El misterio de Sant Mena

7 de diciembre de 1985

Había días que le chocaba lo guarros que podían llegar a ser los jóvenes. A su edad, podían meterse borrachos (o como fuera) en la cama y dormir del tirón diez u once horas. La Raquel, aquello, lo perpetraba a la perfección. Se olvidaba de todo al acostarse y, para cuando regresaba, tenía los ojos puestos en el techo. Según la luz que se colaba por las rendijas de la persiana, calculaba que debían ser ya las doce y pico de la mañana, lo menos. «Qué pereza todo, tía». En un esfuerzo monumental, volvió la cabeza hacia la mesita de noche. Se ve que, del sueño que traía, arrastraba una desgana monstruosa, pero buscó de todos modos la hora en el despertador y se encontró tirada en la cama a las trece horas y cuatro minutos del sábado siete de diciembre de 1985.

«Pues vale». En casa, comían a las dos. Hacía rato que venía escuchando las voces insoportables de su hermana la pequeña. Se la quería mucho, a la enana, pero se levantaba todos los días a las ocho de la mañana (sin falta ni perdón) y, más que hablar, andaba a gritos por toda la casa. «Mama, el desayuno». «Mama, los dibujos». Y luego ponía la tele a todo volumen y su madre la dejaba hacer y no le decía nada, «joder», cuando a ella, a la hermana mayor, le saltaba a la mínima. La Raquel daba por descontado que, a su madre, ya le estaba bien que no la dejasen dormir en paz. Era su forma de decirle que no le hacía ninguna gracia que volviese tan tarde y tan mal. Pero ella ya no era ninguna niña, sabes?

Se pasó una mano por la cara y se apartó los pelos de la frente. Estaban pegajosos y olía muchísimo a tabaco. Allí dentro no se podía estar. La Raquel sabía que tenía que levantarse, pero no quería moverse de la cama. No había ganas de volver a meterse en las movidas del mundo (aquel tumulto y aquella bulla por todo). Había mazo de ruido ahí fuera y, a la mínima que te descuidabas, te acababan arrastrando río abajo con toda su mierda. «Qué palorro, tía». Sacó un pie y después el otro. Por lo visto, se había acostado en bragas y no recordaba el motivo. Se puso una camisetita encima para recorrer los metros imbéciles que mediaban entre su habitación y el cuarto de baño. Tenía la boca pastosa y los ojos legañosos. Aún así, vio la blusa del delito tirada en el suelo, a sus pies.

«Qué ascazo, tía». Sacó la cabeza del cuarto con la esperanza de no toparse con nadie. Le fastidiaba un montón que la viesen así (y, menos aún, su madre o la chivata de su hermana). El pasillo estaba vacío (aquel par sonaban en la otra punta del piso, entre el comedor y la cocina, y su padre casi seguro que no estaba en casa). La Raquel aprovechó la ocasión y corrió (a su paso, que se acababa de levantar) hasta el cuarto de baño. Ya abriría la ventana de su habitación luego, más tarde, que para algo quemaba barritas de incienso, no? Al llegar, cerró la puerta con pestillo. «Vale». Encendió la luz, abrió el agua caliente y enchegó el calefactor (un aparatito pequeño que le daba mucho susto a la enana). Luego se quitó la camiseta sucia que había pillado del suelo y se puso un momento delante del espejo.

Aunque le gustaba ducharse con agua calentita, no le gustaba nada pasar por aquel otro rato. Aún así, cada vez que se duchaba, se plantaba en pelotas delante del espejo, para verse, y se miraba. Se miraba el cuerpo y se miraba la cara y no pensaba nada (o pensaba tantas cosas, y tan seguidas, que era como si no pensase nada). Era más bien feúcha. ¿Y qué? De ella, sólo había oído decir que era mona o que era muy simpática (solía decírselo esa clase de gente que no se atreve a escupirte una verdá a la cara), pero ella no le había preguntado nada a nadie, así que ya se podían meter su opinión por el puto culo, los gilipollas.

«¿Acaso te he dicho yo algo?». La Raquel acercó el rostro a la superficie del espejo. Quería verse bien los ojos (le parecían bonitos y, si se ponía muy-muy cerca, no podía ver otra cosa que sus grandes ojos del color de la miel). No lograba, sin embargo, deshacerse del bullicio de las manos mojadas que chirriaba todo el rato por debajo del zumbido del calefactor. Sus tetorras seguían allí, con ella. Por más que se acercara al cristal, se colaban en alguna parte del espejo (aunque fuese por el rabillo del ojo, no dejaban de estar presentes todo el tiempo, con ella).

Eran grandes, «vale», pero fofas. Y pesaban mucho. Si levantaba una con la palma de la mano y la soltaba de golpe, se caía un montón y hacía «plop». Era penoso. La Raquel sentía que, para su edad, colgaban demasiado. Le parecía que era una verdadera lástima, pero ellos, todos aquellos que ponían sus ojos en el escote de la Raquel M. al pasar por la calle, no lo sabían (no lo podían saber) y seguirían babeando a su paso por unas tetas feúchas y fofas.

