, en general). Era como si las sombras que duermen en el corazón de la montaña hubiesen bajado al pueblo para quedarse.

Tantos años después no podía olvidar la vez que, siendo jóvenes, se escaparon con la Tere a la montaña, en busca de intimidad. A ella no le parecía nunca que estuviesen suficientemente lejos de la mirada de sus padres («Aquí no, que nos van a ver») y el Carlos estuvo tomando curvas (es decir, subiendo) un buen rato. Al final, fue apagar las luces del coche y perder (los dos) las ganas de nada. La negrura a su alrededor era absoluta. Ambos sintieron que no podía haber un lugar más inhóspito en toda la comarca, así que tuvieron que marcharse de allí (cada uno a su casa).

El Carlos, aquel día, aprendió que la noche era otra más allá del suelo urbanizado de la civilización y, viendo la impotencia de los faros de su furgoneta, le pareció que la oscuridad que asolaba Sant Mena de un tiempo a esta parte, tenía algo del genio primitivo de las montañas. Aquellas sombras eran unas salvajes y no atendían a razones. Si habían bajado a las calles del pueblo, era para quedarse (y lo peor de todo era que, cada noche, le ganaban algo de terreno al asfalto). El Carlos estimó que, por lo pronto, habían tomado las inmediaciones del castillo y buena parte del polígono y que, antes de fin de año, habrían cubierto el grueso de la población.

Nunca lo pensó en palabras. Simplemente notó que aquella otra oscuridad emanaba naturalmente del cauce del torrente d'en Baell y ascendía por unas calles que no eran ya de nadie. El Carlos, sin embargo, tenía que explicarse de alguna manera que los faros no respondiesen como antes. Si el mecánico juraba por su madre que estaban bien y las farolas apenas alumbraban un pedazo de suelo a sus pies, algo le pasaba al aire, no?

Aparcó junto al seat ritmo (un modelo color gris oscuro) y paró el motor. No había nadie en su interior. El Carlos, aquella madrugada, no estaba para hostias. Un hombre dentro de aquella negrura era mucho más peligroso que un hombre (si no el mismo) expuesto a la luz de una farola. «Por algo», se dijo, «iluminan las calles del pueblo». La noche llama a lo peor de las bestias. El Carlos lo sabía de toda la vida. Se bajó de la furgoneta, dio un portazo y no echó la llave ni nada. Aquella gentuza no podía estar muy lejos.

Miró un segundo la tapia del cementerio. No le hacía ninguna gracia perturbar el sueño de los muertos. Echó un vistazo a las puntas picudas de los cipreses (negrísimas sobre el negro de la noche) y echó a andar. Tenía ganas de gresca. Tenía ganas de follar. A lo mejor, después de todo, se pasaba por el caserón del viejo Menna y se tiraba a la Conchi sin pedirle permiso a nadie. Aquellas tetillas no dejaban de bailarle la cabeza. Si ella no preguntaba, él tampoco. Se dirigió a la entrada del cementerio sin cuestionarse nada. Ni sus pasos, ni sus argumentos. Puede que la Conchi, al final, no estuviera buscando otra cosa que un hombre dispuesto a tirar la puerta abajo. Puede que quisiera a un tipo echado para adelante, alguien más parecido a aquel otro Carlos que, ante la verja rota del cementerio, se agachó a coger la palanca de hierro del suelo y entró sin más.

«Nunca se sabe». El silencio, dentro del campo santo, se hacía más espeso. Había algo en la atmósfera que lo hacía todo más pesado y denso. Si no irrespirable, insano. Era el miedo. El Carlos se dijo que él no tenía miedo. Él no era ningún cobarde y, si le echara un par de cojones a la vida, mañana mismo cogía sus cosas y se largaba de casa. Quería dejar a la mujer porque quería follarse a la Conchi sin tener que darle explicaciones a nadie. Él era un hombre libre y no le debía nada a nadie. «Ya no». Estaba hasta los cojones de pedir permiso para todo y de pedir perdón por cualquier cosa. Llevaba una barra de hierro en la mano. El Carlos, aquella noche, no estaba para hostias. «Joder qué no». Cerró el puño y se asomó al interior del cementerio.

