Aldonça, la blanca

Todo el mundo sabe que las monjas son buenas por definición. Todo el mundo sabe que los fantasmas no existen. Por eso quiere ser monja y, por eso, quiere no tener miedo, pero el bisbiseo vuelve a estar allí dentro, con ella.
Aleix, aprendiz de herrero

El amor le arde con fuerza en el pecho. Si mide su fuego con la quemazón en la piel, siente de pronto ternura por las cosas pequeñas del mundo.
Alfons Aimerich
--Aquesta ha estat sempre la terra dels Aimerich. --Els Aimerich, diu? És vostè l'amo Alfons? --El mateix. I vostè, que puc saber com es diu?
Aneta, gorda

Se llamaba Ana (Aneta) y no olvida la mañana que, yendo de camino a clase, se subió a su balcón de un respingo. Ella estaba dentro, cambiándose. Se había quitado el camisón de dormir y el Lluquet le pudo ver las bragas y el culo fofo, sin gracia. Luego se embargó mucho rato en la visión de sus muslos, que eran apretados en carnes y estaban sin ropa.
Assumpta, malcasada

[...] a lo que ella le responde «No, ni ablar, eres el primer hombre q̄ me haze ſentir bien ē años» y l'Assumpta, en verdá, hace años que no se siente bien.
Bernat, jornalero

El Bernat se toma la sopa y, habiéndose acabado el plato, se cena un mendrugo de pan seco. Sin tomate, ni aceite, ni sal. Luego busca el caliu de la chimenea sentado en el escón, donde se ponía la abuela Caterina cuando se dolía del reúma, y mira, como hacía ella, las llamas lentas del tió, el misterio de la lumbre miles de años después.
Bertrana, la dulce

Pero la Bertrana, de sus amigas, es la más risueña y glotona de todas y los zagales del barrio, los más gamberros y canijos, la acaban encontrando cuando ella no busca.
Carles, naturalista

El Carles huele el hacinamiento de las gentes y se apena por causa de los pensamientos que le vuelven a la cabeza otro día más.
Carmeta, castañera

La Carmeta es una mujer menuda que vende castañas en una esquina cualquiera del casco antiguo. Si no castañas, uvas pasas, higos secos o pipas con sal. Según vaya el año. Es buena gente y es bonita, a su manera.
Catarina, emparedada

Y se mira su figura empobrecida. Es más pequeña, más enjuta y más frágil. Parece que vaya a quebrarse en un montoncito de huesos. Parece cerca de hundirse en una fosa sepulcral. Al Roc le causa horror el paño del hábito.
Cisco, currante

[...] y el Cisco, por no oír más a la mujer, se sienta en el escalón de la puerta de casa a fumarse un pitillo. De vez en cuando, si el humo del cigarro no le dice nada nuevo, levanta la vista y se llena los ojos de cielo.
Dolors, la Cunegunda

La Cunegunda no tarda en aparecer por el patio. Va en camisón y no lleva las sandalias puestas, ni nada. Parece más joven que de costumbre y, si no anda a saltitos, la ideputa camina con una gracilidad nueva para l'Aldonça.
El Ros, trajinero

Escondido entre unas matas de romero, el Roc acecha el sueño del Ros, que sestea lo mismo a media mañana que a media tarde porque es un ganso a cualquier hora del día.
Encarnació, hija del mercero

¡Que iba nadie a componer nada mirando la su figura! Tiene el pelo negro como el hollín y la mano es grande y recia, de dedo gracioso pero rechoncho, y la cadera con la cintura es todo una, que no se aprecia en ella el talle feliz de otras mujeres. Las tetillas las recoge en un trapo, bien arriba, y los ojos, pues son como tantos otros: oscuros, redondos y chicos... Pero no le importa. Ella ha sido siempre así.
Enric Clotet, hereu

Pero l'Enric se perdía para adentro. En cierto punto de su divagación, vaciló, viró y se hundió, a lo que parece, en sus miserias, la viva estampa de aquella culebrilla encerrada en su puño, y se despidió sin más.
Eulàlia, la bella

Ahí, donde la véis, arrancaba fuego a las piedras que la veían pasar [...] ¡Oh, la Eulàlia! Miradla bien... ¡Qué viva la vida en ella, verdá?
Fageda, currante

[...] en Fageda no deja de preguntarse qué hace con su puta vida que no está en su casa, a aquellas horas, follándose a la Genoveva hasta la extenuación.
Ferran, chaval

