El misterio de Sant Mena

6 de febrero de 1986

El día estaba quieto como una mala cosa, como si no fuera a pasar nada más en Sant Mena. Las nubes eran grises y frías y el silencio, de algún modo, pesaba sobre todas las cosas calladas. El Carles reconocía la crudeza del invierno por la escarcha del suelo y por las ramas que habían dejado de cantar. Pisaba la tierra del patio y podía notarla, helada y dura, bajo las botas de sus pies, «cram, cram, cram». Levantó la vista por encima de los edificios del colegio y buscó, «no sé por qué», el perfil familiar de las montañas del Vallès. Eran, en verdá, demasiado viejas como para que la imaginación de un solo hombre pudiera figurarse todos aquellos años juntos. Habían guardado entre sus faldas un mar de agua salada durante millones de años, pero el Carles, en aquella mañana del seis de febrero de 1986, tenía una prisa de vida o muerte, «cram, cram, cram».

Entró en secretaría y le pidió a la Rosa M., la secretaria de la escuela, que le dejase «por favor» realizar una llamada urgente. «Sí, claro, claro». La mujer (una señora guapísima, que seguía soltera, caramba) le cedió el aparato (un modelo un tanto anticuado, ya) y permaneció a la espera, por si podía ayudarle en algo más (viéndole el gesto torcido, el apuro del hombre era innegable). El Carles marcó un número de teléfono que llevaba apuntado en una servilleta del café del coro. Tres tonos después, una voz de mujer casada sonó en el auricular:

—Sííí? Dígame?

—Sí, hola. Buenos días… Puedo hablar con l'Anton, por favor?

—No'stá, no.

—Ha salido?

—Sí, sí. Ha cogido a primera hora y s'ha ido, sí.

—Sabe dónde?

—No, no. No m'ha dicho nada, no.

—Y no sabe cuándo volverá, no?

—Ui, no, no, no… Cuando coge la puerta asín, una no sabe nunca…

—Ya, ya. Muchas gracias, señora.

—Nada, hombre.

—Puede dejarle un recado de parte del Carles R.?

—Carles R., dice? El profesor de los nacionales?

—Sí, el mismo.

—C'ha pasao nada…?

—No, no. Su hijo está bien.

—Ah, vale, vale. Qué susto, eh? Digo…

—No se preocupe. Está bien.

—Y qué le digo?

—Dígale que he llamado y que es urgente.

—Nada más?

—Nada más, señora.

—Vale. Yo se lo digo.

—Gracias, señora.

—Naaada, hombre.

—Hasta otra.

—Adiós, adiós.

El Carles colgó el teléfono, «ploc», y se preguntó dónde podía haber dejado apuntado el número de aquel Juan P., panadero, o de aquel otro Carlos M., lampista. Sacó su cuadernillo de tapas negras, lo puso sobre la mesa y pasó páginas rápidamente, «flas, flas, flas», pero allí no aparecía nada que le sirviese, caramba. Estaba por soltar las primeras palabrotas del día, cuando vio los grandes ojos negros de la Rosa M. pendientes de él y de sus movimientos. El Carles se detuvo a mirarlos incapaz de pensar en nada bueno.

—Qué pasa, Carles? Puedo ayudarte en algo?

—Conoces a algún lampista del pueblo?

—Sí, a varios.

—Busco a un tal Carlos M.

—Sí.

—Lo conoces?

—Sí, sé quién es, por?

—No tendrás su número de teléfono, no?

—Deja que mire en la agenda. Yo diría…

La Rosa se volvió a coger la agenda del colegio, la puso junto al aparato telefónico y comenzó a pasar las páginas de la libreta de una manera mucho más eficiente que él con su cuadernillo, claro. Tenía el número de teléfono del Carlos M. apuntado en la eme.

—Aquí tienes. Ha estado aquí alguna que otra vez. Llega pronto y trabaja bien.

—Sí… Gracias, Rosa. Te debo una, guapa.

A continuación, marcó los números que le indicaba la Rosa apretando el índice sobre el papel. Tenía la uña pintada de rosa, cosa fina. El Carles la miró a los ojos (negros con la raya de lápiz negra) y quiso sonreírle, por agradecerle su atención, pero tuvo que esperar varios tonos con no poca angustia de la vida, «tuuu, tuuu, tuuu», antes de que alguien descolgara el auricular al otro lado de la línea de teléfonos.

—Dígame.

—Sí, hola… Buenos días, puede ponerme con el señor Carlos M.?

—Sí. De parte de quién?

—Soy el Carles. Carles R.

—Sí. Un momento, por favor.

El Carles oyó cómo la mujer le gritaba al hombre, un poco más allá, «ponte, que preguntan por ti». Luego siguieron unos segundos de incerteza y de ruiditos en el auricular, como de movimiento, en que la Rosa M., la secretaria de la escuela, se contagió un poquito del estado de nervios del Carles. Le sonrió sin motivo y se quedó allí parada, esperando a escuchar algo, cuando no podría oírlo ni entenderlo aunque quisiera.

—Carles?

—Sí, soy yo.

—Qué hay?

—Está aquí.

—Qué?

—A ver… Tenía un seat, no?