El tipo aquel tenía que estar allí dentro. La otra noche quiso partirle la cara porque se había atrevido a recriminarle su comportamiento al volante. Primero se había saltado un stop de mala manera y, después, cuando el Carlos le dijo cuatro cosas bien dichas, el tipo aquel se bajó del coche para pegarle (y él, como no quiso recibir, tuvo que dar la vuelta allí mismo). Fue penoso (le dolía pensarlo). Y la otra tarde, la semana pasada, casi lo echó de la carretera a bocinazos, yendo de camino a Caldes. Pero no pasaba nada. El Carlos lo tenía calado. El tipo aquel iba de gallito porque nadie se había atrevido a pararle los pies, todavía. A la que tuviera a otro hombre delante, cara a cara, se lo pensaría dos veces. Aunque fuese de madrugada y en el cementerio de Sant Mena, el Carlos estaba decidido a ajustarle las cuentas a aquel cabrón. Le daría un sustillo con la barra de hierro. A canallitas como aquel había que ponerlos en su sitio antes de que nadie acabase llevándose a los críos de la calle. Podían meterse en una iglesia pequeñita a hacer pintadas, «vale», y podían colarse (como se habían colado) en el cementerio del pueblo durante la noche para impresionar a las chavalitas, «está bien», pero no iban a ir a ningún sitio. Aquello era el puto Sant Mena.

Detrás (detrás de toda aquella palabrería) el Carlos no había dejado de ignorar en ningún momento quién era realmente y dónde estaba. El frío insistía en recordárselo. Se escuchaba razonar de lejos y no se lo acababa de creer. Quería follar. Quería partirle la cara al tipo aquel. Quería evitar que nadie acabase llevándose a los críos de la calle. Pero ni él, ni su barra de hierro, podían nada ante la noche.

Cierto brillo sobre las cosas recordaba la luz sucia de las farolas, en la calle. La oscuridad, como una bestia glotona, había devorado el resto. El Carlos, desde donde estaba, escrutó la maraña de sombras en vano. Oía voces en algún punto. Tendría que asomarse. Tendría que correr el riesgo de ser descubierto por otros. El hierro, en aquel momento, no le servía de nada. Aquella idea imbécil de acercarse al cementerio por la noche se le tenía que haber ocurrido durante el día, pelando cables. Se había pasado horas armándose de valor para llamar a la puerta de la Conchi y había acabado, el muy gilipollas, en el pasillo del pabellón de entrada del puto campo santo de Sant Mena.

Avanzó con cuidado (al menos, al menos, miraría a ver qué estaba pasando). Le llegaban unas voces apagadas que bien podían ser risitas tontas o grititos de pavor. Cerca de la esquina, frente a la negrura del interior del cementerio, el Carlos cogió aire (el aire estaba cargado de sombra y de humedad) y sacó la cabeza, con cuidado. Vio unas lucecitas a un lado, bastante lejos. Parecían unas velas en el suelo. Contó hasta tres figuras a su alrededor. Una de ellas, era mucho más grande que las otras dos. Debían ser el tipo aquel y dos de sus chavalitas (costaba de decir porque vestían raro). «No pasa nada». El Carlos se acordó de respirar. Si no hacía ruido, no lo podían ver. Se agachó (se puso en cuclillas) y los observó (por el momento, sólo miraría a ver qué estaban haciendo).

El tipo grande se acercó a la pared que tenían justo enfrente y destrozó una lápida a martillazos (luego, también iba armado). Después metió las manos dentro de la tumba y sacó el ataúd del nicho, de un tirón. La caja cayó al suelo, «plom», y las chavalitas cayeron sobre la caja. Tardaron un rato, pero, al final, la acabaron abriendo. Luego (parecían fieras hambrientas) extrajeron los despojos de algún desgraciado de su interior. El Carlos, que no quería creer lo que creía estar viendo, no soportó la idea de que nadie tirase los huesos de un muerto por el aire, como si cualquier cosa. Cerró los ojos (apretó los párpados). No quería pensarlo. No queria mirar, pero, al poco, una de las chavalitas profirió un chillido de horror y el Carlos no pudo no observar cómo el tipo grande la echaba sobre la caja abierta y se le echaba encima como una alimaña. En aquel momento, la barra de hierro pegó en el suelo, «plof», y el Carlos asumió que había decidido que era la hora de volver a casa, con su mujer.