Él la mete toda y se sacude un poco, por desquitarse. Ella ronronea algún «carinyo» que otro y se sale, como acostumbra, al balcón un rato. Él, entre tanto, ha perdido el brío que lo traía bufando. Ella piensa en pinzar los geranios. Él se acuerda de su mujer: «No puc».
Genoveva, mujer

Antes quiere abrazarse muy fuerte a su Genoveva. Ahora que está cerca de cumplir los treinta, da gusto recordarla sencilla y sin ninguna ropa.
Germana, fregona

Germana, que lo miraba con ternura, quiso creer que, tras toda aquella palabrería, el joven Enric no quería sino pedirle salir a dar un paseo, pero que el parecer de su familia, gente letrada y con estudios, le impedía figurarse con una fregona.
Ibi, colega del barrio

Su colega, que guardaba el impreso desde hacía años, empezó por decir «tu t'imagines follar-te una bagassa com aquesta?». No. Nunca lo había imaginado. Y su colega, l'Ibi, que seguía hablando, lo fantaseó en voz alta:
Immaculada, mestressa de casa

La Immaculada asumió con naturalidad el resignarse ante lo que viene dado y no se puede discutir: «són faves contades, filla».
Joana, prometida

La Joana respira fuerte un instante: «Sí i no, Pere». Luego recoge las gotas de esperma que resbalan por su pómulo con el dedo índice y se lo lleva a los labios.
Joanet, bruto
Levanta la vista y encuentra al Joanet, el brutote de la Remei, sentado en el poyo de piedra que da a su casa. Es un joven antiguo, como los poetas aquellos que gustan a su padre.
Joan Pere, bachiller

El bachiller Joan Pere se niega a relacionar la alta poesía con sus manos sucias de semén. Ni las suyas, ni las de l'Enric, ni las propias, que tanto y tan bien quieren la Belleza en la Poesía.
Joan Pere, carpintero

El bachiller Joan Pere se mira la figura avejentada de su padre y desecha el vocablo «analfabeto». Es una palabra demasiado gruesa, cruel con los suyos, sobre todo cuando han sido los suyos, su padre y su madre, quienes le han permitido cursar letras con el doctor Morros.
Joaquima, casada

La pena por sí misma no le dura nada. La pena por sí misma la encabrona y, el trecho que va de la plaza a la puerta de su casa, la Joaquima lo cruza con paso firme y furioso.
Joaquim, obrero
La Joaquima quiso querer y todavía quiere (aunque menos) a aquel trozo de pan duro de su hombre, el tal Joaquim, que es otro bobo con rabo que vuelve cansado del trabajo cada tarde para traerle unos duros miserables que, lejos de sacarles de pobres, insisten en mantenerles parados en el mismo sitio.
Joséphine, la gavatxa

Guarda el recuerdo de la gavatxa sentada en una silla junto a su cama, pero en otra parte. No sabe qué fue de ella, si volvió nunca a su casa o si murió sola, a este lado de las montañas.
Josep, enamorado

Al Josep, sin embargo, el agua no le ha calado todavía. Él sigue atrás, en el poyo de piedra. Está fuertemente atado al hechizo fruto del verbo y de la aparición. Leía...
Judich, judía

Andaba sin norte el día que la vio por primera vez: era la judía, ojos verdes, más bonita del barrio. Llevaba la fruta roja en el cesto y el cabello, recogido bien alto cuando le sorprendió con las manos en los bolsillos.
Juliana, barragana

Vistiéndose, tropezaba en memorias tristes. Recordaba la faja que se ceñía con fuerza todas las mañanas y los mantos de paño grueso que acostumbraba a vestir para tapar sus vergüenzas.
Llucia, mujer

La Llucia (nacida Maria Llúcia) es la mujer del Cisco y tiene sus años, que son cuarenta y siete. Ha parido cinco veces y los muy cabezones, entre que están dentro y no salen, se fueron haciendo sitio en su seno y la Llucia, si nunca tuvo que tener figura para nada, la perdió.
Lluc, carpintero

[...] sabe que el Lluc es un hombre siete-ocho años más joven que él (como su mujer) y que se lo ve muy grande y muy fuerte porque estuvo picando piedra unos años en la cantera del pueblo. Ahora se ha empleado en el taller de l'Umbert. El Lluc repara muebles de madera.
Macías, penado de amor

Noches frente al espejo le advertían de su hechura pobre y desastrada: los ojicos llorosos, el gesto torcido, la color demudada... Si no le hablaba, no podía rechazarlo y, si no lo rechazaba, cabía esperar.
Magdalena