—Sí. Un seat ritmo.

—De un gris más bien oscurito, verdá?

—Sí, sí.

—Pues está aquí, Carlos.

—Aquí, dónde?!

—Llamo desde el colegio.

—Ya, ya. Pero, pero… lo'stás viendo o cómo?

—El coche está aparcado fuera. No hace ni cinco minutos que lo he visto.

—Vale, vale, vale.

Pero no valía. El Carlos era incapaz de recordar cuál era el plan más allá de buscar al cabrón por todo el puto pueblo, joder. El Juan P. se ocupaba de la casucha, l'Anton M. vigilaba el castillo y el Carles R. tenía que echarle un ojo a la fábrica abandonada de Can Baixeres de vez en cuando, mientras estudiaba el modo seguro de bajar por los túneles (había insistido de manera mala en que era «harto improbable» que nadie pudiera esconderse en las profundidades del subsuelo de Sant Mena «por razones obvias»). Entre tanto, el Javi O. y él mismo tendrían que estar rulando por el pueblo a todas horas, con la furgoneta, pero el chaval, por las mañanas, se pasaba a ver a la novia un rato y él, joder, seguía hecho una puta mierda en el sofá de casa, «auch, auch».

—Tienes que venir.

—Sí.

—Ya!

—Sí, sí. Paso a buscar al Javi y al…

—No hay tiempo, Carlos. Ven tú y ven ahora.

—Vale.

—Te espero fuera, de acuerdo?

—Dónde?

—Por el parque. Y, si se mueve, le seguimos, vale?

—Vale.

El Carles colgó, «ploc», y cogió aire. Tenía que volver a respirar. Tenía que pensar con claridad. «Gracias, Rosa». Le devolvió el aparato de teléfono y se guardó el cuadernillo de tapas negras en el bolsillo del pantalón: «Tengo que marcharme, ahora». Miró el reloj de pared y comprobó dos veces que pasaban veinte minutos de las nueve de la mañana. Luego miró a la Rosa, que seguía expectante, frente a él, y pensó que le debía una explicación que no podía darle. El tiempo iba en su contra (la de todos).

—Dile a la Toya que he tenido que marcharme, quieres?

—Sí.

—Vale, adiós.

—Pero, Carles…

—Qué?

—Qué le digo si pregunta?

—No lo sé, Rosa.

Y salió de la secretaría del colegio con lo puesto: un anorak, unas botas de invierno y una pluma para el cuadernillo. Mal asunto, Carles. Se dirigió a la verja de la calle a toda prisa, «cram, cram, cram», pero, en cuanto llegó a los hierros de la valla y vio el seat ritmo de un color gris «más bien oscurito» aparcado donde antes, se detuvo y se impuso «calma, Carles». Pasaría por delante sin llamar la atención. Haría ver que había quedado con alguien y que iba a su encuentro (lo que no dejaba de ser verdá). Pensó en mirar la hora y ponerse las manos en los bolsillos cuando pasara por delante del coche, por disimular. Simplemente tenía que andar hasta el parque, caramba. No era tan raro, no?

Llamó al timbre de la entrada y esperó a que le abrieran desde la secretaría, «meeec». Entonces salió a la calle y buscó desesperadamente el rostro del tal Alex T. dentro del coche, pero, dentro del coche, estaba demasiado oscuro como para ver nada y, por contraste con la blancura del exterior, sólo apreció la figura voluminosa de un hombre al volante. Al parecer, estaba fumando. Luego, en cuanto se dio cuenta de que no estaba disimulando como quería, el Carles se puso las manos en los bolsillos del anorak y no miró la hora. Tenía que continuar adelante sin echar la vista atrás. Con un poco de suerte, el Carlos M. se plantaría en el puente de la riera en cuestión de tres ó cuatro minutos, nada más.

Bajó a toda prisa por la acera. Por su reloj, eran las nueve y veinticuatro (casi y veinticinco). Aunque no le había dicho nada a nadie, era el segundo día que lo veía allí, parado. La cosa era seria, así que no podía precipitarse. Tenía que asegurarse de que era él. La primera vez, quieras que no, no quiso darle mayor importancia. En todo Sant Mena, por fuerza, tenían que haber varios vehículos del mismo modelo en circulación, pero que, dos días seguidos, aparezca un seat ritmo (de un gris, digamos, «más bien oscurito») aparcado delante de los nacionales, no podía pasarlo por alto una segunda vez.

Llegó al puente que se alzaba unos metros sobre la riera de Sant Mena y volvió a mirar el reloj. La maleza llenaba la vaguada. Pasadas las nueve y veintiocho minutos, la furgoneta del Carlos M. asomó el morro por la avenida donde están las piscinas municipales y se paró a recogerlo en cuanto lo reconoció, alto y con barba, en la acera, «brom-brom-brom-brom». El Carles miró a ambos lados de la calle antes de subirse, pero, por allí, no pasaba nadie a aquella hora, así que «plam».

—Hola.

—Hola… Qué? Sigue ahí?

—Sí, sí. No se ha movido, todavía.

—Y c'hacemos?

—No sé.

—Aquí no me puedo'star, joder.

—Ya, ya. No sé, dale la vuelta al cole.

