De los nueve libros de Villena

Las viejas de Segovia
Cuentan las viejas los círculos
alrededor del puchero,
invocando cada estrella,
y con ellas, a sus siervos.
En las aguas espumosas,
las burbujas chorreantes
se hinchan con cada verso,
revientan ruines e infames.
Desmenuzada osamenta
para maniatar los astros.
Si dan bien todas las vueltas,
desatarán a los trasgos.
Otra del sacerdote de Palencia
Entre los ajados lomos
de su negra biblioteca
el más preciado dellos:
un ejemplar de Villena,
raro, especial, rescatado
de las lenguas de la hoguera.
Cada página del libro
le roba de su litera
horas de sueño y descanso,
y cordura en la sesera.
Espera encontrar la clave
de los astros, las estrellas,
y conducirlas con cánticos
—un atajo o una senda—
hacia sus dulces deseos,
bien sabe lo que desea.
Lo que al buen hombre Millán,
sacerdote de Palencia,
le aconteció en sus lecturas
deste libro de Villena
no se sabe, no hay testigos,
sólo decires de viejas;
tampoco qué fue del libro,
aunque mágico parezca.
En los anales de Ampudia
el cronista sólo cuenta
que una tarde el organista
—de muy devota existencia—
vio unos símbolos pintados
sobre las losas de piedra.
Del sacerdote, ni rastro,
y sus estancias, desiertas.
Otra del caballero de Monza
Un buen caballero,
de buena casa y más nota,
adquirió un extraño libro
de un ocultista de Roma:
Lo libro de las estelas
o la última mazmorra.
Del libro se sabe apenas
algún rumor, poca cosa,
que era de los de Villena
salvado en la extrema hora.
El caballero italiano,
dicen las gentes de Monza,
velaba todas las noches
embebido entre sus hojas.
Dicen también que sus cuencas
oscurecieron sin demora.
Dicen que olvidó su hacienda,
que descuidó sus ropas.
Y dicen que cierta noche
de luna nueva y en sombra
de una torre del castillo
se despeñó con su esposa.
Otra canción del mismo
Nueve libros de Villena,
que la Iglesia los quemó.
Uno que no fue a la quema,
de todos la perdición.