Antes, sin embargo, oyó algo así como un chapoteo cerca (muy cerca). Si el cuadro de negrura bestial estaba relativamente lejos, aquello otro sonó a su lado (a unos pocos metros). El Carlos giró la cabeza y buscó en la oscuridad inmediata. Sus ojos tardaron unos segundos en captar aquel brillo sucio sobre la figura, al parecer, de un hombre alto. Llevaba un frasco bajo el brazo. Le estaba señalado (a él) con el índice de la otra mano y gritaba. No le veía la boca, que no tenía, pero lo oía gritar sordamente, sin emitir ningún sonido. En el lugar de la cara, tenía el hueso pálido de una calavera. Tardó en comprender qué estaba viendo, pero aquello tenía que ser el cráneo de una bestia con cuernos.

El Carlos, ante el grito horrible de aquel hombre envuelto en una túnica, miró a los otros miembros del grupo, a ver si lo habían oído. Una de las chavalitas buscaba en su dirección (pero no podían verle, él estaba completamente a oscuras). Se miraron un segundo (diría que no era posible, pero diría que se estaban mirando). Entonces, la chavalita se puso en pie y señaló a la puerta del cementerio:

—Mira, hay alguien allí…

El tipo grande levantó la cabeza. El Carlos lo pudo oír con claridad.

—Trae'l machete.

Y el Carlos, entonces, huyó como un cobarde. Corrió por su vida, como nunca antes.

Madrugada

Amasaba el pan con ansia viva, como si quisiera hundirla otra vez en el culo de la Loli. La muy puta, algunas noches, no se pasaba por casa. No le llamaba. No le decía nada, joder. Simplemente se iba con los colegas, «ya sabes, a nuestro rollo», y luego volvía con aquellos moratones en los muslos y en los cachetes que le ponían de tan mala hostia (no por el daño en sí, sino porque otro hombre la había tocado y la Loli, «hostia puta», era suya). El Juan sentía en el pecho (en el hueso del esternón) la severa necesidad de castigarla. En cuanto asomase por allí, si no había nadie a la vista, le daría lo suyo. Tenía que seguir aprendiendo que un hombre como él merece un respeto. Pero la Loli, él ya lo sabía, era como un pollito sin cabeza.

El Juan no desesperaba, sin embargo. Arremetía duro contra la masa de pan sobre la mesa. Se afanaba en darle consistencia y forma. Había conseguido que la Loli se recogiese el pelo en una coleta cuando se pasaba a verle por su negocio. En lugar de pintarse como un payaso con resaca, sólo se daba un poquito de color en los pómulos y se dibujaba una línea negra debajo de los ojos. «No te hace falta más, mujer». Los labios, las más de las veces, los manchaba únicamente de saliva de chicle de fresa, «plop». Era una desvergonzada. Si su madre la viese hablar, al Juan se le iba a caer el poco pelo que le quedaba.

«Ay, Juanito, Juanito». Más allá de la mano dura, al Juan no le costaba nada decirle que estaba muy guapa si se lo parecía realmente (en verdá, le valía con que no se desmadrara con la pintura). A veces, sobre todo después de correrse, le hacía arrumacos. Le daba besitos en el cuello y le cogía la mano con cariño. No es que se quisieran con locura, pero podían llegar a estar bien juntos.

