El misterio de Sant Mena II

14 de abril de 1987

—Pues yo no pienso entrar.

—Po'si l'has colgao tú…

—Pues yo no voy.

—Pos alguien tendrá que ir, no?

—Que no, tío. Que no quiero entrar, yo.

—Tú l'has colgao, vas tú.

—Que paso de meterme ahí, yo.

—No me seas caguica, enano gafotas…

—No te pases, tío.

El David B. le había pegado un patadón a la pelota nueva del Sergio A. y la había colado por encima de la verja del castillo, «bammm». Poco antes, viéndola volar por el cielo de la tarde, cuando se quedó con que cogía mucha más altura de la que le hubiese gustado, el pobre crío supo que «vale», que la había liado mazo, pero, joder, qué marronazo, «bom, bom, bom», cuando cayó dentro, donde no la podían coger… El balón se paró en algún sitio del patio y los tres amigos se quedaron callados, pensando «pero qué mierda todo, tío».

El David B. no sabía dónde meterse. Él sólo quería enseñarles que, si se ponía, podía darle muy fuerte a la bola. Que, a lo mejor, no corría mucho, pero que, si se la pasaban en los partidillos, podía meterle unos trallazos de la hostia a la pelota, «batabummm». El david (así, en minúsculas) había pensado muchas veces que aquella podía ser el arma secreta de su equipo de fútbol y, al final, quieras que no, se había pasado de fuerte (porque podía estar un poco gordito, pero estaba más fuerte de lo que todos ellos se pensaban).

Después, después de verla caer al otro lado de los barrotes de hierro, había sido cuando se habían discutido entre ellos y, luego de enfadarse, estaban de bajón y de mal rollo, «vaya mierda, tío». Al Xavi B. no le gustaba nada que sus amigos se pelearan, pero sabía que la pelota nueva del Sergio A. era buena porque era de cuero y que el David B., aquello que había hecho, no lo había hecho queriendo, en el fondo. Fue entonces, cuando miraban el perfil del castillo sin decirse nada, que les llegó el silencio de la montaña en las ramas de los árboles.

Para cualquier otro, aquella brisa no podía ser más que un soplo de aire tibio, algo así como una bocanada de paz, pero, para unos niñatos criados en Sant Mena, no era de fiar (y no podría serlo nunca porque bajaba de parajes extraños y oscuros, en las montañas). Era raro, además. Sin decirles nada, proponía que el mundo para ellos era un lugar ajeno y hostil, al que no podían pertenecer de ningún modo, como si, en toda su extensión, no pudieran importarle una mierda ni a nada ni a nadie, chaval.

El David B. miraba si los plátanos de sombra tenían algo en su contra. A poco que levantara la cabeza, se le antojaba que eran como unos bicharracos gigantescos a cuyos pies él era aún más pequeño de lo que se pensaba, pero lo peor de todo, y los tres lo sabían, eran los muros callados de la vieja mole de piedra, donde la pelota. El Xavi B. se acercó a la verja de la entrada, a mirar. El balón de cuero del Sergio A. estaba un poquito más allá de la puerta pequeña de la capilla. Igual, con un buen palo, podrían atraerla hasta ellos, no?

—Qué palo, tío?

—No sé, una caña o algo, no?

—Por aquí, no hay.

—Ya.

—Qué mierda, tío.

—Ya.

—Pues yo me tengo que ir, ya.

—Ya?

—S'hace de noche, no lo ves?

El día se hundía una vez más detrás del Puig de la Creu (para cualquier otro, se trataría de un simple crepúsculo, pero, para los niñatos de Sant Mena, se acercaba la hora de encerrarse en casita o de pasarlo mal en la calle). El Sergio A. no dijo nada. Estaba a punto de perder su pelota nueva, la que le habían traído los reyes. Se había pasado lo menos tres meses paseándola bajo el brazo, por no estropearla, y, a la mínima que habían jugado con ella, se la habían perdido, joder.

—Te vas?

—Sí. Mi madre no quiere que me quede hasta tarde, yo.

—Y c'hacemos?

—De la pelota?

—Podemos venir mañana con un palo, no?

—No se la llevarán?

—Quién?

—Yo qué sé, alguien que la vea.

—Ya.

—Yo no me voy.

—Qué dices?

—Que yo me quedo.

El Sergio A. hablaba en serio porque estaba triste por dentro.

—Aquí no te puedes quedar solo, tío.

—Por qué?