—Nos verá.

—Sí, bueno… No pasa nada, no?

—Joder, que no… Me tiene visto, a mí.

—Ah, sí?

—Sí, sí.

—Aquí no puedes dar la vuelta, no?

—Por poder… Pero… y si sale por detrás de Can Palau, por los campos?

—No creo. No sé. Aparca por las piscinas, va.

—Hostias, sí.

—Va, va.

El Carlos, «nos va a ver», puso en movimiento la furgoneta con alguna dificultad. La mano mala apenas sostenía la dirección del volante cuando la mano buena tenía que meter una marcha. El Carles no quiso saber nada al respecto. Si el tipo había conducido hasta allí de una pieza, podría conducir unos metros más, no?

—Lo ves?

—Sí.

—Es él?

—Es él, sí.

—Y te tiene visto, dices?

—Sí.

—De qué?

—Historias mías, vale?

—Vale, vale. Pero…

—Pero qué?

—Conoce esta furgoneta, también?

—Sí, joder.

—Vale. Piensa que vas a la piscina, a arreglar cualquier cosa.

—Sí. Aparcaré por allí, vale?

—Sí, que no pueda ver bien si te bajas o qué…

—Eso, eso.

Según el reloj del salpicadero, eran las nueve y treinta y dos minutos de la mañana del seis de febrero de 1986 y hacía un frío de cojones dentro de la furgoneta (como si la chapa del vehículo estuviera pensada para conservar los alimentos al fresco, joder). El Carlos aparcó cerca de la piscina municipal de Sant Mena. Luego enchegó la calefacción, «fuu-uu-uuu-u», y apagó la radio, que le ponía de los nervios con su cháchara de mierda, «todos los días igual, hostia puta». Esperaron. Miraban por donde se podía al seat ritmo del Alex T. y no se decían nada. El Carles pensó en pasarse a la parte de atrás, para ver si se veía mejor, pero el Carlos le pidió con la mano buena que se estuviera quieto, en el sitio, porque «se mueve».

—Qué?

—Que se ha puesto en marcha.

—Arranca, arranca…

Pero no había que arrancar nada porque la furgoneta no se había detenido en ningún momento, «brom-brom-brom-brom». El Carlos puso la marcha atrás y salió lentamente de su escondrijo, «crrr». Por las ventanas del lado del conductor, los dos podían ver perfectamente que el seat ritmo color ceniza no se dirigía hacia los campos que había más allá de Can Palau, sino que se volvía al interior del pueblo (es decir, que iba justo en dirección contraria, hacia el casco antiguo).

—No lo pierdas.

—No, no.

Arrojados sin remedio al cruce de la calle principal de Sant Mena, los dos vehículos giraron a la izquierda con pocos segundos de diferencia. Luego, en el rato que fueron detrás del seat ritmo, paseo d'Anselm Clavé arriba, ni el Carlos ni el Carles llegaron a decir nunca que, si el Alex T. tenía vista la furgonetilla de otras veces, sabría que ellos lo estaban siguiendo en cuanto mirase por el retrovisor del coche. El Carlos, sin embargo, trató de mantenerse a cierta distancia, por no dejar de probarlo, pero la calle era larguísima (atravesaba el pueblo de punta a punta) y no había manera de no verse con alguien en el trecho de la cuesta principal. Por esa razón, cuando el seat ritmo color ceniza no siguió hacia el paseo de Pal como cabía esperar y giró a lo bestia en Climent Humet, en contra dirección, no les extrañó mayormente.

—Pero qué cojones?!

—Sigue adelante.

—Qué?

—Que sigas adelante.

—Que lo perdemos…

—Que no. Tú sigue.

—Vale.

—Piensa que esa calle no tiene salida.

—Cómo que no?

—Tú date prisa y sube por allí…

—Sí, sí.

El Carles se refería a la subida del Doctor Fleming, que estaba un tanto más abajo, a poco más de dos cientos metros de su posición. Si llegaban a tiempo, aquella calle se cruzaba en lo alto con Climent Humet, por donde iba (supuestamente) el seat ritmo color ceniza del Alex T., así que el Carlos aceleró la marcha y alcanzó su destino en muy pocos segundos, «por mis muertos, joder, que lo perdemos».

—Que no, tranquilo.

—Y si nos lo'ncotramos de cara, qué?

—No lo sé, ahora… Gira, gira. Va.

En cuanto tomaron la cuesta del Doctor Fleming, a su izquierda, pudieron comprobar a lo lejos que el seat ritmo del Alex seguía recto en la encrucijada de las dos calles, en dirección al castillo y más allá, donde la soledad de los campos. El Carlos, al verlo, tuvo cuidado de callarse que se conocía bien aquellos parajes por razones (no pensaba darle explicaciones a nadie de sus actividades, digamos, menos diurnas).

—Va'l castillo?

—No creo, no?

—Y'ntonces?

—No sé.

—L'Anton no vivía por aquí?

—Sí.

—Vamos por él?

—No. No estaba en casa cuando he llamado.

—Y dónde'staba?

—No sé.

—No trabajaba de tarde?

—Sí, sí. A lo mejor, está por allí…

El Carles señalaba hacia los páramos del castillo de Sant Mena.

