El misterio de Sant Mena

6 de setiembre de 1989

—Algunas personas que desaparecen no las encuentran nunca.

—T'imaginas, chaval?

—Qué?

—Que no t'encontrasen. Que t'hubieras perdío y que, no sé, tío, que no t'encontrasen por algo, eh? Porque no podían o por lo que fuera, eh?

—Qué chungo, tío.

—Eso's lo que le pasó al niño ese, eh?

—Qué niño?

—El que desapareció hace tiempo, tío.

—El del castillo?

—Sí.

—Que no, pavo, que'ra en la iglesia d'al lado.

—Eso, sí.

—Pero no l'habían encontrao dentro?

—No, tío. Mi iaia dice que lo sacaron muerto d'un pozo, eh?

—De dónde?

—De la iglesia d'al lado, tío.

—Ahí no hay ningún pozo, tío.

—Me lo ha dicho mi iaia, tío.

—Tú lo flipas, chaval.

—Que no, tío. Que's verdá. Que no lo'ncontraron, al final.

—Pero no decías que l'habían sacao d'un pozo, tío?

—Sí, joder. Pero, si te sacan muerto, no cuenta.

—Como que no?

—T'imaginas que te sacasen los huesos, a ti?

—Ya.

—Sí, tío.

—Ya.

—No cuenta, eh?

—Qué mierda, no?

La vida de unos huesos debajo de la tierra tenía que ser larga y silenciosa. Si nunca los desenterraba nadie, no contarían apenas nada de sus días pasados porque los pobres (después de tanto tiempo a oscuras) lo habrían olvidado casi todo, incluido su propio nombre. Al Sergio L. le dio mucha pena imaginarse al fondo de un agujero en el suelo. Sentía lástima de su cuerpo tirado en cualquier parte. Se miró la mano y buscó en los dedos de su amigo david (así, en minúsculas) a ver qué tenían de diferente. Era un poco chungo, tío. Aunque fuese su colega de toda la vida, aquel chaval no dejaba de ser un extraño, alguien completamente distinto de él (así, como suena). El otro, el Enri, todavía no se había bajado del sillín de la bicicleta. Tenía la vista puesta en el camino de tierra que se perdía en el bosque de pinos y encinas, un poquito más allá de donde estaban parados, al pie de las montañas de Sant Mena.

—Yo no me lo creo, tío.

—El qué?

—Todo eso, tío.

—Pero'l qué?

—Eso del niño, tío. Ni lo de la mujer muerta, ni nada, tío.

—Pues, a mí, me lo ha dicho mi iaia, tío.

—Ya, tío. Y qué?

—Que mi iaia no s'inventa las cosas, joder. Que l'ha oído, vale? Que se l'ha dicho alguien, eh?

—Quién?

—La gente, no sé.

—Ya.

—Ya qué?

—Que no, tío, Que paso de creérmelo, yo.

—Y lo que dice'l Sergio, qué?

—El qué?

—Lo d'allí.

El david b. se refería a la capillita del castillo.

—No sé.

—Yo no me lo invento, eh?

—Ya.

—Ni el A., tampoco, eh?

—Ya, tío.

—Pues qué?

—Qué?

—Que pasan cosas, tío. Tú mismo si no te las quieres creer, chaval.

—Ya.

Por más que le jodiera, el david llevaba razón en lo que decía, tío. El Enri B. se quedó callado. No quería pensar más en esas cosas, pero esas cosas les habían estado persiguiendo todo el verano, joder. Ni el sol, ni los cielos azules, tan sin fin, habían sido capaces de deshacer la imagen de algo como oscuro moviéndose por el camino del castillo de Sant Mena. Tanto tiempo después, seguían clavados en el mismo puto sitio. El mundo podía ser grandísimo del otro lado del horizonte, pero, para unos niñatos criados en Sant Mena, el mundo empezaba y acababa en su puto pueblo de mierda.

—Qué ascazo, tío.

—El qué?

—Todo.