—Porque aquí es donde'ncontraron a la mujer muerta.

—Qué mujer muerta?

—No t'acuerdas?

—No, de qué?

—De la mujer que mataron.

—No.

—Pues la'ncontraron aquí, tío.

—En el castillo?

—Sí, sí. Por aquí era, sí… así que no te quedes solo, eh?

—A mí, me da igual.

—Tú mismo.

—Yo no me lo creo.

—Pues tú verás, chaval… A mí, me l'ha dicho mi iaia, eh?

Dicho esto, el David B. se puso las manos en los bolsillos. Estaba listo para marcharse a casa antes de que fuera demasiado tarde. Miró al Xavi B., que seguía con el hombro puesto en un barrote de la verja, y le soltó: «Vamos o qué?». El Xavi B. miró a la noche, a su espalda, y luego miró a su amigo Sergio, a su lado. No podían dejarlo allí tirado, no?

—Va, tío, vámonos. Mañana venimos, vale?

—Que no. Iros vosotros.

—Que no, tío… Que no te puedes quedar solo.

—Que yo me quedo, vale? Que no pasa na.

Por el momento, la mujer muerta no era una figura vestida de blanco asomada a una ventana del castillo, así que, si su amigo Sergio no se acercaba demasiado a ella, no podría hacerle nada malo. El Xavi B. se apartó del barrote de hierro. Había comprendido al fin que la misma verja que los separaba del balón de cuero, impediría al Sergio A. ponerse al alcance de ningún muerto de dentro del castillo.

—Pues nos vamos, vale?

—Vale.

Además, el Sergio A. vivía cerca de allí, en el último bloque de pisos que había en la calle. Primero segunda ó tercero primera, el Xavi B. no tenía manera de acordarse a la hora de llamar al timbre de su casa. Por suerte, el David B. se sabía todas esas cosas por él. Enfilaron para el pueblo, los dos. No hablaron nada. Las farolas de Climent Humet que no estaban rotas empezaron a encenderse y, en cosa de diez minutos o así, se haría de noche otra vez, por todas las partes, chaval. A las malas, si se le hacía muy tarde a su amigo Sergio, su madre lo llamaría a gritos desde la ventana o algo. El Xavi B. se volvió un momento a buscarlo y todavía pudo ver su figura menuda junto a la verja del castillo.

—Pobrecillo, no?

—Sí, tío.

Noche

Los cabrones lo habían dejado tirado, al final. Fue perderlos de vista, por las calles del pueblo, y dejar de ver la bola con claridad al otro lado de la verja. Aunque sabía que seguía allí, en el mismo sitio que antes, sentía que, si se iba, la perdía para siempre. No quería dejarla. Había pensado en decir «vaya mierda» demasiadas veces como para abrir la boca, al final. Desde que estaba allí plantado, solo, no había dicho ni una palabra, por si acaso. Y eso que tenía mucha pena por su pelota nueva. Se la había regalado su padre, que le había prometido un balón reglamentario si le aprobaba, al menos, cinco asignaturas y, al Sergio A., aunque no le hacía mucha gracia el fútbol, le daba lástima dejar sola a la pelota de su padre en el patio del castillo de Sant Mena, sabes?

Era de noche y, quieras que no, todavía refrescaba bastante cuando se hacía oscuro. Serían muchas horas de frío para un balón de cuero solo en la soledad del castillo de Sant Mena. Aunque volviese a primera hora de la mañana para verlo, llegaría demasiado tarde como para quitarle el susto de dentro, ni nada, porque nadie, en verdá, quiere pasarse la madrugada entera bajo las estrellas, con el miedo que hace allí, no?

Y es que, al Sergio A., no le preocupaban un pimiento ni las cinco mil pesetas que había costado, ni la zurra que se iba a llevar de su padre, porque las broncas, a él, le daban bastante igual, pero la pena de dejar a su pelota abandonada, no. Pensó en recuperarla con mucha fuerza, de la manera que fuese, como cuando la había querido antes de reyes y, al final, la había conseguido aprobando sólo cuatro asignaturas, pero los hierros de la verja seguían igual de fríos y de duros al tacto por más que lo pensara.