—Hostia, sí.

—Le tocaba a él, no?

—Sí, sí.

—Mira…

El seat ritmo color ceniza se alejaba por el camino, sin ninguna prisa. El Carlos mantuvo el morro de la furgoneta asomado hasta que el coche del Alex pasó de largo frente a la vieja mole de piedra y se metió entre los monumentales plátanos de sombra que se erigían a su lado. Entonces decidió que torcía a la derecha, pero lentamente, «crrr». Algo le decía que no siguiera adelante. Aquellas eran las últimas calles del pueblo y, por más que sintiera que las sombras habían tomado el asfalto de la población hacía varias semanas, se iban a adentrar de cabeza en el corazón negro de la montaña.

—Vamos?

—Sí.

O no. El Carles no había previsto una situación así.

—Quizá podamos averiguar dónde se esconde, no?

El Carlos no dijo nada. Antes tenía que tragarse sus mierdas y sus miedos. Puso segunda y dejó que la furgoneta rodara sobre las piedras del camino. A partir de entonces, ya no podía pasarles nada bueno. Si el Alex T. no los había visto antes, si había llegado a creer en algún momento que los había despistado con su maniobra de Climent Humet, en cuanto aparecieran de nuevo tras él, o se paraba a esperarlos en mitad del camino o los conducía directamente a la boca del lobo.

—No sé…

—El qué?

—Pasado Can F…

—Qué?

—Que hay varias masías más.

—Sí.

—Sí… Y poco más.

—Bueno… Bien, no?

—Quieres decir?

El Carlos (un hombre cascado prematuramente) tenía mal aspecto, como si hubiera perdido una chispa de vida en los ojos. No parecía capaz de gran cosa. Llevaba el motor de la furgoneta embragado y la dejaba caer sobre las piedras del camino, sin más, «brom-brom-brom-brom». El Carles, ante el panorama de montañas que se les venía encima, estuvo a punto de proponerle al Carlos que lo dejasen estar. Sabiendo que el Alex T. probablemente se refugiaba en una masía de la zona, y no en el pueblo, podían volver otro día, todos ellos.

—Carlos…

—Qué?

—Para aquí.

—Qué?

—La puerta está abierta.

El Carles se refería a la verja del castillo de Sant Mena.

—Qué pasa?

—Para un momento, por favor.

—Sí.

El Carlos detuvo la marcha y el Carles, «ahora vuelvo», se bajó del vehículo y se metió a toda prisa en el patio del castillo. El día no mejoraba, Carlos. Las nubes grises ocultaban el sol frío de la mañana y el Alex, a aquellas alturas de la película, debía estar pasando de Can F. hacia quién sabía dónde. Aunque no podía ir muy lejos, tampoco, el Carlos tenía miedo de perderle la pista y, a su vez, tenía miedo de encontrárselo parado junto a alguna de las masías de la zona. Si daban con él, tendrían que bajarse por fuerza de la furgoneta para ir a su encuentro, joder, por saber si no era demasiado tarde para alguno de los críos.

No podían cambiar muchas palabras con él, al final. El Carlos apartó la vista del camino y buscó consuelo en otra parte. Puso los ojos en la vieja mole de piedra, que se levantaba un poco más allá de donde estaba, pero su figura no auguraba nada bueno para los hombres de bien. Nada, en su construcción, hacía pensar que procurase el beneficio de otros que no fuesen sus propios habitantes, que serían «otro puñado de parásitos de mierda, que no?». El Carlos no se había tragado nunca aquella historia de los moros invasores. Aquellos muros tan gruesos sólo servían para guardar todo lo que aquellos cabrones robaban a los campesinos por la fuerza de las armas.

—Putos chupasangres…

Siempre igual, claro. El Carles, entonces, apareció tras la verja del castillo acompañado de l'Anton M. El tipo, a juzgar por la cara que traía, llevaba un calentón de la hostia encima (además de un hacha en la mano). El Carles le indicó que el Carlos seguía parado en el sitio (como le había dicho) y ambos se dirigieron sin falta hacia la furgoneta, en punto muerto, en mitad del camino, «brom-brom-brom-brom», pero el Carlos los vio pasar por delante del capó como si nada de aquello tuviera que estar pasando en verdá porque, en algún punto de sus putas vidas, tendrían que despertar de la pesadilla, no?

—Hola.

—Hola, qué hay?

—Ya ves…

—Arranca, Carlos, va.

—Voy.

L'Anton se había subido el primero (sin pedirle permiso, ni nada) y el Carles le fue detrás, como si fueran un equipo de algo o como si llevaran diez años currando juntos en la obra. Después del portazo, «plam», el Carlos los puso a todos en movimiento, «brom, broom, brooom», como si tuvieran alguna idea de adónde iban o de lo que estaban haciendo. No dijeron nada. Durante un rato, poca cosa, los tipos se estuvieron callados (después de todo, apenas se conocían de nada). L'Anton aprovechó el impás para dejar el hacha de mano a sus pies (cerquita de la barra de hierro que el Carlos guardaba debajo del asiento) y se puso un cigarrito en la boca que no se acordó de encender.