La semana pasada pasaron la noche en su casa. Le vino en gana y el piso, al fin y al cabo, era suyo (de su propiedad). Estaba un poco cansado de aquellos encuentros furtivos en la calle, perpetrados en cualquier rincón y de cualquier manera (donde les pillara el apretón). Quería otra cosa y la Loli se puso muy contenta cuando la llevó en brazos a su dormitorio «como una princesita, eh?». Pero ella no se quedó tumbada en la cama de matrimonio como él habría querido, sino que se puso a dar saltitos en el colchón como una niña chica y el Juan se quedó embobado viéndola (en lugar de alegrarse por ella, se perdió para adentro). Le miraba las tetas (le estaban botando, mucho). La Loli no solía llevar sujetador (no le gustaba) y el Juan se ponía malo (en el buen sentido) viéndole bailar las carnes tiernas y jóvenes. Le sonreía (porque ella le estaba sonriendo), pero no tenía ninguna gana de sonreír. Tenía veintisiete años y se había pasado toda la vida esperando verse en una como aquella.

—Qué te pasa, que'stás tan serio?

—Nada.

O todo. Luego (luego de pasarle por encima, luego de vaciarse como un animal, luego de volver a encontrársela entre los brazos) ella se encendió un piti y le puso la cabeza en el pecho. Aquella parte, aunque se lo calló como un puta, también le gustó muchísimo. «Ay, Juanito, Juanito». El bueno del Juan le acarició el pelo encrespado a la muchacha y respiró verdaderamente en paz por unos minutos en su vida. El humo subía hacia las sombras del techo y las cortinas de su madre acabarían impregnadas de la peste a tabaco, después de todo. «¿Y qué?». Apretó a la Loli contra su cuerpo y llenó sus pulmones del aire cargado de la habitación.

—Qué bruto qu'eres, macho.

—Qué?

—Suelta!

—Sí (vale, vale).

—Tío… Estaba pensando…

Y se la oía pensar, de hecho.

—Tío, estaba pensando que molaría mazo que pudieras venir…

El Juan sabía de sobras que la Loli se estaba refiriendo (otra vez) a la fábrica abandonada de Can Baixeres (su recuerdo de aquella gran gruta era oscuro y ominoso). No iría. No pensaba ir. Mejor no. Mejor se quedaba en casa.

—No sé yo, Loli.

—Que sí, tío. El día del invierno será la polla, joder.

—La navidá?

—No, imbécil. El día del invierno.

—Qué'stás diciendo, Loli?

—Joder, tío. Es una fiesta mucho más antigua que tu puta navidá de los cojones. Tienes que venir. Tienes que verlo, tío. Vas a flipar. Es un rito la hostia de viejo. Vente. Vamos a hacer algo gordo-gordo, en serio. Va a ser aún más gordo q…

Y, en lugar de morderse la lengua, se puso el piti en la boca y le dio una buena calada. Había algunas cosas que no las podía decir. Al Juan, entre tanto, no le casaba nada un «rito la hostia de viejo» con un grupo de chavales de Sant Mena bebiéndose unas litronas de cerveza en una nave industrial abandonada (claro que él tampoco sabía qué cojones hacían exactamente allí dentro porque él mismo, llegado el momento, se había negado a entrar). Aunque no le apetecía seguir andando aquel camino, tuvo que preguntarlo.

—De qué hablas? De qué'stás hablando?

La Loli se vino arriba. Se incorporó en la cama y le mintió como solía, sin ningún pudor.

—Hemos liberado las fuerzas oscuras del universo, tío.

—Ya.

El Juan le miraba las tetillas. Le puso una mano abierta en el muslo y suspiró. Podía tocarle el coño cuando quisiera. Estaba y no estaba en paz con el mundo. La Loli podía y no podía valerle. Estaba buena porque tenía diez y nueve añitos, pero hablaba muchas chorradas y era una fresca (por no decir guarra). Se la había follado a los diez minutos de conocerla y, en un par de semanas, la había metido en su casa y la muy puta se había dejado hacer de todo. El Juan («ay, Juanito, Juanito») sentía que algo no iba bien. Aunque aquello estuviese en el fondo de su ser, sin forma, ni nombre, no lo dejaba estar. La Loli, cigarro en mano, no tenía ganas de broma, tampoco.

—Bueno, la verdá es que'mos abierto las puertas del infierno, Juan.

—Ya.

—Bueno… no todas. Sólo una, eh?