Tenía que ser muy tarde, Sergio, porque, del lado del bosque, ya no se veía nada de nada y las luces del pueblo titilaban igual que las estrellas del cielo. Había empezado a hacer fresquillo y lo que le pasó luego, le pasó de verdá porque él no estaba dormido, ni nada. Aunque fue muy raro que pudiese ver algunas cosas, al final. Primero oyó unos ruidos chungos dentro de la capilla, como si alguien arrastrara unos muebles muy pesados o algo en su interior. Luego, cuando rechinó la puerta pequeña de la capilla al otro lado de la verja, «grrriec», estuvo a punto de salir por patas, pero le pudo más la curiosidad: ni quería dejar allí su pelota nueva, ni podía dejar de saber quién era el que salía de dentro, a aquellas horas de la noche… Un hombre alto, un viejo pellejudo, asomó la cabeza por el hueco de la puerta y se agachó a recoger el balón de cuero del suelo. Luego de mirar a los lados y de verle parado detrás de la verja, se acercó a su vera y le preguntó:

—Esto es tuyo?

—Sí.

—Quieres cogerla?

El Sergio A. hizo que sí con la cabeza.

—Pues parece que tenemos un problemilla, aquí.

Se refería a la verja de hierro que mediaba entre ambos. El viejo echó mano de un manojo de llaves que guardaba en el bolsillo de la cazadora, abrió el candado y quitó la cadena. Luego tiró de la verja hacia sí, «grrriec», y dejó un hueco entre las dos hojas de hierro (lo justo como para que pudiera entrar alguien).

—Ten, pasa.

El Sergio A. no quiso moverse del sitio.

—Ven. Cógela tú mismo, chico.

El Sergio A. hizo que no con la cabeza porque era mucho mejor si se quedaba donde estaba, sabes? El hombre alto, el viejo pellejudo, se quedó quietecito detrás de los barrotes, mirándolo. Si pudiera sonreír, que no podía, le estaría sonriendo a la sombra del castillo de Sant Mena.

—Te gustan las chucherías?

El Sergio A. hizo que sí con la cabeza.

—Comes muchas chucherías, tú?

El Sergio A. se encogió de hombros, «no mucho».

—Tú tienes la sangre limpita, verdá?

El Sergio A. se encogió de hombros, «no sé».

—Sabes quién soy, verdá?

—Sí.

—Pues yo no sé cómo te llamas tú, todavía.

—Me llamo Sergio, pero mis amigos me dicen todos A., por mi apellido.

—Ven, pasa. No te quedes ahí.

El Sergio A. siguió sin moverse del sitio, como que no hacía falta, no?

—No me quieres ayudar?

El Sergio A. se encogió de hombros, «no sé».

—Tengo un problemilla, abajo. Si tú me ayudaras…

—Qué?

—Entonces… yo te podría devolver tu pelota.

—Y por qué no me la das ya?

—Porque, antes, tendría que decírselo al dueño del castillo.

—Por qué?

—No sabías que todo esto tiene un dueño?

—No.

—Pues sí, lo tiene, y yo tengo que decirle las cosas que pasen dentro, sabes?

—No lo sabía.

—Pero…

—Qué?

—Si tú me ayudaras, yo no tendría que decirle nada.

El Sergio A. quería la pelota y quería preguntarle al viejo pellejudo qué tenía que hacer para que se la diese, pero era de noche y hacía frío y, a lo mejor, lo mejor de todo era decirle que no a aquel hombre, como que no podía ser lo que le decía, pero que tenía que darle la pelota ya porque él tenía que irse a casa y porque era suya, no?

—Es que me tengo que ir, yo.

—Vale.

—Me la das?

—No. No puedo. Ya te lo he dicho.

—Es que's mía.

—Ya lo sé, pero yo la he encontrado dentro de la propiedad del castillo y tendría que decírselo antes al dueño, entiendes? A él, no le gustan nada las pelotas de fútbol, ni quiere que los niños jueguen por aquí… Porque, lo mismo que ha caído en el suelo, podríais haber roto el cristal de una ventana.

—No.

—No quieres ayudarme un poquito?

El Sergio A. se encogió de hombros, «no sé».

—Ven conmigo. Sólo tienes que acompañarme un momento abajo y luego te vas a casa con tu pelotita, vale?

—Vale.

—Vienes?

—Vale.

«Buen chico». El hombre alto, después de que el Sergio A. pasara por su lado, cerró la verja de hierro, «grrriec», y puso su mano sobre el hombro del chaval: «Ven, es por aquí, pequeño». Después, los dos se metieron por la puerta pequeña de la capilla y, a continuación, dentro, en la oscuridad del templo, se oyeron unos ruidos chungos, como si alguien arrastrara unos muebles muy pesados o algo.