El misterio de Sant Mena

7 de febrero de 1991

Cerró la puerta del cuarto de baño y echó el pestillo por si acaso, «clap». No había nadie en casa, casi nunca había nadie en casa con ella, pero era mucho mejor así, porque nunca se sabía, eh? La Olga tenía doce años y no tenía nada de miedo de quedarse sola en casa porque no pasaba nada, al final. Lo de echar el pestillo era como una manía que se le había pegado de su madre, para estarse más tranquila mientras estuviera allí dentro, a su rollo.

Clic. Le dio a la cinta del radiocasete y pensó que así no se oiría nada. Luego se miró un momento al espejo y se encontró de cara con la niña asustadilla de las otras veces. Tenía la mirada triste. No pensaba que tuviera verdadero terror del mundo porque el terror verdadero era demasiado fuerte como para vivir con él mucho tiempo seguido. Lo suyo era más bien miedo de la muerte y del daño que hacía a todos los demás que se quedaban vivos. Ella ya lo conocía por culpa de su madre muerta y lo podía reconocer con facilidad en las otras personas cuando sucedía. Porque la muerte no dejaba de suceder nunca, sabes?

El otro día, en el patio, unos niños de octavo lo estaban hablando de una iaia que se había muerto en las escaleras de su casa. Se ve que su nieto, uno que se llamaba david (así, en minúsculas), se la había encontrado tirada sobre los escalones con el cuello roto y la piel muy blanquita. Bueno, lo del cuello no lo dijo así, pero vino a explicar que tenía la cabeza en una posición que era «como imposible». El pobrecillo acabó llorando un poco después de contarlo y la Olga, por pura simpatía, tuvo que girar la cara también.

En la tarde sombría del siete de febrero de 1991, tampoco pudo sostenerle la mirada más tiempo de la cuenta. El pobre david volvía a llorar en su recuerdo y los otros chavales, los que serían sus amigos para toda la vida, se le acercaban más y le ponían una mano en el hombro o le daban palmaditas en la pierna, cerca de la rodilla, «plam, plam, plam», pero lo extraño del caso era que el pequeño david se empeñaba en decirles que no había sido un accidente «como's pensáis» y la Olga miraba a otra parte por no llorar y se encontraba con sus pies desnudos en el suelo.

Porque seguía sola en el cuarto de baño de su casa. Detrás de la puerta, había un pasillo largo y oscuro, cargado de un silencio espeso y horrible. Algo que era como imposible si lo pensabas bien. Aún así, la Olga no pensaba dejar todas las luces del piso encendidas, pero, bueno, que las bombillas del pasillo iban cuando les daba la gana y su padre no se acordaba nunca de cambiarlas. Pero ella tampoco pensaba decirle nada, sabes? Últimamente se enfadaban mucho cada vez que se ponían a hablar.

El Javi, su amigo del trabajo, se había puesto enfermo (bueno, en verdá, le había dicho que el pobre se estaba todo el día en la cama, «muy, muy malito») y él tenía que hacer entonces un montonazo de cosas más de las que podía hacer normalmente. Y no es que lo llevara bien, que digamos. Porque se ve que su padre estaba «un poco impedido» por unas cosas que le habían pasado hacía unos años y, si ella le preguntaba el qué, él le decía que «un accidente de trabajo, hija», pero la Olga no se lo creía bien bien porque su padre le había dicho muchas mentiras antes. Como que su madre no se moriría nunca, sabes?

Pero hacía más de un año que se la encontraron tirada dentro de la bañera, con el cuello muy torcido, como si no hubiese sido un accidente como todos se pensaban, sabes? Porque, por lo visto, su madre ya estaba a punto de morirse por culpa del cáncer. La palabra más horrible en su caso era la metástasis. La Olga sintió el pulso de su corazón en las sienes, «pom-pom, pom-pom, pom-pom», pero tenía la extraña impresión de que iba cargado de musgo de piedra. Le daba náuseas la sensación de cripta que soplaba (como en un susurro) por el pasillo de su casa, «pom, pom, pom».

Las otras veces había empezado igual. Estaba tan tranquila y, de repente, comenzaba a notar que las cosas normales de su alrededor se manchaban de pudridura y de noche, como si aquel aliento fétido de pozo se abriese para morderla en el pescuezo. Olió un momento el desagüe del lavabo y pensó si no sería algo que subiera de las cañerías. O algo que viniera de más abajo, incluso. Luego, dándose mucha prisa, le dio más volumen a la música, «I'm waiting for the night to fall», y esperó con ganas de verdá que todo volviese a la normalidad.

Tenía que ducharse, vale? Se quitó la ropa que le faltaba y no quiso mirarse mucho en el espejo porque, si se esperaba demasiado, lo acabaría oyendo todo otra vez, «pom, pom, pom». Encendió el agua caliente de la ducha, «sssh», y se buscó la carita de susto en el espejo. Cualquier cosa antes que volver a pensar en las voces del pasillo. Ella no estaba ni medio loca, tía, pero apestaba un montón a huevo podrido o no?

Y no salía del agua de la ducha, que ya lo sabía de las otras veces. La Olga sintió lástima del cuerpecillo de niña que tenía, pero, por más que quiso pensar en lo canijilla que estaba, no pudo. Los pasos que habían subido tantas veces por las escaleras de la cripta a la hora de dormir estaban subiendo entonces por las escaleras de su bloque de pisos, «pom, pom, pom». Se miró rápidamente las tetillas que le estaban saliendo y no logró apartar el pensamiento de la sombra que tendía sus dedos huesudos por las paredes desiertas de su casa, mientras avanzaba lentamente hasta la puerta del cuarto de baño.

Pom, pom, pom. No le sirvió de nada repetirse una vez más que era bajita y cabezona y que nadie la querría nunca si no cambiaba a tiempo. La voz (como si fuera de papeles arrugados) arañó con ansiedad el otro lado de la puerta, «rsss, rsss, rsss». La Olga puso la música del radiocasete a toda hostia, «I'm waiting for the night to fall / I know that it will save us all», pero, claro, si aquello estaba realmente dentro de su cabeza, no había nada que hacer, no?

La Olga contuvo el aliento todo lo que pudo. Podía llorar en silencio si quería, si le hacía falta, vale? Como las otras veces, pensó que, si no la oían, a lo mejor, se marchaban, pero, fuera dentro o fuera fuera, lo que estaba clarísimo era que su madre muerta volvía a hablarle al otro lado de la puerta con voz de cadáver renegrido por culpa de la puñetera metástasis: «hija… Ábreme, hija mía, no quiero'star sola».

—Ni yo, mamá… Ni yo.