—Hace mucho que s'ha ido?

—Bueno, no.

—Joder, puede'star en cualquier sitio, no?

—No tanto, hombre.

—No? Hay un montón de masías, por ahí…

Y veía los bosques y las montañas y le parecía imposible encontrar nada.

—Joder, hay muchas más casas y pisos en el pueblo, no?

—Ya, ya, pero es que'sto's muy grande, verdá?

El Carlos hizo que sí con la cabeza, pero no le podían hacer nada, joder. La mano buena (desde que había visto el filo del hacha, al menos) había comenzado a temblarle, así que la dejó bien cogida al volante y abrió un poquito la ventanilla con daño de la mano mala, que l'Anton estaba sudando a su lado y, en cuanto se acordó del cigarrito que tenía en los labios, se puso a fumar como si lo fuesen a prohibir, «fuuu, fuuu, fuuu».

—C'hacías?

—Quién, yo?

—Sí.

—Estaba liado con la puerta del castillo, eh?

—Sí, sí.

—Con eso?

—Sí.

—Buah…

—Qué?

—Que no te l'acabas, con eso.

—Ya. Pero algo tendré c'hacer, no?

—Sí.

Pasados los primeros campos de cultivo, vieron los dominios de la masía de Can F. (antigua, laboriosa, ordenada). A decir de los tres, un niño pequeño como el Eduardo cabía casi en cualquier rincón y, sin embargo, no había ni rastro del seat ritmo color ceniza del Alex T. en las inmediaciones del edificio. El cabrón no había parado cerca, al parecer. El Carlos mantuvo el motor de la furgoneta en segunda y siguió la marcha lenta bajo las copas de los pinos, con cuidado de no meter una rueda en un socavón, «no la vayas a liar ahora, macho».

—Qué hay más allá?

—Can R., Can S. y….

—Mucho, mucho bosque.

Un soplo de aire fresco se colaba por la ventanilla de la furgoneta. El Carlos la había abierto tres dedos, tan sólo, y una impresión vivísima de barrancos en sombra comenzaba a causarles fatiga, a los tres. A poco que lo pensaran, tenían demasiado terreno por delante como para creer que iban a encontrar nada con vida. En la umbría de los bosques (unos bosques que no fueron nunca de Sant Mena, ni de nadie), la materia orgánica se descomponía sin pudor porque no había ojos que la mirasen a la cara.

—Sí. Pero, por aquí cerca, están las ruinas de Can T., no?

—Sí, pero allí no puede vivir nadie.

—No?

—No creo, no.

El Carlos prefería no pasar cerca de los terrenos abandonados de Can T. porque no le debía explicaciones a nadie, joder. Además, tenía entendido que el tejado de la masía de los T. se había hundido hacía muchos años y que las zarzas manaban de sus ventanas como un empacho negro de abandono y de ruina. El Carlos, sin embargo, detuvo la marcha de la furgoneta cuando llegó a los pies del viejo roble de los T., «brom-brom-brom-brom».

—Qué haces?

—Qué pasa?

Ni l'Anton ni el Carles vieron ante sí la antigua senda de la fuente del Bou.

—Es por ahí.

—El qué?

—Can T., que'stá yendo por ahí.

—Pero no dices que…?

—Ya.

Puso primera y pasó bajo las ramas del viejo roble, «broom, broom». Ya estaba hecho: los tres iban a matar o morir a la masía en ruinas de los T. Aunque el Carles aún abrigaba la esperanza de solucionar las cosas mediando el uso de la palabra, «señores, todo puede hablarse si mantenemos la calma», la frondosidad de los pinos le ensombrecía los restos del camino que tenía por delante. El vehículo andaba a trompicones y estaba cerca de chocar con los troncos que crecían en los márgenes. La naturaleza no entiende de sendas, Carles, y, cuando los hombres duermen por las noches, las raíces del bosque sueñan con devorar el asfalto vivo de las calles.

—Qué cojones hacía en el colegio?

Cincuenta metros antes del caserón, el Carlos no quería mirar a su izquierda, a las antiguas tierras de labranza, donde los bidones enterrados de agua ácida. Por el reloj del salpicadero, eran las nueve y cuarenta y siete minutos de la mañana del seis de febrero de 1986 como podían ser las diez y diez ó las cuatro en punto de la tarde. Tanto el Carles como l'Anton, habían pensado exactamente lo mismo.

—Venía a por otro.

—Sí…

Una sombra se puso sobre las sombras del interior de la furgoneta.

—Pero's que seguía vivo?

—No puede ser…

—Todo'ste tiempo?

Eran muchísimos minutos para un niño solo. El Carles no quiso hacer el cálculo, aunque ya tenía la fecha del día de la desaparición, el trece de enero de 1986, y ya la había restado al día que no corría en ninguna parte salvo en sus relojes. No iba a multiplicar nada, caramba. Era demasiado dolor junto y, por entre las ramas de los árboles (pinos y encinas, sobre todo), ya se advertían los muros de piedra de la masía en ruinas de los T. El Carlos condujo la furgoneta hasta el calvero de enfrente y luego, «brom-brom-brom-*», paró el motor.

—Ya'stamos.