El niño del pozo más la mujer muerta más la cosa chunga de la capilla más el gusano blanco más el perro rabioso más la sombra del camino, tío. Los días de las vacaciones se estaban acabando, chaval, y la pena les podía de muchas maneras distintas, al final. El Enri y el david y los dos Sergios (el L. y el A., más callado) lo notaban como un peso muerto por el cuerpo. La tristeza chica de sus vidas les dejaba un regusto dulzón en el sentir, como de algo empalagoso que les dejase churretes en la cara y los dedos pegajosos. Igual que si estuvieran sucios de regalesia.

—Tendremos d'hacer algo, no?

—De qué?

—De'sto.

—Ya.

—Pos no sé'l qué.

—Pues algo, tío.

—Ya, joder.

—Se lo dicimos a alguien?

—A quién?

—A unos padres?

—Qué les quieres dicir, c'había una cosa chunga'n el camino, un día?

—Ya.

—No se puede, tío.

—Y si se lo dicimos a un profe o algo?

—Es lo mismo, no?

—No. No sé. Al Carles le podemos decir lo del perro rabioso, no?

—Sí, no?

—Pero l'habéis visto alguna vez, paquetes?

—No, tío, pero faltan los gatos igualmente, no?

—Pero que no, pavo. Que, si fuese rabioso, ya s'habría muerto, joder.

—Por?

—Porc'hace mazo de tiempo d'eso, tío.

—Ya.

—Claro, joder.

—Ya, tío. Se mueren de la rabia, no?

—Sí, tío.

—Y si vamos a mirar?

—Quién?

—Nosotros, pavo.

—Allí?

—Sí, tío.

—No hay huevos.

—Yo no iría.

Pero aquella cosa chunga que se les había puesto por dentro no los dejaba estar. Puta mierda todo, chaval. Los estaba echando para fuera todo el rato, como si los empujara a hacer algo que no estuviera bien hecho del todo, sabes? El Sergio L. pensó que aquello se llamaría o «melancolía» o «desazón» (o una cosa así), pero el Enri, el cabrón, no paraba de jugar con los dedos enganchosos de su mano, «chp, chp, chp».

—Vale, si no vamos a ir, qué hacemos?

—Yo iría, tío.

—Pos yo no.

—Lo votamos?

—Vale.

—Va.

—Pero dices al castillo o adónde, tío?

—Está diciendo que nos metamos.

—Sí?

—Sí.

—Adentro?

—Fijo.

—Votamos o qué?

—Vale.

—Va.

—Votos a favor?

—Uno, dos… Tres.

—Yo paso, tío.

—No jodas, A.

—Que paso mucho, yo.

—Vamos juntos, tío.

—Sí, tío. Si vamos, vamos todos.

—Sí, tío.

—Va.

—Que no.

—Que sí, tío. Que vamos a verlo (un momento, al menos).

—Sí, tío. Miramos por fuera y otro día volvemos pa'ntrar, eh?

—Vale, va.

—Sí?

—Sí, va. Volvemos cuando todavía sea de día, eh?

Pero el final del verano se guardaba siempre un puñado de minutos extraños para la última hora del día. El david y los dos Sergios se subieron con la calma a sus bicicletas, pensando que aún les quedaba un buen rato para la noche, pero, aunque no lo pareciera, la luz del sol se estaba ahogando justo detrás del Puig de la Creu y estaba cerca de apagarse. Vale. Y qué. Si los cuatro se daban un poquillo de prisa, no les pasaría nada en absoluto, sabes? Porque todavía había un montón de claridad por el cielo, eh?

—Dará tiempo, no?

—De sobras, tío.

Llevaban al menos dos meses corriendo por ahí con las bicicletas y, si querían, si se ponían en serio, podían ser bastante rapidillos yendo a los sitios. Su trayecto de aquella tarde-noche del seis de setiembre de 1989, no sería una excepción, chaval. En cuestión de unos pocos segundos, los cuatro se habían plantado en frente del castillo de Sant Mena. La cosa estaba unos pasos más allá, en mitad del camino que tiraba para Can F. y todo eso. El primero en verlo fue el Sergio A., que ya lo tenía visto de antes. Pero como que no lo reconoció de primeras, sabes?

—Qué's eso?

—Eh?