Es ella. Por algún extraño motivo, es ella. Ella, sobre todo, cuando fuma y sube con el humo. Cuando busca la luz de la amanecida por los tejados. Cuando se ausenta quietamente y lo deja solo junto a los despojos de la lucha.
Manel de les Anxoves

[...] la Eulàlia estaba entonces casada con el Manel de les Anxoves, el Manel que decían el Calçasses y que pasaba por un hombre bueno y esforzado, que es lo que era, amén de un pobre diablo, pues no dejaba de viajar dejándola a ella sola y triste en casa.
Maria, enamorada

Ella estaba allí. Le costaba creerlo, pero ella se había aparecido a continuación de la página de su libro y se llegaba hasta él, a su encuentro.
Marieta, condenada de Malpas

De camino a la prisión donde canta la calandria y responde el ruiseñor, la Marieta se acuerda de la vida cabrera que no vivió.
Mateu, viudo

El Mateu, con hache intercalada del latín Matthæus, se ha tenido siempre por un hombre digno, pasa que, de un tiempo a esta parte, va quedando menos del hombre que detenta la dignidad: «no puch amb la dona».
Miguelillo, maestro escuela

Fue pastor en la montaña (cuando chaval). Luego estuvo de jornalero en el campo y, ante la miseria de las gentes de su tierra, se metió a maestro de escuela, «por sacarlos de pobres a fuerza de hablar».
Miquel, hombrecillo

Luego conoció al Miquel y el Miquel, con su cara llena de granos, insistió en llevarla al baile de la plaza y bailaron, y mucho, y el Miquel, con aquella manera suya de explicarse sin decir nada, le enseñó después, en la escalera que lleva del puente viejo al molino, que sus mamellas podían muy bien...
Montse, casada

La Montse, a sus treinta y dos años, todavía se siente capaz de enamorar a un hombre y, lo que es aún mejor, todavía se sabe capaz de amar como el primer día.
Morros, doctor

Alude a la perspicuitas, acertada y precisa en el férreo armazón del ars poetica, y el doctor Morros se revuelve, lacónico, con su infalible «Tú crees?», que no da pie a más algaradas entre el alumnado.
Nuri, puta

--Conec la Nuri i conec la Pura, però la Nuri és encara massa jove per mi i jo, amb dones t-tan... florides, m'hi atabalo... No sé s-si saps per'on te dic, Lluquet.
Pere, prometido

«Prò... que no t'ho passes bé amb mi?» se cuestiona él sentado en sus tetas, con el pene en un puño y el pasmo en la cara.
Pou, plaza
El pasadizo desemboca, al final, en la plaza del Pou. El pozo está cegado, o eso dicen, así que ya no hay pozo en la plaza, pero el brocal, aquel murete de piedra erigido en tiempos de superstición y horca, da idea de abismo de negrura terrible.
Pura, puta

[...] si se quiere, se lee: «la noche q̄ llego la puta de ciento e veynte kg. yo estaua eſperandola. Ella era todo graſa por todas las partes & a de mas, no muy limpia».
Quico, maestro forjador

Luego hablaron de otro joven, un tal Francesc, que batía el hierro al rojo vivo y tenía el pecho fornido y caliente como el horno de la fragua.
Raimon, miserable de la tierra

Es un ingenuo de la tierra más y los ingenuos de la tierra pasan frío en invierno y hambre a todas horas. Los harapos que lleva puestos no le sirven de buena mañana. La miseria viste ropas tan diversas como los despojos que otros arrojan y el ingenuo tiene las penurias de la vida por cosas tan naturales como la luz del sol y el aire del cielo.
Remei, frutera

[...] prefería darse una vuelta por los puestos de frutas y verduras. Solía ir a la Remei, una muchacha muy despierta y risueña, que vendía peras, manzanas y melocotones en la tienda más humilde de la plaza. Por humilde, vale leer pequeña, tanto, que todo allí se acumulaba, un poco como en ella.
Roc, bandido

Del salvaje Roc se decía que tomaba lo que quería cuando quería y que lo tomaba, si lo quería, a fuerza de cuchillo. Mataba. Mataba sin dudarlo y mataba porque quería matar.
Teo, esposo

El Teo era de lo mejorcito del barrio por aquel entonces. Era guapetón y delgado y le pareció lo bastante manso como para ponerlo firme si convenía.
Tomet, obrero
Toda su vida adulta ha transcurrido junto al Tomet de la Tomasa, un pagesot metido a obrero del textil a los diez y ocho años de edad.
Tonet el Bregues
En Tonet, y no por Bregues, impide al viejo ermitaño que meta las manos en el fuego en busca de su señora y ambos, muy callados, lo escuchan llorar largamente, desconsolado.