El seat ritmo color ceniza estaba aparcado justo allí, sin nadie dentro.

—Vamos?

—Sí, baja, va.

L'Anton no podía soportar la mirada de cuencas vacías de la fachada del viejo caserón porque no le decía absolutamente nada nuevo sobre las honduras del negro, «uuu, uuu». Agarró el hacha de mano y esperó a que el Carles, a su lado, se bajase del vehículo. Una vez fuera, les pudo el silencio sordo de la espesura, a su alrededor. Aquello estaba infestado de malas hierbas. El Carlos dio un portazo, «plam», porque ya estaba, porque el lobo les estaba esperando dentro, joder. Había cogido la barra de hierro de debajo del asiento y estaba pensando si pillarse la linterna o volver por donde habían venido, como que allí, en verdá, aún no había pasado nada, sabes?

—Lo oís?

—El qué?

Era un rumor apagado, huido del interior de la masía, «tran-tran-tran-tran».

—Sí…

—Calla.

—Qué es?

—No sé.

—Parece un motorcillo, verdá?

—Una burra?

—Podría ser, sí.

—Vamos o qué?

Pero l'Anton tampoco se había movido del sitio, que digamos. El Carlos, «un momento», se acercó a la parte de atrás de la furgoneta, a por la linterna. Luego de encenderla y apagarla dos veces, «clic-clic, clic-clic», pensó que podía darle al Carles una llave inglesa o algo, que el hombre iba sin nada en las manos, pero ninguno de ellos (hasta el momento) había dicho nada de matar a nadie.

—Carles, ¿quieres un martillo?

—Eh?

—Tengo herramientas, aquí.

—No… No, gracias.

El Carles fue el primero en meterse entre los hierbajos porque él, a diferencia de l'Anton y del Carlos, no creía que aquello estuviese plagado de cepos de hierro, ni de víboras sedientas de sangre. Pisó con cuidado de todos modos (los tallos estaban bastante altos) y se detuvo justo frente a la negrura del portal de la masía. Metió la cabeza dentro nada más pensarlo. El aire en el interior era mucho más frío que fuera, en la umbría del bosque, y el motorcillo, «tran-tran-tran-tran», se percibía mucho más claro gracias a la reverberación de las paredes.

—Está abajo.

—Quién?

—El ruido… Parece que viene de abajo.

—Se ve algo?

—Se ve luz?

—No. Nada.

El Carlos encendió la linterna, «clic», y se acercó junto al Carles a través de la espesura, «fras, fras, fras». Si unos dientes de acero tenían que destrozarle un pie, «chonc», que se lo destrozaran. Ya estaba hecho. Él no pensaba volverse a casa en aquel punto de la película, joder. Ni buscó entre la hierba, ni puso los ojos en la hiedra enferma que se extendía por los muros de la masía, como un manojo de venas sucias de tierra. Él sólo tenía que llegarse hasta el portal, junto al Carles, y el pobre Anton, por no quedarse atrás, lo siguió sin falta, sin mirar apenas dónde ponía los pies, «fras, fras, fras». Luego, mirando entre los dos hombres, vio que el haz del foco no podía con la largura del pasillo, «normal».

—Qué?

—Que'ran muy grandes, estas casas.

—Ya.

—Pasa dentro, va.

—Espera…

El Carles, el hombre sensato, le pidió que enfocase al techo, «antes».

—Parece que'stá bien, no?

—Sí.

—Vamos?

—Va.

El Carlos entró el primero, seguido del Carles y l'Anton. Sin pararse a mirar en todas las habitaciones, como si no esperasen hallar nada bueno al otro lado de los umbrales, fueron directamente hasta el fondo del pasillo, donde el ruido del motorcillo, «tran-tran-tran-tran». Aún así, aquellos metros de penumbra les dejaron una sensación pegajosa de cascotes y de hollín en el paladar, como si las humedades del techo les hubiesen llenado las fosas nasales de musgo y de moho. L'Anton se tapó la cara con el brazo. La luz blanca del día (no debían ser las diez de la mañana, todavía) estaba demasiado lejos, a su espalda, «tran-tran-tran-tran».

—Es aquí, joder.

—Sí.

El Carlos apuntaba con la linterna a su derecha, a una puerta de madera, muy gruesa. Aunque sólo estaba entornada, al parecer, no fue capaz de moverla con la mano buena, «umpf». Probó a cargar el peso de su cuerpo con el hombro y, «grrriec», el ruido del motorcillo les recibió en una habitación estrecha, más bien pequeñita, que carecía de techo en buena parte de su superficie.

—La burra.

El generador eléctrico estaba aparcado en un rincón del cuarto, a resguardo de las heladas y de la lluvia, «tran-tran-tran-tran». La propia luz del día (caída a plomo a través del hueco que había dejado a su paso el hundimiento parcial de dos plantas) les enseñó un montón de latas vacías por el suelo. Olía a meado, a humo y a gasolina. El Carlos hizo que no con la cabeza, mientras paseaba el haz del foco de la linterna por las paredes.

—Qué hacemos?

—Lo apagamos?

—Para qué?

—Para dejarlo a oscuras, joder.

—No será peor?

—Sí. No sé, joder.