Y el Juan sentía tristeza recordando la deriva de aquella noche en su casa, con la Loli. Quiso darle un puñetazo a algo. Pensó en soltarle una hostia a la masa de pan que le daba de comer y se quedó quieto, sin respuestas. «No digas chorradas, Loli». Aquello era Sant Mena, un pueblo de mierda. Allí no tenía que pasar nada porque no pasaba nunca nada. El Juan podía entender que la Loli se bajase las bragas con cierta alegría (al fin y al cabo, aquello le daba placer y le daba calor), pero no alcanzaba a comprender por qué razón repetía aquellas chorradas sin sentido. De vez en cuando, le hablaba de «la plutonía» o de «la pudrición de la membrana. ¿No lo has notado, tú?».

—El qué?

—Que s'está pudriendo.

—Qué dices, Loli? Se puede saber qué mierda'stás diciendo?

—No lo hueles, tú?

—Yo no huelo nada.

—Mira qu'estás cegato, tío.

—Lo que tú digas, guapa.

—Que te den, gilipollas.

O le soltaba «puto calvo de mierda» si le daba por ahí (sobre todo si quería tocarle la fibra). Lo reconociera o no, el Juan estaba intentando hacer de la Loli una dependienta, si no ejemplar, apta para su panadería. No estaban saliendo, ni habían hablado de nada, pero el Juan tenía sus cuentas hechas. Le sucedía, sin embargo, que aquellas historias raras de la Loli no le cuadraban. No sabía qué hacer con ellas. Por el momento, prefería hacerse el loco a bailarle el agua. Pensaba que era mejor no darle importancia a lo que decía. Si seguía ignorándola en aquel punto, quizá se aburriese de aquel juego estúpido y, al final, lo dejase estar. En cualquier caso, el Juan no tenía la menor intención de meterse de cabeza en sus locuras (no todavía, al menos).

Oyó la puerta de la calle (se había vuelto a olvidar de echar la llave). Miró de seguida el reloj de pared que tenía en frente. Marcaba las cinco y diez y siete minutos de la madrugada. Si era la Loli, se iba a enterar. Se pasó las manos por el delantal tres ó cuatro veces y salió a la tienda, a ver quién cojones era o qué mierda pasaba. El Juan, aquella noche del cuatro de noviembre de 1985, estaba como destemplado. Sentía cierto desasosiego, como si tuviera un amasijo de nervios en carne viva dentro del estómago (al final, quieras que no, le bailaba una cifra).

—Ei, hola.

No era la Loli, que era la Rosa S. (su Rosa S.).

—H-Hola, qué pasa?

—Ya ves…

No podía engañarse. Quería a aquella mujer con locura (sin conocerla, sentía que la necesitaba como nunca antes). Podía llegar muy desmejorada, podía parecer un espectro salido de la tumba y podía pasarse toda la noche de desfase en el corazón negro del bosque (o donde quiera que se hubiese metido en aquella ocasión) que el Juan seguiría siempre dispuesto a cerrar el negocio, venderse a su madre y matar a golpes a su novio. A su novio o a quien fuera, «tú sólo tienes que pedirlo».

—Q-Qué puedo hacer por ti, Rosa?

—Buah, tío…

Qué cosas no habrían visto aquellos ojos.

—Te pongo unos crusanitos?

—Vale.

El Juan regresó a la trastienda a por los mejores cruasanes de la última bandeja. No podía ignorar que la Rosa sabía que se estaba follando a la Loli porque la Loli y ella eran amigas (lo que no sabía el Juan era si la Loli le había contado ciertas intimidades a la Rosa que podían dejarle en muy mal lugar). Él, como hombre, hacía lo que podía en la cama (que no era mucho) y, como aquello, en aquel momento, no tenía arreglo, se pasó la mano por la frente (volvía a tener mechones de pelo pegados a la cabeza) y se secó el sudor de la cara con un paño sucio de harina. Era un cerdo. Era como un cerdo en celo. Estaba salido y cachondo. Se la quería follar y se la quería llevar a casa para siempre. «Tú sólo tienes que pedirlo, Rosa». El Juan salió tras el mostrador con un cucurucho de cruasanes de mantequilla, bien calentitos.