El david miró en la misma dirección que el Sergio A. y vio un bulto negro frente a ellos, en el suelo. Ni idea, tío. El Sergio L., a su lado, no se enteró de nada, al principio. Se había empanado un montón con la presencia imponente del castillo (del silencio y del mogollón de piedras antiguas que había allí juntadas). El Enri B., sin embargo, sí que se quedó pillado (por no decir pilladísimo) con la violencia de los movimientos de aquella cosa chunga que tenían justo delante, tan cerca de las ruedas de sus bicicletas. No se veía bien, chaval, pero estaba como encima de algo, no? Se había echado sobre alguna cosa muerta y la estaba como devorando, no?

—Tío, tío, tío…

—Qué pasa?

—L'has visto?

—El qué?

Si la imaginación de los chavales fuese un lienzo en blanco, el espanto torcido del camino habría derramado un manchurrón de tinta negra dentro de sus cabezas (de donde se destacaba una calavera blanca de muerte). De hecho, en cuanto los cuatro se pararon a mirar qué era aquello, notaron como una masa de confusión les nublaba el entendimiento de poco a poco. Vale. Todavía estaban a tiempo de darse la vuelta y correr a toda hostia para casa, pero la espesura del manchurrón que tenían a apenas unos metros de donde estaban, los tenía pilladísimos, como colgados. Querían saber qué mierdas podía ser aquella cosa que estaban mirando, chaval. Porque necesitaban comprenderlo. Para su vida, para después.

—Qué…?

—N-No sé…

—Tío…

—Qué?

—Que te calles.

—Eh?

—Que te calles la puta boca, tío.

Pero aquello que había en el suelo del camino ya les había oído, joder. Iban tardísimo, pavo. Lo vieron detenerse y volver la cabeza hacia ellos. De repente, les había mirado. Si aquellas cuencas oscurísimas donde latía un fuego sanguinolento valían como ojos, estaban acabados, los cuatro. Los había descubierto. El david tuvo que gritar, «iiia, tío», porque se cagaba vivo de miedo. Probó a girar la bicicleta todo lo rápido que podía y, por poco, que no se caen los dos al suelo, sabes? Pero tenía que largarse de allí corriendo porque, lo que era el espanto del camino, se había incorporado y, sin que se viera que se moviera, se estaba acercando a ellos, chaval. El Enri tardó un rato en entenderlo.

—Que viene?

El A. creía que sí, pero no estaba seguro.

—Tío, tío…

—Qué? Qué?

—Vámonos, no?

Pero aquello no caminaba como ellos, no?

—Sí, sí, sí…

—Qué?

—Vámonos, tío… Vámonos!

El Enri y el A. giraron cada uno para su lado y dejaron al Sergio L. solo ante la cosa. Era como si no oyese los gritos de terror de sus amigos (alejándose, a su espalda). Buscaba delante, en la sombra de horror, en las manos que no eran manos, y tenía mucho miedo de lo que le pudiera pasar si no se largaba pronto de allí. Porque había buscado en sus ojos (si aquello podían llamarse ojos) y había visto el hambre de la cosa que, sin venir, venía a por él. Podía pensarlo y lo pensaba: «cada vez está más cerca, tío». No le iba a dar tiempo a pegarle la vuelta a la bicicleta y salir pitando, pavo. Antes lo cogería, joder.

—No, tío.

Tiró el cacharro al suelo, «mierda, tío», y salió corriendo como no lo había hecho nunca: por su vida. En un primer momento, justo cuando gritaba de miedo, «iiia, iiia», un aliento frío le erizó todos los pelos de la nuca, vale? Pero el Sergio L. no pensaba volverse a mirar por nada del mundo, joder. Sólo correría. Y, de hecho, estuvo esprintando hasta que alcanzó las primeras farolas del pueblo, en Climent Humet, cuando le chillaban de dolor los músculos de las piernas y no quería ni oírlos porque no pensaba parar hasta que se metiera en su casa, un poco más allá, en el número siete de la avenida de Terrassa. Daba igual que supiera que ya no valía de nada encerrarse detrás de una puerta. Porque, que no ya no quedaba ni un lugar seguro en todo Sant Mena, lo aprendería yendo a toda hostia por la calle, él solo. Sus colegas, los muy cabrones, hacía rato que se habían escondido cada uno en su casa, chaval. Pero lo entendía, joder. Él estaba haciendo lo mismo y, si hubiese podido, él también habría dejado a otro detrás suya, eh?