—Mirad…

El Carles, el hombre sensato, les señalaba un cable, a sus pies: salía de la burra y cruzaba justo al otro lado del pasillo, frente a ellos. El Carlos, siguiendo su curso, acabó iluminando los bajos de una puerta de roble oscuro, por donde se colaba el cable, y l'Anton, que no lograba ver nada con ellos de por medio, fue el primero en darse cuenta de que la casa ruinosa se cernía sobre sus cabezas como una trampa mortal. La distracción del ruido, «tran-tran-tran-tran», no les había dejado ver que las paredes y el techo se iban cerrando a su alrededor a medida que avanzaban en la penumbra. El Carles, sin ir más lejos, se tuvo que agachar para descender al sótano (porque el dintel era bajo y porque la puerta de roble oscuro, «grrriec», daba a unas escaleras que bajaban más abajo).

El Carlos, que iba delante, no dijo apenas nada al principio de las escaleras. No sería la primera casa de planta irregular que visitaba en su vida laboral, después de todo. Estaba lejos de anochecer y, sin embargo, el vampiro les esperaba en la cripta mortuoria con los ojos abiertos debajo de la tapa del atáud. Sacudió la cabeza un momento (como si así pudiera sacudirse algunas ideas de encima) y puso toda su atención, «cuidado», en los escalones de piedra. Por fuerza, tenían que ser tan viejos, al menos, al menos, como el resto del edificio, «tap, tap, tap».

La luz de la linterna temblaba en su mano, la mala, porque la buena estaba ocupada, «hostia puta», en contener el golpe brutal de la barra de hierro. Respiraba con dificultad. El aire estaba horriblemente viciado y la escalera, después de un rato de bajar, seguía girando a la izquierda. Tenía que ser de caracol o algo, pero aquello (que un sótano estuviese excavado a tantísima profundidad) iba en contra de toda lógica porque no tenía sentido y, además, no podía ser. El Carlos se dijo que quizá fuesen demasiado poco a poco y que, a lo mejor, su descenso a las entrañas de la tierra se les estaba haciendo más largo de lo que, en verdá, era. Quizá tuviesen demasiado miedo, los tres. Quieras que no, aunque eran dos hierros contra uno, ninguno de ellos inmolaba vidas inocentes sobre un altar de sacrificio en las noches de invierno.

El Carlos se paró en seco, de pronto. Dijo «hay algo» y el Carles le rogó en un susurro nervioso que apagara la linterna y que bajara la voz, «por favor». Ambos vieron un resplandor de velas unos escalones más abajo. Era una fosforescencia de tonos rojizos, sobre las sombras de las paredes. L'Anton, detrás, preguntó «qué» y el Carles le hizo señas con la mano para que se callara la puta boca. Ya habían casi llegado, vale? El Carlos apagó la linterna, «clic», y siguió descendiendo poquito a poco, «tap, tap, tap».

El fulgor tembloroso de las velas parecía suficiente para no matarse por las escaleras. Las manos seguían los pasos sobre la superficie de la pared y los ladrillos del principio parecían, a aquellas alturas, de piedra cruda, joder. Después de bajar unos peldaños más, siempre en el mismo sentido, siempre hacia la izquierda, el Carlos vio al fin el suelo y la pared del sótano. Avisó al Carles de que habían llegado, «ya'stamos, ya, ya», y asomó la cabeza con cuidado de no ser descubierto. Aunque la habitación no era muy amplia, las sombras tenían mucho donde refugiarse. Había un montón de bombonas de butano justo en frente, al pie de la escalera, y, un poco más allá, un puñado de cirios sobre un banquito de madera, pero no olía a cera quemada, no. El cable de la burra llegaba precisamente hasta allí, hasta una radiocasete que había en el suelo, y el Alex estaba al fondo del cuarto, echado en un sofá. Había muchas litronas y basura a su alrededor y, desde donde estaban, los tres hubiesen jurado que estaba dormido o que les estaba mirando a la cara y que le daba todo igual. El Carlos siguió buscando en el resto de la habitación, por si acaso: había una estufa de butano junto al sofá y había un agujero negro en el suelo, en el centro de la estancia. Aunque carecía de brocal, tenía que ser un pozo. L'Anton vislumbró la argolla en la pared y el lío de cuerda gorda, a sus pies, y se atacó de los nervios. El niño tenía que estar allí abajo, joder, en alguna puta parte:

—Está ahí, está ahí!