—Ten.

La Rosa lo miraba de aquella manera que le hacía daño.

—Guay, tío.

Buscó algo en los bolsillos de la chupa de cuero negro que llevaba puesta.

—Buah… Que no llevo nada, ahora.

—No importa. Invita la casa.

—Merci, tío.

Y pensó en irse, pero el Juan no quería perderla de vista todavía.

—Eh, Rosa…

—Qué?

—Ya nos veremos pronto, eh?

—Eh?

—El día del invierno, no?

Y la Rosa, de pronto, dejó de mirarle de aquella manera.

—No, tío. No vengas.

Y pensó en acercarse, pero, en su lugar, bajó la voz.

—No, tío… Tú, no. Tú no te mezcles con peña como nosotros, vale?

—Vale.

Y le dijo «adiós» con la mirada (aquella mirada suya, de ojos tristes y claros) y se fue por donde había venido, dejando a su paso un rastro de huellas de barro. Las botas eran feísimas, pero el Juan no cabía en su cuerpo. Quería morirse. Quería arrasar el mundo para quedársela en propiedad. Si fuera por él, mataría ya a su novio (a golpes, con una barra de hierro que llevaba en la furgoneta) y se llevaría a la Rosa lejos de allí. O, mejor, podían irse sin matar a nadie. Tenía que haber un lugar para los dos cerca (un pisito humilde en un pueblecito del extrarradio donde no los reconocieran al pasar por la calle). Pensó, al oír el motor del seat ritmo color ceniza, que era un cualquiera, un idiota y un incapaz. «Puta mierda todo». Tenía que coger la escoba y barrer el suelo. Aquello era una porquería, sin más.

Noche cerrada

A las once y cincuenta y seis minutos, l'Anton decidió que no esperaba más y que se marchaba ya para casa. Si salía un poquito antes, nadie se iba a enterar. Todo el mundo estaba durmiendo en Sant Mena (de hecho, se podría haber largado hacía más de veinte minutos y no lo habría notado nadie porque nadie, a aquellas horas, tenía intención de pasar por allí). L'Anton repasó mentalmente que todo estuviera en orden (la llave echada, la caja cuadrada, las luces apagadas) y se fue camino del cementerio.

La noche de aquel cuatro (casi cinco) de diciembre de 1985 era más húmeda que fría (esto, para las gentes de Sant Mena, venía a significar que el poco frío que hiciera se te iba a meter en los huesos sí o sí por más ropa que llevaras encima). El cielo volvía a estar completamente encapotado. L'Anton tenía la sensación de que les habían birlado el firmamento para siempre (con su luna y con sus estrellas). Si miraba para arriba, sólo veía un gran vacío. Aquello estaba hueco. La niebla se apretaba con fuerza en las pocas farolas que daban luz. Por fortuna, de camino al cementerio, la chavalería no había acertado con las piedras y l'Anton podía seguir por la acera sin peligro. Era un largo paseo de bajada entre el polígono industrial y la carretera de Caldes. El cementerio estaba al final del pueblo, por así decirlo (que no del término municipal).

L'Anton andaba mosqueado. Las gamberradas de aquellos chavales (no tan chavales) que iban reventando ermitas y tumbas por el pueblo, podían acabar entre mal y muy mal. El Rafa le había contado que él se había cargado las culpas de «la desaparición» de su hermano Edu. L'Anton no sabía de qué hablaba, pero no sonaba nada bien. El Rafa se hizo el loco ante su cara de pasmo y le confesó que sus padres le habían quitado la paga, que no la motillo, «porque tengo que ir a buscar a éste al cole cada día, que si no…».

—Lógico, no?

—Bueno, sí. Pero…

—Pero qué?

—Que yo qué sé, que yo no fui. Que yo sólo l'hice un favor a un colega, sabes?

—No, Rafa. Yo eso no lo sé.

—Buah, tío…

Estaba apurado. Al Rafa no se le escapaba ni media sonrisilla.