«Que se jodan». Al final, aquello era lo peor de todo. Quitarse todas aquellas babas de encima era lo que le llevaba más tiempo en la ducha. Solía lavarse dos ó tres veces con jabón antes de aclararse. Después se frotaba fuerte con la toalla y se untaba el cuerpo con una crema de su madre que no le hacía ninguna falta a sus diez y ocho años (pero ella se la ponía, más que nada, por el olor a limpio que desprendía). En ocasiones, si todavía sentía las miradas sobre la piel como manotazos asquerosos, se echaba desodorante en los sobacos y dejaba (como el que descuida una perla preciosa sobre el musgo de una piedra) unas gotitas de colonia en el surco que se forma entre la mandíbula y el cuello.

«Buah, tía». Empezaba a acordarse de cosas. Mirándose en el espejo de cintura para arriba, pensaba en los tíos que querían tocarle las tetas. El Miqui la había llamado otra vez a casa, «para quedar». El Miqui andaba como loco por enrollarse con ella porque tenía entendido que ella se dejaba. En un pueblo como el suyo, las noticias rulaban que daba gusto. Si la Raquel M. se había follado al Javi O., el soldadito chulito, el Miqui, que no se pensaba menos, quería su parte. Y, como el que va al carnicero, pedía la vez. «A ver si nos vemos un día, tía». Y la Raquel, mirándose las tetas fofas en el espejo, se lo llegaba a pensar. Aquel Miqui no era gran cosa, pero seguro que tenía un polvo, eh?

«Pero qué dices, tía». Ella, en verdá, estaba por el Juanjo A., un chaval de su edad que había empezado a estudiar derecho en la autónoma, aquel mismo año. Eran casi dos metros de tío, pero, a ella, que era más bien bajita y rechoncha, le ponía la idea de ponerse en manos de unas manazas tan grandes. Ya habían hablado, de hecho. Entonces se acordó. El Juanjo, el jueves, había pedido la vez por teléfono y el viernes, después de beberse unas birras con los colegas, se habían enrollado en un rinconcito de la Fonda o del Romaní, que no?

«Qué m'estás contando, tía». Apenas comenzaba a recordar y ya se estaba arrepintiendo. Se habían metido los dos en el lavabo. Se habían encerrado en el retrete de un local («¿cuál?») y le había hecho una pajilla por no sacarse las tetas la primera vez que se enrollaban. Luego fue peor. Ella se había puesto a llorar. Seguro que se la había estado meneando al Juanjo A. hasta que se le corrió encima (hasta que le escupió unos goterones de semen caliente en el pelo y en la blusa que fuera de su madre) y, entonces, por fuerza, se tuvo que acordar de su abuela Maruja.

—Tía, estás bien? T'he hecho algo?

—No (no es por ti). Es por los huesos de mi abuela. Es por una c-cosa que m'he acordado ahora, no sé por qué…

Pero lo sabía de sobras. Lloraba por los lamparones en la blusa que había sido de su madre y que le había regalado su abuela porque «tu madre, a tu edá, tenía tu mismo tipo, niña». Pobrecita, su abuela muerta. De enterarse de aquello, se habría llevado un disgusto muy grande. Su abuela Maruja no habría querido saberlo. No lo aprobaría. No la habría escuchado, de hecho. No habría querido entender nunca que su nieta Raquel se encerrase en un lavabo apestoso, medio borracha, a quererse con un chico que le gustaba de verdá (sobre todo, si se gustaban los dos) porque eso no estaba bien y punto. Ese no es sitio para el amor de nadie, niña. La Raquel todavía podía sentir su voz de mujer vieja en la cabeza y «no hay más c'hablar». Hacía algo más de dos años que se había apagado y todavía podía sentirla a su vera, velando por ella.

La Raquel se veía borrosa, resacosa y triste. El vapor de la ducha empezaba a empañar el cristal del espejo y la pena volvía a inundarle el pecho, como anoche en el lavabo de la Fonda o el Romaní. La Raquel sabía de sobras que había llorado por los huesos de su abuela Maruja, que habían aparecido esparcidos por el suelo del cementerio de Sant Mena en la mañana del cuatro de diciembre de 1985. Alguien había sacado sus restos de la tumba durante la noche, los restos mortales de su abuela Maruja, y los había ido tirando por ahí, como si cualquier cosa. Como si no importaran. Como si no fuesen de nadie. Como si no albergaran ya el cariño de una abuela cojonuda. Aquel gesto, cada vez que se paraba a pensarlo, dejaba en la Raquel un frío viscoso y duro que no se iba ni con agua, ni con jabón. Pobre niña, la Raquel, eran cerca de las dos menos cuarto de la tarde y estaba perdida ante las noches del mundo.