El Carles se volvió de inmediato para pedirle que se callara, «por tus muertos», pero l'Anton abandonó su puesto en la fila y pasó junto a ellos, en dirección al agujero. El Carlos no fue capaz de detenerlo, «¡¿pero dónde vas?!», y l'Anton irrumpió en el sótano sin otra preocupación en mente que el niño en el pozo (porque el niño, «Edu, Edu… estás ahí, pequeño?!», tenía que estar en alguna parte, ahí abajo). El Carles buscó al Alex con la mirada y el Alex, en aquel preciso momento, se había puesto en pie y tiraba de navaja (una que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón), «¡cuidado, cuidado!». El Carlos volvía a ver al pobre Javi en sus brazos, tosiendo sangre, «cof, cof, cof». L'Anton estaba ciego de dolor y de pena por el pequeño Eduardo, «¡Edu, Edu!», y no quería ver ni al bicho, ni a su navaja. Era como si ninguna otra cosa tuviera importancia en su vida, entonces, pero el Alex se le venía encima como una mala bestia (sin palabras en la boca, Carles) y el Carlos, por no volver a recoger al Javi del suelo, «cof, cof, cof», saltó de la escalera y corrió en su ayuda: llevaba la barra de hierro cargada en la mano buena, «te vas a enterar, cabrón», pero el Alex, en cuanto lo vio salir a su encuentro, lo recibió con dos ó tres puñaladas en el estómago, «chop, chop, chop», que fueron más que suficientes para convencerle de que era muchísimo más rápido que ellos, joder. El Carlos no sintió el daño al momento, sino que primero lo supo de oídas. Fue llegarle el sonido al entendimiento y helarse todo de miedo. Luego de notar la sangre caliente bajo la ropa, dejó caer la barra de hierro al suelo por lástima de sí mismo y de su vida, «clinc-clonc», y se abrazó con fuerza al corpachón del Alex T. por no derrumbarse de golpe, medio muerto. L'Anton lo oyó morder un grito de espanto a su lado. Entonces, cuando sintió el veneno de los ojillos de víbora tan cerca de la cara, descargó el hacha contra el pescuezo del Alex, «chaf», y los dos (tanto el Alex como el Carlos) se tambalearon apenas un momento antes de irse al suelo como uno solo, «plof». Ya estaba hecho y, como l'Anton no podía hacer nada más por ellos, arrojó el hacha a ninguna parte, «plonc», y se volvió hacia el pozo, a gritar: «Edu… m'escuchas? Edu?!».

El Carles lo vio todo de lejos, desde las escaleras del sótano. El Carlos estaba deshecho en el suelo, tosiendo sangre, «cof, cof, cof», y el Alex se retorcía a su lado (sin palabras en la boca, Carles) con un hachazo en algún punto entre la cabezota y la espalda. Todavía sujetaba con fuerza la navaja en la mano y, más pronto que tarde, se pondría en pie para acabar con todos ellos porque no tenía otro propósito en la vida, «iiieargh», que matarlos a todos. El Carles bajó sin dudarlo a la habitación, «tap, tap, tap», y se agachó a recoger la barra de hierro que se le había caído al Carlos por el camino. El pobre estaba llorando de pena con las manos en la barriga (la mala y la buena), «uuu, uuu». Había perdido mucha sangre en muy poco tiempo, pero no podía ser toda suya. El hacha de l'Anton (donde quiera que estuviera entonces) había tocado hueso y el Alex se cogía con rabia de la herida.

—Está ahí?

L'Anton no respondía, sólo gritaba «Edu, dime algo, Edu!».

—Anton?!

—Sí, sí, sí… Está ahí abajo, tapadito con una manta…

—Pero se mueve?!

—No. No sé. Parece dormidito…

Mientras hablaba con l'Anton, el Carles no le quitó el ojo de encima al Alex. El tipo se estaba incorporando sobre las rodillas, chorreando sangre, «cof, cof, cof». El tajo del cuello era una cosa fea, joder. La chupa de cuero no le había servido de nada en aquella ocasión. El Carles leyó «morbid tales» en su camiseta negra y pensó que todo en aquel hombre era estúpido de alguna forma. Además, si se paraba a pensar en lo que había pasado el pequeño Eduardo los últimos veinticuatro días de su vida, si se le ocurría ponerse en su lugar un solo segundo, no se sentía capaz de imaginar ni una milésima parte de lo que había sufrido, el pobre (aunque los hombres de ciencia habían tenido la paciencia de ocuparse de los nombres de todos los apetitos bestiales que se sacian con el cuerpo de un crío de cuatro años). El Carles, sin embargo, notaba intensamente cómo el negro de aquellos horrores (apenas vislumbrados en la oscuridad de la noche) le contagiaba la sangre y aun el pensamiento racional. Ya no era lo mismo que antes, en la escalera. No se escandalizaba nada al confirmar (dos y tres veces) lo que se proponía hacer con una barra de hierro en la mano.

Por más vueltas que le daba al asunto, el problema no tenía otra solución. Al menos, a corto plazo. El Carles creía haber resuelto que el Alex T. sería una amenaza para todos los habitantes de Sant Mena mientras respirara. Si no moría desangrado a sus pies, en unos minutos, trataría de acabar con ellos por cualquier medio, «chop, chop, chop», y, a continuación, si sobrevivía, si lograba salir de aquel agujero con vida, volvería a por más niños, al pueblo (como ya había vuelto al colegio, aquellos dos últimos días). El Carles buscó en vano en los ojos del Alex, que escupía babas y sangre y le señalaba con la punta de la navaja, «cof, cof, cof». Luego, luego de entregarse a las sombras del sótano, el Carles levantó la barra de hierro por encima de su cabeza y aplicó toda la fuerza de que eran capaces los músculos de su brazo derecho para arrebatarle la vida a golpes a aquel tipo que nunca fue ni una bestia, ni un monstruo, ni otra cosa que un simple hombre.