—El… Bueno, un colega me pidió que le llevase una cosa, no?

—Ya.

—Y yo se la llevé, vale? Él me dijo que sería un momento, tío. Era llevarlo y ya, pero… Pero luego se lió la cosa, sabes? Entre una cosa y otra, se lió la cosa y yo no me di cuenta, joder.

—Ya.

—Y, tío, que se me pasó la hora d'ir a buscar a mi hermano al cole!

—Y te la cargas tú.

—Sí, tío.

—Normal, no?

—Que sí, tío, pero que yo no sabía que'l…

—Quién?

—El colega este que te digo, que yo no sabía que s'iba a llevar a mi hermano a dar una vuelta con el coche.

—Cómo?

—Sí, bueno. Lo fue a buscar por mí al cole y se dieron una vuelta con el coche… Eh, enano?

El Edu, que contaba cosas en el cielo, no se dignó a contestar.

—Buah, todavía'stá mosca conmigo.

El Rafa se rascó la cabezota.

—Normal, muchacho.

—Ya, ya, ya.

L'Anton le ofreció otro cigarrillo. Después de todo, su propósito con el Rafa era mantenerlo cerca sin apretarlo demasiado. Si lo reñía, si le calentaba mucho la cabeza, no volvía por allí y, si quería echarle un cable en la vida, debía seguir midiendo sus palabras. El «colega este que te digo» no podía ser otro que la mala hierba del Alex T. (o no se explicaba las muchas reservas del chaval con aquella historia).

—Entonces, un colega tuyo se llevó a tu hermano de paseo?

—Sí, no?

—Sin permiso?

—Bueno, sí. Pero es un favor que m'hacía, al final.

—Ya.

—Luego lo trajo a casa y todo. Eh, Edu?

El Edu no se hacía el loco. Simplemente, no quería contestar.

—Vaya historia, chaval!

—No pasa nada, no?

Y volvió a medio sonreír.

—No sé yo, Rafa.

—Qué, tío?

L'Anton, entonces, invocó la imagen horrible del muerto sobre la acera.

—Acuérdate de cómo acabó el Ramón…

—Sí, tío. Qué mierda todo.

—Déjate de llevar cosas, no?

—Ya.

—Mejor estate por tu hermano, eh?

—Sí, sí.

Pero la pasta fácil de los trapis puede mucho a los quince y a los treinta (y aún después). L'Anton llegó a la altura del cementerio recordando sus últimas palabras de aquella tarde: «Mira que sólo tiene cuatro añitos. Y no queremos que le pase nada malo». Luego cruzó la carretera sin mirar (de hecho, podría haber bajado por el medio de la calzada, pisando la línea discontinua sin ningún respeto por la norma, ni temor a que lo atropellase brutalmente un coche surgido de la mismísima boca del infierno) y pasó bajo las ramas de los plátanos sin hoja que había en el caminito de entrada al campo santo. La puerta estaba cerrada con cadena y candado. L'Anton probó a abrirla de todos modos. Nada. No se podía. Necesitaba asegurarse de que nadie más podía entrar libremente a profanar una tumba. Todo aquello se lo había contado su mujer, la Pili, a la hora de comer.

—Han tirado los restos mortales de una mujer por ahí. A lo mejor, tú la conocías…

—Cómo se llamaba?

—No sé quién era. Una tal Maruja.

—Maruja, dices?

No le sonaba. La imagen de «unos restos mortales tirados por ahí» no le dejaba pensar en nada. Le había quitado el hambre y las ganas de vivir una vida tan sucia y tan ruin. Bufó. Había resoplado y le había dicho a su mujer que ya estaba bien del temita por hoy. Tenía delante un plato de estofado de costillas con patatas y los restos de una pobre mujer que no le había hecho ningún mal a nadie en la vida, por el suelo del mantel. L'Anton echó un vistazo dentro del cementerio. Estaba demasiado oscuro para ver nada (guardó silencio un segundo y tampoco se escuchó un alma). Los muertos, aquella noche fría de diciembre, descansarían en paz.

L'Anton, entonces, decidió que era hora de volver a casa, con los suyos.